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Y USTED, ¿QUÉ NÚMERO CALZA?

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

España



 

D. Heradio era un endiosado escritor displicente y bohemio. Solía decir que amaba a su esposa la literatura, aunque no ocultaba sus desenfrenos con alguna de sus amantes, como la pintura o la escultura.

Su residencia era una prolongación de su más viva personalidad. En el interior de la vivienda predominaba una decoración ecléctica, aunque basada principalmente, en el mal gusto, y en una más que patente, falta de elegancia y primorosidad.

Los cuadros tenían marcos exornados con vastas filigranas áureas y bruñidas. Las molduras estaban en algunos casos descuadradas, y no había paspartús; formándose una unión ungulada entre la guarnición y la tela, sin espaciadores.

Los lienzos en tonalidades ocres y verdinas, recreaban escenas campestres, en proscenios naturalistas.

Las paredes estaban forradas de un cabelludo terciopelo bermejo. El afelpado recubrimiento enardecía las distintas estancias, hasta el punto de que en los días más calurosos del estío, su interior se asemejaba al mismísimo infierno.

Los ventanales eran escasos, y tenían vistas a un jardín austero, con un alfombrado césped recubierto de hojarasca. Sin umbrosos árboles, y sin pájaros que gorjearan y trinaran, en los dúlcidos atardeceres.

Los corredores y pasillos, estaban decorados con desvencijadas antigüedades. Así, nada más acceder a la vivienda, en el recibidor, había un sillón frailero, y junto a éste, un aparador de estilo Enrique II, en nogal macizo, datado a finales de 1800, del cual D. Heradio se sentía especialmente, orgulloso al espetar a cualquier visitante, viniera o no a cuento, que aquella vetusta alhacena jamás había tenido carcoma.

Avanzando por el corredor, había un buffet, estilo Art Decó, de los años cincuenta, en roble macizo, y con sobre de mármol. En la repisa inferior del mismo, depositaba siempre sus zapatos negros de charol, resplandecientes e impolutos, con la única finalidad de impresionar a sus huéspedes. Según afirmaba, los zapatos que uno calza, son su mejor tarjeta de presentación.

D. Heradio se consideraba un experto en el difícil arte de interpretar el perfil de su concurrencia, a través del calzado que portaran.

Era obligado que cada vez que D. Heradio alardeaba, delante de alguno de sus huéspedes, de la facilidad que poseía para averiguar la personalidad de los demás, a través de los zapatos. El sujeto en cuestión, dirigiera su mirada inmediatamente, de forma refleja, hacia sus pies para comprobar, aunque fuera de soslayo el estado de su calzado.

Sorprendía abiertamente, a los visitantes de aquella mansión, la existencia de dos objetos que se encontraban, justo al término del corredor.

Uno de ellos era un icono ruso, sobre tabla, que representaba el rostro de un gran jerarca; y el otro, era un banco de iglesia, en madera de pino, con más de dos metros y medio de longitud.

Así, cuando después de recorrer el pasillo, accedían -el escritor y su acompañante- al salón principal de la casa, D. Heradio tenía formada una opinión indubitada, sobre quien era la persona que se encontraba frente a él.

D. Heradio podía conocer con tan solo ojear los zapatos de su interlocutor, a lo largo del pasillo, cual era la situación económica en la que éste se encontraba, es decir, si había acudido a su casa para pedirle dinero, o no.

El escritor detestaba algunos tipos de calzado, tales como la sandalia, el botín o la chancleta.

Ello significaba que quien acudiera a su casa, calzando alguno de los descritos, recibiría un trato agrio, punzante y desagradable.

En la Teoría del Conocimiento de la Personalidad del Sujeto a través de su Calzado, desarrollada por D. Heradio, había algunos factores clave.

De este modo, el tipo de piel del calzado, se convertía en un elemento determinante, para adscribir a su dueño, a una u otra clase social.

El aspecto del calzado, también ofrecía mucha información a D. Heradio. Él sabía que unos zapatos gastados y con esportillones, delataban a una persona que atravesaba un mal momento económico.

Dependiendo del nivel de limpieza de los zapatos, D. Heradio rápidamente detectaba, si su portador era una persona metódica, veleidosa, u omisa.

No obstante, D. Heradio tenía predilección por una serie de zapatos, que por sus características, se habían convertido en sus favoritos.

Todo aquel que entrara en su casa portando unos mocasines con borlas, recibiría una complaciente atención, tanto por D. Heradio como por el personal a su servicio (…) 

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