Portada del sitio > LA BOTA DE SUEÑOS > Narrativa > UN VIAJE DE LOCOS
Grabar en formato PDF Imprimir este artículo Enviar este artículo a un amigo

UN VIAJE DE LOCOS

Marie Rojas Tamayo

Cuba



 
 

A Sarah, mi princesa majadera. 
 
 

¡Qué pobre memoria es aquella que sólo funciona hacia atrás! 
 

Lewis Carroll 
 
 

 La mamá de Lisy la estaba peinando y ella, como de costumbre, no podía parar de hablar, era un buen método para olvidar lo aburrido que es dejar trenzar un pelo tan largo y rebelde.  
 

 - Mamita, ¿todas tus maestras eran buenas, dulces y amables?

 - ¡Qué va! – le respondió la mamá – Todas menos una, llamada Nora, con ella sola alcanza. Era mi maestra de primer grado, nos gritaba, nos ponía de castigo y nos quitaba los juguetes.

 - ¡Qué horror! – se asustó Lisy - ¿Y qué hacía con ellos?

 - Los encerraba para siempre en un closet oscuro. Si los padres preguntaban, ella decía que era invento de nosotros, que seguro los habíamos dejado tirados por ahí en el receso.

 - ¡Ay! – dijo Lisy, pero fue por un nudo que se resistía a ser peinado.

 
 

Al fin las trenzas quedaron bien tejidas y ella salió corriendo para el garaje. Tenía un plan. 
 

Su abuelo guardaba mil cosas en cajas de todos los tamaños, no botaba nada. La familia se reía de su manía de aprovechar y reciclar latas, pomitos, llaves, pedazos de tubería, rueditas, relojes que ya no andaban, una vieja ducha, teléfonos que nadie usaría, tenedores, tornillos, bisagras, rompecabezas incompletos, fichas de dominó, un receptor de radio sin antenas ni botones, el motor de una lavadora, una bicicleta sin ruedas… Pero él decía que cada cosa, por insignificante que pareciera, podía ser reutilizada, así habría menos basura en el mundo porque si seguíamos lanzando y lanzando no íbamos a caber en el planeta. “Todo es importante”, afirmaba y persistía en acumular en cajitas y baúles lo que otros desechaban. “¡Un día se acordarán de mí, ya verán la funcionalidad de mi idea cuando necesiten algo!” 
 

Como la dejaban revolver las cajas para jugar “a hacer experimentos”, usando estas piezas, Lisy se estaba construyendo una máquina del tiempo que cubría con una cortina de baño vieja, solo faltaba probarla y hoy bien podía ser el día. No pregunten cómo estaba construida. Los niños son muy inteligentes, en cada uno hay un cosmonauta, un artista y un inventor, eso lo sabemos, y ella tenía material excelente a su disposición, había descubierto hasta una antigua máquina de escribir con el teclado intacto.  
 

Una vez sentada en su invento - ¡la primera máquina del tiempo de la historia! -, ajustó el medidor de fechas (parte teclado y parte reloj despertador) para un lapso de 30 años, sacando cuentas… ese era el lapso que hacía que su mamá había estado en primer grado. Su casa tenía muchos más años, la familia había vivido allí desde que se construyó, así que aparecería en el mismo garaje…  
 

Que ella supiera, nunca habían tenido automóvil, siempre fue para guardar cosas y suponía que hace tanto tiempo atrás, no hubiera ni la mitad que ahora, la colección del abuelo estaría apenas comenzando. 
 

Las imágenes se sucedieron a toda prisa a su alrededor, como una película fuera de revolución. En la medida en que el tiempo se aceleró, veía cintas y destellos de colores, luego solo una luz blanca que bailaba en torno a su máquina. Finalmente, sonó el timbre del despertador.  
 

Había llegado. 
 

Un robotcito muy simpático, vestido con una gorra roja, fue caminando a su encuentro y la saludó: 
 

 - ¡Bienvenida, querida visitante!

 - ¡Ay! – se quejó Lisy por segunda vez en su día…

 
 

(No en el de afuera, porque evidentemente la máquina había funcionado y estaba en otro día, si bien no sabía en cuál). 
 

 - ¿Le sucede algo, querida visitante? – le dijo el pequeño robot, abriendo la puerta de la máquina del tiempo para ayudarla a bajarse.

 - ¡Sí, algo muy grave! Estoy confusa… ¡No puedo creer que esté hablando con un robot en el año 1980! – se pellizcó un brazo para ver si estaba despierta.

 
 

Casi deja escapar el tercer “Ay”, pero estaba tan nerviosa que olvidó quejarse. 
 

 - No, disculpe, querida visitante, está usted hablando con un robot, esto es cierto… pero no estamos en el año 1980, ¡sino en el 2040! Y esa confusión suya, es grave, muy grave – levantó la gorrita y se rascó la cabeza metálica y lisa.

 - ¿Pudiera decirme entonces dónde estoy y por qué insiste en llamarme “querida visitante”?

 - Estamos en la casa museo de Lisandra, la inventora, éste es su primer laboratorio. Usted, no sé cómo, entró sin ser vista y se subió sin permiso al primer prototipo de máquina del tiempo… tal vez fue cuando me estaba recargando en el enchufe de lo que fue la cocina… ¡Pero es igualmente bienvenida!

 - ¿Lisandra ha dicho?

 
 

Había escuchado su nombre, pero era demasiado bueno para ser real. 
 

 - Lisandra, he dicho. Es nuestra creadora, soy solo uno de los modelos de robots que ha inventado. Ahora vive con su familia en otro lugar, cerca de su nuevo laboratorio, muy espacioso y con muchos empleados, donde sigue experimentando y creando. Yo soy el guía del museo, encargado de la limpieza por las noches y del jardín en los amaneceres, pero… ¿Se siente bien, querida visitante?

 
 

¡Se sentía tremendamente bien! Al mismo tiempo estaba asustada, mareada, conmocionada y sin poder asimilar de golpe toda la información. Mejor pensar poco a poco: 
 

Si lo que decía el robot era cierto, entonces, ¡la máquina del tiempo había resultado un éxito!... Aunque su primer viaje hubiera sido en sentido contrario al esperado… Esto implicaba que lograría, en algún momento, ajustar de nuevo los controles para regresar al pasado, porque había regresado a casa: si no, no habría museo Lisandra, ni ella sería recordada como inventora sino como niña desaparecida - ¡qué horror, pobre mamá! -. La mayor sorpresa a digerir era que había logrado su acariciado sueño de ser una gran inventora, ¡hasta un robot como aquel, tan simpático y educado, había salido de sus manos!  
 

Intentó explicarle en pocas palabras a su anfitrión lo sucedido (nosotros ya lo sabemos, no es necesario escucharlo de nuevo). 
 

 - Entonces – dijo él, llevándose ambas manitas al lugar donde estaría su corazón -, ¿estoy hablando nada menos que con mi creadora, Lisandra, que ha viajado a mi encuentro… desde una edad anterior a mi nacimiento? ¿Estoy siendo testigo del primer viaje en el tiempo? ¿Yo soy “ese robot”? ¿O me di sin querer una sobrecarga de energía y estoy teniendo visiones?

 - Ajá, no precisamente a tu encuentro sino por un afortunado error, en fin, piensa lo que quieras… ¿Tú piensas? – el robot asintió, o sacudió la cabeza, no estaba muy segura - No te preocupes, como quiera que sea es muy bueno conocerte, yo estoy igual de emocionada y confundida… ¡y ni siquiera puedo culpar a una sobrecarga!

 
 

Intentó calmarlo porque de puro nervios traqueteaba y no sabría rearmarlo si se le zafaba alguna pieza, ¡aún no había concebido el plano original!... No se imaginó llamando en su ayuda a la Lisandra del futuro, eso no entraba en su lógica…  
 

 - Para comenzar – continuó -, si quieres ser mi amigo, puedes llamarme Lisy, que aún soy muy joven para llevar un nombre tan largo.

 - ¡Qué emoción, soy amigo de Lisy!

 
 

Se puso a saltar, gritando “¡Yupi!”. Lisy no sabía que los robots podían ser tan emocionables… Se notaba que éste era creado por ella: Hace años, tras leer “El Mago de Oz”, le había dado pena el hombre de hojalata sin corazón y se había prometido que, de inventar uno, sería tan sensible como un niño (los adultos a veces olvidan mostrar sus emociones, o sienten temor de ser felices). Lo más lejos que había llegado era a un muñequito articulado para el concurso de Educación Laboral, ella supo que era el comienzo de un largo camino, aunque no le dieron el máximo: un niño que tenía una abuela costurera llevó un muñeco muy sofisticado, se notaba que no estaba hecho por él, pero fue el que se llevó el premio.  
 

Lo esencial es que no había perdido el impulso de seguir hasta crear un robot con sentimientos propios, por lo visto le había salido demasiado bien. ¡Y el robot afirmaba que existían más! 
 

 - Si quieres – le sugirió –, puedes dejar de saltar y ayudarme a regresar a mi tiempo. Este futuro parece muy interesante, pero es imprescindible volver a mi presente… Treinta años atrás. Al parecer ajusté el reloj para ir hacia adelante cuando tenía que ir hacia el pasado. Si no lo logramos, no habrá nunca máquina del tiempo, ni tú serás creado, yo seré solamente una niña desaparecida misteriosamente en el garaje de su casa y, peor aún, no podré ayudar a mi mamá.

 - ¿Ayudar a tu mamá? ¿No la ayudas ya?

 - Claro que la ayudo, friego las tazas del desayuno, paso el paño a los adornos de la repisa y sé poner la mesa. Me refiero a una importante tarea: Tengo que ir a su infancia y salvarla de una maestra que les gritaba, los castigaba y les quitaba los juguetes…

 - ¡Qué abuso! – estaba casi más enfadado que ella cuando se enteró - ¡Eso no se puede permitir! ¿Podría ayudarte? ¿Puedo ir contigo? Prometo portarme bien, defenderte si es necesario, y taparte los ojos si tienes miedo, o los oídos si hay mucha bulla, ¿sí? ¿Puedo?

 
 

Lisy tuvo que pensarlo dos veces, le caía muy bien su futuro invento pero: Si llevaba un robot del 2040 a su infancia en el 2010, y luego a la infancia de su mamá en el 1980, cuando ninguno de los dos siquiera pensaba existir… Formaría un buen galimatías.  
 

La cabecita inclinada del robot, a la espera, era la mejor respuesta… Ya se encargaría de arreglar las cosas para que todo quedara en su lugar, una vez logrado su objetivo. Con un compañero a nuestro lado, cualquier aventura es más placentera, como Sancho y Quijote, Shrek y Burro, Peter Pan y Campanita, las brujas y su gatos... 
 

 - ¡Claro que sí, serás mi Sancho!

 - ¿Sancho? – saltó de nuevo, tal vez Lisandra se había excedido en la cantidad de muelles - ¡Me encanta mi nombre!

 
 

Se encargaron de ajustar bien el reloj para caer un minuto después de la salida… Si no, se encontrarían con otra Lisy confundida, entrando en el garaje o sentándose en la máquina, que al verlos y enterarse del error nunca viajaría al futuro y no se enteraría de tantas cosas buenas.  
 

Si esto llegase a suceder, no habría primer viaje en el tiempo ese día, ni conocería al simpático Sancho – el robot estaba feliz de no ser más un modelo con un número de serie -… y luego, ¿cómo le explicarían a mamá, si se asomaba de pronto, que ahora tenía dos hijas iguales? ¿Cómo convencer a “esa” Lisy de que tenía que partir, para poder regresar? Y todo aquello tenía que suceder, porque si no, no se explicaba la presencia del robot, prueba del viaje al futuro. ¿Y si quedaban atrapadas en un lazo infinito de viajes de ida y vuelta?  
 

Esto del viaje en el tiempo es bien complicado: Cualquier cambio, por pequeñito que sea, puede alterar el resto de la historia, la nuestra y la de nuestro entorno, y así formar una enorme reacción en cadena, de consecuencias imprevisibles. 
 

Viajar en el tiempo implica una enorme responsabilidad, mayor aún que viajar a una selva, una laguna o a un desierto y respetar todas las formas de vida presentes en ellos. Tal vez por eso todavía no se había inventado. 
 

Pero el regreso fue un éxito, sin nada que temer: ¡Lisy había partido cuando llegaron! 
 

Entraron a la casa con mucho cuidado de que nadie los viera, no sería fácil explicar la presencia de Sancho. Revisaron el closet para disfrazarlo con ropas que le sirvieran – ella le sacaba la cabeza -, porque no es cosa de aparecerse con un robot del tamaño de un niño, capaz de hablar y pensar, de saltar y emocionarse, en una fecha en que aún no se han inventado, mucho menos en una escuela llena de niños de verdad.  
 

Le puso uno de sus pantalones de exploradora del curso pasado – había crecido mucho en poco tiempo, como si hubiera tomado una pócima mágica -, unas botas altas, una camiseta amarilla (la única que encontró de cuello alto que fuera de su talla), un abrigo azul oscuro, a pesar de que no había calor… 
 

Como todavía se le veía la cara a pesar de la gorra roja, lo envolvió en una bufanda de listas moradas y negras, nuevita, regalo de la abuela Emilse que, como vivía en Austria – era su abuela por correspondencia, una abuelita inventada por las dos desde que se conocieron en una lista de literatura a donde la mamá mandaba sus poemas -, pensaba que nuestros inviernos eran así de fríos. Fue bueno poder darle uso en tan importante empresa. También tenía unos guantes tejidos, pero no logró encontrarlos y el tiempo apremiaba, quedaron en que caminaría con las manos en los bolsillos, algo muy normal en los chicos.  
 

Al final, Sancho parecía un arco iris, pero no podía quejarse, estaba bien envuelto, casi invisible, apenas se le veían los ojitos.  
 

Lisy decidió que podían salir a la calle, en cualquier época en que cayeran en este tercer viaje – por si acaso, había que tomar precauciones -, con la recomendación de que si se cruzaban con alguien, mirara para abajo, porque sus ojos robóticos eran un poco saltones, como los de los perritos pequineses.  
 

Por suerte el robot no sentía calor. Hubiera terminado bañado en sudor de haber sido un niño real, estaban comenzando las vacaciones de verano. 
 

Regresaron al garaje, ajustaron bien la máquina esta vez – más 30 no es lo mismo que menos 30 –, para caer en el 1980, un día de clases, media hora antes del timbre de la salida. 
 

Para allá fueron.  
 

Por fortuna no hubo más errores, la máquina estaba bien afinada. Cayeron en el momento esperado.  
 

La abuela estaba en el patio del fondo, escuchando su canción favorita, Dust in the wind, en la radio que después de perder botones y antena en un accidente casero que siempre los hacía reír, pasó a las cajas del abuelo. Abuela cantaba a la par, como de costumbre, mientras lavaba en una lavadora que en el año en que Lisy construyó la máquina del tiempo, era un trasto del cual ella había tomado algunas piezas.  
 

Según le contaba el abuelo, en aquel entonces ya la lavadora había lavado tanto, que vibraba de puro obsoleta, y se les hubiera escapado de la casa si la hubiesen dejado marchar a su aire, por tanto tenían que aguantarla con dos ladrillos. Cuando arrancaba a lavar, topaba con los ladrillos y sonaba como una tumbadora, pero no molestaba a nadie porque el compás ayudaba a la abuela a cantar, aunque fuera una canción con acompañamiento de violín, viola y chelo, y no de tambores.  
 

A esa hora el abuelo estaba en el trabajo. Con tanto ruido y sin nadie más en casa, era imposible que la abuela detectara su presencia. Tal vez este era el día en que el receptor de radio cayó en la lavadora en marcha y perdió las piezas exteriores, porque le contaron que fue mientras abuela lavaba y cantaba tan alto Dust in the wind que no se enteró que se había quedado sin el acompañamiento del grupo original. En los tiempos de Lisy a esa música se le llamaba “retro”… ella imaginó que ese día, se llamaría solamente “música”. 
 

Pero no podían perder el tiempo en asomarse a ver el espectáculo – ya habría otros saltos temporales, si lograban salir bien parados de este -, había que recorrer las cuadras que los separaban de la escuela antes de que terminara el horario de clases, o el viaje habría sido en vano.  
 

El trayecto fue la prueba de fuego para el disfraz de Sancho. Si bien traqueteaba un poco al caminar, por causa de las botas, que bailaban en sus pies, nadie pareció notarlo. Ni siquiera notaron que el supuesto chico iba vestido de invierno en pleno verano. ¿Los habrían visto siquiera? ¡Los mayores siempre llevan tanta prisa! 
 

Lograron escurrirse por la reja entreabierta, pasar inadvertidos entre los pasillos vacíos… misión cumplida hasta la mitad y… 
 

Casi llegaban al aula de primer grado cuando los paró una asistente del comedor. Lisy se sorprendió a reconocer que era la señorita Marisabel, que aún trabajaba en su escuela. Era su bibliotecaria. Ella la quería mucho y, como era asidua visitante de la biblioteca, eran muy amigas, siempre pasaba a saludarla luego del almuerzo y aprovechaba para ver si había algún libro nuevo, porque los viejos los había leído y releído – como si fueran a cambiar, los leía cada vez como si fuera la primera, con la misma emoción -.  
 

Esta Marisabel era jovencísima, tanto que parecía una niña más, una Alicia rubia de largos cabellos y delantal blanco perdida en una escuela. 
 

 - ¿A dónde van? – les preguntó - ¿Por qué están fuera del aula y por qué van sin uniforme? ¿Por qué este chico va tan abrigado?

 
 

¡Vaya, al fin alguien que los notaba! Y en qué momento… El plan fue “casi” perfecto. 
 

 - Glbbbb – dijo Sancho con la bocina de su boca cubierta por tantos ropajes que no lograba emitir sonidos coherentes, mirando intermitentemente a Lisy, que se encontraba como paralizada.

 - ¿Cómo te llamas, pequeñito? – intentó mirarle la cara y Sancho bajó la cabeza y ocultó sus ojos saltones, tal como le habían sugerido.

 - ¡Grlbbb!

 - ¿Cómo?

 - Brglgbbb – farfulló el robot, con la cabeza casi hundida entre la gorra, el cuello alto y la bufanda de listas.

 - ¿Estás bien? – le preguntó, sinceramente preocupada.

 
 

Casi estuvo a punto de intentar tocarle la frente, pero Lisy, reaccionando al fin, se colocó  entre los dos. 
 

 - Es mi ro… mi compañero de pupitre, lo he llevado a tomar agua porque tiene mucho catarro, ¡un horrible resfriado! Y como es nuevo, podía perderse.

 
 

Mencionó el catarro recordando que la señorita Marisabel siempre tenía miedo contagiarse de cualquier cosa: ante el menor síntoma, les mandaba a lavarse las manos, toser para el lado, estornudar en pañuelos, pasar por la enfermería… y corría a tomar un té caliente con limón, como si fuera un remedio mágico para todo mal.  
 

Le salió bien la ocurrencia, porque al instante la muchacha retrocedió dos pasos, hay cosas que no cambian. Continuó, envalentonada al obtener la reacción esperada: 
 

 - Tiene una terrible gripe, el pobre, muy contagiosa... Acaba de incorporarse al curso, por eso no conoce la escuela, ni el camino al bebedero, ¡no ha tenido tiempo siquiera de comprarse el uniforme! – palmeó la espalda de Sancho, satisfecha con la explicación, olvidando que ella misma no llevaba uniforme, por suerte toda la atención se centraba en el robot.

 - ¿Y por qué no me lo explica él mismo, aunque sea con la mano cubriéndose la boca? – la muchacha intentaba pese a todo ver el rostro de Sancho, inclinándose peligrosamente.

 - Es que aún está aprendiendo el idioma, verá… solo habla Soninké, sus padres eran embajadores en… Wagadu – recordó haber leído algo al respecto en una enciclopedia, fue lo más raro que encontró.

 - Entiendo – eso no se lo creía nadie, mejor pensar que estaba intentando escapar del contagio -… Espero que se sienta mejor para mañana, es importante que pase por la enfermería, que no se desabrigue, y a ver si se come todo lo que sirvamos en el almuerzo, que está un poco flaquito.

 - Gracias, señorita Marisabel.

 - ¿Has dicho mi nombre?

 
 

Lisy habló demasiado rápido para darse cuenta del error, no se había preparado para encontrar alguien tan cercano, en el pasado de su madre. Ahora era ella el centro, ni siquiera sabía qué podía ser peor. La señorita Marisabel escudriñó su rostro con la mirada.  
 

 - Me parece recordarte, pero no logro ubicarte bien... ¿Quién eres y cómo sabes mi nombre, si solo llevo dos días aquí?

 
 

La niña había “metido la pata hasta el fondo”, como decía su vecino Óscar, que también era su mejor amigo - ¿qué diría si la viera ahora? -. Tenía que arreglar aquello, urgentemente, y aprovechar el poco tiempo que le quedaba para cumplir lo que había venido a hacer. Era imposible que la señorita Marisabel la recordara del futuro, la memoria funciona solo hacia atrás, o eso suponemos todos, así es… Hasta que se pruebe lo contrario. 
 

 - La directora hoy pasó por el aula y nos dijo su nombre, tengo buena retentiva…

 - Ya, me alegra mucho que lo recuerdes, ¿y tú eres?

 - ¿Usted preguntó mi nombre?

 
 

La futura bibliotecaria, en ese momento aún ayudante de cocina, asintió. Lisy estaba atrapada sin salida. 
 

 - Yo soy… ¿Emily Dickinson?

 
 

El primer nombre que acudió a su mente fue el que le hubiera gustado llevar de no llamarse Lisandra. Aunque se parecía mucho a su mamá, que llevaba el mismo nombre, nadie le hubiera creído que con esa estatura estaría en primer grado, era alta incluso para ser una niña que en dos meses entraría a sexto. Por suerte no le preguntó el aula, ni siquiera sabía si había más de un aula de sexto, o si se diferenciaban por letras como en su escuela, sexto A, sexto B… No tenía idea de dónde se encontraba cada grado… 
 

 - Encantada entonces de conocerte… Pero insisto, me pareces conocida, debe ser por eso que el nombre me suena, tal vez somos vecinas – se rascó la oreja, como buscando en su memoria, ¡menos mal que todavía no era bibliotecaria! -. Bueno, ¿qué esperan para regresar a su clase? ¡Corran, el timbre está al sonar!

 - Claro, ¡vamos, niño nuevo!

 
 

Lisy, sin percatarse del nuevo error - así estaba de nerviosa -, tomó la mano de Sancho, hasta ahora oculta en el bolsillo del abrigo y salió corriendo por el pasillo. 
 

 - Pobre muchachito – se quedó la señorita Marisabel hablando sola -, ni siquiera pude sospechar que llevara una prótesis, seguro por eso sonó algo “metálico” cuando los detuve… Mejor me voy a preparar un té con limón.

 
 

Mejor no imaginar lo que sucedió con ese recuerdo de la señorita Marisabel cuando supo que no había ningún niño recién llegado a la escuela, ni alumno alguno con prótesis. Ni cuando logró recordar que Emily Dickinson era una famosa escritora. 
 

Podemos jugar a pensar que lo olvidó – era muy distraída, lo sigue siendo… si no me creen, vayan a la escuela de Lisy y pregunten por la bibliotecaria -, o que al pensarlo dos veces, creyó que había sido un sueño. Tal vez todo fue tan confuso que le dio lo mismo si era cierto o no, y lo convirtió en un cuento de los que escribía para niños y regalaba a todo el que los quisiera leer. Es un buen modo intentar convertir en cuentos lo que no logramos entender. 
 

Lisy y Sancho, luego de buscar afanosamente una puerta que dijera “Primer grado”, irrumpieron en el aula justamente – ¡eso sí fue increíble! -, en el momento en que la maestra Nora estaba gritándole a su mamá por sacar un juguete de la mochila antes de que terminara la clase, y se lo intentaba arrebatar de las manos.  
 

Fue emocionante, y muy gracioso ver a su querida mamá tan pequeñita y frágil, con las mismas trenzas despeinadas que ella llevaba, haciendo pucheros, ya que en las fotos de su infancia aparecía con el pelo súper acomodado entre lazos o cintillos, sonriente, como si el mundo fuera perfecto. Al mismo tiempo sintió que se le encogía el corazón (descubrió que se puede estar triste y alegre a la vez) al verla con los ojos llorosos. Los adultos no saben el daño que hacen cuando gritan a un niño, o abusan de su tamaño… ni siquiera sospechan que los niños lo van a recordar siempre o, intentando ser como ellos, se verán obligados a olvidar su propia infancia.  
 

Su mamá, a pesar de que sabía que llevaba las de perder, se aferraba desesperadamente al juguete. ¡Nada menos que el oso Kikito! ¡Jamás se lo arrebatarían! 
 

Marchó decidida al frente del aula y le gritó a la maestra. 
 

 - ¡Deténgase inmediatamente!

 
 

La maestra, tal vez por el susto, se detuvo.  
 

Lisandra mamá corrió a esconderse detrás de Sancho, todavía en la puerta, de modo que de pronto Lisy se vio frente a una maestra malencarada, muy furiosa, y recordó que ella también era una niña. No había tiempo de pensarlo dos veces, en realidad desde que comenzó “su día”, había tenido poco tiempo de pensar. 
 

 - ¿No se da cuenta de lo que está haciendo? – se le encaró, con tono respetuoso, pero firme.

 - ¿Qué, qué… qué? – tartamudeó la maestra.

 - Esto que hace con sus alumnos es injusto. ¿No es capaz de verlo? ¿Ha olvidado qué fue lo que la motivó a hacerse maestra?

 - ¿Cómo dices?

 - Me han contado que les grita, les pone nombretes – esto fue de su invención pero al parecer le quedó bien porque ella no negó -, los castiga y les quita los juguetes, para encerrarlos lejos de sus dueños y dejar que se pudran o se oxiden. ¿No se da cuenta de que es un crimen alejar a los juguetes de sus dueños? ¿Y qué me dice de tratar así a los niños que los padres le traen cada día, confiando en que ayude a hacer de ellos mujeres y hombres felices y sabios? ¿Cree que estos alumnos amarán la escuela, y la querrán a usted?

 - Yo… yo solo quiero disciplina, respeto… ¡Les doy lo que merecen!

 
 

    Afortunadamente, la maestra estaba tan desconcertada que no parecía haberse percatado de que era una niña quien así se le enfrentaba. Suerte de ser alta, pensó Lisy, podía pasar por una inspectora bajita… ¿Con dos trenzas, camiseta con gatitos y burbujas, zapatillas a cuadros? Solo a ella podía ocurrírsele tal idea. Quizás solo estaba nerviosa por haber sido sorprendida in fraganti. El tiempo apremiaba, las circunstancias también, Lisy tenía que aprovechar el factor sorpresa, fuera como fuera. 
     

 - Todos los niños del mundo merecen ser tratados con amor. Y los maestros merecen respeto, en esto lleva toda la razón. Para lograr la disciplina que desea, y que es necesaria para aprender, solo tiene que explicarles lo importante que es venir a la escuela, mostrarles el universo de cosas lindas e interesantes que usted sabe y les puede enseñar… Pero para ello debe mostrarles que no aprenderán si no hacen silencio y se portan bien, ¿no es cierto? – miró a los alumnos y estos asintieron.

 - Usted no conoce a estos niños como yo…

 - Los conozco mejor de lo que imagina – dijo, misteriosa -, y le aseguro que si sigue así, en el futuro, cuando sean grandes y tengan hijos, y estos hijos les pregunten por sus memorias de la escuela, les dirán que sus maestras eran cariñosas, inteligentes, dulces, encantadoras, excepto una, la señorita Nora, que será mencionada solamente por sus malos modales, conocida como “la secuestradora de los juguetes”…

 
 

Hizo una pausa para respirar, la maestra y los niños guardaban silencio, ella misma no sabía cómo había sido capaz de llegar tan lejos. Se armó de valor: 
 

 - ¿Es eso lo que espera de ellos? ¿Es así como desea ser recordada dentro de muchos años? ¿Quiere que cuando la encuentren en la calle volteen el rostro y finjan no recordarla, en vez de correr a presentarle a sus hijos y decir con orgullo, “mira, te presento a mi maestra Nora, la que me enseñó a leer”?

 - No, tienes razón – la maestra miró las veinte caritas, que la miraban a su vez, a la espera del desenlace -, no es eso lo que deseo, ni es la razón por la que me hice maestra… En algún momento extravié el camino y no es eso lo que espero del futuro.

 
 

Los alumnos, emocionados, aplaudieron. También aplaudió Sancho que seguía a la entrada, escudando a Lisandra mamá y al oso Kikito. Por poco lo descubren porque hizo un ruido bárbaro al chocar sus manitas metálicas. 
 

Una vez más los ayudó la fortuna: en ese momento sonó el timbre de la salida, bien escandaloso.  
 

Los niños se levantaron al unísono y fueron a abrazar a la maestra, que parecía querer tener más brazos que un pulpo para poder abrazarlos. Lisy aprovechó la confusión que se formó y se deslizó hacia la puerta, miró a su mamá correr feliz a fundirse en el abrazo y el corazón le latió tanto que deseó que no se escuchara desde afuera.  
 

Así es como debe ser, pensó satisfecha, así es como debería haber sido desde el principio. Lo sabía y supo que su misión estaba terminada. 
 

Tomó a Sancho de la mano, sin cuidarse de ocultarlo, a esta hora nadie iba a reparar en ellos. Se escurrieron de nuevo por los pasillos, tan llenos de niños que nadie paraba mientes en la rara indumentaria de su amigo, ni en su propio rostro desconocido o su camiseta color rosa con un gatito que no sería famoso hasta casi veinte años después.  
 

Cruzaron la verja, las calles y llegaron a la casa, al garaje, a la máquina y ajustaron el momento del regreso – tres minutos después del primer viaje, para no sumar Lisis entrando y saliendo por los túneles del tiempo -. Pese a los percances no pronosticados por las prisas, a los sustos y a las emociones, llegaron sanos y salvos.  
 

Faltaba una tarea: Había que devolver a Sancho a su época, pero como cuando se tiene una máquina del tiempo, este se vuelve muy moldeable, antes de realizar el nuevo viaje aprovecharon estar juntos y haberse hecho amigos.  
 

Lisy le mostró los trastos del abuelo, el inicio de su laboratorio y los planos de su máquina. 
 

El robot estaba tan emocionado que no paraba de saltar de alegría, para él era un viaje al pasado - no lo olvidemos -, y Lisandra era su creadora… Ahora Lisy estaba acostumbrándose a la idea de que, a pesar de saberlo, tendría que estudiar y trabajar mucho para lograrlo, para colmo su lema era, según le contó Sancho: “Todo es importante”, y trabajaban a partir de material reciclable.  
 

Para que no llamara más la atención su indumentaria invernal – que parecía más notoria que sus partes metálicas, sus ojos saltones y el ruido de sus manos -, Lisy le quitó la bufanda y el abrigo. Una vez más se aventuraron fuera de la casa, era hora de jugar al Pon en el parque que quedaba en la esquina.  
 

El robot estaba de lo más feliz, como le gustaba saltar y el juego del Pon es puro salto, dijo que era el mejor juego del mundo…  
 

Las personas mayores llevan tanta prisa, o están tan ocupados en sus pensamientos, que ninguno de los transeúntes se percató de que había un niño metálico con pantalón verde, camiseta amarilla y gorrita roja jugando en el pavimento dibujado con tiza. 
 

Después de esto, regresaron al futuro de Lisy, dos minutos después de su encuentro con Sancho… Los recuerdos estaban bien alineados, ninguno de los dos olvidaría lo sucedido, a pesar de tantos saltos. 
 

Se despidieron con un gran abrazo – las despedidas no tienen que ser tristes, además, ellos sabían que se volverían a encontrar - y la niña volvió solita, ajustando el reloj para cinco minutos después, sin husmear siquiera en el resto de las cosas que le faltaban por inventar, porque la gran aventura no es llegar a la meta, sino recorrer cada paso del camino. Además, presentía que no entendería la mitad de las fórmulas. 
 

El garaje estaba tan solitario como de costumbre, en fin, solo habían transcurrido cinco minutos en “este tiempo”. Pero antes de esconder su máquina bajo la cortina llena de cisnecitos y flores de loto, Lisy se detuvo a pensar… 
 

“Si arreglé el conflicto con la maestra Nora, y rescaté al oso Kikito… lo cual es obvio porque mi mamá me lo regaló desde que nací y desde entonces duerme conmigo… ¿Cómo es posible que mi mamá me contara que la maestra era injusta y malvada? ¿Habré cambiado el futuro al alterar el pasado? ¿Qué encontraré al salir del garaje? ¿Y si provoqué tantos cambios que mis papás no se conocieron, yo no he nacido y ahora soy un fantasma? ¿Y si al salir del garaje me disuelvo como una sombra, o exploto como una burbuja?... ¡No, eso es terrible! Estoy imaginando demasiado, estoy aquí, soy real, y no me voy a pellizcar de nuevo, ni nada parecido… Para salir de dudas, nada mejor que armarse de valor y averiguar qué está sucediendo allá afuera”. 
 

Asomó la cara con cautela y vio a su mamá, con la misma ropa con que la dejó al salir, el mismo peinado, oliendo al mismo perfume tan, pero tan rico que siempre usaba, y con un enorme vaso de batido de chocolate en la mano. 
 

 - ¡Lisy! – le dijo sonriente - ¿Cómo no me avisaste que te ibas a encerrar a hacer tus experimentos? Mira, te había hecho un batido para que merendaras antes de irte a jugar… Ni siquiera me dejaste terminar.

 - ¡Mamita! ¡Mi mamita linda! – corrió a abrazarla, feliz de que todo estuviera igual, aunque no lograra entender aún cómo ni por qué.

 - Vamos – la mamá la abrazó también -, no exageres, solo hemos estado unos minutos sin vernos y se me va a derramar el chocolate encima de tu camiseta favorita. Fíjate si te fuiste apurada, que no me diste tiempo a terminar la historia…

 - ¿La historia?

 
 

La niña tomó el vaso y descubrió que tenía mucha hambre, llevaba muchas horas sin comer, así el resto del mundo hubiera seguido su ritmo, el pasado en el pasado, el presente en el presente y el futuro en el futuro. 
 

 - Claro, la de la maestra Nora, ¿no quieres saberla?

 
 

Lisy bajó la cabeza para que no la viera ponerse roja. Por suerte ya había terminado el batido, aún así solo pudo asentir y decir “gulubug, gulubuf”, algo parecido a lo que hubiera dicho Sancho al ponerse nervioso.  
 

 - Traga con calma, ya entendí – las madres son maravillosas -. Pues bien, mira qué final inesperado tuvimos ese curso: Una tarde, antes de que sonara el timbre, justo cuando me iban a quitar al oso Kikito, apareció una niña enorme, seguida de un niño flaquito, un poco extraño… le traqueaban los huesos como si fuera una bicicleta vieja.

 - ¿Una niña muy alta, dices?

 - No pude verla bien porque corrí a salvar al osito y el niño me protegió mientras duró el diálogo…

 
 

Le contó lo que ella había protagonizado hacía apenas unas horas. 
 

Lisy no podía creer lo que estaba viviendo, ¡era el viaje más disparatado de la historia!  
 

Pensándolo bien, en este momento exacto, a menos de una cuadra de distancia, estaba ella, con esa misma indumentaria, jugando al Pon con Sancho, y sabía que no debían encontrarse para que todo sucediera como hasta ahora había sucedido… Mejor imposible.  
 

¿Le creería alguien de este tiempo si lo contara, así fuera su mejor amigo Óscar? ¿Tendría que esperar a mejorar y patentar el invento para poder contarlo sin que la acusaran de tener demasiada fantasía? ¿Sería capaz de escribir un libro describiendo sus aventuras, o dejaría que cada cual las imaginara a su modo? 
 

 - Y la maestra nos abrió el closet donde guardaba los juguetes, que regresaron a sus dueños – concluyó la mamá -, nunca más intentó castigarnos de ese modo.

 - ¡Por eso tengo al oso Kikito al lado de mi almohada!

 - Claro, hijita – la mamá estaba demasiado absorta en su recuerdo para encontrar el comentario algo discordante -. Desde ese día fue distinta, nos hacía cuentos, nos llevaba a excursiones, organizaba concursos… ¡Hasta inventamos juegos didácticos para aprender de modo más divertido! Nosotros, felices con su cambio, fuimos los mejores niños de la escuela, los más estudiosos y disciplinados… Lisy, ¿tú me estás atendiendo o andas por las nubes?

 - Estoy en las nubes – dijo, riendo como un cascabelito.

 - ¿Te ríes de mi final feliz? ¿No me crees?

 - Sí, mamita querida, claro que te creo… Y no, no me río de los finales felices, jamás lo haría – le respondió, tomándola de la mano para entrar con ella a la casa.

 
 

Lo hizo, tras mirar el reloj, justo a tiempo de que la mamá no viera “a una niña idéntica a ella” volver a entrar en el garaje en compañía de alguien un poco diferente de los amigos que solían jugar con ella. 
 

 - ¿Te cuento de qué me reía? – le dijo, regresando del cuarto con el oso Kikito en brazos, pues no pudo resistir la tentación de volver a verlo.

 - Es una buena idea…

 - Es que en ese momento pensé que debo ir a contarle a un amigo mío este desenlace de tu historia.

 - ¿Ya le contaste mi historia a alguien? ¿En tan poco tiempo? ¿Qué amigo es ese tan importante? – cuando mamá hacía preguntas no tenía para cuando acabar, por suerte solo esperaba respuesta de la última - ¿Te refieres a Oscarito?

 - No, es otro amigo nuevo, algo rarillo y ruidoso, pero muy valiente, alegre, especial...

 - ¿Nuevo en el barrio? ¿Nuevo en la escuela? ¿Lo he visto ya? ¿Cómo se llama?

 - Se llama Sancho y no lo conoces – volvió a reír, es bueno tener memorias del futuro -, todavía no.

 
 
 
 

Marié Rojas Tamayo

Para los “Pequeños Príncipes”, con todo mi cariño

Este artículo tiene © del autor.

195

1 Mensaje

Comentar este artículo

   © 2003- 2015 MUNDO CULTURAL HISPANO

 


Mundo Cultural Hispano es un medio plural, democrático y abierto. No comparte, forzosamente, las opiniones vertidas en los artículos publicados y/o reproducidos en este portal y no se hace responsable de las mismas ni de sus consecuencias.

Visitantes conectados: 22

Por motivos técnicos, reiniciamos el contador en 2011: 3243214 visitas desde el 16/01/2011, lo que representa una media de 704 / día | El día que registró el mayor número de visitas fue el 25/10/2011 con 5342 visitas.


SPIP | esqueleto | Conectarse | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0