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EL DIA QUE NO SALIO EL SOL

Marie Rojas Tamayo

Cuba




 Aquella mañana los animalitos diurnos demoraron un poco más en despertarse. 

 Los nocturnos, en cambio, hicieron horas extra esperando a que se marchase la oscuridad y llegara la luz que anuncia el nuevo día. 

 Pero pasado un tiempo, comenzó a ser evidente que, por algún motivo, el sol no iba a salir. 

 El búho voló bien alto para averiguar qué pasaba y regresó con la noticia: 

 Una nube inmensa, pesada y oscura como humo de chimenea, cubría una gran porción del cielo. El pobre sol había quedado atrapado tras su sombra, imposibilitado de anunciarse con uno de sus amaneceres coloridos. 

 Dudando de las palabras del búho, los trepadores subieron a las copas de los árboles, los voladores se izaron sobre ellas y los corredores buscaron el claro junto al lago. 

 Era cierto, tan cierto como que ya era de día y aún estaban sumidos en una oscuridad casi completa: el sol estaba prisionero tras un enorme nubarrón. 

 Inmediatamente convocaron una gran asamblea. Los habitantes del bosque marcharon en armonía a sentarse alrededor del sabio lobo blanco, que comenzó diciendo: 

   - Hermanos, hay que rescatar al sol de esta nube que lo tiene preso, debemos encontrar rápidamente una solución. Estamos dispuestos a escuchar sus ideas.

 Las mariposas y las aves propusieron alzar su vuelo lo más alto posible. Una vez allí, batir alas con todas sus fuerzas, pues sabido es que el viento empuja a las nubes, llevándoselas a otras regiones y, de momento, en el bosque no soplaba la menor brisa. 

 Algunos estuvieron de acuerdo y allá volaron en bandadas. Pero por más que lo intentaron, la intrusa no se movió ni un poquito. Regresaron verdaderamente agotados. 

 Los animales grandes, entre ellos dos familias de osos, propusieron tirarle piedras a la nube; con esto tal vez la asustarían y lograran que se marchara para siempre. 

 Unos pocos estuvieron de acuerdo y comenzó una verdadera andanada de enormes piedrotas a volar por los aires. Pero las piedras bajaron a toda prisa, a caer en la cabeza de los que no corrieron a esconderse bajo los árboles. 

 Las arañas tejedoras propusieron hacer una gran red y atrapar a la nube, para luego tirar de ella y llevarla lejos del bosque. Nadie estuvo de acuerdo, sencillamente porque una vez hecha la red no sabrían como hacer caer en ella al nubarrón. 

 Entonces un mapache a quien nadie hacía caso, porque aparentemente solo sabía jugar y corretear de un lado a otro, pidió la palabra:

   - Ayer estuvieron unos niños bajo mi árbol – dijo -, les escuché decir que las nubes están hechas de gotas de agua y que si se canta muy alto se llama a esas gotas para que caigan. No sé si es verdad, pero vale la pena probar.
 
 Todos estuvieron de acuerdo: Cantar una canción no era difícil como cazar la nube en una red, ni fatigoso como abanicarla para que se marchara, ni peligroso como lanzar piedras. 

 Haciendo un gran coro, los animales comenzaron a cantar a la nube para que se transformara en lluvia y dejara libre al buen sol. 

 Aullaban los lobos, graznaban los cuervos, trinaban las aves, gruñían melodiosamente los osos, bramaban los ciervos, chillaban las ardillas, chirriaban los grillos... 

 De pronto, una gota cayó sobre la cabeza de la lechuza, que voló por el bosque gritando: ¡Más, más, más! 

 El canto se elevó. Y en apenas unos minutos a esa gota le siguió otra, y ya no eran diez o cien, sino millones de gotas, mientras la nube se iba desvaneciendo, convirtiéndose en lluvia fresca, dando paso a los primeros rayos de luz. 

 Cuando de la nube quedaban apenas unas gotitas muy finas, el sol las transformó en un bello arco iris, como si agradeciera a los animalitos su canción. 

 De este modo comenzó el nuevo día en el bosque. 

 No sabemos si fue gracias a la canción que la nube se transformó en lluvia, si era sólo un juego de los niños, o un cuento más de los que suele inventar el mapache juguetón. Lo cierto es que valió la pena intentarlo. 
 
 

Marié Rojas Tamayo
 

Este artículo tiene © del autor.

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