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Semblanza del Mariscal Francisco Solano López

Publicado en el Periodico Digital ea.com.py

Elias Troche

Paraguay



En el limbo de la historia, se encuentran desdibujados los trazos que dejó alguna vez una patria utópica. Una patria que se levantaba como una contraposición al espacio tiempo de las realidades del hombre de esa época. Era el Paraguay de antes, el Paraguay que engendró al Mariscal Francisco Solano López.

En López uno encuentra la representación máxima de los hombres de esa antigua patria y el dirigente supremo que la acompañó en su momento de infortunio apocalíptico, alcanzando él, la última cumbre del patriotismo al dar su vida en Cerro Corá, sentenciando el capítulo final de ese paradigma del Plata que fue nuestro viejo Paraguay, con su frase fulminante: “Muero con mi patria”.

Por eso es imposible querer hablar de López sin referirse a la patria vieja, ni viceversa. Su figura inmensa y legendaria solo es comparable con la grandeza de aquel Paraguay.

Francisco Solano López Carrillo nace el 24 de julio de 1826. Fue Coronel a los 19 años, Jefe de Comando del Ejército Nacional a los 26, Embajador a los 29, Presidente de la República a los 36 y nombrado Mariscal el mismo año. Fue nombrado “Pacificador” por las mismas fuerzas que 5 años después lo calificarían de “tirano”.

Al asumir la Presidencia de la República dijo: “La nación debe romper su relativo aislamiento y hacer que la voz del Paraguay sea oída”. Así, López administra la construcción del primer modelo independiente de América: vías férreas, telégrafos, oficinas públicas, escuelas, hospitales, hornos de fundición, exportación a Europa, distribución equitativa de tierra y alfabetismo. Todo sin necesidad de capital extranjero. El imperdonable espíritu independiente de López lo sentencia tempranamente, a él y todo su pueblo.

Lo que vino después fue inevitable. La guerra es la resolución de un conflicto de intereses por la fuerza. El que quiera creer que un enfrentamiento bélico de la envergadura de la Guerra contra la Triple Alianza puede ser obra del egocentrismo de un hombre, tiene todo el derecho de hacerlo, pero demás está decir que, haciéndolo, ofende a la inteligencia.

Hay un hecho indudable que la literatura fabulosa antilopista no puede explicar: el pueblo siguió a López en su sangriento afán de defender la soberanía, codo a codo y no existe registro de un éxodo de habitantes, pero sí de hombres, mujeres y niños trasladando lo que quedaba de la nación detrás de la enigmática figura del Mariscal, esperando los salve del infortunio.

Si lo único que exige la patria a sus hombres es lealtad, López no la defraudó.

En la mañana del 1° de marzo de 1870, el Mariscal llama al Coronel Víctor Silvero y le dice:

“…En la antigüedad, en aquellos tiempos de hombres extraordinarios, el que perecía en la contienda luchando, era el vencedor, y no el que quedaba con vida. Los honores del triunfo se discernían al muerto, porque era considerado el primero en la jerarquía de los héroes. Si la naturaleza no me dotó de genio para dirigir con mejor fortuna las batallas, he tenido en cambio el don de la voluntad que constituye la energía del acto, la proeza objetiva concreta, que avasalla los sucesos y la imaginación humana, y que vale tanto o más que el genio; puesto que se sustenta en un sentimiento dominante más poderoso que el instinto de conservación: un sentimiento único que exige imperativamente la supresión irrevocable de ese delirio angustioso que se llama la muerte. Y si mis ejércitos diezmados mil y mil veces me han seguido a despecho de tantos contrastes y penurias hasta el postrer extremo -es decir, hasta este final momento- ha sido precisamente porque sabían que yo, su jefe supremo, había de sucumbir con el último de ellos, sobre este mi último campo de batalla…

Unas horas más tarde el Mariscal, ya herido de una estocada, arremete por última vez contra sus oponentes, escupiéndoles su perpetúa frase: “Muero con mi patria” y cae fulminado de un tiro en la espalda, a orillas del Rio Aquidaban. En sus manos sostenía el sable en el que se leía “Independencia o Muerte”. Era el “sable de la soberanía” que el mismísimo libertador José de Martín había portado en su cruzada emancipatoria, legado a Urquiza y que éste como queriendo liberarse de su mea culpa kármico, había cedido a López.

A pesar de ser un verdadero símbolo nacional, la investidura de López siempre colgará del oscilante péndulo entre los enunciados de héroe y villano. Los intereses contrapuestos que perduran hasta hoy, lo maldicen a este vaivén eterno.

Hoy, nuestra República cumple 200 años de historia y aunque ya no sea la misma de antes, siempre existe la esperanza de que sus hombres sean dignos de ella y le entreguen lo único que ella pide: Lealtad.

P.-S.

Fuentes bibliográficas:

- Pelham Horton Box. Los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza, Buenos Aires-Asunción - Nizza, 1958

- Efraim Cradozo, Hace 100 Años: Cronicas de la guerra de 1864 – 1870 (Tomo 1) - Amasa 1967

- Juan E. O’leary – Recuerdos de Gloria. Articulos Históricos sobre la Guerra contra la Triple Alianza- Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2008

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