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EL CÁLIDO DOCTOR SIN NOMBRE

Adrián N. Escudero

Argentina



 

EL CÁLIDO DOCTOR SIN NOMBRE[1]

 

A  Mary Sélley, la inmortal…

 

PARAÍSOS

 

Al primer día, lo creó.

 

Doce años tenía yo cuando el Doctor entró en el barrio -soportando apenas su magra figura-, y se instaló en aquella casa umbría.

Los Vento, arrebatados por la muerte, se habían mudado de ella y, regalo de herencia, puesta en alquiler por Tía Aída, había recibido al viejo encantada de ver a alguien imbuido de su anciana congoja.

Corrían, pues, los años sesenta, y, en el barrio, el tiempo se filtraba con lentitud por las narices y oídos de la gente, oxidándola por dentro de la manera más natural. Y el tiempo traía en sus brisas, silencios y ruidos a carro de algún venerable verdulero, o de auto de algún receloso vecino progresista, olores y pensamientos que, al colarse tras la bruma verde de los paraísos plantados por la Municipalidad algunos lustros atrás, se trocaban finamente en esa indómita Naturaleza de cuatro velos: el blanco, el azul, el rojo y el violeta -o marrónverdiamarillo-.

 Tanta belleza controlada desde los albores del mundo, fue envidiada por este hombre de extraños gustos -secretos que yo compartiría- y que de ser por él, la hubiera transformado en opípara cena.

Después, el progreso de los hombres desecharía su paso -en pos de discutibles objetivos-, marginando y envasando su aliento en cercos de fin de semana.

Pero nada de esto pensaba yo como posible. Tampoco el Doctor. Ni la vieja Aída. Ni la bandada de chicos que miraba por la ventana cálida de nuestras casas sencillas, ocurrir las cuatro estaciones planetarias: al invierno, a la primavera, al verano, al otoño…

Así, había una maravilla especial en la tierra endurecida, encalada por el rocío o el granizo que dividía los frentes de las casas. En la pulcra actitud que insinuaban las dos estelas de zanjas estiradas a lo largo de los cuatro puntos cardinales, doblegadas por las palas y las botas de goma como partiendo una manzana. Los árboles, liberados de sus ocres vestiduras, concluían fundiendo su desatino con la tierra, alimentándola. Sumidos en un sueño níveo, como cruces aliquebradas por el viento, parecían desconectadas de la vida para ansiarla otra vez.

Luego vendría el filoso fulgor de las espadas color de olivo y los ceibales ardientes, montados sobre espirales ígneas de mariposas húmedas, de color en color, de sabor en sabor, encolumnadas por el centro de la calle y dispuestas a lograr una meta que no sería, sino, la corta o larga distancia de nuestros brazos alzados contra ellas, armados de ramas que estaban esperándolas -con el corazón prieto y el suspiro contenido- para momificarlas. Y los naranjos. Y los jazmines.

Atrás, atrás, muy atrás, en la dimensión de los recuerdos, confundida la sinuosa corbeta de la imaginación por los sueños y anhelos de un ayer siempre en presente…

 

 

ENSUEÑOS

 

Al segundo día, lo visitó.

 

… Pero el Doctor Sin Nombre no llegó en otoño, cuando las calles se abren a las palomas blancas con moños de rosa y dientes de marfil. (Los ómnibus estremecidos por las primeras picardías de sus voces hilarantes).

Tampoco, en invierno, cuando la lluvia se cristaliza y los barrios se inundan y el barro endurece los pies de todos y los deja quietos y muy solos. (Los zapatos como estacas barnizadas).

Tampoco, en primavera, cuando la noche suelta a las estrellas y las deja caer y volar a la manera de luciérnagas remotas, y el canto de la noche es el rumor de los grillos junto al aroma fresco y meloso de los azahares que la gente guarda bajo las almohadas, como guarda la naftalina en el ropero o el perfume a dioses del palosanto dentro del cuarto. (Cuando el sereno de la noche demora el sueño de las cobijas gruesas).

El Doctor Sin Nombre llegó en el verano, cuando un sol rojo e hirviente nos secó el cerebro, y tuvimos que correr, a pie o en bicicleta, a remojarlo un poco en los charcos de agua tibia del Lago del Sur, antes que muriera del todo. (El humo de los pobres ahuyentando mosquitos).

Porque esa lluvia de mica desintegrada hería la piel y quemaba los ánimos y uno ya no tenía ganas de jugar, ni de hacer mandados ni de estudiar materias atrasadas. El mediodía nos mandaba a dormir, dormir y dormir, como marmotas, una siesta larga y sedienta, mientras esperábamos que la bola implacable, aliada a la humedad que untaba a las veredas con una baba chirle de este a oeste, se perdiera en el horizonte, difuminado entre los velos del ocaso, y, de ser posible, no retornara más. Aunque al otro día rogáramos para que volviera y nos llevara a la arena del domingo vuelto siete días en las vacaciones de estudiante…

Fue lo único que el Doctor Sin Nombre no pudo hacer: masticar las estaciones como hacía con los pájaros. No obstante, hubiera sido como engullirse a sí mismo. Todavía no puedo creer que haya existido, y que hayamos caminado juntos...

 

Dormir…

¿Las diez de la mañana? Creo que sí. De otra forma el Gordo no hubiera devorado el pedazo de pan que escondía siempre en los pantalones que arrastraba como sombrilla desde el fundillo hasta las botamangas. El calor era acuciante y el partido de fútbol se había suspendido. Sudábamos más de lo que corríamos o disfrutábamos. Había que seguirlo por la tarde; a las seis, cuando las brasas del asado de papá dejaran de crepitar.

¿El mes? Enero. Sí, era enero porque aparte de ese calor al rojo vivo, mamá había comenzado a preparar su economía para festejar mi cumpleaños. El decimotercero (aunque mi superstición era benigna). Modestamente, claro.

En aquella oportunidad, fuimos tres los testigos del arribo de su presencia enjuta, tipo cadáver resucitado o Frankestein escapado del cine donde ayer habíamos gastado nuestra penúltima salida extra.

Amarillo, infernalmente demacrado (todo se confabulaba), con dos ojeras de espanto (como ollas sulforosas de caldo de sopa), asomando una mirada escarlata (chispa agigantada), como un brasero a punto de arder...

¡Espantoso!, gritamos sin mirarnos. Y nos zambullimos en el jardín de mi casa, pues se dirigía, rectamente, hacia nosotros.

"N-o t-e-n-g-a-s- m-i-e-d-o", me dijo. Y la voz sonó lejana y el maldito Drácula y el calvo vecino de la otra cuadra se burlaba de nosotros…

Quise hablar pero no pude.

Los otros estaban como arracimados detrás de una planta de hortensias, y hasta juraban obedecer y colaborar con sus atribuladas madres si salían de ésta.

"N-o t-e-n-g-a-s- m-i-e-d-o, p-e-q-u-e-ñ-o...", y la voz pareció encontrar la revolución justa, como si el pequeño grabador que llevaba oculto en el cerebro, se hubiera compuesto, y se mostró diáfana, agradable, llamativamente cortés.

Me puse de pie. El muerto me miró fijo y presentó su título: DOCTOR DE MUNDOS. También subrayó que buscaba una pensión, que estaba cansado porque venía de lejos, y que, como los hoteles estaban por lo general en zonas ruidosas, quería saber si, por el barrio, alguna casa podría hospedarlo.

Yo recordé que Tía Aída había quedado sola por sexta vez en sesenta años (tenía ochenta ahora y, según mi madre, trataba a sus maridos como trapos de piso), y la casa le había quedado demasiado grande para ella, tan anciana y diminuta.

Además, excepto por su porte casi artificial, el Doctor debía estar por la misma edad y le sería buena compañía. Hacía poco que una joven con tres chiquitos se había ido porque Aída no soportaba ni el llanto ni las travesuras de los infantes, y, directamente, se lo había dicho. La renovación de la renta se frustró, y así el barrio perdió tres muchachos más para jugar -en un tiempo no lejano- a la pelota con nosotros.

El Doctor, con su aire circunspecto, de "médico", "abogado" o "psicólogo", sería el inquilino ideal. Parecía hombre de pocas palabras y muy educado.

Se lo dije.

"Gracias. Eres un buen chico", me contestó. Y yo sentí mi cuerpo como un viejo fuelle, con una cara llena de arrugas y tan chato como una baldosa sobre el suelo…

Después, lo vimos marchar a lo de Aída, enfrente, cruzando la calle con parsimonia, deteniendo el aire con su figura tragicómica, y dejándonos perplejos por un buen rato hasta que el hambre nos hizo olvidar de él.

No obstante, hubo un detalle que el susto no nos dejó captar en seguida. El maletín del Doctor era redondo y plateado, y refulgía en las sombras; pero, cuando el sol lo tocaba, su blancura se tornaba discreta, opacándose.

Un maletín redondo.

Eso era, también, muy interesante.

"¡Adiós!", gritamos. Y nos desbandamos.

 

Al cabo del almuerzo y de la santa siesta, papá me llamó para que le ayudara a pintar la verja. Había comprado ese rojo que dice "bermellón" en la lata y que tiene el tono del corazón de una sandía; así como un par de pinceles pequeños. Uno para él y otro para mí.

El contraste sería bueno. Rojo y blanco. Como el sentido estético de la cosa reclamaba. Aunque luego hubiera que tener paciencia con algunos, por aquello de los colores de las camisetas que vestían los equipos locales, y todo eso. Hablo de Unión y de Colón, por supuesto.

Era hermoso pintar.

Me encantaba el color rojo. Como me gustaba el azul, el amarillo y el verde, bien chillones. Papá decía que esos eran gustos propios de los niños sanos, a quienes place todo lo que resalte. Que uno cuando crece y madura, opta por colores más reservados y, en ocasiones, alguno que otro color furioso.

De todos modos, prefería el rojo (al igual que yo), y parece que el Doctor lo mismo (después comprendería por qué) . Sí, al rato estaba parado en el porche de la casa donde vivía, mirándonos trabajar y gozar con nuestras manos y mejillas torpemente embadurnadas.

No era su cara la que hablaba. Eran sus ojos tan rojos como la pintura que ensangrentaba, pedazo a pedazo, los sarmientos de la verja.

Cruzó la calle.

"¿P-u-e-d-o a-y-u-d-a-r, señor...?", y papá lo miró, extrañado, porque el viejo tenía puesto un traje azul y una camisa amarilla y unos zapatos rojos, y sólo la valija no estaba con él, pero sí aquel rostro de momia, con manos de araña, ojeras de cráteres de luna, y un lagarto rastrero en su lúgubre voz.

Un lívido escozor me rozó la mano, y di gracias que sólo el pincel cayera de ella.

"¡Oh, qué pena..!, me dijo, alcanzándomelo.

"No es nada", respondí. E intenté concentrarme en el trabajo.

"No se moleste. No vale la pena", aclaró tardíamente papá.. "Además, está usted muy bien vestido como para hacer esto", agregó como al pasar...

En algún lado sonó un chasquido como de campanilla de caja registradora abriéndose, y los ojos del viejo brillaron.

Papá y yo comprendimos que había sonreído.

"Bien. Me quedaré entonces a mirarlos. ¿Qué hacen?"

Eso no lo entendí. ¿Qué hacíamos? ¡Pintábamos! Ciego no era.

"Quiero aprender", agregó.

Y se quedó a nuestro lado como una estatua, sin molestar.

 

 

Al tercer, lo clasificó.

 

Aquella noche fue muy cálida.

Me despedí de Enrique hasta el día siguiente (si Dios quiere), cené y fui al cuarto. Antes pasé por el dormitorio de papá, tomé uno de los libros que había sobre la cómoda, y me dispuse a leerlo. Poe me fascinaba.

Pero no leí ni una página. Mi cuarto daba a la calle y estaba arriba, y su ventana, abierta de par en par -porque era la única manera de no morir sofocado y dejar correr un poco el aire, espirales en mano y listos para encender-, invitaba a la curiosidad…

 

El viejo era demasiado raro como para olvidarse uno así no más de él. Así que me entretuve mirando, hacia abajo, hasta que todas las luces de la casa de Aída se apagaron, y fue cuando noté ese brillo extraño escapado, tenuemente, del fondo del departamento donde habitaba el Doctor.

Me sonreí. Pero la imaginación me volaba y llegué a pensar que, el viejo, era el diablo, y que por eso parecía una momia plastificada, y que en el maletín obraría el cetro de su poder. También pensé que se estaría despojando, en ese momento, del cuerpo robado a alguna morgue de Liverpool -luego de ingresar a ella por los caños de calefacción, resucitado a un cadáver y desmayado al practicante de la Dirección de Asuntos Terminados-, antes de venir aquí. Y estaría guardando, ahora, su cabeza de hierro y de alambres calcinados, sus brazos de palo de escoba, su tronco de carretel de hilo, y sus piernas de roble con galochas...

¡Espantajo infernal! O, sin tanto trabajo, fugándose del cuerpo -después de sellarlo trabando el ropero por dentro-, por los huecos de la nariz o de los oídos, y filtrándose, por la cerradura, como una idea de fuego o una estela de sol...

 

Cuando me dormí, pensé mostrarme más cuerdo para razonar y no tan surrealista.

Pero sólo al principio. Un poco nomás.

En realidad, ahora pienso que en ningún instante pude escapar del pensamiento inicial. Porque el viejo no me abandonó, y fue en ese sueño que se hizo mi amigo. Y en el sueño fue completa su irrealidad...

 

Tres noches lo seguimos con el Gordo y con Enrique. Además de la vieja y chismosa Tía Aída, que había sido arrastrada también por la misteriosa personalidad del científico.

Todos mezclados, confusos pero casi lógicos, los vaivenes de la subconsciencia me hicieron conseguir el apoyo de ambos amigos y pernoctar cerca de la casa subidos a un árbol de paraíso (que en verano toma un follaje especial y provee esas deliciosas frutas venenosas que sirven como proyectiles para gomeras con disparador a dedo o a horqueta); e, interpolados entre las hojas con los olores del miedo, del no saber qué hacíamos allí como monos, que si nos caíamos no íbamos encontrar explicación a nada ni para nadie, esperamos...

Tanto para nada y nadie.

Es que el viejo salía todas las mañanas a las ocho con su maletín plateado y su aire narcisista y displicente, y nosotros, desde lejos, lo saludábamos a medio calzar nuestros pantalones cortos, mientras inflábamos una pelota dormida que, a golpes la íbamos a despertar, y cuando le gritábamos preguntándole cómo estaba y adónde iba, nos decía: "Estoy muy bien, chicos. Voy por allá. Jueguen y disfruten mucho". Y desaparecía. Y volvía a las doce en punto. (El maldito viejo era un reloj). Volvía cuando el sol aullaba y los ojos le brillaban como en ningún otro momento del día…

Creo que tomaba el ómnibus y hacía todo el recorrido hasta la parada. Caminaba bastante además. Diría luego que, “caminando, se aprende a conocer a la gente”. Que para eso había estudiado y había sido enviado por el "Otro" y los “otros”. Para curar al Mundo, y ver si podía firmar el Tratado...

Entonces supe que me costaría entenderlo. Sobre todo, en otra parte del sueño.

Lo cierto es que, luego de "comer" su almuerzo, lo imaginé un rato guardado en el ropero, y otro rato -ya sin cuerpo- acomodado en un rincón de la pieza, como un cigarrillo arrojado tras la última pitada.

A las tres de la tarde, calzado de hombre nuevamente, saldría a la ciudad sellando a fuego cada uno de sus pasos, y dejándonos las manos cálidas, vueltas cenizas, en tanto le veíamos desaparecer.

A las siete u ocho de la tarde, antes de que su cara derretida nos mostrara la oscuridad de los abismos, la valija blanca anunciaría su regreso a la casa y el apuro de doña Aída por borrar las pisadas del cuarto de su inquilino, donde había estado husmeando con resultados tan negativos como desconcertantes.

El sol se ocultaría en el preciso instante en que el Doctor llegara para recluirse en ella...

.

 Algo haría allí dentro. Escribiría o leería. No sé. Más luego, supe que ni escribía ni leía: sólo abría con cuidado la valija y hablaba sin mover los labios, y pasaba datos y cifras en un idioma mental más confuso que el chino...

A las once de la noche la luz de su habitación se apagaba, y toda la casa se sumía en el más ceñido silencio. Pero eso nada significaba porque yo sabía que la Tía Aída tampoco podía dormir. Tenía muchas ganas de preguntarle cosas ya que, maldito sea, sus cartas no las revelaban, como tampoco ninguno de sus trucos de consumada curandera.

Como si el viejo, en verdad, no fuera de este mundo.

Entonces comenzaba la fosforescencia amarilla y azul y roja (y tenue). Yo sabía que era él. Porque en los sueños uno puede volverse invisible, atravesar la calle como el viento, y violar la intimidad que ocultan las paredes, filtrándose por las hendijas de sus puertas, y mirar todo y entender todo.

Aunque al principio yo creyera que un velador encendido podía ser su origen también… Y velador o viejo fantasma burbuja de sol, juré no despertarme hasta adivinar su origen, y creo que lo logré.

Fue, en tal sentido, el sueño más largo de mi vida.

 

 

Al cuarto día, lo analizó.

 

Ahora la mañana. Tal vez del otro día o de muchos días después.

Tía Aída sentía que algo había cambiado de modo repentino en su interior. Una singular nostalgia había arrasado su grave irascibilidad de viuda premiada con la cinta azul de la impopularidad.

Es que la vieja doña no podía con el genio, y ya estaba, de súbito, ¡enamorada! Con un amor de viejos. Pero que era amor...

 

Y fue en aquella mañana que el otoño llegó..

La vieja seguía limpiando todos los lunes el cuarto del Doctor, que aparecía y desaparecía de él dejándolo pulcro, llamativamente ordenado, y tornando innecesaria esa labor.

La octogenaria acabó de higienizar su propia parte de la vivienda, y de hervir algunas hojas mágicas para curar empachos, leyó algunas cartas, lanzó maldiciones contra los impuestos, abolló el diario no bien agotó las notas necrológicas, y alimentó el horno de su cocina con un poco de leña y alcohol de quemar. Acto seguido, entre los vapores ácidos que impregnaron el ambiente, preparó la lista de quinielas, colocó una cruz al lado del nombre del funcionario que conocía sus actividades y que debería atender, por ende, con generoso cuidado en el reparto de dividendos, y se mostró en la vereda, escoba en mano, para saludar a pocos y recibir de aquellos que aseguraban era una persona simpática, algo distraída y nerviosa por la edad, pero buena al fin, los "buenos días". Más no sea por las dudas que hubiera pactado algo con Satanás y clavara alfileres en sus fotografías... En esto, los vecinos más pudientes tenían sumo cuidado. Y hasta la llevaban en auto a hacer las compras.

 

Volvía como a las nueve con los bolsos cargados de verdura, disponía la cocina para más tarde, tomaba las llaves, abría la puerta y entraba al reducto del viejo que hacía como dos horas se había retirado... Pero siempre lo mismo. Las pocas arañas que lograban colgar sus redes, no eran desalojadas sino de tanto en tanto, porque algún pretexto había que tener... Las moscas del verano o las arañas que venían con las primeras lluvias de otoño, seguirían un tiempo allí. Hasta que, al cabo de tres meses, Aída imaginó que siempre sería así. En verano, moscas, hormigas y mosquitos. En otoño, arañas. En verano y otoño, polvo -muy poco-, y las camas tendidas como la semana anterior y anterior, y anterior. En invierno, polillas y cucarachas. En primavera, nada. Sólo una pizca de polvo. Como en verano, otoño e invierno. Porque nadie podría, aunque revisara el cuarto, asegurar que alguien vivía realmente en él...

Y así, Tía Aída agonizaba cada comienzo de semana junto a la extraña perfección de aquel orden. Demasiado orden por tratarse de un simple inquilino. Demasiada prolijidad, aún tratándose de un hombre culto, soltero o viudo. Esto último, por ejemplo, era una de las cosas que hubiera deseado preguntarle, y que nunca intentaría. Las camas que tendía estaban, al cabo de siete días con sus noches –pero a espía, diariamente comprobado-, exactamente iguales. Sus sábanas y colchas, perfectas y alisadas. Como sólo ella sabía y podía hacerlo. Con esa naturalidad, cariño y habilidad de alguien que quiere al alguien y no se atreve a hacérselo presente de pudorosa no más. Pero ella lo mismo volvía a remover las fundas, a sacudirlas, a lavarlas y a tenderlas, una y otra vez, todos los lunes, porque para algo le pagaban, al menos. Además, estaba el polvo. Casi nada, pero...

 

Esa fina capa demostraba, de tanto en tanto, la rutinaria dirección de las pisadas del viejo.

De la puerta al ropero.

Del ropero a la puerta.

¡Ja!, me sonreí. Mi sueño era lógico. Fantástico pero lógico. No me contradecía.

De la puerta al ropero.

Del ropero a la puerta.

Un día, para comprobar que la sospecha era correcta, doña Aída dejó una señal en el lecho: un doblez simulado en la colcha sobre la línea media de la almohada. Algo tonto.

Dejó, además, pasar ese día. Todo el día. Hubiera querido entrar antes. La cabeza le dolía de ansiedad. La boca le temblaba y, más de una vez, el balbuceo de sus labios no pudo atribuirse al olvido de la dentadura postiza...

De la puerta al ropero.

Del ropero a la puerta.

No, era evidente que el Doctor Sin Nombre no dormía allí, o en esa cama, al menos.

Y yo por nada del mundo me hubiera despertado. Sin embargo, casi lo logra el profesor de la materia previa que debía, y que, de pronto, intervino con amenazas para que lo hiciera y estudiara, o no aprobaría. Pesadilla. ¡Toda una maldita pesadilla!

Lo mandé, simbólicamente, a los tomates. Después me arrepentí, porque supe que al Doctor le gustaban los tomates. Le dije al profesor, entonces, que se fuera por donde el sol calentara más. Pero volví a arrepentirme por temor a que el diablo se ofuscara de tener un contrincante. Opté, pues, por insistirle, amable y perspicaz, que volviera otro día. Que este sueño era completamente mío y yo haría de él lo que quisiera, porque lucía más interesante que ese jeroglífico de números y combinaciones que, algún loco o descentrado, había bautizado con el nombre de “matemática”. Y punto. Nunca más volvió. Igual se había ofendido, incapaz de absorber una crítica constructiva. Y como, a lo mejor, yo también estaba descerebrado, repetí el famoso adagio: "cada loco con su tema", y me concentré en el cálido Doctor Sin Nombre...

 

 

Al quinto día, lo comprendió.

 

De pronto, fue domingo, y lo hallé en la playa...

Pero no era primavera, ni verano, ni principios de otoño. Era invierno y, sin embargo, estaba desnudo: completamente desnudo y arrodillado en la arena, con la cabeza levantada y la mirada perdida en la distancia... Como orando al cielo, y sus cabellos rizados por el viento de la ribera lagunera... A su lado, la valija redonda.

 

Aquí presumí que no sería un pedazo de sol el que tendría escondido dentro de ésta, sino una máquina de escribir. En eso fallé.

Grité un saludo y me acerqué. Mis padres estaban distantes, en la zona verde, bajo los palos borrachos del Parque del Sur, como sombras sobre los claros de luz, preparando el desayuno. Tuve ganas de vomitar porque nunca había visto un cuerpo así, tan flaco y lívido y ruinoso como ése. Parecía sin vida. Dudé que respirara: sí, la tímida agitación de sus pulmones sería un truco. Un buen truco de ventilador. De cualquier modo, por ósmosis, miedo o aquel maléfico carisma que rodeaba a su figura con un extraño halo de venerabilidad, yo estaba junto a él. Y, él, acariciaba mis cabellos...

 

No me lastimó. Pero fue como el halago de un hierro al rojo. Hasta percibí el olor del pelo chamuscado. "Imaginación", me dije. "Pura imaginación"; pero lo mismo no pude dejar de avistar a un chico de doce años todo calvo y feo y pura frente, escalpado por el hechicero indio que lo había capturado en el desierto de Nevada.

Toqué mis cabellos. Estaban todos. Menos mal. Menos mal. "Creo que me comporto estúpidamente".

El Gordo y Enrique preferían estar lejos, bien lejos. No me comprendían ni hacía falta..

"Inexplicables seres, los hombres...", apuntó el Doctor. Yo iba a preguntarle por qué, pero él se adelantó y dijo: "No comen pájaros".

Yo lo miré y tuve otro poco de miedo. El Doctor era un ser paranoico o simulaba serlo. Y yo, no me animaba a contradecirlo.

"Los pájaros son jugosos”, aclaró... ”Y vuelan. Son jugosos y puros, y pueden enseñarnos a ser libres. En verdad, son epicúreamente (“¿Cómo?”) sabrosos.... Sí, cada color les da un gusto singular. Un gusto específico y virtual. Los otros días hice la prueba. Después tuve problemas estomacales, porque este cuerpo no está preparado para ciertas cosas. Igual con el pollo que pinté hace un tiempo. Sí, aprendí a pintar. Compré mis colores favoritos, hice el Arco de mis antecesores sobre su piel hervida y desplumada, y... ¡delicioso! Allá, por ejemplo, en mi Reino, jamás podríamos combinar colores con eso tan exquisito que ustedes llaman carne. De hecho, no resulta necesario... ¡Delicioso! Lástima que aquí abusen de otros condimentos y especias que, al fin de cuentas, también conspiran contra el organismo y desafilan los colores: hablo del vinagre, la pimienta y la sal. ¡Y los ajíes! Como los que usa doña Aída. Y, además, no son tan coloridos y exquisitos como un tarro de pintura en varios tonos. Al contrario, desperdician el manjar pintando casas. Pero reconozco que tiene un cierto sentido: a uno le dan ganas de comerse una casa....

 Igual con las Estaciones. Estuve días atrás con don Invierno de la Muerte; pero todavía no llega el momento de su derrota... Sin embargo, tuvo miedo y salió corriendo. Supervivencia. Creyó que, al final lo iba a devorar... A él y a su compinche: don Otoño de la Vejez. En cuanto a..., jamás. El Verano del Sol y la Primavera de la Juventud, son manjares harto especiales. No son para comer, sino para formar parte de Ellos”...

Yo lo escuchaba y no me hacía problemas. La brisa rastrillaba la arena de la playa y hacía frío. La brisa soplaba y, el viejo y yo, desnudos en la arena, ni siquiera estornudábamos. Todo era un sueño. El sueño de tantas películas vistas y libros de cuentos leídos, o del cuarto huevo frito que mamá aceptara, a regañadientes, servirme esa noche. Mea culpa.

 

Mientras tanto, el viejo seguía arrodillado, rezando, y yo, sin despegarme de su sombra... Pero ya no era invierno; sino primavera.

El chocolate, bajo los árboles del Parque, se había transmutado en termo con agua para el mate en las manos de papá, mamá, y los padres del Gordo y de Enrique... Que seguían allí, a muchos metros de nosotros.Encandilados. Como si la infusión de la yerba “Rosamonte” los hubiera vuelto verdes, y confundido con el paisaje. De ahí que, al cabo de un rato, ya no los vi. Ni a ellos ni a nadie...

La playa de invierno se había disuelto en las aguas del lago que nacía en el canal del Puerto, donde estábamos mirando barcos.

"Son hermosos los barcos".

El viejo habló y yo escuché de nuevo. "Son hermosos porque tienen bellos colores. Sino en la carcasa, en las banderas. Dan ganas de comérselos. Es raro, pero nunca pensé así”.

Entonces me animé, no sin horror, a preguntarle, temblando...: "Y... ¿los hombres, son buenos para comer?"

El Doctor Sin Nombre me miró, y sus ojos ardieron como un millón de fuegos, como un millón de bocas de volcán y lava ardiente...

"No", dijo. Su voz cimbró en mis oídos y, luego de un millón de ecos, se apagó enronquecida. "Los hombres son insulsos y fríos. Sólo tienen en el alma un color. Éste -y se pellizcó ásperamente uno de sus brazos grises-. Son malvados e infelices. Pero no siempre fue así. Y Yo Soy el Pan de Vida. Los hombres deberán comerme a Mí para engendrar colores en sus corazones. Para eso he venido al Mundo: para ser comido por ustedes”.

De hecho, no pude discutir el asunto. Quizás se burlara de mi inocencia o ingenuidad. O de mi orgullo humano. Porque con el color de pelo, ojos, boca, piel y dientes, los humanos podíamos llegar a tener más de uno. Además, en otros países la gente era negra, o amarilla, o terrosa... Creo que su mirada de reojo, matizada por la suavidad y misericordia en la expresión, intentó comprenderme como para darme algo de razón..

.

Insistí: "¿Puedo preguntarle...?", balbuceo. "¿... De dónde vengo?", responde sin dudar. Y afirma: "Lo sé. Soy demasiado raro para el ser humano. Pero me gusta beber vientos y comer pájaros. Y tomates y zanahorias". (Eso yo lo sabía porque la vieja Aída venía de la feria y traía dos bolsas. Una para ella y otra para el Doctor. Al tope de tomates y zanahorias. Toneladas de tomates y zanahorias que, misteriosamente, de alguna u otra forma desaparecían, pues la vieja no hallaba rastros de ellas. No obstante lo extraño, Aída insistía en que el Doctor era bueno, que atendía bien a los pobres y marginados del barrio... Que por eso venían muchos a su casa de curandera. Que no era por ella, sino por el viejo, que era muy bueno con la gente humilde...).

 

"¿Todos los pájaros le gustan?", consulto. "No ‘todos’. Sí, buena pregunta. B-u-e-n-a p-r-e-g-u-n-t-a". Y su voz volvía a revoluciones gastadas, y el pobre hombre me parecía cada vez más viejo y más loco.

"Buena pregunta. No. No todos los pájaros. Me gustan los colibríes (rubíes y topacios, con una espiga de trigo atada al cuello); el Muscalia Bermellón de este país; la Calandria Pintada de Méjico; el Corona Amarilla de Panamá; el Picaflor Escarlata de China e India; y el Cordon Bleu del África; aparte de los canarios, cardenales y zorzales que he visto por aquí", dijo entonces con suficiencia y vuelo internacional. "Pero los gorriones de España, no. Son marrones", concluyó.

 

Luego, desplegando un prolongado silencio, su actitud contempladora derivó en un nuevo interrogante; pero esta vez de su parte. Absorto en el movimiento de buques y barcazas del Puerto, preguntó: "¿Qué hacen los barcos?"

Sorprendido, sólo atino a responder: "Llevan y traen cosas de un lado a otro. De una ciudad a otra. Cosas que los hombres necesitan intercambiar entre sí...". Y no puedo ahondar en la seriedad o ridiculez de la charla, ya que vuelve a preguntar: "Y..., ¿por qué, o para qué?. (Su falsa candidez me exaspera y le contesto con sus propios enigmas). Digo: "Tal vez los hombres, a pesar de su falta de colores en el alma, lo intentan; insulsos y fríos, malos e infelices, lo intentan. Duros y complicados, a veces, lo intentan: intentan... compartir”. Y una tibia sonrisa lo conmueve. “Vas comprendiendo”, dice. “Y habrá que hacerse como vos; habrá que volverse niño para engendrar colores en la esencia eterna de cada hombre”.

 

De pronto, un buque abovedado, hace sonar el estruendo de su silbato...

 "¿Qué hace?", demanda el Doctor señalando el buque.

"Se va. Ya cargó", explico.

"¿Cargó?"

"Sí, lleva trigo y lino, y va para Grecia. Allá no tienen..."

"¿Entonces, cómo le llaman al intento de “compartir”...? ¿Solidaridad.?", ‘arriesga’ el viejo (zorro)...

"Sí. Pero también, ‘negocio’", respondo con aires de comerciante. Y se echa a reír tan jocosamente que no es posible ya escuchar el adiós del barco. 

"¿Negocio? Sí, en mis salidas he investigado al respecto. Negocio se asocia con dinero, injusticia, lucha, poder... Palabras duras y complicadas para seres duros y complicados”. Y el viejo se parece a papá.

"Eso es...", sostengo. Como si en vez de doce tuviera cuarenta años.

 Y usted, ¿de dónde viene?” –inquiero-.

"De muy lejos", revela con nostalgia.

"¿De qué tan lejos? ¿De Europa?"

"No. De más lejos. De mucho más..."

"Ah, del Asia", afirmo y me atribuyo la razón, y me quedo con el supuesto esbozado, como si no supiera que es tan falso como falsa su increíble ingenuidad. “En Asia hay multitudes de barcos también...”.

 

El viejo tampoco ayuda, porque se queda callado un rato, pensativo y esquivo. Luego, agrega: "A mí me gustan los colores".

Y vuelta con el asunto de los colores. Como si el viejo fuera su origen. Mala idea no era. ¿Si en cambio del.. fuera....?

Tonterías.

Los barcos ya se han ido y flotamos en una nube densa y azul que desfigura nuestros rostros.

“¿Qué colores aprecia más?”, pregunto siguiendo su juego.

 “Todos; excepto el negro y el marrón", contesta. Y yo sin verlo cuando su boca se agranda y, en lugar de campanilla, asoma de la garganta un parlante de cartón...

"A ver... Sí. Allá predomina el rojo. Pero también el amarillo. Sí, esos dos. Esos me gustan mucho. Muy mucho...”. Y uno podía apreciar que esto era verdad, porque los ojos volvían a centellearle como tubos fluorescentes.

"¿Y el calizo? ¿Y el color calizo de las aguas del río? ¿Y el ocre de este atardecer de verano?"; puesto que, ya no era invierno, ni primavera, sino verano nuevamente.

Entonces, continúo: "¿Y ese cielo rosado que se abre como una flor de gladiolo en el confín del firmamento?".

Responde: "Sí, son bellos. Derivan de los colores primarios. Son la expresión poética del espíritu. Pero ahora estoy triste. Melancólico. Además, ya es tarde. Debo irme. Mañana seguiremos. O cuando venga el otoño. El sol está por caer y no puedo demorar el informe (¿el informe?)... Ustedes respiran aire; yo, en cambio... Y dentro de poco, debo volver a mi ciudad, a mi casa, a mi hogar...", dice agonizante...

"¿Y cómo es ella?", prosigo impiadoso.

"¿Quién?"

"Su casa, su ciudad..."

"No importa. Mas, te prometo: antes de despedirme trataré de...". Pero se arrepiente y acota asumiendo sanas inquietudes: “Ah, mi ciudad es hermosa. Dulcemente bella. Un día te invitaré a conocerla y te quedarás allí para siempre. No querrás otra cosa que estar allí. Porque en mi hogar hay muchas moradas, y yo voy a prepararles un lugar para los que me coman y sean como vos, de muchos colores...”. 

El viejo estaba triste y eso me dolió. Alguna vez yo también había viajado y sabía cómo era eso de extrañar a los "míos".

"¿Vamos?", dijo el Doctor.

"Sí", respondí. Y nos fuimos.

 

Sin embargo, otra pregunta quedó suspendida en mi mente: "¿Por qué, Doctor de Mundos?". Y me contesto: es que habría viajado mucho, sin dudas, ejerciendo su ciencia... Lo describo como una especie de... “cromoterapista”; digo, por su conocimiento acerca de los colores. De grande supe, al decir de algún otro profesional como él en la materia que, cada uno, “muestra una forma distinta de expresarse, de ver el mundo, de conectarse con la realidad y crea sobre el espíritu, diferentes estados de ánimo”. El artículo que leí al respecto, enfatizaba que: “El color, es uno de los elementos con los que el cuerpo puede manejarse con más facilidad para cubrir sus necesidades. Porque cada color posee una vibración que actúa en determinadas áreas del organismo regularizando diferentes anomalías físicas o mentales”. De hecho, el tema que tratamos con el Doctor la hora de más que me quedé en su casa durante el próximo –sexto- día, abordó esta cuestión. In extenso. Anticipo: allí fue cuando el viejo me aclaró eso de que, por lo general, “esa vibración actúa desde lo más profundo de la conciencia hacia el exterior, si bien el color ingresa al cuerpo tanto desde adentro como desde afuera”. “¿Y cómo sucede?”, recuerdo haber preguntado después de experimentar sus futuros e inefables diálogos con “ellos”, mediante el “televisor” o lo que haya sido (ya verán...).

Con suma paciencia, el Doctor lo explicó así: “Mira, hijo: ingresamos color por medio de la vestimenta, los rayos de luz solar o artificial aplicados sobre la piel, la alimentación, los líquidos solarizados (“¿lo qué?”, y entendí), la meditación, la oración y la respiración cromática...” (Principio de la charla que me hizo acordar a la mujer que preguntara a Einstein en qué consistía la eternidad; y éste, con pocas reservas anímicas –al revés de las que les sobraba al Doctor-, le contestara: la eternidad, querida señora, es el tiempo en que usted alcanzaría a comprender mis teorías e intentar explicármelas....).

Anécdota aparte, en aquella oportunidad, el Cálido Doctor Sin Nombre me dijo que, el objetivo de su ciencia, consistía, entre otras cosas –las que, como San Agustín ante el Misterio de la Santísima Trinidad, estarían negadas por ahora a mi entendimiento-, en combatir los males que alteran el buen funcionamiento del ser humano, haciendo –por ejemplo- que la frecuencia de los colores se ponga en resonancia (“¡La pucha que hablaba difícil el Doctor! Menos mal que papá me compraba para leer El Enigma de los Tiempos”. Y ¡Mecánica Popular!) con la vibración de nuestro campo bioenergético, al cual conocemos por el nombre de ‘aura’”...

Y cuanto más aclaraba, más anochecía. Y pensar que, con casi trece de edad, no estaba preparado todavía para... Pero él continuaba recitando su lección: “Pasa que pocos hombres saben que los colores claros y vivos, en especial el rojo (“¡El rojo! Mi color favorito, les dije!”), son los que emiten más calor; por el contrario, en época de frío, en vez de usar esos, he visto en mis salidas diarias que las vidrieras de los hombres que comercian ropa, están repletas de vestidos negros, verdes y azules oscuros, y marrones.. Debieran saber, por el contrario, que las personas cuánto más varían diariamente los colores de su vestimenta, tienen más posibilidades y tendencias a mantenerse sanos de cuerpo y alma... Y no es lo que aprecio para que esto suceda –entre otras razones, y como te he dicho- en el mundo occidental. Una pena.”.

Lo interrumpo para averiguar sobre los límites de la terapia que él emplea... Y afirma que el tratamiento no tiene fronteras, aunque los resultados en algunas personas pueden ser más rápidamente visibles que en otras; y que la ciencia basada en la cromoterapia abarca “desde la simple corrección de un estado de ánimo (ayudar a alguien a calmarse o a potenciar su energía), hasta a regular anomalías del tipo de la presión sanguínea, malestares orgánicos u óseos, infecciones, obesidad y anorexia, entre otros... Además, y esto lo saben los médicos dietólogos en particular, el color de los alimentos que ingerimos aportan al organismo –en vitaminas- distintos tipos de elementos nutritivos...”. “¿Y tan infalible es el método?”, indago. Y el viejo, ya ganado el Cielo por su infinita complacencia para conmigo y mis ganas de soñar y de soñarlo, intenta aclarar la duda, diciendo: “Obviamente, un tratamiento de cromoterapia no se restringe exclusivamente –como he intentado sugerirte- a ingerir cierto tipo de alimentos o a vestirse con determinados colores; pero son factores que pueden acelerar notablemente los resultados finales, o por sí solos ayudar a una persona a estabilizarse en su peso, o a mejorar su estado de ánimo... Sintetizando, te diría que, todos los cambios que contemplen colores en su método, influyen en la energía: la decoración, la naturaleza, y aún el color del cabello, siendo posible contrarrestar los efectos de algunos colores, utilizando a consciencia los opuestos complementarios. ¿Entiendes? (Para qué decirle, si sólo el tiempo me ayudaría a aprender). Pero aclaro, no todo es del color del cristal con que se mira” (adagio que luego mi padre repetiría hasta el cansancio, para denunciar a los lobos disfrazados de corderos de este mundo)...

“¿Así que, entonces, cada color posee una acción física y psíquica en los seres humanos?”, deduzco y no dejo de sorprender al viejo con mi adulta apreciación...

“Exacto, niño. En verdad, pensé que no habías comprendido nada... ¡Eso es! Veamos: el rojo, estimula la actividad del hígado y la circulación sanguínea, y lucha contra la bronquitis, la impotencia y el reumatismo; y, fundamentalmente, estimula al espíritu para las pruebas a corto término, como las que debo afrontar yo ahora.... (¡Esto sí que vale haberlo escuchado de su boca!). Remite al fuego y al Sol. (¡Al fuego y al sol!; caliente, caliente... Sé que estoy cerca de develarlo. Y él, quizá lo sabe también). En cambio, el naranja, es perfecto para combatir la fatiga, estimular el sistema respiratorio y fijar calcio en los huesos; aumenta el optimismo y resulta una especie de tónico sexual... (Aquí el rubor empaña mis anteojos de sabelotodo). Y el amarillo da energía al sistema digestivo y tono a la masa muscular, estimulando el intelecto y en igual sentido que el naranja, como factor antifatiga y antidepresivo. Por lo demás, el color limón colabora en la concentración mental, desintoxica y regulariza los disturbios crónicos. En tanto el verde –el claro, no el oscuro- tiene propiedades sedantes, fortifica la visión y disminuye la tensión sanguínea; cambia las ideas, soluciona los problemas de insomnio y calma la nerviosidad y la cólera. ¿Seguimos?...”, azuza.

¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Esto es apasionante... “Bueno, verás: el azul es un color refrescante, antiséptico y astringente, que combate el egoísmo, dota de paz y tranquilidad a los ambientes y abre la mente al conocimiento; de hecho, resulta favorable contra la fiebre, el asma, el exceso de peso y la celulitis. En tanto el violeta, disminuye la angustia, las fobias y el miedo, todo en relación con el verde y el amarillo, eliminando la ira y la violencia (¿Y si vistiéramos a todos los soldados de violeta?, pienso. Pero no puede ser tan sencillo acabar con el flagelo de la guerra, concluyo). Por lo demás, el púrpura es el color de los Magos; tiene poder hipnótico, y el escarlata es empleado por quienes ansían seducir a otros con una sensualidad particular, controla la tristeza y aumenta la tensión sanguínea... ¿Satisfecho?”, demanda casi exhausto luego de su imprevista conferencia...

(...)

 

Y aunque mis padres me reclaman desde su olvidado picnic, yo acepto la mano del hombre que se va alicaído como un ocaso de fin de semana, y que ya no luce desnudo sino vestido, con su traje azul y su camisa amarilla y sus zapatos rojos, y, al cabo, termino esfumándome con él, sin rumbo fijo...

 

Entonces, creo despertar e ir hasta el cuarto de baño; y, antes de zambullirme otra vez entre las sábanas humedecidas por la fiebre de mi mente alucinada, doy un vistazo afuera, pero todavía es noche. En domingo, sólo los gorriones despertarán con la primera claridad del nuevo día.

 

 

Al sexto día, lo juzgó y sanó.

 

Volví a dormirme. El aroma de la casa del viejo que escapaba de una chimenea que, en realidad, no existía, pero que yo había inventado, me tomó de las narices y me introdujo en la habitación donde él estaba, arrellanado, junto a su valija y frente a un televisor (se los dije).

 

Un dato nuevo.

Un televisor.

"¿Un televisor? Pero... ¿Se compró un televisor? Bueno, así no se siente tan solo", digo cariñosamente.

"Claro", responde él. "Puedes sentarte. ¿Has visto alguna vez televisión?, pregunta.(Porque estoy a principios de la década del sesenta, y en los barrios argentinos no había muchos de esos fascinantes aparatos). "Sí... Eh..., un poco. En cinco cuadras a la redonda sólo hay dos televisores. Alguna que otra serie", digo con vergüenza. "Pero no sabía... Desde la ventana de mi altillo jamás pude advertir una antena en casa de Tía Aída".

"Tía Aída es adorable. Me atiende bien...", dice, y renueva su invitación a que tome asiento cerca de él...

Lo hago.

"¿Y dónde está la imagen?", interpelo perplejo.

"Después. La imagen después. Primero deseo charlar con Ellos". Y señala la lluvia de rayos que sisea en el aparato con una luminiscencia fantasmagórica, como claves de un Enigma esencial. “Debo contarles algunas cosas sobre Ustedes, porque la Hora ha llegado”.

Por lo demás, ahora sí que no entiendo nada. Ni quiero hacerlo. Sin embargo, lo imagino (por algo es mi sueño). Pero, como todo es absurdo -más absurdo que lo que ya había soñado, porque de otro modo hubiera sido su explicación-, prefiero descartarlo. De esta forma evito despertar.

"¿Y para qué el televisor, así, en un canal sin imagen?", reitero.

"Para charlar con mis Amigos, no sentirme tan solo y poder estudiar a los hombres aún por las noches", sintetiza.

"¡Claro!. ¡Eso era!", exclamo feliz de mi presunto acierto...

"¿Qué?"

"Nada". Ya veo; el viejo prendía el televisor, y no era un fantasma, un demonio, un cigarrillo o un velador encendido, sino aquel pequeño y palpitante artefacto el origen de la misteriosa luz que, a cierta hora, dejaba correr mi imaginación.

"¿Puedo decirle a los chicos que tiene un televisor?"

"No. No se lo digas. No es por nada; sólo que no funciona correctamente para ciertas cosas... Cuando lo repare, entonces..."

Lo cual, por alguna razón, no era verdad.

 Al cabo de un rato me puse a cabecear. Su juego extraterreste me aburría.

"Voy a avisar a mis padres", digo. "Es un poco tarde; son las nueve de la noche y creen que estoy en lo del Gordo revisando apuntes".

"Bueno; de acuerdo. Pero es una lástima. Justo ahora que iba a conectar la imagen...", y su voz gorgotea como un murmullo de monje.

"Pero, ¿cómo hará? Si no hay antena. ¿Cómo va a hacer? ¿Acaso no dijo que no funcionaba?", demando intrigado y expectante...

"¡Así!"

El viejo chasquea los dedos, un automóvil se precipita hacia nosotros, y el sonido como aullido de su sirena policial dobla una curva y se pierde en un truculento callejón de Chicago, como en la serie "Los Intocables".

Quedo atontado por el susto. Pero hay una ventaja de mi parte: tener dominio y conciencia de mi sueño. Por eso, opto por quedarme con él una hora más, para luego sí volver a casa.

 

Sé que el Doctor se mostró apenado, pero yo me fui silbando, contento de haber alcanzado su amistad, e incluso, luego de perderle el miedo, haber aprendido a razonar casi como él.

Aquella hora extra, había sido ciertamente productiva. Una charla rápida, como al galope, acabó por generarse sobre temas tan densos como disímiles para mi edad. Hablo de su afición por los colores, a raíz de su profesión de cromoterapeuta, de lo que opinaba sobre música, cine, política, economía y educación en el país y en el mundo; enseñanzas que me habían permitido comprobar su singular sapiencia de vida. Y sus reacciones. Comprensivas e irónicas; con base en una racionalidad inmanente y trascendente que lo hacía a uno preguntarse qué es realidad, qué, fantasía, para concluir reconociendo a ambas, y a esta altura de mis recuerdos de infancia, como enfoques de una misma impronta existencial....

 

Al cruzar la calle recordé parte del diálogo final. Lo hice con ojos de admiración por aquel universo inaudito abierto a mi conocimiento. Fue antes de saludar a mamá, cenar y acostarme.

 

Aunque algunas respuestas sueltas -como el destino de los vagabundos o de los niños marginados obligados a mendigar-, quedaron impotentes en mi memoria, así y todo, cuando sólo más adelante se hablaría de ello, su propuesta en aquel instante acerca de familias sustitutas que recibieran hasta una determinada edad a chicos carenciados para formarlos en su dignidad de ser, no dejó de turbarme profundamente. El barrio y mi edad me aproximaban demasiado a algunas realidades, y era elemental que acudiera yo al Doctor de Mundos para encontrar esas respuestas. Por otra parte, era evidente que, en el plano de la inconsciencia, las ideas de mi padre cobraban vida en boca del viejo, y la confusión de planos vivenciales hizo crecer la contrariedad que sufriría yo al expirar la charla.

 

Por ejemplo: ¿acaso no había dicho cuando hablara de música, que ésta no era sino un ave invisible cuyos colores no pueden apreciarse sino con oídos atentos y buena disposición interior? ¿Que admiraba la expresión clásica en todos sus compositores, en especial Mozart y Beethoven? ¿Acaso, como era de suponer, no había insistido yo en Elvis Presly, Beatles, Rolling Stone y Louis Armstrong? ¡Por supuesto! Y de todos gustaba. Amaba sus colores: el rojo de la fuerza, el azul de la tranqulidad en el orden, el amarillo de la armonía y el verde de la creatividad, y la alegría de sus ritmos y contrapuntos... Y algo semejante diría respecto de la pintura y los libros de cuentos (sobre todo de los infantiles: con sus molinos de viento y mariposas silvestres, aviones regordetes y granjas estruendosas, osos durmientes y vacas parlanchinas, ángeles bondadosos y demonios astutos, príncipes consortes y princesas durmientes, hadas madrinas y magos de Hoz o Terramar, personajes grandes y pequeños, tremebundos y con pecas de rubor, ingenuos, pero aleccionadores...).

 

No obstante, sería con el cine donde aparecería de nuevo su poesía de lo imprevisto: "Me encanta el cine. Me encanta -repetía-. He ido muchas veces al cine en estos días. Y también aquí, como en otras ciudades, siempre termino por comerme una película; claro, tengo que irme en seguida porque la gente grita y protesta injustamente contra la empresa. Pero no cualquier película: sólo aquellas que no necesitan ser entendidas, porque no dicen nada. Les hago un favor; pero igual se quejan...". Y rememoro la risa que me causó tal ocurrencia, mientras chistaba y afirmaba que estaba diciendo algo muy serio...

 

Los demás asuntos fueron más bien espinosos. Complejos. Dada mi corta edad, yo hice lo que pude. Sus respuestas, en este caso, fueron graves y profundas. Hubo sutileza e ironía componiendo la trama de su pensamiento; también sabiduría, mansedumbre, humildad y compasión. Como la de quien está acostumbrado a juzgar con misericordia, y a perdonar de verdad...

Y recuerdo también que algo ocurrió conmigo en la ocasión.

Yo hablaba y razonaba con él como si no tuviera doce años; y ese algo, lo que cuarenta años pueden dar, me hicieron pensar -atinadamente- que, papá, estaba conmigo. ¿Habría ocupado mi lugar...?

 

El tiempo retrocedió unos pasos. Entre uno y doce meses atrás.

Todo un año. Un año clave.

Recién comenzaba, y las secuelas del anterior aún dejaban sentir sus efectos bajo las copas de los últimos sombreros de paño. Cosas de la moda... Como la de los Presidentes.

América cambiaba de Presidentes como el Tío Rico de zapatos. Cruenta e incruentamente... La Europa y la URSS también...

Estensoro, Goulard, Alessandri (cuando finalmente desperté, tuve que buscar afanosamente en diarios y revistas que jamás había leído -a no ser sus páginas cómicas y deportivas- para comprobarlo; allí fue cuando acepté la hipótesis de que, en sueños, podemos llegar a memorar, elaborar o predecir cosas que, conscientemente, no recordaríamos, ni inventaríamos, ni intuiríamos)... Stroessner, ¿Kassan ejecutado? ¿Bosch depuesto? ¿Diem asesinado? (No cabían dudas: papá estaba conmigo). Johnson, Krushchev, pero antes...

"¡Kennedy!", grito.

Y la imagen del televisor vuelve a mostrar como en noviembre último el asesinato de Dallas.

"Todo es... Ya pasó", balbuceo con miedo. "¿Qué vemos ahí, un noticiero?"

El Doctor Sin Nombre permanece un instante en silencio, y luego, agrega: "No. Revisaba archivos. Quería repasar algunas cosas antes de irme. Refrescarlas, aunque ya obran en el INFORME. Día por día. Suceso tras suceso..."

Su voz se entrecorta. No olvido que soy un niño: la angustia, pues, oprime mi corazón y lo deshace en lágrimas calladas.

Algo terrible esconden las palabras del viejo y yo no puedo, ahora, dejar de adivinarlo.

"¿Por qué... lo hicieron?", musito.

 "Por muchas razones", expresa.

"¿Cuáles?", insisto.

"Si dijéramos envidia, estupidez o error... Pero lo hicieron sabiendo lo que hacían. Estaban fuera de sí. Porque, locura de poder, tenían; fiebre de dinero, tenían... Y en nombre de la vida, cercenaron y cercenan la esperanza. En nombre del amor, instruyeron e instruyen para el odio. En nombre de la paz, se prepararon y alistan para la guerra...".

 

Yo estaba colgado del techo mirando a mi padre y al viejo conversar. Por eso no desperté cuando el Doctor de Mundos acabó de pronunciar aquel juicio.

Nuevo silencio, y un sentimiento de asfixia me sofoca.

Pero pasa. La agonía del discurso cesa y aprovecho para bajar en el preciso segundo en que papá se derrite, en el aire, como un espasmo de luz.

 

"¿Y eso?". Hay mucha gente importante y una gran Sala. Gente que se mueve con prudencia y se prepara para firmar algoimportante también...

"¿De qué se trata?", pregunto (y no me cansa hacerlo).

El viejo me observa. En seguida sonríe con amargura, y me dice: "Una obra de... teatro. Un Tratado. El Tratado de No Proliferación de Armas Atómicas".

"¿Entre quiénes?", y mi curiosidad roza límites peligrosos. Pero el Doctor no se inmuta y contesta evasivo... "Ah; los de siempre".

Entonces, la imagen televisiva se denigra mostrando a un pueblo sucio, destruido o por serlo.

"¿Dónde estamos?". No me mira.

 "Vietnam. Una historia repetida", agrega.

Y le suplico: "¿No recuerda algo positivo?" (afuera, un pájaro de brumas se estremece, y cae). "¿Todo el mundo es así?", inquiero.

"No. Felizmente no. Algunos entienden, y expían sus vidas. De cualquier forma, habrá mucho por hacer. El bien hecho, hecho está. Pero el mal hecho... ".

Su diagnóstico es terrible. Atemoriza.

"Usted habla como un cura", digo. "Como el cura de mi barrio".

El viejo acaricia mis cabellos con dulzura de abuelo y, al apartar sus dedos de alambre y entrecerrar sus ojos de plástico, una ciudad hermosa con un hermoso templo y hombres de blanco, aparecen en el monitor...

"¡El Vaticano!", grito. Y si la vieja Aída no duerme todavía, escuchando, sufriendo con su amor de viejos que no prosperará, que se alisará trunco, amordazado en su propia fantasía, que es la mía y que no cede, aunque la vea despechada profanar el Patio de Selvedere con su boca cloqueando una blasfemia; seguro que ya está despavorida...

"Papá me lo mostró en fotografías. Su madre era italiana". Y memoro en este viaje hacia la realidad de lo absurdo, los funerales de Juan XXIII. Cercano a este Papa Bueno, un Pontífice Viajero...

"¿Y ahora?", porque de nuevo hay gente y aplausos en un sitio nunca visto. "Ese año fueron elegidos éstos...", aclara a medias. Luego, completa: "... los Premios Nobel. Justificaron su existencia. Pero hay muchos otros: artistas y enfermeros, empleados y obreros, doctores y carpinteros, amas de casa y profesores, sin premios, con muchas obras. Son los que escaparon a la gloria humana y, en verdad, esto es positivo. Como un bautismo. Sí, el triunfo envanece en circunstancias la conciencia de los hombres...".

Y trato de ser justo. Con mi padre, digo. Y su lucha laboral y gremial de todos los días por procurar nuestro sustento y educación profesional y técnica al servicio del Bien Común... Por eso grito en mi interior: "¡Papá... también!". "Sí, papá, también", repite él con anciana benevolencia al descubrir mis pensamientos. "No dejes nunca de prestarle atención. Es una buena persona.... Y un buen cristiano". Y ancho, por lo escuchado, mi orgullo y felicidad... “¡Sí, señor!”.

 

Ahora la Nave Vostok VI se aleja del mapa moscovita en aquel l6 de junio. En tres días más regresará a la tierra de sus padres, trayendo a Dios. Pero no se dará cuenta. Tendrá los bolsillos descosidos y perderá las estrellas y la gloria que ha recogido, luna tras luna... Misterio para ateos. Incógnita para agnósticos.

 

Es papá quien, en verdad, piensa esto. Yo he vuelto a colgarme del techo de la habitación como una araña asustada...

A la sazón, los carteles se agitan y me lanzo de improviso al suelo. Caigo suavemente junto al Doctor y a mi padre, que meditan sobre panfletos, trapos, banderas y bufandas chillonas festejando, en algún lado, un triunfo electoral. Sin embargo, un silencio oscuro e impotente, oculto en los suburbios de la ciudad cansada, incompleta la alegría de ese julio del 51’, húmedo y fraudulento.

Participo.

"¿Y cuál es el remedio para...?". "¿Cambiar?", interrumpe el Doctor completando sabiamente el interrogante y disponiéndose a aclararlo...

"Educación y libertad con responsabilidad", asegura. "Para aprender a descubrir, visionar y construir nuevas realidades sobre la base de valores firmes, trascendentes...”, filosofa. “Hoy y siempre, un credo de grises e inseguros se une o desune por las fronteras inevitables con las que, el propio hombre, ha vallado la concepción de la vida en comunidad", concluye. Y casi como Pilatos, lo azuzo: "¿Y quién educa a quién?".

"Buen planteo, hijo. Sí, uno llega a cansarse de predicar en el desierto... Pero para Dios nada es imposible. Educación...", reitera. "Los hombres han montado el mundo en función de necesidades... Algunas falsas; otras, verdaderas. Algunas razonables; otras, ilógicas. Necesarias o sugeridas. Inducidas u obligadas. Educación... Para lo que eleva o denigra, para el prestigio o la mediocridad (verás, no me refiero al éxito o mero triunfo en los términos del Mundo: eso es tan sólo espuma de Vanidad); hablo de prestigio, como brillo de una Obra Justa. Cambiando las necesidades que hacen de cada producto o servicio que se produce o trafica, ahorra o consume, un Modo de Vida para la Humanidad, se cambiará al Hombre. Y en esto no pueden tomar parte las Corporaciones del Enemigo, que enajenan el Rostro del Señor de Todo y de Todos con su implacable marketing material y consumista..."; y enmudece mientras retoma el secreto diálogo electrónico con sus Amigos del éter o de dónde fueran...

 

El barrio me atrapa con su acostumbrada soledad de las diez de la noche; pero, de pronto, sin darme cuenta, el rocío nocturno se diluye y la escarcha amanecida se anuncia claramente porque, cuando decido soñar dentro del sueño, las estrellas han perdido su natural centelleo.

 

 

Y al séptimo día, descansó.

 

Algo golpea el brazo que pende de la cama.

Entreabro los ojos y descubro el enojo de mi madre, gesticulando amenazadora, e insistiendo en que es hora de levantarse, porque ya son las once de la mañana, y hay que ventilar mi cuarto -barnizado por el calor y la humedad-, porque huele mal.

"¡Ya voy mamá!", grito como efímera protesta. Pero, por séptima vez vuelve el ensueño, y, como siempre sucede al dormir más de la cuenta, la aventura accede a su inquieto final...

 

De nuevo es verano. La ciudad se inquieta con gente agitada hormigueando parques y plazoletas, en busca de una sombra solaz. Jóvenes de arena y sol quemando sus últimos minutos de ocio feliz. Matronas bamboleantes esgrimiendo protestas gastronómicas contra el costo de vida. Hombres y mujeres cediendo el paso al flequillo irreverente de un camorrero de lustrosa campera de cuero negro (en pleno verano)... Y otras rarezas y delirios que mejor no enumerar, porque en otro lado estaba lo especial... Al menos para mí, que veía cómo los vecinos más fuertes portaban el cajón que guardaría, eternamente, los restos del cárdeno y aterido semblante de la vieja Tía Aída, muerta de muerte súbita en el día de ayer..

Por lo demás, también el cielo acabaría nublándose de una tristeza nubosa y ennegrecida, presto a lagrimear...

 

Hace instantes, el cura párroco del cementerio ha rezado por Aída, en la capilla. Ahora acompaña a deudos y conocidos, después de bendecir su tránsito a mejor vida y de consolar a la única de las tres hermanas que la ha sobrevivido.

No se escuchan voces, pero un rumor agonizante traspasa las mentes del vecindario reunido. Es la brisa esquiva de las últimas miradas. Algunas con fe. Casi todas con miedo. El miedo de pensar en la propia muerte.

Pero yo no pensaba en ella. No hacía mucho acababa de verificar su terrible existencia. Que era verdad eso de que uno se vuelve polvo o ceniza y que, para que el viento no la esparza ni las confunda con otras miserias o bonanzas, y perdure en el terruño, los que siguen en la rueda del Destino las meten en un cofre caoba, pagan un flete mortuorio pintado de negro, y las depositan en ese lugar con perfume a nada, a proyecto inconcluso, a flores envenenadas por el tiempo, con olor a soledad de soledades...

Mientras, yo pensaba en el cómo. En el cómo se habría muerto la pobre Aída.

Y pensaba en el Doctor. En el cálido, enigmático e insustancial Doctor Sin Nombre.

 

La vieja yacía tras las maderas y el plomo humeante que sellaba sus labios y amartillaba sus ojos. Pero el viejo no estaba.

De haberme puesto en el lugar de otros, hubiera llegado a pensar que, sin duda, se trataba de hombre muy –pero muy- ocupado y -¿algo?- despistado para darse cuenta que... Pero que en cualquier momento llegaría al reducto aciago de los sin vida, y, blandiendo en cruz un ramo gigantesco de calas, pespunteado con las más diversas clases de flores rojas, azules y amarillas, ofrendaría a la amada secreta -con ese par manos gélidas y huesudas que asustaban-, el último adiós a su amor imposible...

Pero yo sabía que, así, no acontecería.

El foso estaba cavado. Alguna vez la doña lo había pedido. Nada de urnas ni de panteones. Demasiada plata para un par de huesos. A lo sumo, el privilegio de ser útil aún estando muerta: entrelazarse con las entrañas de la tierra para alimentar, con sus vermes, la raíz de un árbol. Muerte dando vida, eso anhelaba simplemente...

 

(Pobre Aída. Ahora que la veo ahí, tan blanca y chiquita, sin espacio ni tiempo para pedirle perdón por nuestras maldades y burlas reiteradas... Quedaré en deuda con Tía. Lo sé. Un agujero en el techo del galpón; la pata quebrada de su gato Lucifer; la rotura de un vidrio con la pelota; y otras tonteras cometidas sólo para desafiar la magia blanca de sus brujerías de entrecasa...).

Sí, ya era tarde.

¿Y el viejo?

Tardaba. Demasiado, tal vez.

Pero yo sabía... Raro y cálido Doctor Sin Nombre. Un poco loco y bastante extraño, ¿no? Como si no fuera real. Un hombre; sólo que... de otro “país”.

Maldito. Ni siquiera me tuvo en cuenta cuando se fue. Desagradecido (y sonrío). Desapareció sin preguntar mi nombre ni aclarar el suyo. Para ofenderse, ¿no?

 

 Y para colmo, ahora llueve. Tras la huida del sol, ahora que la veo ahí, inconmovible, llueve. ¡Cómo llueve! La vieja no se moja, al menos. Se acabaron para ella los estornudos y congestiones nasales; y el calor y los mosquitos de esta implacable ciudad litoraleña... ¡Porque llueve como si fuera a diluviar!... ¡Y el viento! Suerte que ya hemos superado la parte del camino negro y descubierto del cementerio municipal, y sus casetas enmohecidas nos defienden de la lluvia. ¿Demorará mucho esto el entierro? Qué extraña ciudad dentro de la Ciudad... ¿Y el pozo? ¿Se anegará? ¡Qué desastre! ¡Dios!, ¡cómo llueve!...

 

Siento frío.

Sin embargo, sé que es verano. Enero. Pero tengo frío. Por otro lado, siento además una amargura tan grande como la altanera y etérea ubre gris que nos sacude y golpea, desde lo alto...

 

"¡Ay! Camine despacio señora, que es corto el camino de la vida". "Disculpe jovencito, no lo vi". Y los paraguas se entrechocan y danzan a cierto nivel del aire, abanicando, torpes, su mapa de pinturas y bordados artificiales y variados. Bajo ellos, las damas predominan. Y pienso en el Doctor Sin Nombre y en su original manía de comerse todo lo que azuzara colores...

 

El cortejo acelera el ritmo. A veinte metros, el camposanto.

Hemos dejado atrás los recovecos y escalinatas de los edificios que guardan en sus celdas, como panales, miles de restos humanos. No obstante, el barro detiene nuestra marcha...

El pozo.

Las sombras de los obreros que efectuaron la excavación, desaparecen subrepticiamente bajo la lluvia. Como duendes apocalípticos. Y lloro.

Ya estamos sobre él.

El pozo.

Es negro y profundo, lo sé. Temo mirar.

Doy gracias de que algunas vecinas se apretujen por querer tocar el ataúd y despedir a su amiga con respeto. Temo mirar. No quiero mirar cuando el mundo se trague las preguntas y respuestas que cada uno de nosotros tiene sobre ese puente de seda que es la Muerte. Pero intuyo cómo su boca siniestra, devoradora de toda luz, engulle la vida y la deja tiesa, inerte y arbitrariamente sola. (Sólo con el tiempo recibiría la gracia de la Fe y de la Esperanza)

.

La lluvia ha entrado, obviamente, al pozo. Un poco. Lo suficiente como para amortiguar el descenso. Tía Aída se sentirá acunada por esas aguas traviesas que todos adivinamos pero que nadie verá, porque ese hoyo es negro y profundo y... Lo sé.

Algunas vecinas arrojan flores, mientras, el cajón, sostenido por manos nerviosas y tensas cuerdas, se alza un segundo para luego caer y caer hasta el otro lado del mundo...

 

Y el Doctor no aparece aún. Y sonrío, en tanto presumo: "Je, le ha fallado el gualicho a la doña"... "Tan contenta que estaba. Le ha fallado. Finalmente, le ha fallado...". Claro. Por curiosa. Hay gente que no soporta a otra gente. Sobre todo si es curiosa. Se enoja y no le habla más. Y la vieja tenía la virtud -no, el defecto-, de ser curiosa. Porque era bruja también en ese aspecto. Cuando ella sospechaba algo, daba en el clavo. Y sabía "leer" las cartas... Puede que, por eso... ¡Mi Dios! ¿Fue o no capaz de adivinar, entonces, su propia muerte? Quien sabe. Quien sabe si ese delicioso sabor de la curiosidad no justificaba, en este caso –que, al fin y al cabo es cuando Dios quiere- perder "antes" la vida. Sin embargo, no había podido averiguar la identidad del Doctor de Mundos... Así que, falible, era.

 

Hago otro esfuerzo. Pienso que esto se torna casi real. No en vano mi carne se escama cuando empiezan a deslizarse las primeras piedras sobre el féretro desmayado en los abismos...

¡Vieja curiosa! Descubrir la valija redonda fue la causa de su primer colapso. No es fácil ver lo que no se puede ver. Descubrir lo que “debe” permanecer oculto. Para colmo, el bendito sueño se ensaña conmigo y demora en revelarme todo. Mis ojos parecían (parecen) no estar vivos cuando, vuelto el Doctor humo o idea dentro del cuarto, la doña abría (abre) su maleta e identifica lo que el viejo guardaba (guarda) allí.

Se fue (va) temblando, medio ciega hasta dar contra la puerta del ropero; encandilada por el fogonazo de luz que le nubló (nubla) la vista. No había (hay) en la valija nada de lo esperado: ni papeles, ni cuadros de comportamiento, ni cifras estadísticas; que por algo el viejo se decía “Doctor”. Nada menos que diamantes y zafiros, rubíes y amatistas, o algo semejante palpitaba (palpita) brillando incesante en su interior...

Desde aquel día la vieja tuvo (tiene) verdadero pánico y juró (jura) no inmiscuirse más en los asuntos del Doctor Sin Nombre.

Poco le duró (dura) la discreción. Al cabo de una semana abría (abre) la puerta del ropero también... Y cuando la cabeza, los pies, las manos y el cuerpo todo del viejo se le vino (viene) encima, como descuartizado, ahí se murió.

 Todo ese cadáver sin sangre, como un muñeco cruelmente seccionado, vino (viene) a cerrar, ¡hasta nunca!, su boca muda de espanto, de terror...

Demasiado para una curandera de barrio.

Porque una cosa es hablar, y otra es vérselas con el mismo diablo. Con el mismísimo Mefistófeles sentado sobre su falda, desnudo e irreverente. Como una salamandra; cuerpo escapado de traje azul, camisa amarilla y zapatos rojos, desparramado por el suelo...

Quién lo creería. Entonces, el viejo era con certeza, ni más ni menos que el ¿dia...? 

Sí, todo era motivo de espanto y aquelarre.

 

 

 

REALIDADES

 

El rumor ha cesado.

Sólo el llanto hiriente de los que han perdido a alguien se mantiene firme, punzando nuestros oídos, quebrando el orgullo, doblegando nuestra soberbia. Puro polvo. Polvo que es humano cuando se arroja como estiércol sobre los demás; y divino cuando nos compromete con la única Verdad.

 

Claro, el rumor ha cesado porque una lápida termina de sellar un destino. La lluvia es, en cambio, bendición sobre nuestras cabezas, y repica suave en el mármol helado grabado con su nombre: Aída Fontaner.

 Arriba, el cielo encapotado y gris y negro gimotea plegarias de consuelo.

Entonces ocurre.

Un rayo de sol.

 

Un rayo de sol deslizándose atrevido y fugaz por los paraguas coloridos.

Un escalofrío recorre nuestra piel cuando, de igual forma, el rayo de sol, atrevido y fugaz, se posa sobre la tumba.

Arriba, el cielo encapotado y gris y negro sigue animando sus ruegos...

Pero el rayo de sol está ahí. Las nueve y cuarto de la mañana y su secreto emisor ha volado hasta una altura conveniente, evitando el choque con los cúpulas mortuorias para ganar el predio punteado de cruces.

Los ojos me pesan. Mamá insistió en mi compañía. Pobre vieja...

Un rayo de sol.

 

"Se casa el diablo, ¿lo ven?", murmuran los supersticiosos. Otros, por las dudas, se persignan tontamente.

Pero puede que sí. Que estén todos equivocados. Que, al fin y al cabo, el Doctor no haya sido el Innombrable, como sospechara Tía Aída y quienes acompañan sus restos; sino algo más. Algo más que una burbuja de luz, como yo pensara... El viejo no era sino todo un Astronauta del Sol, como lo insinuara, prendado finalmente por la vieja y por este viejo mundo... Hijo predilecto de su Estrella, cuyos mundos era necesario, de vez en cuando, estudiar, comprender y juzgar si valía o no la pena tenerlo todavía dando vueltas, a su alrededor, como Dios manda...

 

Al fin, despierto. Absolutamente.

Juro que no hago trampas.

La cabeza me da vueltas, el cuerpo me duele, y esquivo la mirada hacia la ventana por temor a encandilarme con los rayos del sol...

Pero la mañana se ha presentado gris, con un cielo encapotado e imprevistamente frío para un día de enero como hoy. Y amenaza llover.

No importa. Además, es mi cumpleaños. Y sonrío. Sólo falta que, obviando el tardío desayuno y antes de saludar a nadie o de buscar a los muchachos para festejar con ellos y jugar al fútbol y contarles este sueño, cruce la calle, golpee la puerta, no me contesten, salte el tapial y encuentre a la vieja Aída muerta en el piso del cuarto del cálido Doctor Sin Nombre que, muy temprano, ha vuelto a su país...

¡Luigi! Y corro, porque mamá me llama.-

 

 

 

ooOOoo



[1] ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe, 1978-2008. Integró la primera edición del Libro “DOCTOR DE MUNDOS”. Editorial Vinciguerra SRL (Buenos Aires, Argentina – Enero de 2000), págs. 133/160. Actual texto ajustado al 14/15-02-08, para la nueva versión en saga de dicho libro, que se titulará, en saga: “DOCTOR DE MUNDOS I – El Sillón de los Sueños”. Inédito. La Botica del Autor. Santa Fe, Argentina, 2005-2008.

 Publicado el 01-08-2008 en la Revista de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción “NUEVOMUNDO” Nº 9 (Lugnasad 2008); Magazin trimestral virtual (nueva época, presentación y tecnología), bajo la dirección de Santiago Oviedo. Buenos Aires (Argentina).-

 

P.-S.

CURRICULUM VITAE

ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, nació en Santa Fe, Argentina, el 12 de enero de 1951. Casado en febrero de 1974 con María Teresa Susana Helguero, tiene cuatro hijos y cuatro nietos.

-Como Profesional: Es Contador Público Nacional (1975) y Magíster en Dirección de Empresas (CT – 1998). Desempeñó su profesión en Gestión Privada desde 1975 a 1980. Sin embargo y concomitantemente, actuó desde 1971 al 2011 como profesional de la Gestión Pública de la Provincia de Santa Fe (actualmente retirado, sus dos últimos cargos en el servicio civil al Estado Santafesino fueron los de Director Ejecutivo del “Programa de Expansión y Mejoramiento de la Enseñanza Agropecuaria en el Nivel Secundario (Convenio Provincia Santa Fe-Banco Interamericano de Desarrollo) (1988-1990) y el de Contador Fiscal afectado como Secretario General del Cuerpo Colegiado del H. Tribunal de Cuentas de Santa Fe (Artículo 81º - C. Pcial.) (1990-2011).-

-Como Docente y Académico Universitario: ejercitó la docencia en el campo de la Administración de Empresas en la Facultad de Ciencias Económicas (UNL) desde 1972 a 1980; y en su similar de la Universidad Católica de Santa Fe desde 1980 a 1999. En esta última ocupó por dos períodos el cargo de Secretario Académico (con funciones de Vice-Decano) entre 1980-1985 y 1995-1999, proveyendo a su reingeniería integral.

-Como parte de la Comunidad Católica de Santa Fe: fue activo colaborador de las siguientes instituciones parroquiales, a las que nombra y venera: Parroquias “Nuestra Señora del Huerto” (ASF) (1959/1969-Liturgia); “Nuestra Señora de la Merced” (ASF) (1970/1979-Liturgia, Canto, Catequesis y dirección de Grupos Juveniles); “Nuestra Señora del Tránsito” (ODG) (1980/1987-Liturgia y Ministerio Extraordinario de la Eucaristía y Exequias) y “San José” (OAR) (1988 a la fecha – Liturgia, Catequesis y Ministerio Extraordinario de la Eucaristía y Exequias, actualmente en periodo sabático).

-Como Cuentista y Narrador: cultiva los géneros del realismo mágico, lo maravilloso, lo fantástico, la ficción científica y la ficción conjetural metafísica. Entre otros, se menciona::

a) Autor de (3) libros editados:

• LOS ÚLTIMOS DÍAS (Ed. Colmegna SA-Santa Fe, 1977); pionero del género de la ficción científica o conjetural y metafísica de la Provincia de Santa Fe.
• BREVE SINFONÍA Y OTROS CUENTOS (Ed. Colmegna SA-Santa Fe, 1990).
• DOCTOR DE MUNDOS (Ed. Vinciguerra SRL, Buenos Aires, 2000).

b) Autor de (7) libros inéditos (Ed. Artesanal “La Botica del Autor”-Santa Fe):

• NOSTALGIAS DEL FUTURO o Parábolas Cardinales del Espacio y del Tiempo (2005).
• DESDE EL UMBRAL (Terrores cotidianos y de los otros) (2008).
• MYSTAGOGIA NARRATIVA” (Autoantología Metafísica) (2009). De inminente edición.
• PIEDRAS (O una Fábula Mitológica) (2010).
• MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos (2010).
• EL EMPERADOR HA MUERTO (Y otros Relatos) (2010).
• APOCALIPSIS BANG y Otras Historias (2011).

Autor de (5) Breviarios Literarios: y de más de (30) comentarios, artículos, críticas y prólogos literarios. Su obra y biografía figura comentada desde 1976 a la fecha, en (25) Antologías y Selecciones Biográficas locales, nacionales e internacionales. Publica en (15) Suplementos Literarios y Revistas Literarias Gráficas (Argentina y México), y revista actualmente como Usuario colaborador de (27) Magazins Literarios Virtuales – Internet (Argentina, Colombia, Canadá, México, Venezuela, USA, Italia, Marruecos y España). Ha sido Jurado en eventos de la región noreste del país y condujo entre 1979 y 1987, junto al famoso escritor santafesino, Edgardo A. Pesante (qepd), el Programa radial “Acontecer Literario” (Radio Nacional-SF).

Parte de su obra ha obtenido numerosos galardones, entre los que podemos destacar y, sintéticamente, los siguientes Primeros Premios:

• Concurso Escritores Jóvenes “Mateo Booz” – Asociación. Santafesina de Escritores (ASDE) (1976);
• “Ciudad de Santa Fe 1976” - Asociación Amigos Biblioteca Municipal “Bernardino Rivadavia” (1976).
• Fondo Editorial Provincia de Santa Fe (Subsecretaría de Cultura) (1976);
• Concurso Bienal de Cuentos 1976/1977 de la ASDE (1978);
• Concurso “Alcides Greca” – Subsecretaría de Cultura de Santa Fe (1978);
• Concurso “Fundación ARCIEN” - Santa Fe (1979);
• Certamen “Cuentistas Argentinos de Fin de Siglo” (Ed. Vinciguerra SRL (1999).
• Certamen Nacional de Cuento Breve “Gastón Gori 2005 (SADE– Santa Fe (2005);
• Certamen “Trazas” – Ediciones Universidad Católica de Santa Fe (2005).
• Certamen IIIº Encuentro del Género Fantástico – Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” – La Habana (Cuba) (2006);
• IIº Concurso Nacional “Colección de la Abadía” – Asociación Cultural Teatro de la Abadía de Santa Fe) (2005);
• XI Edición Certamen “Todos Somos Diferentes” – Asamblea Juvenil de Derechos Civiles (Madrid-España) (2006);
• IIº Certamen Internacional de Relatos Cortos “La Cerilla Mágica” (Finalista) – Fernando Ortega Editor y Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (Jaén – España) (2007):

Miembro activo de la ASOCIACION SANTAFESINA DE ESCRITORES (A.S.D.E.) (1978), de la ASOCIACION CULTURAL “El Puente” de Santa Fe (2004), de la SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES- Filial Santa Fe (2004); de la ASOCIACION DE LECTURA DE SANTA FE (2006), del INSTITUTO DE CULTURA HISPÁNICA DE SANTA FE (2006); integrante de la UNION HISPANOAMERICANA DE ESCRITORES (UHE) (Colombia) (2009); y de la RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL (REMES) (España) (2007).-

Nota: desde el punto de vista literario, puede consultarse su extenso CVL haciendo clic en AUTORES/ARTISTAS - Adrián N. Escudero (con lista de premios significativos completos) - Guía preparada para Lectores Inquietos y Biógrafos.-

JULIO 2011.-

Este artículo tiene © del autor.

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