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LA DORADA SALAMANCA

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

España



 

Los sáxeos muros, jaldes y ambarinos, con sus extendidos lienzos de horizontales sillares, iluminaban con su amacigado claror la belleza de esta ciudad, que enamora al visitante por sus fachadas, plazas, cúpulas y calles vestidas de oro.

 

El áureo fulgor, que reflejaban sus sembradíos de cereal aledaños, circuía la capital de un halo mágico y fascinante. Infinitos trigales dorados, se perdían en la lontananza del paisaje salmantino, irradiando refulgencia y luminosidad. Resultaba francamente cautivador, vislumbrar aquel piélago vegetal combándose, cimbreando sus tallos y espigas, a merced del veleidoso y mesetario céfiro.

 

De excelsa beldad, eran estos ondulados agros, y enrasados labrantíos. En ellos, se alternaban los matices albazanos y leonados, con los güeros y blondos. Así, todas estas tonalidades, en la distancia, se fundían en un difuminado ocre tostado, salpicado por el glauco y ceniciento de las dispersas encinas.

 

En Tierra de Ledesma, los pueblos comarcanos se engastaban como oasis de piedra, entre las gualdas hazas, dispuestas entre cabezadas y hondonadas. Los caminos polvorientos y hadrubados de rodadas, eran rectilíneos y derechos, ordenando los campos, con mirífica geometría proyectiva.

 

Así, en el sinuoso paisaje, despuntaban con procacidad las espadañas de las iglesuelas. Campanarios de doble vano, que albergaban sonoros bronces, que quebraban con sus graves y severos repiqueteos el cenobítico silencio. La ardentísima canícula latente de agosto, vaporizaba el lineal horizonte, como si estuviera a punto de estallar la santabárbara. Con sus vaharadas continuas e invisibles, se hacía cierto, el dicho popular de que en Castilla, hay nueve meses de invierno y tres de infierno.

 

Más allá, en la penillanura, los mares de encinas de tronco grueso, y grandes y redondas copas, se erguían en las adehesadas campas charras, de la Tierra de Vitigudino y la Ramajería.

Las tapias de pizarra, pasiles, apriscos, tenadas y palomares, soportaban el fragor silente de la bazabrera.

 

En las decanas y vetustas calles de la capital salmantina, destacaban gráciles edificaciones, que definían un bellísimo entramado urbano.

 

Acá y allá, urentes y enardecidos solejares, y atramentosos careados de lóbrega umbría, fueron mudos testigos de la intrahistoria de Fray Luis de León, Gonzalo Torrente Ballester, Miguel de Unamuno, y de tantos otros personajes ilustres de la memoria de España. Callizos angostos, y estrechos callejones; declinados tejadillos, así como negrales faroles de cuadratura, retrotraían al visitante a tiempos pasados de linajudos hidalgos, y doñeadas cortesanas; a tiempos de ardidos, debeladores y homiciosos duelos, y filosas y punzantes espadas; a tiempos de honores y deshonores...

 

Porticados atrios, mostraban procaces gárgolas diabólicas o espantadiablos, que ilustraban los sacros y venerables espacios del alma. Letificadas plazas, que con sus galerías de soportales, evocaban claustros castellanos, como la Plaza Mayor, abierta, cuadrilonga y sublime. Renombrados cafés modernistas como el Novelty, con su blanquinegro suelo ajedrezado, sus níveos globos esféricos, que iluminaban su distinguido interior; sus anchurosas lunas espejadas, y sus bruñidos y metálicos dorados, proporcionaban una espléndida calidez. Elevadas cúpulas que hendían sus pináculos en un cielo hondo, límpido y diáfano, casi celestial. Casonas blasonadas, con escudos y broqueles, en sus frontispicios. Palacios neoplaterescos con fachadas de afiligranada orfebrería. Casas renacentistas ornadas con motivos, originales y misteriosos. Conventos dominicos, salesianos, y trinitarios sobrios, calladizos y monacales. Torres castrenses, seculares y eclesiales, que denotaban su impronta en las obnoxias alturas de la capital charra. Así, el clamoroso retumbo de los bronces catedralicios, irrumpió estentóreo a través de las calles de la ciudad castellana, sonorizando su cotidianeidad. Su solemne tañir también se escuchaba en el cercano Huerto de Calisto y Melibea. En este idílico jardín del amor, los fontines con sus susurrantes y continuos chorros, musicalizaban discretamente la encendida mañana estival. Los glaucos emparrados, formaban arcos semiesféricos, que con su errabunda sombra refrescaban las ebúrneas, escarlatas, y gualdas rosaledas. Desde la miranda de arrabio, se columbraba el río Tormes con su obsecuente y surta lámina de plata. Con su discurrir ceñido a la capital, parecía querer vislumbrar con minuciosidad, cada rincón, cada ornato, cada detalle de este primoroso y tesorizado municipio castellano (…)

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