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Jinetes

Oscar Deigonet López Posas

Honduras



Asomarse por la ventana de los años nos sugiere posibilidades. El enlace con lo cotidiano de nuestra niñez, nos recuerda que en cierta medida somos lo que fuimos. Lo cotidiano de los pueblos, sigue aun vigente en mi país, nos hace humanos. Nos recuerda nuestras raíces, nos hace rescatar nuestros arquetipos más recurrentes. Esto que digo es mi tierra. Es, mi pueblo, con una mezcla de lo moderno y antiguo, mas lo rescatable.


 

 

 

 

Al menos aquí aun no se nos olvida que temprano en la noche los fantasmas vagan por las calles, indolentes, macabros y destructivos. Así ha sido por siempre. Nuestro más grande temor era quedarnos fuera de la casa, después de las nueve de la noche, y esto solo ocurriría si nos portábamos mal. El castigo, no se hacía esperar. Al pueblito, aún le faltaban veinte años para que el progreso de la luz eléctrica llegara. Los miedos y los cuentos de los abuelos eran una cultura galopante, que nos mantenía unidos en familia. Veinte años para saborear el misterio y las tradiciones de los últimos quinientos años, y no caer en el desacierto de una actitud individualista y falta de ideas y sueños constructores de nuevos proyectos. Así es. La electricidad nos facilitó todo, pero nos arrancó la comunicación de nuestras barbas y nos mando a los hijos al carajo. Las esposas reemplazaron los maridos por arquetipos virtuales en las telenovelas, y los hombres ya no pararon en la casa. __Algo me despierta. Me sobresalto porque mis peores temores se hacen presentes. Al parecer es el ajetreo de una bestia. Patea. Parece no estarse quieta. Se que se trata de una mula. Su herraje es nuevo, su cabestro es de acero. Luce nuevo. La montura, igual nueva. Lo percibo pues chirría. Su finura esta expuesta. En el pueblo solo he visto dos o tres, entre las familias más ricas. ¿Quien será? Este animal es lozano y maravilloso. Su andar es esbelto, su resuello lo denota, pero no quiero imaginar quien es su jinete. A esta hora de la noche lo único que me inspira es enrollarme aun más en mi cobija y temblar de miedo. Mi abuelo dice que en la noche, en esta calle galopa un caballo que baja desde la loma de la cruz, y va pasando por todas las casas, cascabeleando su herraje, metiéndoles miedo a los niños que se portan mal y a los hombres que andan de tunantes. Eso dice mi abuelo Julián, que llega hasta la última casa en campo de pelota y al regreso pasa por donde Fausta. Se detiene un momento donde doña Rita, que según cuentan hace cosas de noche y que este la acompaña. Me recuerda que esa viejecita se roba los niños, y eso me consta porque a mi hermano José lo tuvo encerrado toda una tarde en su casa que está a la orilla de la calle principal cerca de donde Paca la de Nicolás. Luego sigue su recorrido por el mismo camino por donde baja de la loma donde está la cruz. Despierto a mi hermano quien igual que yo se sobresalta y en oscuras sale corriendo a meterse en la cama de mi madre. Esta simplemente le sonríe y piensa que a saber que pasas por nuestras cabecitas, que últimamente estamos despertándola en las noches. Yo, al verme despojado de la seguridad de mi hermano, también salto de la cama y voy a refugiarme en la saya de mi madre. Desde ahí puedo entender que lo que la gente dice es verdad, y entre mas oigo lo que oigo y pienso en ese personaje del que todos los viejitos del pueblo hablan, más tiemblo entre los calzones de mi madre. Realmente no es posible soportar un minuto la presencia de este espectro que aun sin verlo, nos atormenta en nuestros corazoncitos. Es mejor que amanezca o me voy a morir de pena en este rincón tan oscuro en que me encuentro. Ojala y mi madre pudiera escuchar lo que nosotros escuchamos, aunque creo que a todos nos pasa. Si ese animal ha estado bajando de la cruz durante años quiere decir entonces que mi madre también lo oía. A veces nos cuenta que siendo niña, salió de noche con mi tía María al patio a orinar y que de la quebrada que pasaba frente a la casa del abuelo salió una bolita blanca, como un huevo, que entre las vacas que estaban ahí echadas se movía hacia ellas, que con la luz de la luna relumbraba intensamente, y que según le dijo el tío Quilino era el carbunco y que qué lástima que no lo guardaras por que te hubiera traído suerte, si lo hubieras envuelto en un pañuelo blanco___era tu suerte y se te fue___ Mi madre al igual que yo estuvo tan ligada a esta tierra. Contaba que cuando se caso por primera vez, el recién casado la llevó donde su tío Gregorio Altamirano, donde a escondidillas se miraban meses antes y, donde al final se terminó quedando con él. Al parecer mi abuelo la enviaba a la ciénaga a moler café, pues era el único lugar donde se molía café y bajo este pretexto viajaba tan lejos. Mi abuelo fue cómplice de algún arreglo para que ella se quedara entre aquella familia. La esposa de don Gregorio Altamirano, era una mujer de lazo y reata, como decía mi madre. Se montaban ambas en la mula lozana de la familia y cruzaban el vado aun hasta en días de crecida. Aquella mujer tenía más dotes de hombre que de mujer. No se comprende como, pues parió ocho hijos, los cuales crió como Dios manda. Mi madre había Aprendido de Cristina Guerrero lo que sabía. Había acumulado una experiencia sincronizada en la vida. Lo sobrenatural no le era extraño. Así que hoy, en este momento en que nos sentía tiritando de miedo nos acariciaba nuestras cabezas como último recurso para no perder la calma pues pienso, en medio de todo, que sabía lo que ocurría en la calle, frente a nuestra humilde casa. La severidad de mi madre fue siempre permanente. Más de una vez, cometimos errores que nos costarían unos cuantos chilillazos a altas horas de la noche. ___Vos vas a venir, decía___ Nos esperaba hasta que llegábamos. La advertencia se cumplía al pie de la letra cuando le faltábamos a algo. Una noche el terror se apoderó de nosotros cuando no obedecimos fuéramos a traer agua al ojo de agua del San Gaspar, y nos quedamos sin agua para tomar. Aquella falta era grave. De algún modo nos vimos influenciados por nuestro hermano mayor, Armando, quien siempre infringía las órdenes de mi madre y casi siempre estaba bajo el látigo. Eran casi las diez de la noche y sufríamos la inclemencia de una espantosa tormenta que en ese momento caía sobre el valle. Oyó nuestro llanto y abrió la ventana por donde entramos e inmediatamente procedió al castigo que nos había prometido, no importaba el castigo, solo estar a salvo de la mula que se iba a parar a esa hora frente a nuestra puerta, a mascullarnos el aliento y desear que la mañana se presentara con el canto de gallos y pájaros que al fin y al cabo nos hacían sentir algo de seguridad aunque fuera por unas horas. Mas vale tener en cuenta que de algún modo debemos ser inteligentes. La tecnología que nos ha proporcionado tantas facilidades nos ha hecho perder el rumbo. El modernismo nos ha vuelto insensibles y nos hemos convertido en seres irresponsables, incrédulos al ignorar nuestras raíces. Ahora que recuerdo, con el paso del tiempo, la llegada de la modernidad nos trajo tantas oportunidades que vinieron a reemplazar las costumbres ancestrales y todos fuimos diferentes. Los viejitos que contaban historietas se fueron, y con ellos, nuestras raíces.

Este artículo tiene © del autor.

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