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OPORTO, LA BELLA CIUDAD DE LOS PUENTES

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

España



 

Oporto, hermosa ciudad portuguesa del litoral atlántico, donde el Duero exhala sus últimos suspiros, al discurrir serenamente, bajo los miríficos puentes que unen sus orillas. 

 

Puentes de hierro, como el emblemático Luiz I, o el decano de María Pía; puentes de hormigón armado, como el espectacular de Arrábida, con su níveo tablero elevado, y su inmenso arco central; puente Infante D. Enrique, suspendido sobre las colinas, con su armazón rectilíneo, apoyado sobre estribos engastados en las mesetas de ambas orillas; puente de San João con sus gigantes pilares y su colosal vano; viaductos gemelos de Freixo, tendidos en paralelo, uno al lado del otro, con sus cimbras combadas.

 

A flor de agua, los propincuos muelles, horizontalmente trazados junto a la línea del Duero, exhiben sus monótonos y gríseos embaldosados, y sus atramentosos norays, semejando ser una  prolongación más del ceniciento cauce fluvial. Los rabelos con sus toneles, navegan por el anchuroso lecho ácueo, anunciándonos que aquí, el tiempo parece haberse detenido. La ciudad parece anclada en el pasado, mostrándose con todo su verismo en una nostálgica estampa en blanco y negro.

 

Desde las obnoxias alturas de la ciudad, la miscelánea resulta sencillamente espectacular. Así, en el barrio alto de la universidad, las calles descendentes, empinadas y empedradas, fluyen vertiginosamente hasta los muelles, que colindan con el obsecuente Duero.

 

En su pronunciada bajada, se suceden bellos monumentos, como la Torre Dos Clérigos, la cota más elevada de Oporto. Suntuosos edificios, con portones de medio punto, arqueados dinteles dispuestos sobre níveas ventanas, fronstipicios triangulares, y espirales rejerías de forja. Residencias palaciegas de estilos modernistas y art decó, con esquinadas balaustradas semicirculares, y pomposas cúpulas, que hienden con audacia el cielo portuense. Letíficas plazas concurridas de gentes, palomas y gaviotas. Ágoras abiertas, amplias, luminosas, con cierta fragancia salina y salobre. Fuliginosas estatuas de héroes, mártires, reyes, leones, etc. Edificaciones gráciles y marineras, con tejadillos a dos y cuatro aguas, bermejos y acharolados, con buhardillas y mirandas de fastuosas vistas panorámicas. Los añejos inmuebles se presentan con careados rubescentes, amarantos, y ventanales en cuadrícula, con un elegante aire ánglico. Algunas otras construcciones, combinan los sillares de piedra, con los garzos y zarcos azulejos ilustrados, resultando una simbiosis verdaderamente maravillosa. Las barandillas de forja muestran filigranas imposibles, y como contrapunto, de este laberintico paisaje urbano, de muchas de estas vetustas viviendas,  y más bien de sus procaces balconadas, cuelgan níveas sábanas y ropajes de variegada tonalidad, que contribuyen a alegrar los sobrios callizos.  

 

En el barrio de Batalha, se erige la Catedral con su bellísimo claustro gótico azulejado, su rosetón central, y sus torres gemelas. Junto al templo se encuentra el Palacio Episcopal en la gran plaza Terreiro da Sé, contiguo a la prominente y exornada picota manuelina. Más abajo, junto al Muelle de Ribera, las arcadas y soportales de piedra, se combinan con gríseas fontanas, con interminables escaleras elevadas, y rampas, que sumergen sus declinados granitos en el superno Duero. Junto al Cais da Ribeira, se erige el mirífico puente de D. Luiz I, joya universal de Oporto, con sus dos niveles, así desde su tablero superior, se columbran unas hermosísimas panorámicas de la ciudad.

 

Desde los jardines del Palacio de cristal las vistas de Vila Nova de Gaia son sorprendentes, a flor de agua, siempre el Duero, con su serena y brumosa armonía.

 

Allá en la desembocadura del río, al término del Jardín del Paseo Alegre, se aparece tras el malecón el clásico Faro de Foz, con su doble veleta cardinal, enhiestada sobre el torreón rojizo, su balconcillo exterior de tres bandas, igualmente rubís, su translúcida linterna hexagonal y su pétreo fuste, con ventanas de marcos granates, soportando las terribles embestidas de un océano embravecido por los húmedos vientos del Atlántico.

 

Desde aquel lugar, resulta obligado serenar la mirada, dejando que se pierda en la lejanía del océano  ultramarino (…)

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Porto, a bela cidade dos seis pontes

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