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DOLOR DE ESPALDA (3ª PARTE)

Antonio Nadal Pería

España



Cada vez que Carlos y Marta coinciden en el supermercado con María, ésta se sonroja. Ellos siempre acuden a pagar su compra a la caja en donde la joven trabaja y le preguntan por su espalda. Ella dice que va tirando, que algunos días le duele algo y otros días más. "¿No te decides a volver a nuestra casa para un masaje?", se interesa Marta. "Prefiero darme el masaje en vuestro gabinete del centro, pagando", contesta ella. Carlos y Marta se miran decepcionados. "No queremos que nos pagues y en el centro tenemos muchos días completos con citas previas", le informa Marta. "Esperaré lo que sea necesario", dice María. "Pues por ahora no te podemos dar cita ni sabemos cuándo podremos, pero en nuestra casa te damos el masaje cuando quieras", dice Carlos. "Me lo pensaré", comenta María. "¿Te incomodó la sesión del otro día?", quiere saber Marta. "Un poco sí, no me esperaba lo que me hicistéis y además hacía horas que no me había duchado", dijo la joven. "Nos gustó el sabor de tu cuerpo, por eso no te preocupes", dijo Carlos. Se acercó un cliente a la caja e interrumpieron la conversación. "Cuando quieras nos llamas", le dijo Marta.
María no se atrevía a contarle a su novio la sesión de masaje con el matrimonio, pero a veces, recordándola, se sentía excitada y con ganas de repetirla, incluso de ir más allá si ellos lo intentaban, por curiosidad y por ganas de vivir la experiencia de un trío con un matrimonio que por edad podrían ser sus padres.
Durante un par de semanas procuró evitar a Carlos y Marta, que entraban casi todos los días a la misma hora aproximadamente. Si los veía venir de lejos abandonaba el puesto en la caja, desaparecía pidiéndole a una compañera que ocupara su lugar durante unos minutos. Al cabo de dos semanas, decidió darse el gusto de otra sesión de masaje en casa del matrimonio de masajistas.
Cuando entró en su casa les pidió que pudiera darse una ducha y veinte minurtos después se acostaba en la camilla, esta vez desnuda y boca arriba siguiendo las intrucciones de Marta. Carlos le masajeó las piernas separándoselas un poco y Marta los brazos y el pecho. María, con los ojos cerrados, inspirando el aroma del incienso y dejándose envolver por la música relajante, disfrutaba del contacto de las cuatro manos. No quería mirar, sólo sentir. Marta, desde la cabecera de la camilla, le masajeó los pechos y le lamió los pezones. Carlos, en los pies de la camilla, le acarició el sexo y le lamió el vientre y el ombligo. María estaba muy excitada. Marta, al oído, le susurró: "¿Quieres que te folle mi marido? Se pondrá un preservativo". María asintió con un movimiento de la cabeza, sin abrir los ojos ni pronunciar palabra. "Antes humedeceré tu sexo", le dijo Marta, y a continuación paseó su lengua por la intimidad de la joven. Mientras tanto, Carlos se desnudó y se colocó el preservativo. Cuando su mujer se lo permitió, se acostó sobre la muchacha y la penetró, primero con suavidad, luego con energía, mientras Marta la besaba en la boca.

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