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El Karma de Fhiodor

Oscar Deigonet López Posas

Honduras



Dedicado a mi querida maestra

Leslie Margarita Pérez

en San Marcos de Santa Bárbara, Honduras

El Karma de Fhiodor

Desde que estoy aquí, he visto que la vida se ha vuelto algo apacible. Aparte del mejor cariño que mi familia me profesa, he encontrado en Fhiodor al mejor amigo. Bueno eso es lo que se dice del perro: que es el mejor amigo del hombre. Desde que el hombre empezó a domesticar animales para su beneficio, encontró en el perro a un aliado indiscutible, ya que éste, cuidaba sus pertenencias, cazaba los animales que el hombre consumía como alimento y se beneficiaba de su piel, protegiéndose con ésta de la inclemencia del tiempo, además, arriaba los rebaños. Fhiodor es hereditario de una actitud que se moldeó durante doscientos cincuenta mil años y que hoy día llamamos el mejor amigo del hombre. Sin duda se ha conectado conmigo y parece percibir de inmediato mis propias necesidades y mis intimidades, incluso. Cuando estoy solo en el patio, él está echado cerca de mis pies, seguramente para protegerme o que se yo. Es como si él mismo creyera que mis necesidades son sus necesidades. Fhiodor tiene sus cosas. A veces pienso que es un alma de algún ser humano que se encarnó en este perro, y quiere expresar sus dolencias pasadas. Aunque yo no creo en el karma ni el darma se me ocurre pensar que guarda penas y que quiere o necesita expresarlas, solo que, como no habla, pues solo me observa atentamente. Es posible. Yo nunca he tenido un perro y hoy que he decidido quedarme con mi primo y su familia, Fhiodor es quien me escucha mis susurros. Estos van penetrando sus huesos su olfato, su instinto su agudo oído, incluso hasta las pulsaciones magnéticas que viajan por el aire, son percibidas por su piel. Me observa atentamente y me ve fijamente a los ojos como queriendo decir algo. Por supuesto no es para pedirme comida. Eso es algo por lo cual no se preocupa, ya que nada le falta en la casa de mi primo. A parte de esto, se deleita cazando palomas y pequeños pájaros, conejos y roedores que pululan en el río San Gaspar. Pareciera que es un ser que su vida pasada tuvo una esposa e hijos y súbitamente perdió algo tan preciado como la vida y hoy intenta conectarse conmigo para contarme sus dolencias, no se. Es posible. Yo, intento dejar por un tiempo prudente, todo. Desconectarme de este mundo de tecnologías, corrupción, secuestro, revoluciones, política, narcotráfico terremotos, profecías e Internet y poner mis pies limpios sobre la tierra y caminar sobre las piedras del río San Gaspar junto a Fhiodor. Sentir el frío del agua cristalina y de ves en cuando darme un chapuzón, y quedarme una vez más. Armonizar con la naturaleza de este lugar, y con mi infancia ya casi olvidada. Volver a mis raíces, tan lejanas y profundas. Correr en el pozo de los recuerdos, saltando cercas y simular pequeños animales de monte. Concebirme libre de prejuicios, rencores y dudas sangronas que contribuyeron a formar esta costra de vibras negativas que hoy intento sacudirme. Por supuesto e imagino que Fhiodor está en la misma situación. Que no mas nos queda mirarnos a los ojos y buscar de algún modo poder decirnos cuales son nuestras penas y situaciones. Seguramente comienzo hoy a decirle, primero que nada, que estoy muy agradecido con su afecto. Veré como responde, y luego le diré que deseo poder volver a ser aquel niño dulzón y pardo que ayer fui. Perderme en los raizones de los higos e irregulares hondonadas del San Gaspar en busca de mi tesoro más preciado: peces Guapote, que alimentaran a mis hermanos durante dos días. Ya alejado del bullicio de la ciudad de cemento, y todos sus desmanes, queda mejor espacio para poder pensar que realmente la tecnología no nos ha hecho más humanos, solo nos ha perdido en un mundo de incongruencias. Nos ha sumergido en nuestras propias trampas y ahora no sabemos cómo salir de ellas. Por eso creo que al escuchar a Fhiodor me he vuelto más sensible es más me he hipersensibilizado pues ahora ya puedo escuchar ciertos susurros que se parecen más a voces saliendo de unos ojos profundos y tristes cubiertos de pelos y una nariz húmeda y bailarina que apunta siempre a mis ojos. Siento realmente que me dice sus inquietudes y auque parezca ilógico lo que sería natural, pues es de la única forma en que se puede comprender a un amigo como lo es el perro, que la razón por la que existe es porque desea conectarse con su propia razón, expresar a través de chillidos y olfatazos que desea volver a ver a su estirpe, abrazarlos y decirles lo mucho que los ama, que hace ya un siglo de garrote y dolor que no los ve, que las patadas han sido incontables y que ha tenido que hacer cientos de turnos cuidando la propiedad del amo indolente, perverso y tacaño. Que alguna ves hubo de copular con una perra que debió quedar en cinta porque su amo quería una camada de buenos perros para que cuidaran la propiedad y el ganado. Cuantas cosas más habría de contarme Fhiodor en unas cortas vacaciones y exteriorizar sus sentimientos, miedos, ideas y dudas para luego volver a la tierra y de nuevo comenzar un ciclo sin una oportunidad, ensimismado como todo un perro sin tacha ni mancha, acostumbrado a lo perro, acariciar tiernamente la bota del amo indolente, que en noches taciturnas de vigilancia interminables le tiraba un mendrugo en pago de sus invaluables servicios. Toda una vida de perro. Así nos hemos tirado todo este día buscando entre los matorrales del San Gaspar, alguna señal de la vieja vida, aquella empolvada en mi memoria enmohecida, juneteada y encontramos solo monte, nada más. Donde si encontramos algo fue en el canto de las aguas del San Gaspar y es que río arriba buscaba peces Guapote, y en mi cerebro se repetía constantemente una canción que hoy cuando la escucho me transporta rápidamente aquel lugar donde no fueron dos, ni tres ni cuatro los peces que pesqué fueron ocho, y muy grandes y la canción rezaba una y otra ves:

 

 

 

‘’….Lloré, si lloré, como un niño, llore,

 

Y al silencio le diré se fue, o se fue.

 

Después, si después, de rodillas yo, imploré

 

El silencio me dijo, no se, no, no se.

 

¿Por qué?, se fue.

¿Porqué?, si, ¿Por qué, mi amor, se fue? ……’’

 

Eso mismo dirían las aguas del San Gaspar, y mi corazón retumba de añoranza buscando aquel misterioso lugar, pero las crecidas de los últimos veinte años se lo llevaron todo. No hay nada. Solo han quedado los susurros que transporta el tiempo por momentos hasta nuestros días y creo que parten de dentro de nosotros mismos. A veces se tornan diáfanos y disolutos, distantes y difusos como si no tuviéramos derecho a ellos, igual le pasa a Fhiodor y quizá por eso me comprende cuando me ve. Se pone silencioso y atento a lo que le digo, ya no es necesario hablar con la boca, no. Simplemente nos miramos a los ojos y expresamos todo nuestro afecto y nos contamos historias que nos han ocurrido y que estamos ávidos de contarle a alguien pero que por aquello de que secreto de dos es público entonces mejor entre hombre y perro. Esto me recuerda algo que con el paso del tiempo se ha dicho del perro y es que los que piensan sin sensibilizarse, creen que el perro está con nosotros por que se siente a gusto y no cuestiona nuestro proceder, y que se ha adaptado tan bien a nuestra forma de ser que el día que dejemos de existir, los perros volverán a sus hábitos antiguos por que de lo contrario se morirán de hambre. Somos sus más elementales fuentes de sustento sin considerar que es al revés. Si el perro faltara sobre la faz de la tierra, el hombre ya no se ubicaría en sus quehaceres pues está tan acostumbrado a que el perro haga tantos trabajos y a veces la hace hasta de espiritista, pues puede percibir los malos y buenos espíritus. Pero la verdad es que Fhiodor está convencido de que él es un alma que alguna vez perteneció a un ser humano que fue feliz, con su mujer e hijos y que habitó entre los hombres; no como perro si no como humano. Ese día de 1973 al levantarme temprano decidí no ir a la escuela sino al río. Eso era lo que más amaba, estar con mi río. La escuela a pesar de haber ingresado como oyente, a los cinco años; solo me había enseñado a perturbar mis más elementales fines como ser humano. En los primeros días comprendí que lejos de aprender algo bueno, para la vida me alejaba de los principios que pobremente me había enseñado mi madre. Un día antes, Rigoberto Puerto había ofendido mi ingenuidad llevándome a base de engaños a comprar pirulines a la trucha más cercana, a la escuela, consumando sus maldades parándome justamente encima de un hormiguero del que no pude escapar hasta ver saciada su argucia aquel energúmeno malsano. No entendía nunca por que el director propinaba grandes cachimbeadas a los estudiantes sin ser sus hijos, algo a lo que le temía. Por eso deje de ir a la escuela y me refugiaba en el canto sutil, y pacífico del aquel río, y los días eran simplemente un viaje inolvidable y sin retorno. Fhiodor se ha quedado dormido al pie de una mata de patastillos tiernos que cuelgan sobre su hocico. Imagino debe navegar al igual que yo en ese extraño mar de recuerdos indisolubles que, ni aun con el paso del tiempo, no se han de borrar porque el ritmo del tiempo es armónico con el ritmo de la vida y a lo mejor ya no sufrirá más, después de haberme contado su vida.

 

 

Este artículo tiene © del autor.

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