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LA MUERTE DE UN TIRANO

(Gadafi)

César Rubio Aracil

España




No todos los autócratas tienen la suerte de morir encamados, tal como le sucedió a un déspota –por cierto, español- de, para mí, insoportable recuerdo. Gadafi, que para bien de la humanidad debería haber sido juzgado por un tribunal de personas justas y entendidas en leyes internacionales, ha sido asesinado de manera alevosa, tremendamente inhumana e indigna, por una horda armada al servicio de intereses faltos de legitimidad; de apetitos espurios que la OTAN ha disfrazado para salvar de la ignominia a Estados democráticos que, desde tiempos inmemoriales, vienen practicando el crimen legal.

 La muerte del coronel Gadafi, ensangrentado y expuesto a la contemplación del mundo, merece la reprobación de las personas de bien, como asimismo la enérgica condena de los hipócritas que defienden la Vida con la boca pequeña y sostienen con cinismo la bondad de la pena capital. De todos sin excepción, porque la patética súplica de un ser humano (caso de Gadafi en un determinado momento de su suplicio), sea dictador o defensor de la ley, mueve a compasión, a respeto por la dignidad de la persona e incluso, para los creyentes, a obediencia al Catecismo.

 Hemos perdido para siempre el testimonio de Gadafi en relación con los posibles favores que hizo en su día a estadistas, incluido nuestro ex presidente Aznar y, no menos, los trapicheos de armas entre países que se llamaban amigos entre sí y que después, poco antes de la caída del arrogante e inflexible opresor, se declararon encarnizados enemigos.

 ¿Nos damos cuenta en manos de quiénes están la justicia, el orden, el sentido de la dignidad y de los valores arquetípicos de los seres pensantes? Si, para cubrir las vergüenzas de la mayoría de gobernantes, hemos de apoyar la barbarie, ¿qué modelo de conciencia se está configurando desde el poder? ¿Y por qué nosotros, al amparo de consignas tan estúpidas como insidiosas, ejercemos la mansedumbre en vez de la sublevación? ¿Por temor? ¿Por egoísmo? En mi opinión porque, en vez de creernos hijos de Dios, deberíamos sentirnos auténticos demonios. Nunca podrá curarse un alcohólico que no sea consciente de su enfermedad.

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