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Doctor de mundos

Adrián N. Escudero

Argentina



 

DOCTOR DE MUNDOS - De narradores videntes (1) 

Inicio esta breve presentación con una cita de Proverbios, que será de gran importancia cuando nos situemos como interpretantes del discurso de Adrián Escudero: “Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre. La vida y la muerte están en poder de su lengua. Cual sea su uso, comerá sus frutos”. 

Aunque la escritura que conforma la literatura fantástica se encuentra ya en los comienzos de la historia del hombre, con la mirada visionaria de quienes muestran imágenes de futuro, es sólo desde el avance irrefrenable de las ciencias -y de los mundos que éstas hace presuponer- que los literatos se aventuran en tiempos por venir, de manera sistemática, haciendo uso de innumerables símbolos que parten de un recorte de la realidad, con su correspondiente amplificación. No olvidemos que el arte es mimético (en su justa medida), y la narrativa, el “viejo epos”, toma de la realidad los parámetros que le significan el cambio y las posibilidades de plasmar las inquietudes de la época, del tiempo que se vive; por eso el arte constituye la historia más sutil, la verdadera historia que corre subterráneamente, y que sólo se manifiesta en las mentiras (entre comillas) de la ficción. 

Con los años a esos primeros emprendimientos se añade una auténtica preparación filosófico-teológica y científica, a la par de un cuidado lenguaje que por razones obvias, se reúne y confunde con la poesía, en cuanto a la utilización del símbolo como elemento totalizador, es decir, de amplio espíritu abarcativo. Afirmo el mencionado rumbo poético de la literatura fantástica porque el discurso de Escudero es un claro ejemplo de ello; y cito: “Sin embargo, fue el único en soñar durante aquella tiniebla de duendes exiliados... La lluvia no alcanzó a devolverles el espíritu. Les mostró, sí, la posibilidad de algo distinto (el valor de la tristeza y de la melancolía, la magia de la voz de algún poeta herido que nadie entiende, la vivencia interior del llanto primigenio) después de los pájaros” (del cuento: “Detrás de las tinieblas”). 

La creación de mundos y de atmósferas insólitas y por lo tanto, atrayentes para el lector, vigorizan el sentido de esta modalidad anunciativa. El hecho significa comprender que existe detrás de ella, una intensa relectura de la existencia toda, y un planteamiento de nuevos caminos en la búsqueda esencialmente metafísica, tratando de descifrar (o por lo menos, intentarlo), ese orbe desconocido e infinito que nos precede en el tiempo: los escondidos mundos venideros. 

Entonces, si al universo de la literatura fantástica se lo manifiesta desde una perspectiva religiosa, y en base a un plan salvífico, nos encontramos con DOCTOR DE MUNDOS. DOCTOR DE MUNDOS es el que viene a “curar”, a “sanar” a esa humanidad robotizada (dirigida por el Sr. De Relaciones Públicas), mundo artificial perdido en los laberintos del orden y la racionalización, perdido en fin, en un proceso de deshumanización, para ser sin sueños, sin imaginación, sin espíritu. Dice el autor: “Una compleja y absurda telaraña de edificios, cloacas y túneles, postes y líneas telefónicas, computadoras y antenas de televisión; sincretismo de cemento espigado y gente sin vida, girando en torno de un abismo sin fin. Famélico esqueleto de progreso tecnotrónico, sin raíces para seguir creciendo...” (del relato: “Anno Dei”). La concepción visionaria se estructura en un macro discurso que parte del entorno cotidiano y tiende hacia las esferas de lo puramente teológico y el ámbito científico. La reunión de elementos de la vida diaria con tan altas ideas deriva en una escritura alegórica que desborda la fragmentaria visión ofrecida por el racionalismo, y se inscribe en la profunda convicción de la necesidad de tomar conciencia en cuanto a mitos, y dimensiones desconocidas que tienen un obrar directo sobre nosotros, y esencialmente sobre nuestra felicidad o desdicha. Son estos contactos entre el nivel ordinario, de nuestra realidad, y los complejos niveles sagrados, los que destacan la obra de Adrián Escudero dentro del corpus narrativo santafesino, y lo aproximan a la escritura de Marechal, otro gran escritor visionario argentino. La intuición, el sentido profético, la contemplación y el estado casi místico le imprimen a las fábulas de Adrián un valor ético implícito en todo el texto. Hablo del texto en general porque el conjunto de cuentos que compone la obra, se acerca más a una saga, a una historia unitaria, y por ende, a una modalidad muy allegada a la novela. 

Retomando el carácter ético de libro, digo que Adrián se muestra aquí como una conciencia abierta, que se introduce en la interioridad del cosmos, y se abre a la realidad nuestra, desde una noción cristiana de la trascendencia, iluminando el camino a partir de la anécdota contada. El viaje a través del espacio exterior revierte, entonces, en viaje (periplo-peregrinaje-conversión), interior. El escritor juega con las posibilidades y los caminos de acceso a la verdad última, y juega con el corpus narrativo en sí (referido a la comunicación intérprete-interpretante, pues todo juego es interpretación del sentido. A propósito de la luz, es necesario mencionar los símbolos que aparecen en el gran cuento, como indicadores de la “tensión hacia”: la luz, la lluvia y el agua (con dos sentidos distintos: como vinculación y purificación), el viento (como otro elemento purificador), los niños (con su carga de asombro y de promesa). La figura del niño como protagonista de esa mirada auroral, como depositario de la esperanza en un mundo mejor, está relacionada con el sueño y con el cuento (la fantasía, la imaginación). La luz se revela como principio, que lleva a una vida superior, y a la vez es vital, decisiva, en el pasaje a dimensiones trascendentes; es expresión de una experiencia re-ligante unida a una visión poética, y de una búsqueda de los valores supremos: verdad, bondad, belleza, moral: “La humildad es la verdad, dijeron. Habían abandonado la visión antropocéntrica del Cosmos, iniciando la evolución hacia la síntesis de una especie universal. Se habían negado a sí mismos, relegando egoísmos y falsas concepciones; ahora buscaban la unidad en el Espíritu de la Vida” (extraído del cuento: “El día de la inauguración”) (…).- 

NORA DIDIER (2) – Santa Fe (Argentina), Junio de 2003.-  
 

 

 

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