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Misticismo y física moderna (II)

César Rubio Aracil

España



Yo no digo que la Tierra esté viva tal como entendemos la vida vegetal, la animal o la humana con su complicada fisiología, sensibilidad y -al menos referido al mundo irracional y al género humano- psiquismo. Tampoco puedo afirmar que nuestro bello planeta piense, a no ser que la inteligencia universal (si es que existe alguna forma de raciocinio diferente al humano) posea los recursos necesarios para crear una fabulosa trama biofísica capaz de contener - y aun más allá, de superar- los principios por los que el ser humano entiende el significado de la palabra “inteligencia”. Pero sí me atrevo a manifestar públicamente mis impresiones al respecto, pese al riesgo que supone la especulación sin el aval de los conocimientos científicos adecuados para teorizar.

La Tierra, al menos que yo sepa, no posee un sistema neuronal susceptible de modificar, por ejemplo, las percepciones que de modo continuo nos invaden a los seres pensantes, convirtiéndolas es ideas. De la misma manera supongo que, como astro, tampoco el orbe que habitamos está en condiciones de resolver ecuaciones de segundo grado. Sin embargo, al leer la hipótesis “Gaia” de James Lovelock cuando se refiere a los ciclos de la naturaleza, o al adentrarme en su ensayo titulado “El Mundo Margarita”, intuyo que la Tierra es un ser vivo o, si se prefiere otra denominación menos atrevida, materia palpitante capaz de “sentir” y de hacernos vibrar a quienes, dotados de sentimientos complejos, nos creemos el súmmum de la creación.

La vida, según creo, no es otra cosa que una corriente animadora de la materia que, según grados de complejidad, otorga al ser cualidades perceptibles. El mineral, pongamos por caso, estimamos por pura lógica que no piensa. Pero los átomos que lo forman, y aguas abajo sus partículas elementales, adoptan un comportamiento cuya naturaleza nos hace sospechar la existencia de un “algo” inteligente en el sistema atómico. (Recordemos que nos referíamos en el artículo anterior de este ensayo a la conducta del fotón ante la doble rendija, o ante la abertura única por la que debía pasar.)

Avancemos ahora un poco más, situando nuestra reflexión en un plano de mayor dificultad: la biológica en su mínima expresión. Por ejemplo, el mundo de las bacterias y el propio de los virus. Se trata de unos ámbitos tan pequeños que no es posible distinguirlos sin el auxilio de grandes aumentos. (El virus del herpes tiene un diámetro de unos 250 milimicrones y es posible verlo con un microscopio más o menos ordinario; pero los hay que precisan del microscopio electrónico para poder ser observados.)

Si el virus del SIDA es capaz de “engañar” al sistema inmunitario para no dejarse fagocitar o, dicho de otra manera, impedir que las defensas orgánicas se lo “coman”, y que tales virus modifican constantemente su estructura molecular con el fin de sobrevivir en la sangre animal, ¿no estamos ante un caso de inteligencia prodigiosa? Si este germen patógeno lleva de cráneo a los investigadores médicos, ¿qué podemos pensar del micromundo biológico? Y si, según Hermes Trismegisto, lo que es arriba es como lo que está abajo, ¿por qué hemos de reírnos de quienes piensan que la Tierra -en relación con un virus o con una bacteria- representa un organismo vital macrocósmico? Si cada una de nuestras células (que tienen vida propia) labora día y noche para mantenernos vivos, ¿por qué no pensar que el hombre, el conejo y la rosa son células de la Tierra y que una galaxia, con sus millones de soles y de otros astros supone un sistema celular integrado en el universo para hacerlo palpitar como nosotros vibramos?

Nos reímos de quienes creen que la Tierra es un ser vivo, porque nos consideramos seres individuales, o simplemente fragmentos de un fabuloso orbe con mecanismo de relojería. Pero somos, creámoslo o no, partes consustanciales del Todo.

Pensemos que las tres cuartas partes del globo terráqueo son agua, lo mismo que le sucede al hombre respecto a su composición química. ¿De qué otros elementos está formada la vida terrestre sino de carbono, oxígeno, nitrógeno, etc., lo mismo exactamente que el suelo que pisamos? ¿Qué es un absceso: empiema, flemón, forúnculo, grano, o tumor sino un volcán epidérmico, o pleurítico, que estalla llegado su momento?

Reflexionemos sobre las semejanzas entre el hombre y la Tierra, y pensemos también que la materia está formada por átomos que saben si la pantalla que tienen que atravesar está configurada con una o con dos rendijas.

César Rubio (Augustus)
Miembro del grupo
Escritores Castellano-manchegos
y de La Mediterranía.

Este artículo tiene © del autor.

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