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PAISAJES DE ALICANTE

Valentín Justel Tejedor

España



PRÓLOGO

 

Esta obra pretende ensalzar, el bello paisajismo urbano alicantino. Por ello, se trata de un texto marcadamente descriptivo, con ambiciones gráficas e ilustrativas. En la composición desfilan los lugares más emblemáticos de la ciudad de Alicante. Siempre caligrafiados a través de una sensitiva prosa poética. En todos ellos, el acento descansa en el detalle, en el pormenor de los distintos escenarios. La minuciosidad en el tratamiento, consigue que pequeños matices, que pudieran pasar inadvertidos para el observador, sean puestos de manifiesto, con la finalidad de que éste se recree en los mismos.

 

El carácter sensorial de la obra, pretende que el lector pueda llegar a escuchar, a través de los sentidos,…el rumoroso y agradable fragor del agua… de las fuentes; incluso impregnarse de su frescor,…que salpica con profusión vaporizada... Del mismo modo, al lector se le invita a respirar …el evanescente y fragante aroma, proveniente de los odorantes clavelones…; a deslumbrarse con...la cálida luz mediterránea, y su espectroscópico cromatismo áureo…; Igualmente, se le convida a saborear algunos productos de la tierra alicantina, deleitándole con su fruitivo gusto …su endulzado sabor, la convertía casi en una golosina... Aunque no solo se recogen en la obra paisajes físicos o naturales, sino también paisajes humanos: …una apretada marea humana, que en horas punta, llegaba a ser calmosa y procesional… Se retrata a las gentes de esta tierra, a su folklore, a sus tradiciones, a sus fiestas. Se refleja idiosincrasia mediterránea más autóctona.

 

También, se ilustra la realidad urbana de la ciudad. Destacando aquellas edificaciones que tienen un valor singular. Se habla de los…detalles curvocóncavos y convexos del modernismo…, del Art Nouveau y de …sus sinuosas y onduladas líneas, verdaderamente imposibles…; del neoclásico y …de la luminosidad propia del gótico…; del barroquismo de las formas, y de la bella simplicidad de algunas ornamentaciones…su sencilla fisonomía de perfiles ondulados, evocaba un vívido piélago...

 

En suma, se le confiere el merecido valor a la arquitectura que integra la ciudad.

 

En la obra se rinde homenaje a algunos destacados autores alicantinos. En todos los casos con brevedad, pero subrayando sus cualidades personales y artísticas. Se habla del insigne Gabriel Miró,…hombre sencillo, humilde y bondadoso… Se menciona al prolífico comediógrafo Carlos Arniches y su facilidad para representar…el costumbrismo y casticismo madrileñista de entresiglos... Se alude al maestro Azorín, fiel enamorado de la bella estética de los colores, que impregnan los distintos paisajes alicantinos. Se hace referencia al poeta del pueblo, al insigne Miguel Hernández. También se menciona, al ilustre escritor Juan Gil – Albert, autor de una sensibilidad epicúrea y extrema hacia la belleza de las cosas.

 

Así mismo, se le otorga un valor superlativo a la cromática. La semántica del adjetivo es abordada como una necesidad en la composición. Se utiliza el lenguaje de los colores, para transmitir sensaciones, con ellos se pincelan cielos: …el cielo tapizado de conspicuas nubes, mostraba sus candes y lactescentes celajes... Se pigmentan cúpulas: …Su pardo y broncíneo esmalte, adoptaba tonos más cálidos, –dorados y melifluos-... Frutas: …un sinnúmero de albaricoques que mostraban un color medio amarillento, medio anaranjado, y medio rojizo... Animales: …tenía su plumaje nacarado y blancuzco, desde la cabeza hasta las timoneras...

 

Se potencia la sonoridad, es preciso “escuchar” el texto para disfrutar con el gorjeo de los pájaros y su dúlcida y almibarada atmósfera. Con las risas de los niños…Las criaturas ríen, y carcajean incansablemente, inundando con el perdido eco de su algazara…, y hasta con las estridencias…la uniforme sonoridad, se veía quebrada por algún jactancioso y altisonante bocinazo….

 

En la obra los silencios también tienen su propio sonido, así se evoca el callado murmullo de la fonética de las palabras, o se menciona al propio silencio,…En el audible silencio de la glorieta...

 

En definitiva, la obra pretende ser un faro, que guie al lector por los diferentes rincones de la ciudad de Alicante. Provocando en su agradable paseo, unas amenas y placenteras sensaciones, pretendiendo que le sean verdaderamente inolvidables. 

 Lorena Márquez de Silvela

 

LA PLAZA DE GABRIEL MIRÓ

 

El susurro ácueo y eufónico producido por la escultural fuente, musicalizaba el bucólico y romántico entorno de la plaza. Los gorjeos y trinos de los pájaros, resonaban como melódicos acordes, produciendo una dúlcida y almibarada atmósfera, plena de quietud e imperturbabilidad, que serenaba el alma.

 

Desde las concurridas terrazas de cafeterías y restaurantes, situadas en los extremos del ágora, se percibía lejano, el callado murmullo de la fonética de las palabras de contertulios y turistas.

 

En el audible silencio de la glorieta, un rumoroso y agradable fragor, surgía de una cincuentena de lientos y aguanosos caños, emplazados en el perímetro inferior de la fontana. Otros tantos chorros, dispuestos en el límite conclusivo del basamento de la fuente, emulsionaban a menor altura, expeliendo un pulverizado halo de microscópicas gotas.

 

Estos surtidores encumbrados, vertían el agua de forma enérgica e impetuosa, en su primer tramo ascendente, hasta alcanzar el punto máximo de elevación. En su tramo descendente, precipitaban las húmedas y perspicuas gotas, sobre el orbicular canal de aguado cristal, que circuía la hermosa fontana.

 

Los arcos de agua, al columbrarse desde cualquier perspectiva, formaban un entramado repetitivo y cadencioso de primorosa beldad.

 

Las ácueas partículas caedizas, de cada uno de los chorros, formaban pequeñas cascadas, que en su vertical tránsito, se disgregaban como si fueran auténticas gotas de llovizna, salpicando con profusión vaporizada los aledaños de la fuente, impelidas por cada ráfaga del ululante lebeche.

 

En el eje de la escultural fontana, sobre un pétreo pedestal, se alzaba la figura de la aguadora, coronando el conjunto hidráulico- escultural. Una bella muchacha, que vaciaba su ánfora o cántaro, sobre un mitológico fauno, que trataba de zafarse del agua, interponiendo uno de sus brazos. El fauno se mantenía apoyado sobre un monstruo marino. En los otros tres lados del bloque central, destacaban las figuras de dos niños pintiparados[1], con extremidades inferiores en forma de cola de pez, y otro párvulo, que sostenía entre sus brazos un ánade.

 

Las marquesinas dispuestas a ambos lados de la plaza, mostraban unas enardecidas buganvillas, róseas y púrpuras, que coronaban las lignarias[2] vigas superiores, descolgándose con procacidad, entre los intersticios del paralelo maderaje, en suspensión hacia el granítico embaldosado del ágora.

 

Junto a estas dos galerías, sostenidas por pálidas y sencillas columnas, se hallaba un friolento[3] y anomio[4] testeraje[5] formado por estilizadas Palmas del Paraíso[6], que semejaban un verdadero vergel de hojas pinnadas, con un extraordinario color glauco y esmeralda. Las palmeras emergían de unos filásticos[7] y combados tallos, que se abrían formando arqueados frondes[8]. Debajo de cada templete, había dos bancos de negreada fundición, sin listones, con una trama corrugada de forja, que formaba bellas ondulaciones y espirales, tanto en el escabel[9] como en la luneta[10].

 

Ordenadamente, acá y allá, había bancos de arrabio[11], orientados bien hacia el eje del ágora, bien hacia las propincuas lontananzas, los cuales, invitaban a disfrutar de un espacio romántico, acogedor y sensitivo.

 

Los monumentales ficus centenarios, mostraban con todo el verismo su gran porte. Sus gruesas raíces a flor de tierra, así como sus macizos troncos, retorcidos y rugosos, que se prolongaban, en vertical, hasta alcanzar las obnoxias alturas. Las enramadas y apéndices siempreverdes de los gigantes, se extendían horizontalmente, exhibiendo su melosa y albazana corteza, y su glauca y sinople fronda.

 

Las colosales copas de los añosos ficus, cubrían con su inextricable y enmarañada espesura, una amplia área cenital de la plaza. El boscaje proporcionaba una fresca sombra, atramentosa[12] y fuliginosa, que semejaba un manto nocherniego.

 

El busto del insigne escritor alicantino Gabriel Miró presidía la plaza, con sus rasgos de hombre sencillo, humilde y bondadoso. Su patrimonio literario nos deja una serie de obras, principalmente atentas a las sensaciones y a los sentimientos. Su prosa resulta impecable e implacable.

 

Así, en los alrededores de la plaza se erigían bellísimas construcciones, que enseñoreaban el entorno urbano.

 

El emblemático edificio de Correos, que antiguamente fue deposito de sal, prisión, teatro de verano, y salón de cines y varietés, había sido rehabilitado, pasando a ser hoy un inmueble de refinado estilo ecléctico, presidido por el cadente ritmo de la estética, materializado en bellos juegos de simetrías; armónicas y estudiadas proporciones; elegantes y primorosas ornamentaciones; y disciplinados equilibrios de orden y medida, que representan la excelsitud de la poética arquitectónica.

La fachada principal destacaba por su profusión de elementos, tales como las escalinatas enfrentadas, que dotaban a la edificación de unos accesos sencillos, pero paradójicamente originales y desacostumbrados. Las neoclásicas arquerías de medio punto, dispuestas sobre los vítreos y diáfanos ventanales cuadrangulares, evocaban el anhelo de la luminosidad propia del gótico. Las atramentosas rejerías de forja de los vanos laterales, con entramado romboide, y detalles curvocóncavos y convexos en su parte superior, lucían al más puro estilo modernista. La ebúrnea[13] balaustrada superior renacentista, sugería los cánones historicistas, redescubriendo así el clasicismo. La mayólica[14] orla art decó, inspirada en el universo de la naturaleza, con el voquible "Correos y "Telégrafos" junto a los escudos de la ciudad de Alicante y de la Comunidad Valenciana, transmitía una garante oficialidad.

 

En los extremos laterales destacaban dos prominentes torres gemelas, con galerías arqueadas, sobre las que se disponían unas bóvedas, en forma de pirámides cuadrangulares, que culminaban con unos extraordinarios cupulines que hendían sus aguzadas espadillas en el cerúleo cielo alicantino.

 

Sin embargo, nos invadió la nostalgia, al contemplar que ya no brillaban con sus áureos y bruñidos destellos, los buzones ubicados en el careado de la calle San Francisco. Aquellos que hacían las delicias de los niños, cada vez que gustaban introducir las cartas de sus progenitores, por las aberturas situadas en las fauces de los indómitos leones, acharolados y refulgentes.

 

 

 

EL PASEO DE LA EXPLANADA

 

En las obnoxias[15] alturas, destacaba una bella cúpula semiesférica de estilo francés, coronando una torre orbicular, integrada inusualmente, en una primorosa edificación de elegante factura: la Casa Alberola.

 

Con cada rayo de sol, las tejas planas de pizarra de aquella maravillosa bóveda, refulgían originando unos esplendentes destellos, desde el alero hasta la cumbrera. Los fulgores y resplandores iridiscentes, deslumbraban en la distante cercanía.

 

Su pardo y broncíneo esmalte, adoptaba tonos más cálidos, –dorados y melifluos- cada vez que un relumbrón de luz solar, incidía sobre los roblones[16] y las bocatejas[17] del combado faldón.

 

En la clave del domo[18], dispuesto sobre un párvulo remate, sobresalía un bruñido y argénteo pararrayos, que parecía herir el cielo, con su prominente mástil metálico.

 

En los arranques de la bóveda, se distinguían unas figuras geométricas triangulares de endrino empizarrado. Estos salmeres[19] estaban circuidos por una hermosa balaustrada de forja azabache, a modo de anillo orbicular. Debajo de la media naranja, se situaba una linterna[20] con verticales portillas[21], sobre las que se disponían cabeceros circulares de una sola luz. En la base del lucernario[22], había una segunda barandilla, también circular y denegrida, que exornaba admirablemente la monumental construcción.

 

Las pulcras e impolutas fachadas de la edificación, estaban enlucidas de un luminoso nacarado, y de un pálido ictérico, cuya simbiosis producía un viso[23] casi celestial.

 

Su contraste con la tonalidad albazana y cobriza de la encumbrada estora[24], y con las fuliginosas balconadas esmaltadas, resultaba sencillamente cautivador.

 

En la glorieta adyacente, destacaba la monumental estatua esculpida por el maestro Bañuls, dedicada a José Canalejas.

 

Junto a la orbicular plaza, a flor de tierra, se extendía un mirífico[25] paseo ajardinado.

 

Al recorrer su lineal trazado, sorprendía visualizar sobre el pavimento, minúsculas teselas que en su conjunto, describían sucesivas y consecutivas olas marinas. Su sinuosa y serpenteante torsión, evocaba una auténtica marejada. Las ondulaciones alternaban paralelamente, la coloración rubescente y la negral, intercalando entre ambas, un clareado tono marfil, lo que configuraba una repetitiva y bellísima tríada de colores.

 

La cálida luz mediterránea, con su espectroscópico cromatismo áureo, penetraba a través de los intersticios de las prominentes palmeras, dispuestas en cuatro filas, como marciales centinelas de este ilusorio piélago.

 

Una hilada de casetas de venta de artesanía, se extendía sobre este concurrido espacio de luz y color. Los transeúntes las recorrían con premiosidad, observando con curiosidad las variopintas mercaderías que exponían. Se exhibían sortijas, collares, pulseras, amuletos, pequeños barcos de madera, abanicos, y un sinfín de sombrerería, fruslería e inanidad[26], que destacaba más por su originalidad, que por su cuantía.

 

Así al caminar, bastaba alzar la mirada por encima de las casetas de artesanía, con su característica cubierta en forma de “V” invertida, para contemplar el soberbio edificio del Real Liceo Casino de Alicante. Una construcción centenaria y majestuosa, que sigue cautivando hoy en día, por su aspecto señorial y distinguido.

 

Al finalizar la ringlera de quioscos, aparecía un bello templete, con líneas y contornos combados, que representaba una concha marina. Si no fuera por su gran tamaño, podría parecer que el rebalaje[27] del mar, la hubiera depositado allí en alguna nocherniega bajamar. 

 

Desde aquel mismo lugar, se podían vislumbrar las amuras[28] de babor y estribor, de las embarcaciones, ancladas a escasos metros, en el propincuo puerto deportivo. También se podían columbrar las agudas proas de violín[29] de yates y veleros. Sus palos y mástiles enhiestados en el cerúleo cielo vesperal, se cimbreaban al compás de la suave mareta sorda[30]. Las jarcias tintineaban con la más bonancible ventolina litoral, ofreciendo una verdadera sinfonía de caprichosas resonancias acústicas. La velería no gualdrapeaba[31], al estar arriada en las horizontales botavaras. Los cascos de las embarcaciones, unos ebúrneos, otros añiles y navales, mostraban ojos de buey, dispuestos en línea, en sus visibles obras muertas[32]. Tras los pantalanes[33] del puerto deportivo, en la marina destinada al amarre de los trasatlánticos, a menudo se dibujaba la imponente silueta de algún crucero de lujo, con su característica proa de cuchara[34], sus gigantescas y descolladas chimeneas, y su popa de espejo plano[35], cada vez que uno de aquellos colosos hacía escala en la ciudad, durante una breve estadía.

 

Nuevamente en el paseo, a la altura de la declinada y diáfana Rambla de Mendez Núñez, se vislumbraba, a escasos metros de la avenida, un prominente y espectacular rascacielos que forma parte del skyline de la ciudad de Alicante. El Gran Sol, una emblemática construcción, que destacaba por sus coloristas murales en dos de sus careados, así como por su imponente alzada. Otro de los edificios muy próximos a la Explanada, que atraía las miradas de viandantes y turistas, era el que albergaba en su cúpula el grupo escultórico del Fénix, con sus atramentosas figuras, que transmitían un intenso y extremo realismo.

 

Avanzando por la Explanada, entre la concurrente muchedumbre, se podían observar escasos impécunes, algún que otro petrimetre[36], así como caricaturistas, ilustradores, músicos, ilusionistas, y una miscelánea de artistas, que trataban de mostrar sus mejores artes al gran público, que se congregaba en este singular espacio de encuentro.

 

Al finalizar el paseo se hallaba la residencial Casa Carbonell, un magnífico ejemplo en la capital alicantina de arquitectura modernista burguesa. En la simétrica edificación destacaba su falciforme[37] y lobulada marquesina, de vidrio traslúcido y hierro, sus estilizadas cúpulas azulinas, sus níveos paramentos y cornijales[38], y sus exornados requilorios[39] curvo cóncavos y convexos.

 

Desde aquel lugar, se recortaba en el diáfano cielo alicantino, la silueta del Castillo de Santa Bárbara, enclavado en el Monte Benacantil. En esta obra de fortificación, destacaban sus extendidos lienzos de muralla, sus sólidos y consistentes baluartes, y su insólita “Cara del Moro”, esculpida de forma natural en la roca viva, la cual, ha sido objeto de apasionantes y fascinantes leyendas.

 

 

LA PLAYA DEL POSTIGUET

 

A los pies del Castillo de Santa Bárbara, una apaisada franja sabulosa[40], de ocre y tostada irisación, descubría una de las fachadas marítimas más hermosas de la ciudad de Alicante.

 

Ya lo expresó magistralmente, el ilustre poeta Juan Gil – Albert, al escribir: “Alicante mira ininterrumpidamente hacia el mediterráneo”.

 

Sobre aquel enrasado oropel[41], la ufana[42] brisa marina, iba modelando un paisaje de belleza severa; otoñal, desnudo y solitario; de perfiles suaves y ondulados.

 

Así a cada instante, la melada lámina tenía la extraordinaria virtud de ser diferente, y a la vez análoga. Cada soplo, cada ráfaga, cada aliento de la desairada brisa, desplazaba aquellos ínfimos médanos[43], creando un mar de rizadas arenas; un primoroso océano de sílice, formado por exiguas honduras y minúsculas excrecencias cóncavo-convexas.

 

En las obnoxias alturas, el cielo tapizado de conspicuas[44] nubes, mostraba sus candes y lactescentes celajes, alineados en discontinuas, y sobrepuestas bandas horizontales. Entre sus intersticios asomaba una celestial, tímida y rala azulez. Los alabastrinos y tubulares hidrometeoros[45], exhibían sus algodonosas panzas, coloreadas de un suave y mágico gris ceniciento. Los extremos de los nimbostratos dispuestos en vértice, se iban disipando súbitamente, formándose menudas y caprichosas masas nacaradas, las cuales, se alejaban con premiosidad, a merced de la corriente convectiva.

 

El mirífico[46] arenal parecía formar un pequeño desierto a escala. Las umbras[47] de las minúsculas gibas, se proyectaban hacia poniente, cuando el sol de noviembre, desde su cenital posición de mediodía irradiaba un álgido fulgor, áureo y rucio[48].

 

El desplazamiento del sol hacia el Austro[49], reorientaba el fuliginoso sombreado de las sinuosas arenas, el cual, parecía trazado con una finísima mina de carbón. Así, la umbría se bosquejaba hacia el norte cardinal, cuando el relumbrón solar provenía del Sur. Así, en el arrebol vesperal, el sol refulgía tenue por el Oeste. La escasa penumbra se mostraba misteriosa sobre el manto sabuloso, orientada hacia el Este cardinal. Paulatinamente, desaparecía su declinada y mortecina luz, acrecentando su sombra, e imponiéndose una lóbrega obscuridad crepuscular, en el conclusivo ocaso nocherniego.

 

Frente al litoral arenoso, se mostraba un oleaje acre y convulso, propio de un proceloso[50] temporal de Levante. Sus semovientes y arboladas olas, ascendían exhibiendo sus mantellinas[51] albares, y descendían formando profundas hondonadas, cuyos valles, parecían sumirse en el más atramentoso[52] y recóndito fondo marino.

 

La resaca y la corriente de deriva paralelas a la costa, arrastraban mar adentro, con su fuerte rebalaje, las escurrimbres[53] que besaban la dorada orilla, En su reflujo, dejaban sobre la franja costera, una efímera estela nívea, festoneada de asperjadas[54] y burbujeantes gotas diamantinas y agáricas, dispuestas sobre un fugaz y resplandeciente velo ácueo, que desaparecía presurosamente.

 

Donde finalizaban las cálidas arenas de la urbana playa, surgía un esplendido paseo marítimo, con solería exornada por geométricos hexaedros, gríseos y nacarados. Las caras, vértices y aristas de estos alineados poliedros, ofrecían una sensación tridimensional, a pesar de estar emplazados sobre un plano recto.

 

El paseo se extendía desde el centro de la ciudad hasta el Cocó. Las palmeras con sus enhiestados estípites[55] albazanos, y sus abiertas coronas de glaucos y arqueados frondes, ornaban de exotismo este singular espacio, que serpeaba suavemente paralelo al mar. Destacaba una azulina barandilla modular, secuenciada con doble balaustre, vano, pasamanos y travesaño inferior. Este rastel[56] semejaba un lineal horizonte tierra adentro. Al caminar por el paseo, parecía coincidir el horizonte marino, que separaba mediante una imperceptible línea difusa, el cielo y el mar, con este metálico y azulino horizonte.

 

Hasta allí llegaban los rumorosos ecos del estridor[57] mareal. Su cíclico estribillo, se entremezclaba con la aullante voz, de un céfiro salobre, bronco y quebradizo. La unión de ambos hería el afásico silencio, reverberando incansable con su invisible y plástica voluptuosidad, zangoloteando[58] los careados de las ulteriores edificaciones, existentes en la cercana distancia. 

 

Las enfurecidas olas, en su febril e impetuosa agitación, golpeaban con fuerza la inclinada y caliza escollera. Las ebúrneas salpicaduras que se producían, se elevaban a varios metros de altura, para después precipitarse por la acción de la gravedad, como una lluvia de argénteos naifes[59]. Avanzando por el paseo marítimo contiguo al establecimiento hotelero, se columbraba en su término, un rectilíneo y encumbrado espigón, el cual, parecía adentrarse en los lejanos confines del mar.

 

Desde aquel elevado emplazamiento, se divisaban en la cercana lontananza, los desdibujados contornos de la abrupta orografía del Cabo de Huertas, con sus escondidas calas y prominentes acantilados. Siguiendo la línea litoral, se apreciaban las cuadrilongas y verticales construcciones de la Albufereta, las cuales, despuntaban con procacidad en el conurbano cielo alicantino. También se vislumbraba en dirección Este, a unas once millas náuticas de distancia, la bella isla de Tabarca, con su inconfundible perfil enrasado.

 

Así, al avanzar por el paseo marítimo, las terrazas situadas a pie de playa, exhibían sus oblicuas, triangulares y albeadas tolderas, semejando izadas velas de barco. Aquellas sillas y níveas mesas estaban ocupadas por relajados turistas, que asistían con laxitud, al cotidiano y ameno espectáculo del teatro de la vida, con sus variopintos personajes y sus cambiantes decorados.

 

Unos metros más adelante, se vislumbraban las gemelas torres, los sólidos contrafuertes, así como la azulina cúpula de la Basílica de Santa María. Junto a ella, se distinguía el emblemático Paseíto de Ramiro, y el barrio del Raval Roig, con su extendido y ocre lienzo amurallado. Detrás, como telón de fondo, asomaban las abruptas faldas del Monte Benacantil. En la cercana lontananza, se columbraban el paso elevado para peatones, conocido popularmente como “el Aqualand”, “el Scalextric” y la rehabilitada Estación Ferroviaria de la Marina. Al llegar a esta última, un halo de romanticismo y melancolía parecía flotar en el ambiente. Su visión prácticamente en blanco y negro, desprovista de colores, evocaba el recuerdo y la nostalgia de tiempos pasados.

 

La nota de color venía dada, por la presencia de una locomotora Batignolles, que lucía en su caja de humos una intensa tonalidad jalde. Este automotor permanecía estacionado en una de las vías de servicio, junto a los hangares donde se emplazaban los talleres ferroviarios.

 

Su vivo color blondo y güero[60] no era casual, ya que estaba asignado a la tracción del “Limón Express”[61].

 

 

 

LAS CALLES DE SANTA CRUZ

 

Estas angostas, estrechas, y laberínticas calles transmiten la excelsitud del donaire y galanura, que impregna sus construcciones de perfiles ligeros.

 

Las balconadas y rejas nigérrimas[62], se asoman desde escasa altura, para contemplar el trasiego discontinuo de los viandantes.

 

Caminantes, que deambulan con sus cimbreadas anatomías, por los viejos adoquines y empedrados, de unas callejuelas embanderadas por la albura del cande; por la perspicuidad y el fulgor de la incesante luz mediterránea, que ilumina y esplende sin límite las solanas, y resolanas de los abrasados careados de las albas, níveas, y lactescentes moradas.

 

El resplandor de las fachadas de levante contrasta con la umbría de las de poniente, cuyo sombreado lóbrego, y fuliginoso parece trazado con finísima mina de carbón.


Pero estas calles no son únicamente iluminadas por la refulgencia solar, también en el crepúsculo los negrales faroles, dispuestos en la arista superior de cada cornijal, proyectan su ictérico y ambarino destello, produciendo un mágico y taumatúrgico halo de amacigado claror; una tenue luz que sigilosa y paulatinamente se infiltra en el ambiente, envolviendo estas callejuelas, correderas, y travesías en una serena, e imperceptible aureola de sutil luminiscencia. 


Al mediodía, en el intervalo de mayor graduación centígrada, en una de las casas situadas en la parte más alta de una costanilla, con gran pendiente, firme irregular, y caprichoso alfombrado de guijos y cascajos, se vislumbran en una pulcrísima balconada unos geranios de hierro[63], y unos claveles bermellones, en umbela apretada, fragantes y odorantes, que brotan del abundante y grávido testeraje[64].

Estos pelargonios[65] y clavellinas contagian su júbilo y euforia, a todo aquello que se halla a su alrededor.

 

El casal se trata de una grácil y eurítmica[66] vivienda, con una singular puerta de hierro, toda ella tachonada en cuadrícula, describiendo el acceso antedicho una simetría, y geometría dignas de admiración.

 

Así, coronan el portón principal unos bellos azulejos decorados con motivos florales, en cuyo frontón, aparece la inscripción del número de orden en tipografía arabesca. Así en su segunda altura, aparecen unos ventanales con cuarterones, que dejan paso a una lignaria cascada de horizontales lamas, que discurre entre el paramento y el enrejado exterior de la miranda.

 

Su disposición apaisada viene a quebrar la verticalidad, de unas líneas, que se proyectan hasta el límite superior, de la testera de la edificación. 


Desde esa alzada se observan en una plazuela próxima, dos hileras paralelas de enhiestados árboles, de troncos albazanos y malheridos por las cortantes hojas de hirientes cuchillos, que marcan fechas pretéritas, sinuosas rúbricas, y nombres anónimos.

 

Engallados[67] árboles de frondoso y espeso ramaje, que mecen sus grandes y simétricas hojas, entre la suave brisa marina de los cálidos días de estío, y el impetuoso, fresco, y racheado vendaval de la invernada. 


Bajo una oscura sombra de carbonilla, producida por los densos carrujos[68] de los recios abedules de la plaza, unos niños juguetean despreocupados, embadurnándose y revolcándose sobre una fina capa de arena, que cubre la zona de ocio del pequeño parque infantil. Las criaturas ríen, y carcajean incansablemente, inundando con el perdido eco de su algazara, el mudo y afásico silencio que reposa en el ágora durante la temprana sobremesa.

 

El sonido reverbera con verticidad de esquinal en esquinal, de testera en testera, de cornijal en cornijal…hasta desaparecer entremezclándose con el silente y discreto céfiro vespertino.

 

Las nubes arreboladas tiñen de magenta la nítida ilustración, anticipando la llegada del entenebrecido crepúsculo. Espontáneamente, unos finos hilos de aguacero difuminan la lámina, y a sus personajes, que escapan del lugar empapados por las lientas y aguanosas lágrimas de la tormenta; sollozos y lacrimosas veladuras traslúcidas, que convierten aquella plazoleta en un solitario rodil[69], envuelto en la misma melancolía de los abandonados redrojos[70].


El agua iracunda, comienza a precipitarse rápidamente por las pronunciadas bajadas y pendientes, desbordando con su fuerza la exigua capacidad de las atarjeas, dispuestas a modo de suaves cárcavas, para encauzar pequeños regueros procedentes de canalones, tuberías, y gárgolas.

 

Así, por este entramado de calles menores se escucha el undísono[71] discurrir del agua que vaga de calle en calle, de plaza en plaza, de callejón en callejón, sin llegar a ser prisionera de vados o remansos que sosieguen su enérgico brío, y su exaltado ánimo.


A la mañana siguiente la luz enardecida del nuevo día, pausadamente elimina el relente, el rocío, y la humedad de la fresca y desapacible noche, borrando sigilosamente charcos, lodos, y barros, testigos efímeros y baldíos de la fugaz e intempestiva nubada.


De este modo, la mañana plena de luminosidad, vuelve a penetrar sin reparos por entre las estrechas rendijas de los cerrados ventanales, por las resquebrajaduras de los viejos portones, y por los resquicios y aberturas de las imbricadas tejas colocadas sobre las inclinadas techumbres.


Las gentes vuelven a recorrer estas calles llenas de magia, encanto, y belleza transitando por empinadas pendientes, que zigzaguean ayudadas por macizos, roqueños, y acerados peldaños, casi en plano vertical.

 

Una sufrida ascensión que enamora a cada paso al visitante, que contempla ensimismado como en cada nacarado escalón, un sin fin de macetas y tiestos, pigmentados en sintonía con la fachada de sus propietarios, o moradores, dotan paradójicamente de desenvuelta hermosura a unas calles adustas, y envejecidas por el transcurso de los años. Así, agrupaciones de jazmines, aloes, y otras flores y plantas delimitan los márgenes de estas angostas y estrechas calles, y los costados de las fachadas por donde se extienden.

 

Un magnífico contrapicado nos presenta esta zona alta del barrio de Santa Cruz, junto a la ermita del mismo nombre como un verdadero vergel, como un exuberante jardín que inunda con su frondosidad y colorido las pulcras fachadas de unas casas enjalbegadas, o embaldosadas, transmitiendo el ánimo de la exaltación colorista más absoluta, a todo aquel que decide recorrer estos inolvidables y maravillosos rincones.


Recovecos, revueltas y recodos en los que el ferviente clamor popular estalla de pasión y emoción, al paso del Cristo Gitano en la Semana Santa alicantina. Los costaleros derrochando esfuerzo y energía, consiguen que las imágenes irradien vida. Al tiempo una primorosa saeta se escucha, y se siente en el cerrado silencio de la tarde del Miércoles Santo.


Así, desde el mirador de la ermita, la miscelánea nos muestra una amalgama profusa de casas, con tejados a dos, tres, y cuatro aguas, coronados por intrépidas chimeneas alzadas en lo más alto de estas gráciles construcciones.

 

También nos descubre un conjunto de laberínticas calles y travesías, que recorren este singular entramado urbano.

 

Así, cuando los horizontes van ganado altura exhiben las altas cúpulas de los templos y parroquias limítrofes, bóvedas todas ellas con su característico color azulado, con vetas o irisaciones celestes, que simulan corolas adornadas de séricos[72] pétalos.

 

En la verticalidad del plano sobresalen también las torres de las iglesias, rectas, severas, e impasibles al grave y reiterado estruendo producido por el tañir, y repicar de las campanas que con su cadente percusión convocan a los fieles a la liturgia.


En la línea de fuga de esta lámina se vislumbra, al Norte la inconfundible silueta de la fortaleza de Santa Bárbara, al Este el encalmado y azul mediterráneo, al Sur el perfil de los acantilados de la costa litoral alicantina, y al Oeste la trama de la ciudad y su área metropolitana, junto a las suaves excrecencias de la Sierra de Foncalent, que despuntan en la lontananza.

 

 

EL CASTILLO DE SANTA BÁRBARA

 

En la ladera Norte del Monte Benacantil, una bituminosa[73] y cinérea línea, serpeaba con agudo desnivel, entre un piélago[74] de glauca floresta. A piedemonte, surgían unos senderos y trochas, que se ramificaban por los inextricables y frondosos pinares. Estos caminos de oro viejo eran escoltados por esféricas esmeraldas. Bellas coníferas de troncos enhiestos, y cortezas agrietadas y resinosas; con recias enramadas vertilizadas, provistas de punzantes hojas aciculadas; con copas regulares, abultadas y orondas, que se hendían en el diáfano y zarco cielo alicantino. En aquel océano de altura, navegaban algunas nubes de gloria; algodonosas, ebúrneas y celestiales. Su trayectoria errática, a merced del invisible oleaje[75], las hacía semejarse a náufragos a la deriva, en un mar inconmensurable e infinito.

 

En los pinares encumbrados a media altura, los pétreos calveros, mostraban sus glaucos musgos y ambarinos líquenes. Estas capas muscíneas, estaban diseminadas entre las irregulares anfractuosidades[76] de los nacarados peñascos. Los matorrales verdinos, exornaban los márgenes de las sendas y veredas, acá y allá, como silvestres testerajes[77] de un inmenso atrio a la intemperie. Cuando ardía la mañana, la dorada luz solar, penetraba por los intersticios de la arboleda, dejando una estela oblicua, ígnea y enardecida de singular belleza. Su claror era tan intenso, que los troncos de los árboles, parecían suntuosas columnas de bronce.

 

El mudo silencio de la montuosa altura, era quebrado por los intermitentes gorjeos de jilgueros y pinzones. Sus eufónicos cantos, musicalizaban dulce y armoniosamente, los dominios del boscaje montaraz. Así, cuando cesaban los trinos de verderones, carboneros y jilgueros, se oía el agónico silbo del viento. Su sonido era implacable, resonando como un triste lamento. Entre racha y racha, se escuchaba su leve y fugaz suspiro, que daba paso nuevamente, al melancólico y afligido susurro. Este tétrico murmullo, era acallado por el lisonjero canto de los pájaros. Mientras, de fondo reverberaba el rumoroso y atenuado tráfago cutiano[78] de los vehículos.

 

En este punto intermedio, entre la cumbre y la hondonada, había miradores que ofrecían unas misceláneas de la ciudad de Alicante, verdaderamente maravillosas. Así, se columbraba el Castillo de San Fernando, con sus cimbres[79], jardines, contrafuertes, y sus áreas lúdicas.

 

Se distinguía la orbicular plaza de toros, con sus encumbrados palcos, y sus tendidos altos de sombra. Se vislumbraban también algunos colosos que sobresalían en la altura, sobre la retícula urbana de la ciudad, así como la denegrida proyección de sus alargadas sombras.

 

En la lontananza se desdibujaba el perfil, unas veces afilado, otras erosionado, de las montañas que alejadamente circuían la capital.

 

Tras la primorosa visión de las panorámicas, al finalizar las pronunciadas rampas, se accedía a la ciudadela. Resultaba agradable recorrer los recintos de la fortaleza. Todos ellos exhibían su defensivo almenaje y sus lienzos amurallados. Desde el Revelín del Bon Repós, pasando por el Baluarte de la Reina, hasta alcanzar el Baluarte de los Ingleses, y llegar a la Torreta. Aquella que se yergue suspendida sobre las abruptas faldas del Monte Benacantil. Allí, en la cercana distancia, ondeaba la enseña nacional, siempre valiente ante el ímpetu de los fuertes vientos. Lenitiva con las cálidas caricias de las vernales[80] brisas. Entre las anchurosas almenas, había unas antañonas y vetustas bocas de bronce, o bocas de fuego, mudos testigos de la historia. Sobrevolando el remate de la fortificación había numerosas gaviotas, que ofrecían una bella prosopografía[81], especialmente por su plumaje nictémero[82].

 

Desde aquel mirador privilegiado, se columbraba la excelsa bahía de Alicante, la cual, parecía pincelada por un bohemio acuarelista, pues sus trazos eran uniformes, decididos y certeros. En cada uno de ellos, era fácil inhalar el salitre del mar, adivinar el cíclico vaivén de sus olas, escuchar el afásico silencio de mar adentro, vislumbrar la variada sinfonía de sus azules, deslumbrarse con el fulgor del ambarino sol sobre su dermis, o empaparse con el frescor de sus níveas y lientas[83] espumas.

 

Esta sin duda, no era otra que la estética de los colores, de los sentimientos y de las sensaciones, que enamoraba a un escritor de la tierra, como lo fue el gran maestro Azorín.

 

 

MAR DE AZOTEAS

 

Al desmañanarse el alba, y dejar a un lado las dúlcidas sábanas de la atramentosa y nocherniega obscuridad, afloraba un paisaje paradójicamente bello, singular y desacostumbrado, que llegaba a cautivar por su extravagante hermosura.

 

Así, en aquel mar de azoteas extenso, anchuroso e infinito, se entreveían descolladas chimeneas, que sobresalían aupadas a cúbicas casetas. Estas encaladas torrecillas, mostraban un claror ebúrneo tan intenso, que deslumbraba desde la distancia. Todas las torretas tenían ignífugas portezuelas, generalmente bruñidas o amarantas. Algunas de estas casetas disponían de unos estribos metálicos, sin baranda asidos al hormigón, los cuales se alzaban en hilera vertical, hasta alcanzar la decúbita plataforma superior. En la horizontal cubierta, siempre despuntaba algún enhiesto mástil, que integraba el inanimado y colectivo bosque de antenas de la ciudad.

 

En aquella pseudonemorosa[84] y metálica espesura había, bien altaneros receptores, robustos y compactos, con sus parrillas dispuestas en ángulo, y sus bordes coloreados de un enardecido color ocre; bien decenarios, modestos y argénteos mástiles, con reflectores paralelos entre sí, y perpendiculares al eje.

 

También, había numerosas antenas parabólicas con sus platos curvocóncavos, que invisiblemente recibían las incidentes ondas electromagnéticas, mientras permanecían adujadas[85] en las cornisas.

 

También desde la altura, se vislumbraban patios de luces enclaustrados en bloques de viviendas, dispuestos en forma de “U”. Cerrando el espacio abierto de estas edificaciones, había una serie de vigas negruzcas y equidistantes, que venían a reforzar la estructura de la construcción. Los tendederos exhibían sus ropajes de vistosos colores. Las cuerdas que sostenían las vestiduras aparecían arqueadas por el sobrepeso. Especialmente, en aquellos casos en los que colgaban anchurosas sábanas, que ondeaban desembarazadamente, a merced del capricho de la brisa, como si de flameantes banderas se tratara.

 

Fijados a lignarios postes un sinfín de filásticos y entrelazados cables de conducción eléctrica azabaches, se tendían combados de una a otra edificación, formando una red infinita que afeaba la normalmente, nívea estética de los alzados colaterales de las edificaciones urbanas. Contiguos a estos careados lactescentes o cenicientos; en unos casos, había polvorientos solares con su alma vacía, rodeados por una carcelaria verja, de malla de alambre extruido; en otros casos, había viviendas centenarias, con sus techumbres a dos y cuatro aguas, con sus miradores de arrabio[86] fuliginoso, y sus barandillas formadas por ringleras de balaustres o pequeñas columnas. Los macizos portones de estas vetustas viviendas, engarzaban esplendentes picaportes, que irradiaban un brillo resplandeciente y destellante, que los hacía parecer de mismísimo oro.

 

Allá arriba, los diáfanos áticos mostraban en sus terrazas, dinteles amaderados, parcialmente cubiertos de glauca vegetación. Los verdinos testerajes, sobresalían procazmente, embelleciendo con su elevado porte las obnoxias alturas. En las balconadas de los pisos inferiores lucían innúmeras flores, especialmente geranios de malva y de rosa, que inundaban el ambiente con su delicada fragancia. 

 

Mientras allá abajo, los jardines exhalaban un odorante aroma de caléndulas, eneldos y flores de orégano. Al mismo compás, se escuchaba el continuo y rumoroso latido de la vida cotidiana.

 

Las cúpulas de los templos eclesiásticos, con sus cubiertas semiesféricas formadas por imbricadas tejas, eran la excepción a la regla general. No en vano, estas antiguas iglesias eran como pequeñas islas en un mar de contemporaneidad. Alguna que otra espadaña, también despuntaba en el cerúleo cielo alicantino, con sus bronces sonoros preparados para repiquetear, previos a las horas de culto.

 

No menos escasas eran las veletas, situadas en los domos más elevados de las edificaciones religiosas y seculares. Sus veleidosas saetas se desplazaban en levógiro[87], o dextrógiro[88] a merced del caprichoso céfiro. Unas veces ardiente, tórrido y bochornoso; otras álgido, gélido, y fresco. A vueltas impetuoso, colérico e iracundo; a vueltas caricioso, dócil y obsecuente.

 

Desde los barrios situados al sur de la ciudad, Babel, Benalúa, Ciudad de Asís, Florida Alta y Baja, La Viña, San Gabriel, y algunos otros, se vislumbraba en la lontananza, como si se tratara de un amplio brocado de oro y seda, la prominente y dilatada masa de caliza arenisca, plegada y rugosa del Monte Benacantil.

 

Desde los barrios situados al norte de la ciudad, Carolinas, Pla del Bon Repós, Vistahermosa, y tantos otros, se columbraba la cara Norte del Monte Benacantil, con su hermosísimo piélago esmeralda.

 

Con la llegada del ocaso vesperal, el diáfano cielo alicantino se tiñó de un enardecido y rubescente tinto aloque[89]. En el crepuscular arrebol, las escasas nubes vagaban dejándose llevar por un suave céfiro, que las desplazaba hacia el interior peninsular. Su silueta estratificada se iba alejando pausadamente, perdiéndose en la alejada lontananza del paisaje.

 

Al caer la definitiva y lóbrega noche con su tenebrosa obscuridad, solamente se vislumbraba en aquel cielo fuliginoso, el argénteo, radiante y orbicular plenilunio.

 

Su esplendente resplandor era de tal magnitud, que sobre la ácuea dermis del serenísimo mar, se extendía un reflejo lineal y rectilíneo, que trazaba una bella y fruitiva[90] estela de plata.

 

 

EL MERCADILLO DE BENALUA

 

La vocinglería[91] popular sonaba como un vívido, constante y persistente murmullo. Su rumorosa algarabía, animaba cada mañana de jueves y sábado, las concurridas calles del mercadillo.

 

De vez en vez, la uniforme sonoridad, se veía quebrada por algún jactancioso y altisonante bocinazo de voz de pecho, proferido por algún vendedor ambulante.

 

Sus exclamaciones y voceríos anunciaban dilatadas y tentadoras ofertas. Promociones que en algún caso, parecían tener buena acogida entre los transeúntes. En otros casos, servían de bien poco. Si acaso para ambientar el entorno, pues eran desoídas por los compradores.

 

En aquel lugar, no imperaban las complejas leyes del marketing, ni las clásicas teorías económicas de Adam Smith. No resultaban necesarias.

 

Así, había ofertas francamente irresistibles. Una de ellas, ofrecía por solo dos euros, cinco kilos de naranjas. También, en algunos artículos se ofrecía la clásica oferta del tres por dos.

 

Los puestos de venta estaban dispuestos en hileras, a ambos lados de las calles. Por los anchurosos pasillos centrales, discurría una apretada marea humana, que en horas punta, llegaba a ser calmosa y procesional. Se exhibían tantas cosas, que a veces las personas en su caminar, giraban en ciaboga[92] en un abrir y cerrar de ojos, con la finalidad de retroceder, y poder tocar, probar o sencillamente ver con mayor detalle, alguna prenda, fruta, cuadro o collar.

 

Las paradas estaban agrupadas, según los tipos de productos que ofrecían. Aunque a veces, se daba la circunstancia, que junto a un puesto de flores se despachaban encurtidos, o que una parada de frutas y verduras, era contigua con otra que vendía calcetines. Sí, pares de calcetines de señora, de caballero, de ejecutivo, infantiles, de trekking; lisos, de fantasía, con clásicos rombos; de canalé, de nylon, de elastano, de hilo Escocia; sin talón, sin costuras, con puño antipresión; de caña corta y larga…en suma, todo un universo del calcetín.

 

Prácticamente, todos los tenderetes estaban entoldados; en verano, para proteger de la abrasadora solana; en invierno, para resguardar de los inclementes aguaceros.

 

Las tolderas mostraban su diversidad de colores y tejidos. Unas eran de rafia, compuestas por fibras rígidas, gruesas y resistentes, que ofrecían un aspecto tosco y chabacano.

 

Irremediablemente, estas mallas de sombreo de elevada opacidad, evocaban a las miméticas redes, que cubrían las piezas de artillería en los conflictos bélicos.

 

Otros toldos eran impermeables de polietileno, de color ampo[93] o azul petróleo, con refuerzos y ojales metálicos. Éstos presentaban un aspecto más cuidado y menos vulgar. Su cara interior acrílica, se encontraba calandrada[94] y estampada con alegres motivos florales, lo que proporcionaba una ilusoria intimidad casi hogareña.

 

Los toldos estaban sujetos a la estructura desmontable de tubos de hierro galvanizado, por una serie de recias pinzas metálicas. La gran mayoría de los armazones eran de techo plano, aunque algunos de ellos incorporaban una útil visera adicional. Esta solapa proporcionaba a los clientes, una umbrática sombra, los días de ígneo sol. Así mismo, en los días de agua, les protegía eficazmente de las lacrimosas lloviznas.

 

Los productos se ofrecían en lignarios y amplios cajones, unos al lado de los otros, dispuestos sobre mesas de hierro extensibles. Entre la estructura de la mesa y los cajones se solían colocar unos tableros de aglomerado, ni muy finos ni muy gordos, de un grosor suficiente como para soportar el plúmbeo peso de las mercancías. Cuando el peso era muy grande, se introducían las cajas de plástico donde venía la fruta de forma vertical, como si fueran puntales.

 

En uno de los puestos, se apilaba una vistosa pirámide de esféricas naranjas, con su característico color minio, y su apuntado vértice. Junto a los enardecidos cítricos, había rimeros de judías verdes, con sus combadas vainas, y sus ovaladas y abultadas semillas. En uno de los ángulos, sobre las leguminosas, había varios manojos de rábanos carnosos, rubescentes y encendidos, con la piel suave y sin ninguna fisura. De su extremo superior sobresalían unas hojas glaucas y abiertas, sinónimo de frescura. En el extremo inferior de estas últimas crucíferas[95], había unos hilillos encanecidos, y endebles, que rehilaban al compás del más mínimo soplo de aire. Al otro lado, junto a los kiwis de piel ligeramente vellosa y sabrosa pulpa verde, había un sinnúmero de albaricoques que mostraban un color medio amarillento, medio anaranjado, y medio rojizo. Su aspecto ofrecía un tacto suave y aterciopelado, siendo su consistencia ligeramente blanda y flácida. Su endulzado sabor, la convertía casi en una golosina. Colgados de ganchos suspendidos de la techumbre del puesto, había varios racimos de plátanos. Su aspecto era inmejorable. Cada una de sus bayas era alargada, ligeramente combada, de cáscara lisa, amarilla y con pintas brunas[96]. Los melones de piel de sapo, se mostraban en paralelo, justo en la parte delantera de la parada. Aquellos ovoides melones tenían una corteza jalde o cetrina, rugosa y de fino grosor. Además, presentaban un asurcado o escriturado longitudinal, de escasa profundidad, preferentemente más profuso en el área del pedúnculo y de la cicatriz del pistilo. El vendedor no paraba de repetir a quien se aproximaba, interesándose por aquellos melones, que no eran badeas, sino puro azúcar. Los clientes se mostraban más partidarios de adquirir, aquellos que presentaban una tonalidad más ambarina, pues sabían que ese color, delataba el punto óptimo de madurez para ser degustados.

 

Las balanzas de pesado ocupaban un privilegiado lugar en la estructura del puesto. Estas básculas solían ser electrónicas, con un bruñido plato de acero inoxidable, que resplandecía con cualquier ínfimo rayo de sol.

 

Las gavetas o cajones corredizos, se abrían y cerraban frenéticamente, cuando la clientela se arremolinaba en torno a alguno de los puestos, que ofrecía buenos precios y mejor género. Los minoristas parecían multiplicarse, para atender con celeridad a la impaciente clientela.

 

En una de las calles, todo lo que se vendía era calzado y prendas textiles. Así, había paradas que además de la toldera, disponían de unas persianas colocadas sobre las mesas de venta, donde exhibían un sinfín de diferentes modelos de alpargatas, sandalias, botines, zuecos, chanclas, y hasta mocasines. Eso sí, sobre cada caja se colocaba su correspondiente zapato, y el otro que formaba el par, se guardaba dentro del embalaje. Detrás, el decorado estaba integrado por una elevada pared de cajas de cartón, donde se almacenaban los zapatos. Estos frágiles muros, a veces, gracias a la improvisación, formaban vistosas composiciones murales. La combinación de colores, daba lugar a efímeras obras de arte, que rozaban la abstracción.

 

Los puestos que vendían prendas textiles, acumulaban en su parte superior frontal, y en las laterales, unas perchas donde colgaban bañadores, batines de franela, camisetas, camisas y pantalones, según la temporada. Normalmente, todas las prendas tenían un mismo denominador común: la estampación. La prenda lisa, no parecía tener el mismo poder de persuasión que la estampada.

 

De los bares de la zona, salía un intenso y agradable aroma, que penetraba en todos los rincones del mercadillo, como una nube invisible y organoléptica[97]. Los calamares a la romana, o la sepia a la plancha eran unos de los aperitivos más demandados.

 

Siempre había ruando por las calles del mercadillo un vendedor, que a días ofrecía ristras de ajos, a días pilas.

 

Sus ojos continuamente se mostraban vivarachos, atentos, y escrutadores. Su amplia y prominente nariz, sobresalía de un rostro ajado y oval. La comisura de su boca mantenía un gesto de permanente tristeza y abatimiento. Su barbilla afilada, estaba recubierta por una triangular perilla azabache y vellosa.

 

Tan solo esbozaba una leve sonrisa, cada vez que alguien, en la esquina de la calle de Alberola con Pardo Jimeno, le compraba las ocho pilas que vendía por un euro.

 

Así, la calle Pardo Jimeno conectaba los mercadillos de Benalua y de Babel. De este modo, atravesando unos pocos viales, se llegaba primeramente al monumento dedicado al poeta del pueblo, el insigne Miguel Hernández. Una sobria estructura minimalista de acero corten, con su característica oxidación superficial, parda, terrosa y almagre, honraba la memoria del bardo. Después tras cruzar la travesía de Santa María Mazzarello, se accedía prácticamente al mercadillo de Babel.

 

En alguna de las calles del mismo, obstaculizando el paso de los viandantes, había varios manteros. Estos de forma improvisada exponían, sobre unas sábanas a flor de tierra, un completo matalotaje[98] de mercancías. Algunos subsaharianos pícaramente, habían incorporado en los extremos de las sábanas unas cuerdecillas. Estos cordones resultaban muy útiles cuando aparecía la policía local. Bastaba con tirar de ellos, reduciendo a un voluminoso bulto la mercancía, y salir a la carrera, entre la muchedumbre.

 

 

LA PLAZA DOCTOR BALMIS

 

Aquella recoleta plaza irradiaba un encanto especial. No era una plazoleta como las demás, abierta, diáfana, desembarazada, quejumbrosa de aires peregrinos. Aparecía visible, hermosa, pero a la vez escondida en su propia intimidad.

 

Quizá fuera su recóndita ubicación, la que le confería su primorosa y mirífica belleza. Permanecía en secreto como un arcano tesoro, manteniendo el paradójico misterio de su falaz clandestinidad. Su sencilla fisonomía de perfiles ondulados, evocaba un vívido piélago. Sus olas de trencadís[99] enseñoreaban los tramos adyacentes de las calles Canalejas, Cid y Limones.

 

La enalbada[100] mañana, aunque áspera por la fría invernada, era cauterizada[101] por el ambarino sol. Sus rayos refulgían con pujante claridad, sobre los luminosos e irregulares azulejos. Sus destellos, unas veces eran agáricos y diamantinos; otras eran gualdos y azafranados.

 

Así, el entorno merecía el calificativo de bucólico y romántico. Más arriba, subiendo la costanilla de la calle Canalejas estaban las hermanas mayores de la Plaza Doctor Balmis. En paralelo, la Plaza de Calvo Sotelo, con su kiosco modernistas y su ambiente selecto. En perpendicular, la Plaza de la Montañeta, recientemente remodelada, amplia luminosa y radiante.

 

La botánica de la glorieta era escasa, pero variada. Un enhiestado árbol con sus hojas caedizas, abarcaba un rincón de la misma. Junto a él una esbelta palmera proclamaba un exótico proscenio[102]. Varias plantas, y arbustos frondosos, completaban el elenco de la floresta.

 

En el corazón del ágora, surgía un precioso banco de mosaico artístico, el cual, poseía una blancura resplandeciente y exquisita. Destacaba su inusual y anchurosa estructura de cuatro frentes. Igualmente, cautivaba su revestimiento de piezas cerámicas de medidas similares, y bien ordenadas. Todos los fragmentos encajaban extraordinariamente, formando un rozagante y ufano puzle, inspirado en la estética de la fantasía. Los dilatados bordes de las gradas estaban recubiertos por turquíes, marrones, jaldes y glaucas bocatejas. Su esmalte relucía como si estuviese imprimado por un invisible velo de ácueo cristal. En cada uno de los diferentes respaldos del pétreo diván, lucían estrellas y lunas. Motivos celestes, que proyectaban su taumatúrgica energía, y su apócrifa[103] magia, más allá de la propia plazuela. A su alrededor, unos pétreos sitiales de trencadís, aparecían distalmente[104] separados por reposabrazos, o lima-tesas oblicuas de vivos colores. Estos bancos corridos, circuían la plazuela configurándola en sí misma. 

 

En un elevado pedestal, sobre la voluminosa masa central del banco de cuatro frentes, se erguía en vertical, la silueta de un bruno y negral farol. Sus cinco esplendentes fanales lo embellecían, hasta el punto que no había noche sin luna. Cada uno de aquellos fanales, irradiaba una luz ampa[105] y refulgente, que muchas veces eclipsaba al mismo plenilunio.

 

Cuando la tarde iba perdiendo su candor, primero se tornaba arrebolada, como si se estuviera incendiando toda ella. Poco después se apagaba lentamente, con las primeras oscuridades del crepúsculo. Entonces, era cuando su luminosidad desaparecía momento a momento. Su tenue luz, se extinguía insaciablemente devorada por la nocherniega obscuridad. En ese mismo instante, en el cielo comenzaban a brillar todas las estrellas.

 

En los cornijales de las edificaciones lindantes con la plaza había unos grandes faroles. Su luminosidad no era esplendente y fúlgida, sino más bien amacigada y de indecisa claridad. Su rubia y leonada aureola, creaba una atmósfera neblinosa y brumosa, que sumía aquel entorno, en un penumbroso preludio de misterio.

 

En las alturas de las propincuas construcciones modernistas, destacaban los salientes voladizos, en cuyos interiores aleros, había hermosas baldosas de coloristas diseños, así como lignarios modillones[106]. Se asomaba a la plaza el emblemático edificio Torrent, con sus rubescentes hiladas de ladrillos. Su lineal disposición, ornando los paramentos de los pisos superiores, singularizaba el inmueble. Estas rasillas[107] estaban situadas, entre ebúrneos miradores de líneas rectas, y níveas impostas[108], de paralelo recorrido y equidistante distancia; entre marfileñas y combadas rejerías de forja, y seriados y cóncavos huecos; entre cenefas y frisos rectilíneos, de elementos orbiculares, y bellas molduras de yesería; entre vanos cuadrilongos y contraventanas de lamas horizontales.

 

Estos laminados portones por su refinada apariencia, evocaban las elegantes portillas veronesas. Éstas al abrirse a la luz de la mañana, mostraban unos cortinajes entreabiertos, que trataban de preservar la intimidad de sus moradores. En su interior, había vidas divertidas y trepidantes; vidas monótonas y aburridas; vidas seniles, y decrepitas; vidas longevas y octogenarias; vidas nacientes y prematuras; vidas maduras y juiciosas. Todo un elenco de pluralidad.

 

 

EL PARQUE DE CANALEJAS DE ALICANTE

 

La otoñal mañana, paradójicamente mostraba una diáfana y enrubiada claridad. Los jardines exhalaban un evanescente y fragante aroma, proveniente de los odorantes clavelones chinos, los perfumados alhelíes, y las bienolientes dragonarias.

 

Las cuadrilongas cespederas estaban esmaltadas, por el liento[109] color verdeceledón[110] de la hierba rasante. Estas rectángulas y acotadas praderías, acomodaban en su eje longitudinal, exóticas palmeras cycas de bajo porte, y crestas terminales.

 

También su tierra no compacta y bien drenada, acogía vistosos cultivos de bocas de dragón. La ufana saturación jalde[111] y púrpura de las flores de estas plantas, contagiaba el entorno más inmediato.

 

En uno de los parterres limítrofes con el sáxeo[112] pretil[113] exterior del parque, más concretamente el orientado hacia el añil Mediterráneo, se erigía un monumento dedicado al comediógrafo Carlos Arniches. El dramaturgo alicantino supo tratar como nadie, el costumbrismo y casticismo madrileñista de entresiglos.

 

Así, circuyendo las zonas ajardinadas, una fina capa de albero sablón[114], alfombraba con su característica tonalidad ocre, cada una de las sendas que recorrían este mirífico[115] edén.

 

Este acceso norte, exornado por la belleza del granulado oro, que cubría la superficie de las veredas y caminos; ornado por las multicolores geometrías florales; y embellecido por las níveas fuentes y las pétreas estatuas, evocaba más que un parque, un elegante y primoroso escenario palatino.

 

De este modo, tras dejar atrás las paralelas pradas, se convergía en la bella Fuente del Niño Flautista. Este magnífico surtidor estaba conformado por tres delfines de mármol ebúrneo, que enarmonaban[116] su cuerpo de modo invertido, entremezclando sus tres aletas caudales. Sentado sobre las mismas, se hallaba un angelical párvulo, con una flauta de pan[117] entre sus manos.

 

La tríada de cetáceos mostraba sus cabezas voluminosas, sus ojos pequeños y pestañosos, sus hocicos delgados y agudos, y sus bocas semiabiertas. De estas últimas, surgían sendos, finos y combados chorros de agua. Estos caños eran recogidos por el vaso alto de la octogonal alberca, que integraba el basamento inferior de la nívea fontana. Una minúscula valla, con enrejado azabache y ojival de escasa altura, protegía el monumento. Entre la celosía de forja y el paramento exterior de la fontana, había sembradas unas dispersas capuchinas de tallos volubles. Sus florecillas en forma de campana, mostraban un color vinoso tan intenso, que enardecía la mañana.

Una inesperada racha de brisa otoñal, volatilizaba una pequeña hoja, desprendida de uno de los propincuos[118] árboles.

 

La amarillenta lámina se contorsionaba y bamboleaba, mientras era arrastrada por los flujos termales. Sus movimientos erráticos garabateaban de modo invisible, el límpido cielo celeste, describiendo un peregrino y desorientado vuelo. A merced del caricioso céfiro, sus impróvidas acrobacias semejaban ser las de una audaz mariposa. 

 

Inesperadamente, una iracunda ráfaga precipitó violentamente, la hoja sobre la ácuea superficie espejada de la fuente. A continuación, se formaron varias ondas concéntricas, que se dilataron hasta impactar con las paredes interiores del vaso de la fontana. La plancha vegetal comenzó una travesía, que recorría pausadamente el figurado mar del estanque inferior.

 

Mientras, en el borde del estanque superior, se posaron dos palomas, para enjuagar sus róseos picos en la fresca y cristalina agua. 

 

El macho tenía su plumaje nacarado y blancuzco, desde la cabeza hasta las timoneras[119], y no cesaba de emitir sonidos guturales, que imitaban dúlcidos arrullos, con los que parecía expresar palabras afables y halagüeñas, aunque fuera zureando[120].

 

La hembra tenía su plumaje apizarrado, salpicado de reflejos verdosos en el cuello y morados en el pecho, blanco en el obispillo[121] y ceniciento en el borde externo de las alas, que estaban cruzadas por dos franjas brunas; Su pico también era corto, pero endrino.

 

En ambas aves, destacaba el enardecido color rojizo de sus cortas y pequeñas patas, provistas de afiladas uñas.

 

Muy próximo a la Fuente del Niño Flautista, había un extraordinario ejemplar de ficus. Su gigantesca y fuliginosa sombra, estaba recostada sobre el apaisado suelo. Destacaba su lignario tronco macizo y hercúleo, así como su grandísima y frondosa copa. Sus numerosas ramas se mostraban, unas torsionadas en la altura, otras tendidas en paralelo como brazos, humanizando al coloso. Su magno y descomunal porte, también le confería un aspecto mágico y misterioso. Así, al caminar debajo de sus espesas enramadas colgantes, parecía como si en cualquier momento, se fuera a abrir una oculta tranquera[122], situada en su voluminoso tronco. Una portilla a través de la cual, acceder a un mundo fantástico e ilusorio, donde vivir alguna fascinante aventura. Quizá allá abajo, en las oscuras galerías subterráneas donde se alojaban las raíces, pudiera haber castillos de naipes, con sus corazones y sus picas; con sus diamantes y sus tréboles. Quizá hubiera hadas o Delfos, que nos señalaran donde está la habitación del Conejo Blanco[123], nos contaran la historia de la Falsa Tortuga[124], o asistiéramos atónitos a la Contradanza de los Bogavantes[125]. Quizá encontráramos criaturas mitológicas, y animales parlantes, o descubriéramos el cuerno mágico de la Reina Susan[126].

 

Así, regresando nuevamente a la realidad, enfrente del verde ficus, había un horizontal mapa físico de España, esculpido en roca viva.

 

Este pétreo plano que mostraba en su detallada orografía cordilleras, valles y corrientes fluviales, pasaba desapercibido para muchos visitantes, debido a su escondida ubicación.

 

De este modo, tras atravesar la fuliginosa sombra del gigantesco ficus, aparecían ante los ojos del caminante dos elevados pedestales. En cada uno de ellos lucía la estatua de un magno león. Ambos, estaban apoyando una de sus extremidades delanteras sobre una esfera.

 

Las esculturas estaban orientadas hacia el declinado Paseo de Gadea.

 

Este bulevar anchuroso y con reminiscencias afrancesadas, tenía dos hileras paralelas de abedules. Sus troncos luengos y cromados, resplandecían como si fueran de plata, y sus copas pendulares enardecían por el dorado de sus hojas simples, alternas y aserradas.

 

En los jardines de su paseo central, crecían esbeltas palmeras, que despuntaban sus vertilizados frondes esmeraldas, en las elevadas alturas. Una bella edificación de estilo modernista, sobresalía en el trazado de la nemorosa avenida. Se trataba del Palacio de las Brujas, el cual, exhibía una magnífica cúpula piramidal de escamas planas. En el frontispicio de la construcción, destacaba una extraordinaria balconada puramente Art Nouveau, adoptando formas sinuosas y onduladas, verdaderamente imposibles. Una profusión de elementos ornamentales, embellecía sobremanera el palaciego inmueble, contagiando su belleza al coalescente[127] Paseo de Gadea.

 

Retornando al Parque de Canalejas, el mar Mediterráneo con su intenso color azul naval, bañaba la fachada marítima, contigua y paralela al parque.

 

En la cercana distancia, se oteaba el tráfago de las embarcaciones que se hacían a la mar, y de aquellas otras, que regresaban de alta mar. Sus estelas albugíneas y albares, dejaban un efímero rastro, que apresuradamente era borrado por el continuo vaivén de la corriente mareal.

 

El agradable paseo por la arboleda, transcurría entre ardorosas solanas y frescos sombrazos. El resol con su intensa reverberación, producía unos deslumbrantes destellos güeros[128] y ambarinos. La lóbrega umbría parecía imprimada, inicialmente por zigzagueantes trazos de carboncillo. Su negral difuminado ulterior, empastaba hasta los periféricos contornos.

 

Se alternaban los grandes ejemplares de ficus, y otras especies arbustivas de gran porte, con una vegetación más menuda.

 

Enfrente, se podía vislumbrar el edificio de la Lonja de Pescado, con su inconfundible estilo historicista, y con sus exóticos elementos árabes, como los singulares arcos de herradura.

 

Cuando ya se daban los últimos pasos a este capricho natural, surgía un nuevo y maravilloso espacio ajardinado, pleno de exuberancia. Con amplias praderas, hermosos ejemplares de palmeras, centenarias oliveras, y vistosos sembrados de flores multicolores. Este mirífico vergel era atravesado por un sinuoso y empedrado camino, que parecía conducir al Paraíso. A escasos metros de allí, se escuchaba el atenuado y rumoroso latido de la vida cotidiana de la ciudad de Alicante.

 

 

LAS HOGUERAS DE SAN JUAN

 

En el cerúleo cielo alicantino despuntaba un colosal y pingorotudo[129] remate a varios metros de altura. Su afilada y aerodinámica ojiva parecía abrirse camino entre las nubes. Su escaso ángulo de ataque, le confería una leve inclinación. El cuerpo del cohete, estaba formado por un cilíndrico fuselaje, en el que aparecían emblemas y escudos aeroespaciales, junto a una leyenda que decía: “SÚPER PETARD”. Sus estáticos alerones, parecían mantener el artefacto en la dirección de vuelo predeterminada. Estos rubescentes estabilizadores, destacaban por su intensidad, frente al monótono color argénteo del resto del modelo espacial.

 

El aparato parecía estar suspendido en el aire, sin que su amplia base rozase el suelo. Ello le proporcionaba un aspecto espectacular e impresionante. La carcasa central estaba anclada con varias maderas a una plataforma lateral. Sin embargo, estas últimas eran engullidas por una nube de escape, que las ocultaba. Alrededor de la base del cohete había distintas escenas, en la que los ninots, con su característico tono satírico y humorístico, reflejaban el acontecer de la inmediata realidad social. Así, la hoguera tenía un título muy apropiado cual era: “EL PLANET DELS PETARDS”.

 

De este modo, uno de los ninots estaba compuesto por una caja de petardos, dentro de la cual aparecían caricaturizados varios personajes del panorama rosa. Era divertido ver sus grandes carrillos, sus ojos saltones y sus dientes ebúrneos. Además, al estar dentro de la caja de petardos, en paralelo, estaban muy apretados. La cabeza de cada uno de ellos finalizaba en cono, en cuyo extremo sobresalía una mecha. Sus pies habían sido sustituidos por aletas. En el exterior de la caja figuraba la siguiente leyenda: “PETARDS DE CINC EUROS”.

 

Junto a esta burlesca escena había un ninot, que representaba un pequeño zoológico. Allí había lobitos, tigres, cobras y súper gatos. Todos ellos correspondían al nombre de algún conocido petardo.

 

Mientras la hoguera era visitada por una interminable cáfila[130] de vecinos y turistas, se escuchaban los propincuos acordes de la banda de música. La callejera orquesta con sus ufanos pasacalles, amenizaba cada instante de la fiesta. Las bellezas de la hoguera desfilaban deslumbrantes con sus vistosos trajes de novia alicantina. Los piropos se sucedían a su paso.

 

Inesperadamente, sonó el estentóreo fragor de una traca. Sus truenos no cesaban de repetirse, mientras el estopín[131] se consumía con celeridad. La detonación final fue la más clamorosa y ensordecedora. Su retumbante eco, hizo estremecer durante unos instantes, los vidrios de los ventanales más cercanos. El ambiente se impregnó de un fuerte olor a pólvora. 

 

Las barracas y los racós continuaban su frenética y lúdica actividad festera. Pronto sorprendió la noche. Al cabo de varias horas de fiesta, a medianoche, el cielo azabache se iluminó como si fuera completamente de día. Una gran palmera pirotécnica, lanzada desde lo alto del Monte Benacantil, con deslumbrante luminiscencia, anunciaba el comienzo de la cremá. Sus níveas fosforescencias tardaban varios segundos en apagarse, cayendo todavía iluminadas, como si fueran resbaladizas lágrimas, por las mejillas de la obscuridad. En cada distrito, la ciudad aparecía ígnea e incandescente. Las llamaradas ascendían con virulencia, abrasando la madera y el cartón de cada monumento fogueril. Las endebles y cinéreas pavesas, se elevaban para después precipitarse prácticamente desintegradas. Así, durante la cremá los servicios de extinción aliviaban el ardentísimo calor de las ingentes masas de personas allí congregadas, lanzando constantes chorros de agua. La banyá hacia años que se había convertido en tradición.

 

De este modo, tras disfrutar del espectáculo nocherniego de la popular Nit de Sant Joan, aquellas mágicas y esplendorosas hogueras quedaban reducidas a meras cenizas. Sin embargo, el espíritu de la fiesta jamás se extinguía.

 

 

LA ROMERIA DE SANTA FAZ

 

Devoción y tradición se unían, congregando a una gran multitud de alicantinos y foráneos, a las puertas del Ayuntamiento de la ciudad. Allí había centenares de cañas ocres, esperando a los romeros. Éstas tenían en su extremo superior un ramito de espliego o de romero. Todas ellas permanecían apoyadas en vertical, sobre los paramentos de la fachada del edificio consistorial. Los romeros iban ataviados con una blusa negra de labrador, y una pañoleta anudada al cuello con los colores blanco y azul, representativos de la bandera de la ciudad.

 

Así la comitiva procesional se puso en marcha gritando con entusiasmo ¡FAZ DIVINA MISERICORDIA!, a la vez que se encaminaba hacia la Concatedral de San Nicolás. Al llegar a su plaza, se unieron a la misma un sinnúmero de peregrinos, que aguardaban allí el paso del numeroso grupo. 

 

La sobria fachada del templo mostraba su peculiar estilo arquitectónico. Un renacimiento tardío y un desornamentado y prematuro barroco. La comitiva avanzaba por las calles de la ciudad, dejando tras de sí un rastro colorista y festivo. Tras recorrer algunas calles del casco urbano, la marea humana desembocó en la amplia Avenida de Denia.

 

La carretera aparecía totalmente cubierta por la serpiente multicolor, apenas se veía alguna mancha cinérea de bituminoso asfalto.

 

El entusiasmo reinaba entre los romeros, que avanzaban a buena marcha, por la rectilínea avenida hacia el monasterio.

 

Así, a la altura de la intersección de las avenidas de la Albufereta y Denia, se erigía uno de los símbolos del Vía Crucis: la Cruz de Hierro. Más adelante, en el complejo Vistahermosa, aparecía la lignaria Cruz de Vistahermosa. A la entrada del caserío, se encontraba otra de las cruces de piedra arenisca, con azulejo orbicular, que recogía una de las escenas de la pasión de Cristo.

 

Más adelante, estaba dispuesta una paraeta donde se servían vasitos de mistela y rosquillas de anís. Los peregrinos agradecían este pequeño refrigerio, el cual, ayudaba a alcanzar su cercano destino.

 

Tras aproximadamente una hora de camino, se enfilaba la calle de Alberola Canterac.

 

Desde allí se vislumbraba en la cercana distancia, la preciosa portada del Monasterio de la Santa Faz. Era como un retablo pictórico, con sus escorzos, ornatos y hasta trampantojos, pero tallado en piedra. Estaba integrado por tres niveles: El inferior, formado por un portón de doble hoja, flanqueado por doble columna a cada lado (corintia y salomónica). El cuerpo intermedio, estaba compuesto por una ventana cuadrangular con fuliginosa rejería en cuadrícula, y una estilizada columna a ambos lados del vano. El nivel superior estaba integrado por una cóncava hornacina, dentro de la cual había una estatua virginal. Avanzando hacia el templo, se oteaba la primorosa cúpula aérea y azulada, dispuesta sobre el crucero del templo.

 

También destacaba muy próximo al templo, una enhiesta torre defensiva y militar. Sus lienzos de ocre mampostería, aparecían reforzados en los cornijales por macizos sillares. Destacaban los garitones de sus cuatro vértices superiores, que desde las alturas parecían vigilar marcialmente las huertas adyacentes.

 

En el interior del monasterio, se escuchaban los dúlcidos cánticos de las hermanas clarisas. Los ecos de sus místicas voces, reverberaban con verticidad, por los distintos paramentos del templo. Resultaba mágico escuchar sus composiciones corales, sin visualizar sus rostros. Estos cantos sacros, parecían provenir de las obnoxias alturas, de los divinos querubines y serafines.

 

Los jubilosos peregrinos visitaban el hexagonal camarín, donde se hallaba expuesto el valioso relicario de oro y plata. La capilla estaba exornada con enormes, vetustas y antañonas pinturas al óleo, que recogían algunos de los milagros realizados por la Faz Divina. El ambiente allí adentro era extático[132], de elevado fervor, y de máxima espiritualidad. Los devotos presentes, unos estaban arrodillados sobre un amplio reclinatorio, de madera de teca y terciopelo suave de color granate; otros permanecían en pie, agolpados en torno al perímetro de la sala, con sus miradas clavadas sobre el sagrado relicario.

 

Tras la visita los peregrinos, salían del monasterio impregnados de la benignidad y el sosiego proporcionado por la mística visita.

 

En las calles aledañas, había un sinfín de puestos, que vendían artículos de distinta naturaleza. Destacaban las ebúrneas humaredas, que se formaban en las paradas de churros y porras. Las colas aguardaban ansiadamente su momento para adquirir unos churros de chocolate, de crema pastelera de vainilla, o simplemente azucarados, impregnados con grandes dosis de aceite.

 

También, había puestos en los que se vendía cualquier artículo imaginable de menaje. Allí había grandes cazuelones esmaltados con ufano color bermellón, de esos de toda la vida. Pucheros de barro, donde los guisos sabrían a pura gloria. Peladores - ralladores de frutas y verduras, con sus desfibradoras de reluciente acero inoxidable. Orbiculares paelleras de esplendente brillo, perfectamente ordenadas por tamaños. Su inusitado resplandor deslumbraba, cuando incidían sobre él, los fulgurantes rayos de sol. Regaderas de PVC en colores primarios, con sus cuellos rectos, y sus rosetas perforadas con multitud de agujeros. Candados ambarinos, que brillaban como si fueran de oro viejo. Sartenes de antiadherente teflón, con sus bordes bajos y abiertos, imprimados de un vivo color anaranjado, aparecían colgadas de su manija.

 

Los romeros recorrían incansablemente, estas calles limítrofes con el caserío, deteniéndose en aquellos puestos que ofrecían aquello que más les agradaba.

 

Más tarde, muchos de ellos, se retiraban a los propincuos campos, para degustar una sabrosa comida al aire libre, en un ambiente festivo y familiar. Los radiocassettes sonaban con sus músicas altisonantes y estribillos pegadizos, amenizando la sobremesa. 

 

Ya entrada la tarde, los romeros acudían a divertirse a las distintas atracciones de la feria existentes en el caserío. Así, las góndolas del Canguro Loco, ascendían y descendían vertiginosamente, entre un estruendo musical exagerado. Los brazos hidráulicos les imprimían gran celeridad. Las tómbolas lucían todos sus regalos en lineales y paralelos graderíos. Peluches, muñecos, y juegos, permanecían expuestos, mientras un speaker animaba a los paseantes a jugar y a obtener premios. Una pista de coches eléctricos aparecía al fondo de la calle. Una escalera de aluminio brillante, con barandilla, rodeaba el circuito cuadrangular. Una nívea roulotte, hacía las veces de taquilla. Los estridentes cláxones, anunciaban a intervalos, el comienzo, o el final de cada viaje. Para los más pequeños, había un bonito carrusel formado por caballitos de sube y baja, que giraban y giraban alegrando a los niños. Otros críos, preferían saltar hasta el agotamiento y la extenuación, sobre las camas elásticas. Un gran castillo hinchable, hacia las delicias de un gran número de párvulos, que aguardaban impacientes su turno, para adentrarse en la fortaleza inflable.

 

 

LA PLAZA DE LOS LUCEROS

 

En el cruce de los ejes principales de la ciudad, emerge la modernista Plaza de los Luceros. Su afilado remate que simboliza el Árbol de las Hespérides, se vislumbra desde las cuatro avenidas circundantes: Alfonso X El Sabio, Federico Soto, de la Estación, del General Marvá.

 

Estas cuatro arterias dejan entrever en cada uno de sus extremos, respectivamente: las declinadas faldas, abruptas y plegadas del Monte Benacantil; la imponente estatua de la Cruz de los Caídos, sin lograr verse el mar, que aparece oculto entre los espesos ramajes de los ficus centenarios del Parque de Canalejas; la estructura acristalada de la fachada de la Estación de Madrid, que esconde tras de sí, numerosos itinerarios ferroviarios; la edificación ocre del Instituto Jorge Juan, con sus descendentes graderías, como secas cascadas.

 

Si esta plaza a lo largo de la historia ha tenido gran importancia, en la actualidad el hecho de haberse convertido en un punto neurálgico de comunicaciones, la ha dotado del espaldarazo definitivo.

 

Sin embargo, la excelsa belleza de su fuente eclipsa a su mirífico entorno urbano.

 

El ágora se presenta como un verdadero oasis, con sus parterres de verdeceledón césped. Con sus palmeras limitando su perímetro orbicular. Con sus clavelones anaranjados, que irradian una ígnea luminosidad, añadida a la esplendente y cálida cromática mediterránea. Los setos arbustivos aparecen en forma piramidal, proporcionando un bello contaste a todo lo circular que posee la plaza. Las aguas zarcas del estanque con su maravilloso azul, parecen mágicas por su diáfana claridad. Su superficie es solo removida por los caedizos chorros de agua, que avivan su serena y pacífica quietud.

 

Las estatuas de los cuatro equinos en levógiro, uno en cada ángulo de la fontana, proporcionan fuerza y energía al conjunto. De sus lomos emanan los frutos de la tierra; uvas, granadas, melocotones, manzanas, y naranjas representando la fecundidad de la naturaleza, mostrando la estrecha relación entre el cielo y la tierra. Los elfos situados debajo de los caballos, están ahí precisamente, por ser un lugar poco visible al ojo humano. Según cuentan, en los días de plenilunio, a pesar de la ebúrnea claridad, es difícil distinguir a estas figuras. El obelisco central con sus bocas de león, simbolizando a Hércules, y sus dragones alados evocan la naturaleza animal.

 

Según la cosmogonía griega al principio de los tiempos reinaba la obscuridad, de la obscuridad surgió el caos; de la unión de estos dos últimos nacieron el día, la noche, el erebo y el aire. De la unión de la noche y el Erebo nacieron las Hespérides, o hijas del ocaso. Estas ninfas se asocian a los planetas visibles, que son cuatro: Marte, Venus, Júpiter y Saturno.

 

Así, el Lucero de Oriente representa el planeta Marte, y esta personificado en Egle. En la mitología griega Egle (en griego antiguo Αγλη Aïglê, ‘brillo’ o ‘esplendor’) era una de las hijas de Asclepio con Lampecia, la hija de Helios (el Sol), según Hermipo, o con Epíone, según la Suda. Se decía que su nombre procedía de la belleza del cuerpo humano cuando tenía buena salud. La escultura de esta diosa, representa el lucero rojo de la mañana. Tiene el cuerpo recubierto con un velo transparente de estrellas. La imagen dispone de dos elementos laterales que la estatua rodea con los brazos. Estos ornamentos son dos grandes bastones floridos, que tienen cinceladas dos estrellas de cinco puntas en la parte inferior, aludiendo a las dos lunas de Marte, Deimos y Fobos.

 

El Lucero del Alba representa el planeta Venus y esta personificado en Hesperis, que era una de las horas de las consideradas por Higinio como diosas menores guardianas del tiempo del día, que iban desde justo antes del amanecer hasta justo después del anochecer en la mitología griega. Hésperis es la hora del atardecer. En esta diosa aparece una figura femenina, con los brazos alzados, con sus pies en el interior de una concha marina. Además, existen dos palomas símbolo de la paz. La escultura esta coronada de flores. Alrededor de la imagen de Venus surge una cascada primaveral.

 

El Lucero del Oeste representa el planeta Júpiter y esta personificado en Minerva, que es la diosa de la sabiduría, las artes, las técnicas de la guerra, además de la protectora de Roma y la patrona de los artesanos. Esta escultura aparece abrazando a una palmera, una especie arbórea típicamente mediterránea relacionada con Zeus. La imagen femenina de este lucero es la de una diosa joven y lozana con el vientre abultado, símbolo de la fertilidad. 

 

El Lucero del Norte representa el planeta Saturno y esta personificado en Hestia, diosa del fuego que da calor y vida a los hogares. Como la antigua divinidad casta, la imagen aparece vestida y cubierta hasta los pies, pelo largo trenzado, toda ella serena, tranquila, grave y digna como el modelo de Hestia de los griegos o la Vesta de los romanos. El brazo derecho hacia debajo y atrás, como señalando la tierra y el izquierdo a la altura de cabeza señalando el cielo. Es una imagen de aspecto sereno, tranquilo, grave y dignamente religiosa. Los pies de esta imagen están posados sobre el centro de unas llamas de fuego que ascienden por ambos lados de la figura, rodean un poco por debajo de la cintura y abrazan el cuerpo de la mujer.

 

En definitiva, se trataba de representar el mito del Jardín de las Hespérides, que no era sino el huerto de Hera, situado en el borde oeste del mundo conocido, donde había un árbol cuyos frutos eran manzanas doradas. Estos frutos proporcionaban la inmortalidad. Los manzanos fueron un regalo de la diosa Gea, a Hera como regalo de su boda con Zeus. Las Hespérides tenían la misión de ocuparse del árbol sagrado, aunque a veces, recolectaban la fruta para sí mismas. Hera al no confiar en ellas, dejó al cuidado del jardín a Ladón, un dragón de cien cabezas.

 

Esta plaza es una de las más emblemáticas de la ciudad de Alicante, quizá sea el verdadero Jardín de las Hespérides.

 

 

LA SERRA GROSSA

 

Desde esta privilegiada miranda natural, se columbraba en su vertiente litoral el mar mediterráneo, mientras que en la ladera de estribor se vislumbraba otro mar, pero de enladrilladas edificaciones.

 

El liento piélago se presentaba con un azul mágico e indescriptible. Resultaba verdaderamente maravilloso contemplar esa quietud, plena de calma rigurosa y solemne. El viento terral, describía efímeras celosías, sobre la ácuea superficie de satén.

 

Los obscurecidos enmallados se desplazaban con celeridad, cada vez que una racha de céfiro acariciaba las aguas. Era como si el mar estuviera moteado de suaves garzos, y de índigos y atramentosos colores. Aquel era un mar sin olas, liso, plano, raso y lineal. No había espumas albares ni salpicaduras ebúrneas, pues toda la masa de agua estaba tintada de integra azulez.

 

Desde las alturas semejaba una isla o una embarcación, con el horizonte lejano, apaisado.

 

Unas nubes tubulares acompañaban las rachas de viento, que con su discontinua fuerza acarician nuestros cabellos. Mientras en la cercana lejanía, allá abajo, se divisaba la perfilada silueta de la isla de Tabarca. Solitaria, plana, semipoblada.

 

En la “proa” de la Serra Grossa, aparecía el abrupto Monte Benacantil coronado por el Castillo de Santa Barbara. Con su falda Norte esmeralda, poblada de coníferas.

 

Hacia el interior, despuntaban en la lontananza las descolladas montañas, que circuían la ciudad de Alicante; la sierra de Foncalent, el Puig Campana, y otras montaraces elevaciones.

 

La estructura urbana de la ciudad se podía columbrar con absoluta perfección; se oteaban las distintas avenidas, calles, bulevares, etc.

 

Por último, las panorámicas más bellas resultaban ser las que se vislumbraban desde la “popa de la sierra”. Desde allí se divisaba el perímetro del Cabo de las Huertas, con sus manhattanianas edificaciones, las ocres playas, lineales y semicirculares. Y en el mar azulenco, anchuroso y dilatado, destacaba a corta distancia en una pequeña área próxima a la costa, un sinfín de motas ebúrneas y nacaradas: gaviotas en el mar.

 

P.-S.

[1] Pintiparados. Parecido, semejante a otro, que en nada difiere de él.

[2] Lignarias. De madera.

[3] Friolento. Sensible al frio.

[4] Anomio. Sembradas al azar.

[5] Testeraje. Conjunto de plantas.

[6] Palmas del Paraíso. Palmeras.

[7] Filásticos. Finos.

[8] Frondes. Hojas.

[9] Escabel. Asiento.

[10] Luneta. Respaldo.

[11] Arrabio. Hierro

[12] Atramentosa. Negra. Obscura.

[13] Ebúrnea. Blanca.

[14] Mayólica. Cerámica.

[15] Obnoxias. Peligrosas.

[16] Roblón. Lomo que en el tejado forman las tejas por su parte convexa.

[17] Bocateja. Teja primera de cada una de las canales de un tejado.

[18] Domo. Bóveda.

[19] Salmeres. Zona donde arranca la bóveda.

[20] Linterna. Torre pequeña, que se pone como remate en algunos edificios y debajo de las medias naranjas de las iglesias.

[21] Portillas. Ventanales verticales.

[22] Lucernario. Linterna.

[23] Viso. Onda de resplandor que hacen algunas cosas heridas por la luz.

[24] Estora. Alero o ala de un tejado.

[25] Mirífico. Admirable, maravilloso.

[26] Fruslería e inanidad. Cosas de escaso valor.

[27] Rebalaje. Reflujo del agua del mar.

[28] Amuras. Costados del buque.

[29] Proas de violín. Proas lanzadas.

[30] Mareta sorda. Leve movimiento del mar en la zona portuaria.

[31] Gualdrapear. Golpe que dan las velas de un buque contra los árboles y jarcias en tiempos calmosos o de alguna marejada.

[32] Obra Muerta. Parte del casco que está fuera del agua.

[33] Pantalán. Muelle o embarcadero.

[34] Proa de cuchara. Proa con formas en V muy abiertas.

[35] Espejo de popa. Fachada que presenta la popa desde la bovedilla hasta el coronamiento.

[36] Petrimetre. Persona que se preocupa mucho de su compostura y de seguir las modas.

[37] Falciforme. Que tiene forma de media luna.

[38] Cornijal. Punta, ángulo o esquina de un edificio.

[39] Requiloquios. Adornos.

[40] Sabulosa. Arenosa.

[41] Oropel. (metáfora) Lámina de latón, muy batida y adelgazada, que imita al oro.

[42] Ufana. Alegre.

[43] Médanos. Montones de arena. Dunas.

[44] Conspicuas. Visibles.

[45] Hidrometeoros. Nubes.

[46] Mirífico. Admirable. Maravilloso.

[47] Umbras. Sombras.

[48] Rucio. De color parecido al oro.

[49] Austro. Sur.

[50] Proceloso. Tempestuoso.

[51] Mantellinas (metáfora) mantillas de la cabeza.

[52] Atramentoso. Negro.

[53] Escurrimbres. Gotas de líquido.

[54] Asperjadas. Esparcidas en pequeñas gotas de líquido.

[55] Estípite. Tallo largo y no ramificado de las plantas arbóreas, especialmente de las palmeras.

[56] Rastel. Barandilla.

[57] Estridor. Estruendo.

[58] Zangoloteando. Mover continua y violentamente algo.

[59] Naifes. Diamantes.

[60] Güero. Amarillo.

[61] Limón Express. Tren turístico.

[62] Nigérrima. Muy negra.

[63] Geranios de Hierro. Rojos

[64] Testeraje. Conjunto de plantas.

[65] Pelargonios. Geranios.

[66] Eurítmica. Buena disposición y correspondencia de las diversas partes de una obra de arte.

[67] Engallados. Erguirse, estirarse con arrogancia.

[68] Carrujo. Copas de árboles.

[69] Rodil. Prado situado entre tierras de labranza.

[70] Redrojo. Cada uno de los racimos pequeños que van dejando atrás los vendimiadores.

[71] Undísono. Dicho de las aguas: Que causan ruido con el movimiento de las ondas.

[72] Sérico. De seda.

[73] Bituminosa. Asfaltada.

[74] Piélago. Mar.

[75] Oleaje. (metáfora) Viento.

[76] Anfractuosidades. Cavidad sinuosa o irregular en una superficie.

[77] Testeraje. Conjunto de plantas y macetas.

[78] Cutiano. Cotidiano.

[79] Cimbres. Galerías, fosos.

[80] Vernales. Primaverales.

[81] Prosopografía. Descripción exterior de un animal.

[82] Nictémero. Ave de color blanco y negro.

[83] Lientas. Húmedas.

[84] Pseudonemorosa. Falso bosque.

[85] Adujadas. Encogidas para acomodarse en poco espacio.

[86] Arrabio. Hierro.

[87] Levógiro. Que gira en el sentido contrario a las agujas del reloj.

[88] Dextrógiro. Que gira en el sentido de las agujas del reloj.

[89] Tinto aloque. De color rojo claro.

[90] Fruitiva. Propio para causar placer con su posesión.

[91] Vocinglería. Ruido de muchas voces.

[92] Ciboga. Hacer remolino

[93] Ampo. Blanco

[94] Calandrada. Satinada.

[95] Crucíferas. Se dice de las plantas angiospermas dicotiledóneas que tienen hojas alternas, cuatro sépalos en dos filas, corola cruciforme, estambres de glándulas verdosas en su base y semillas sin albumen; p. ej., el alhelí, el berro, la col, el nabo y la mostaza.

[96] Brunas. Negras

[97] Organoléptica. Que se puede percibir por los sentidos.

[98] Matalotaje. Conjunto de muchas cosas diversas y mal ordenadas.

[99] Trencadís. Mosaico realizado con fragmentos cerámicos unidos con argamasa.

[100] Enalbar. Caldear y encender el hierro en la fragua hasta que parece blanco.

[101] Cauterizar. Curar quemando.

[102] Proscenio. Escenario.

[103] Apócrifa. Fabulosa.

[104] Distal. Se dice de la parte de un miembro o de un órgano más separada de la línea media.

[105] Ampa. Blanca.

[106] Modillón. Miembro voladizo sobre el que se asienta una cornisa o alero, o los extremos de un dintel.

[107] Rasilla. Ladrillo.

[108] Imposta. Faja que corre horizontalmente en la fachada de los edificios a la altura de los diversos pisos.

[109] Liento. Húmedo.

[110] Verdeceledón. Color verde claro.

[111] Jalde. Amarillo subido.

[112] Sáxeo. De piedra.

[113] Murete o vallado de piedra.

[114] Albero sablón. Tierra para parques y jardines de arena gruesa.

[115] Mirífico. Admirable.

[116] Enarmonaban. Levantaban.

[117] Flauta de pan. Instrumento de viento compuesto por una serie de tubos longitudinales.

[118] Propincuo. Cercano.

[119] Timoneras. Plumas grandes que tienen las aves en la cola.

[120] Zurear. Dicho de una paloma: hacer arrullos.

[121] Obispillo. Rabadilla de las aves.

[122] Tranquera. Especie de puerta rústica, hecha generalmente con trancas.

[123] en referencia al universal cuento de “Alicia en el País de las Maravillas”.

[124] en referencia al universal cuento de “Alicia en el País de las Maravillas”.

[125] en referencia al universal cuento de “Alicia en el País de las Maravillas”.

[126] Cuerno mágico de la Reina Susan, en alusión a la cinta cinematográfica de aventuras, “Las crónicas de Narnia”.

[127] Coalescente. Que se une o funde.

[128] Güeros. Amarillos.

[129] Pingorotudo. Empinado, alto o elevado

[130] Cáfila. Conjunto o multitud de gentes, especialmente las que están en movimiento y van unas tras las otras.

[131] Estopín. Artificio destinado a inflamar la carga de la traca.

[132] Extático. Que está en éxtasis, o lo tiene con frecuencia o habitualmente.

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