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El delirio de doña Isabel

Rosalía López

España



Quién no se ha sentido en alguna ocasión hada o princesa, el capitán de un barco inglés, Peter Pan, e incluso Elvis Presley o Gene Kelly. Todos deliramos alguna vez en la vida y qué momentos tan únicos podemos llegar a poseer gratuitamente. Sin embargo, una cosa es un delirio coloquial, con esas vivencias recién mencionadas y otra cosa es un delirio patológico. Me explicaré.

El delirio cotidiano ocurre normalmente de forma sana: sueño que soy una princesa aunque sin asumir la realidad. De forma patológica, es decir anormal, no sabríamos cómo explicarnos, porque ese pensamiento distorsionado lo siento como una realidad absoluta: creo que soy una princesa y de hecho pido que me llamen Majestad; porto una tiara y cuento historias irreales de mi vivencia en la monarquía.
 
Existen varios tipos de delirios patológicos: el de celos, el de grandeza, de persecución, de culpabilidad, de ruina, de control y muchos más.
 
Mi vecina, doña Isabel, era un claro ejemplo de delirio de celos. Esta mujer iba siempre acompañada de su nariz roja. Y no por el efecto del sol, sino por los carajillos que se tomaba en el bar del “Rubio”. Decía que su marido le engañaba con la de la mercería y que en cualquier momento podría suceder algo digno de aparecer en el parte (así llamábamos entonces a las noticias o telediarios). El marido, obrero, hombre bueno, soso, trabajaba mañana y tarde. La de la mercería, era una mujer agradable que estaba todo el día detrás del mostrador con el marido a su vera, y además era físicamente agraciada.
 
Todos decían que doña Isabel -la de la nariz roja- estaba como un cencerro. Su marido asentía. Nunca daba explicaciones, y vivía dentro de ese círculo de locura. La mujer, entre el alcohol y los delirios característicos de la celotipia, no salía de su mundo. Los hijos, al cumplir la mayoría de edad y tener un jornal, salieron escopetados a la primera de cambio.
 
Un día, tras una visita, algo más larga de lo habitual, al bar del “Rubio”, doña Isabel fue a la mercería, y a grito pelado llamó cornudo, y cientos de insultos más al marido de la supuesta amante de su Andrés. Por suerte, la pobre mujer de la mercería no estaba. Si no, sabe Dios lo que hubiera pasado. Faltó tiempo para que en la puerta del comercio se agolparan un cúmulo de curiosos. Ipso facto, avisaron al guarda; pero antes de ello apareció una cuñada que, cómo pudo, se llevó a doña Isabel a su casa. Una vez allí, con una buena ducha fría para despejar la melopea, la metió en la cama con ayuda del hijo, sin articular palabra. Nunca dijo nadie a doña Isabel nada sobre este capítulo porque pudieron ver en esa ocasión, al igual que en las demás, que no había cordura y que nada era deseado por la protagonista. Todo lo que decía era de una pobre trastornada y no era más que incoherente.
 
Al cabo de unos pocos años, la mujer murió. Problemas de hígado, contaban. Andrés quedó viudo y continuó con la expresión triste, y es que Andrés, en vida de su mujer, se había acostumbrado a esa locura, y parecía manifestar una especie de comprensión y resignación, lo cual le había hecho a su vez dependiente de su difunta mujer, dependiente de esa locura.
 
En este caso como comentaba anteriormente, advertimos unos celos patológicos. Freud hizo una clara distinción entre unos celos normales y otros patológicos. (Parece mentira lo que su obra nos muestra, con lo contraria que me sentía yo a ciertas ideas del creador del psicoanálisis.) Los que sufren de celos patológicos -y en general de delirios- tienen una creencia propia. Convicción absolutamente real para ellos. Y si uno lo cree así, tan a ciencia cierta, que venga otro y le diga que no. No es tan fácil. No se sienten enfermos. Distorsiona la realidad de tal forma que no es un vértigo en el que sabes que no es sano y vas al médico. Lo distorsiona de tal forma que trastorna. Y así lo sientes. Es complicado de cara a los que le rodean.
 
Y bien, terminando nuestra pequeña historia, contar que así vivió doña Isabel su última época: sumergida en su mundo, dejando una imagen de pobre loca en el barrio, y calcando el diagnóstico de delirio de celos. Y así no vivió su vida, Andrés, el viudo quedando en la bola terrestre, sin querer ni estar pero que (valga la redundancia) sí estuvo a la altura. A la altura de las circunstancias antes, durante y después de una locura que no era de él. Por tanto, queridos lectores, sólo os pido que, si alguna vez se pone en vuestra vida algún delirante por medio, pensad que él no ha elegido ser un Peter Pan o una Estrella de Hollywood, aunque sepa volar y vista de verde con sombrero y pluma roja, o actúe divinamente con su collar de perlas, sus guantes largos y sus zapatos rojos de tacón.

Este artículo tiene © del autor.

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