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LAS HOGUERAS DE SAN JUAN

Valentín Justel Tejedor

España



LAS HOGUERAS DE SAN JUAN DE ALICANTE

En el cerúleo cielo alicantino despuntaba un colosal y pingorotudo remate a varios metros de altura. Su afilada y aerodinámica ojiva parecía abrirse camino entre las nubes. Su escaso ángulo de ataque, le confería una leve inclinación. El cuerpo del cohete, estaba formado por un cilíndrico fuselaje, en el que aparecían emblemas y escudos aeroespaciales, junto a una leyenda que decía: “SÚPER PETARD”. Sus estáticos alerones, parecían mantener el artefacto en la dirección de vuelo predeterminada. Estos rubescentes estabilizadores, destacaban por su intensidad, frente al monótono color argénteo del resto del modelo espacial.

El aparato parecía estar suspendido en el aire, sin que su amplia base rozase el suelo. Ello le proporcionaba un aspecto espectacular e impresionante. La carcasa central estaba anclada con varias maderas a una plataforma lateral. Sin embargo, estas últimas eran engullidas por una nube de escape, que las ocultaba. Alrededor de la base del cohete había distintas escenas, en la que los ninots, con su característico tono satírico y humorístico, reflejaban el acontecer de la inmediata realidad social. Así, la hoguera tenía un título muy apropiado cual era: “EL PLANET DELS PETARDS”.

De este modo, uno de los ninots estaba compuesto por una caja de petardos, dentro de la cual aparecían caricaturizados varios personajes del panorama rosa. Era divertido ver sus grandes carrillos, sus ojos saltones y sus dientes ebúrneos. Además, al estar dentro de la caja de petardos, dispuestos en paralelo, estaban muy apretados. La cabeza de cada uno de ellos finalizaba en cono, en cuyo extremo sobresalía una mecha. Sus pies habían sido sustituidos por aletas. En el exterior de la caja figuraba la siguiente leyenda: “PETARDS DE CINC EUROS”.

Junto a esta burlesca escena había un ninot, que representaba un pequeño zoológico. Allí había lobitos, tigres, cobras y súper gatos. Todos ellos correspondían al nombre de algún conocido petardo.

Mientras la hoguera era visitada por una interminable cáfila de vecinos y turistas, se escuchaban los propincuos acordes de la banda de música. La callejera orquesta con sus ufanos pasacalles, amenizaba cada instante de la fiesta. Las bellezas de la hoguera desfilaban deslumbrantes con sus vistosos trajes de novia alicantina. Los piropos se sucedían a su paso.

Inesperadamente, sonó el estentóreo fragor de una traca. Sus truenos no cesaban de repetirse, mientras el estopín se consumía con celeridad. La detonación final fue la más clamorosa y ensordecedora. Su retumbante eco, hizo estremecer durante unos instantes, los vidrios de los ventanales más cercanos. El ambiente se impregnó de un fuerte olor a pólvora.

Las barracas y los racós continuaban su frenética y lúdica actividad festera. Pronto sorprendió la noche. Al cabo de varias horas de fiesta, a medianoche, el cielo azabache se iluminó como si fuera completamente de día. Una gran palmera pirotécnica, lanzada desde lo alto del Monte Benacantil, con deslumbrante luminiscencia, anunciaba el comienzo de la cremá. Sus níveas fosforescencias tardaban varios segundos en apagarse, cayendo todavía iluminadas, como si fueran resbaladizas lágrimas, por las mejillas de la obscuridad. En cada distrito, la ciudad aparecía ígnea e incandescente. Las llamaradas ascendían con virulencia, abrasando la madera y el cartón de cada monumento fogueril. Las endebles y cinéreas pavesas, se elevaban para después precipitarse prácticamente desintegradas. Así, durante la cremá los servicios de extinción aliviaban el ardentísimo calor de las ingentes masas de personas allí congregadas, lanzando constantes chorros de agua. La banyá hacía años que se había convertido en tradición.

De este modo, tras disfrutar del espectáculo nocherniego de la popular Nit del Foc, aquellas mágicas y esplendorosas hogueras quedaban reducidas a meras cenizas. Sin embargo, el espíritu de la fiesta jamás se extinguía.

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