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IL GIARDINO GIAPPONESE

Frammento (italiano- castellano)

Valentín Justel Tejedor

España



IL GIARDINO GIAPPONESE
Quello spazio naturale era nascosto, circondato di un gran parco in cui la gente passeggiava, per i suoi sentieri gialli come il sole. Alcuni neanche conoscevano l’esistenza del giardino giapponese.
Così, in uno degli angoli del parco, un stretto sentiero conduceva tra frondoso albera, verso l’interno del giardino. Entrando lì, la cosa prima che si vedeva era la figura di un gran buda di pietra.
Alcuni degli scarsi visitatori si facevano foto per immortalare il suo soggiorno in quello silenzioso, ed imperturbabile posto.
Dopo lasciare dietro la statua del gran buda, si appariva un karesansui con le sue ghiaie rastrellate che evocavano le onde del mare quelle piccole pietre grige, invitavano con tanto sole osservarli alla serenità, al rilassamento e perfino alla meditazione.
Giostro di fronte dell’esquinado karesansui, c’era una bella casa di te con paratie di legno nobile e paglia tessuta, ed alcune quadretti nivee e bianchi che lasciavano traslucir la luce. Quello padiglione sembrava essere stato costruito per la ricreazione estetica ed intellettuale.
Da lì, potevano vedersi verso verso un lato i piccoli pendii dei dorsi tappetate di prato. Circondando a queste miniaturizzate montagne, si stendevano alcuni sentieri impossibili che fiancheggiati per irregolari rocce, tutti essi si trovavano in un determinato punto.
Dal padiglione verso il lato contrario poteva contemplarsi il gioiello di questo giardino giapponese. Un ponte rosso curvato ed inarcato che faceva le delizie dei visitatori. Tutti i sentieri del giardino conducevano verso questo ponte. La sua orientale struttura formando un’inflessione nel suo punto mezzo, descriveva perfettamente la luna piena nel suo zenit. La sua tavola di tronchi paralleli e le sue ringhiere laterali in persiana, trasformavano a quello ponte in un capriccio della natura. Il suo riflesso sulle acque stagnanti, evocava col suo infimo movimento tremante la quiete, e la serenità, tanto solo alcuni rompevano questa solenne calma alcuni emergenti ninfee di vistosi colori.
Nella zona situata dietro il ponte si estendeva un’ampia prateria. Il suo colore verde intenso e la sua elevata altezza, trasformavano quella collina in un posto superiore per contemplare il giardino giapponese nel suo insieme. Inoltre nel suo punto ma elevato c’era una banca rustica che invitava a sedersi. Giusto dietro la banca c’erano alcuni giunchi con fusti ascendenti e ramati che si piegavano a fiato con ogni raffica, con ogni sospiro di aria, con ogni incoraggio della brezza (...)

EL JARDIN JAPONÉS

Aquel espacio natural estaba escondido, rodeado de un gran parque en que la gente paseaba, por sus senderos amarillos como el sol.
Algunos ni siquiera conocían la existencia del jardín japonés.
Así, en uno de los ángulos del parque, un estrecho sendero conducía entre frondosos arboles, hacia el interior del jardín. Al entrar allí, lo primero que se veía era la figura de un gran buda de piedra.
Algunos de los escasos visitantes se hacían fotos para inmortalizar su estancia en aquel silencioso, e imperturbable lugar.
Tras dejar atrás la estatua del gran buda, se aparecía un karesansui con sus gravas rastrilladas, que evocaban las olas del mar aquellas pequeñas piedras grises, invitaban con tan solo observarlas a la serenidad, a la relajación e incluso a la meditación.
Justo enfrente del esquinado karesansui, había una hermosísima casa de te con mamparos de madera noble y paja tejida, y unas cuadriculas níveas y albares que dejaban traslucir la luz. Aquel pabellón parecía haber sido construido para la recreación estética e intelectual.
Desde allí, se podían ver hacia hacia un lado las pequeñas laderas de los cerros alfombradas de césped. Rodeando a estas miniaturizadas montañas, se tendían unos senderos imposibles que flanqueados por irregulares rocas, todos ellos se encontraban en un determinado punto.
Desde el pabellón hacia el lado contrario se podía contemplar la joya de este jardín japonés. Un puente rojo combado y arqueado que hacía las delicias de los visitantes. Todos los senderos del parterre conducían hacia este lignario puente. Su oriental estructura formando una inflexión en su punto medio, describía perfectamente la luna llena en su cenit. Su tablero de maderos paralelos y sus barandillas laterales en celosía, convertían a aquel puente en un capricho de la naturaleza. Su reflejo sobre las aguas estancadas, evocaba con su ínfimo movimiento trémulo la quietud, y la serenidad, tan solo unos quebraban este solemne sosiego unos emergentes nenúfares de vistosos colores.
En la zona situada detrás del puente se extendía una amplia pradera. Su color verde intenso y su elevada altura, convertían aquella colina en un lugar preferente para contemplar el jardín japonés en su conjunto. Además en su punto mas elevado había un banco rustico que invitaba a sentarse. Justo detrás del banco había unos juncos con tallos ascendentes y cobrizos, que se combaban con cada ráfaga de viento, con cada suspiro de aire, con cada aliento de la brisa (…)

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