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MISTICISMO Y FÍSICA MODERNA (IV) ¿Es el cerebro un ordenador?

César Rubio Aracil

España



A Marie, mi buena amiga cubana.

MISTICISMO Y FÍSICA MODERNA (IV)
¿Es el cerebro un ordenador?

Según Marvin Minsky (autoridad en inteligencia artificial del Instituto de Massachussets), el cerebro es un ordenador hecho de carne. No he de ser yo quien se atreva a enmendar la plana a un reconocido experto en cibernética; sin embargo, no por ello me siento obligado a enmudecer ante tan importante afirmación.

Nadie, absolutamente nadie, por entendido que sea en materia neurofisiológica, en neurociencia o en cualquier especialidad médica que estudie el cerebro conoce en toda su profundidad los misterios del órgano al que nos estamos refiriendo. El cerebro es un enigma y como tal secreto natural precisa de arduos esfuerzos, en equipo y durante muchísimo tiempo, para ser desentrañados en parte, sólo en parte, su funcionamiento, su fisiología, etc. puesto que la complejidad que lo envuelve ha de ser necesariamente estudiada con el mismo cerebro al cual se investiga. Es decir, el cerebro se estudia a sí mismo. ¿Esto es posible? Lo es puesto que los avances científicos en este sentido son notables. Pero existe, entre otras dificultades, una que a mi modo de ver es determinante.

Cuando se investiga lo que sea: el organismo humano, las características fisicoquímicas de una flor, el comportamiento estelar o la fisiología de un ratón, ¿no interviene el sentimiento? ¿No se emociona el investigador al comprobar sus progresos? Siendo esto así la investigación no puede ser completamente aséptica y, por tanto, el examen queda contaminado por la emoción. Pero se avanza.

Hecha esta reflexión -que no afecta en absoluto a lo que a continuación vamos a expresar-, lo que nos interesa es saber si el cerebro es un ordenador de carne. Yo creo que sí, y voy a explicarme de la manera más sencilla que me sea posible.

El ordenador industrial está compuesto de dos elementos principales llamados hardware (componentes materiales y el soporte físico) y sofware (conjunto de componentes inmateriales). El cerebro humano, también: la parte material integrada por neuronas, cerebelo, bulbo raquídeo, etc., y por la otra parte, incorpórea, que denominamos mente. No obstante, entre el ordenador inventado por el ser humano y el concebido por la naturaleza existen diferencias sustanciales, al menos desde mi punto de vista.

El aparato informatizado está fabricado con productos metálicos, plásticos y otras materias; el cerebro humano, infinitamente más complejo, está compuesto de sustancias orgánicas: proteínas, lípidos, oligoelementos ..., en una combinación tan perfecta y con tantísimas conexiones, reacciones fisicoquímicas y complicaciones enzimáticas producidas por amilasas, diastasas, lactasas, lipasas, maltasas, nucleasas, transaminasas ..., ¡qué sé yo!, que sólo Dios (si es que existe) la puede conocer. El computador, en cambio, lo entiende el hombre (sí, también la mujer, no vayamos a liarla), menos yo. Pero existen más diferencias.

Mi cerebro lo tengo bien protegido en la calavera, a cuestas encima de los hombros, y en cualquier momento, a golpe de fortuna, reacciona de inmediato si se pone a tiro el beso, respondiendo a un programa instalado por la genética prestada por mis padres a mi naturaleza. ¡Hale! ¡A ver si un PC cualquiera, por muy sofisticado que sea, es capaz de conmoverse ante unos rojos labios de mujer! O a la inversa, que alguien me diga qué servomecanismo tiene facultades para admirar una bragueta.

En ambos casos, se trate del ordenador comercial o de la computadora fisiológica, el cerebro no es más que un mecanismo que necesita de la mente para funcionar. La "mente". He ahí el problema, el misterio, la incógnita indescifrable. Porque ¿qué sustancia gris, por muchos millones de años que transcurran podrá alguna vez conocer el porqué de cada enlace entre el axón de una neurona y la dendrita de otra por donde se transmite un impulso nerviosos? Y dicho impulso nervioso, por muy químico, eléctrico o lo que sea, ¿a qué obedece? Unas veces podrá someterse a las necesidades vegetativas del ser, pero en infinitas ocasiones responde a la voluntad del individuo, lo que no es atribuible al cerebro, sino a la mente: esa desconocida que ahora nos dicta: “Ahí está ella, tan hermosa, esperando de tu palabra el halago necesario para soñarte”, y después, de modo imprevisible, estimula nuestros sentimientos para hacernos llorar.

Los místicos siempre han diferenciado el cerebro de la mente; los médicos, no siempre. Todo lo que no encaje en el rompecabezas teórico, no vale. Hasta que la evidencia determina el cambio de paradigma: ese modelo de pensamiento que necesita del laboratorio la verificación matemática. Sin embargo (algún día se percatarán de ello los matemáticos), no siempre en el universo dos más dos son cuatro.

¿Es el cerebro viviente un ordenador? Ya he dicho que así lo creo. No obstante, siempre estaré dispuesto a rectificar.

César Rubio (Augustus), miembro de la Asoc. Escritores Castellano-manchegos y de La Mediterranía.

Este artículo tiene © del autor.

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