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MISTICISMO Y FÍSICA MODERNA (V) Física, salud y ecología

César Rubio Aracil

España



MISTICISMOY FÍSICA MODERNA (V)

Física, salud y ecología

De entrada voy a decir lo que todos sabemos, comentamos haciendo un gesto de impotencia y luego, ante una copa de güisqui o un vaso de cerveza, olvidamos. Me refiero al enorme desfase que existe entre los avances científicos y en paralelo el estancamiento o, mejor decir retroceso, de la espiritualidad. No de esa espiritualidad amañada por las religiones al uso, desvirtuada por ciertas sectas esotéricas y acoplada a los intereses personales de tanto falso gurú, sino de los dictados de la conciencia como reflejo de la religión natural.

Desde hace aproximadamente 300 años (época de la revolución científica propiciada por Descartes y Newton), hasta nuestros días, el imparable progreso tecnológico no ha tenido freno. Nuestro planeta, superados en exceso los límites razonables de una industrialización adecuada a las auténticas necesidades del ser humano, ha tenido que soportar -veremos hasta cuándo- los más atroces despropósitos creados por el consumismo. No en vano el Protocolo de Kioto, ratificado por 126 países, está intentando reducir las emisiones de CO2 (dióxido de carbono) en un porcentaje mínimo (algo es algo) que los EE.UU. de América, doblando la emisión de dicho gas por habitante en relación a Europa, se niegan a aceptar, mientras la UE, China, Rusia, Argentina, Chile, y Canadá, entre otras naciones, han asumido el acuerdo.

Con el apunte que acabamos de hacer sobre el Protocolo de Kioto sólo se pretende reseñar uno de los numerosos problemas que afectan a la humanidad por causa del desequilibrio existente entre el materialismo y la espiritualidad. Descompensación ésta atribuible al espectacular avance de la Física y a la connivencia con el poder terrenal de los credos religiosos oficialistas.

Sin el desarrollo de la investigación de la física teórica hoy no tendríamos frigoríficos, ni TV ni automóviles ni ordenadores. Tampoco la sofisticada cirugía del láser hubiera sido posible. ¿Se puede argüir, pues, que la ciencia es perniciosa? Rotundamente, no. Pero sí la ciencia aplicada a la tecnología sin control, puesto que la selva amazónica está siendo sobreexplotada desde hace lustros sin consideración alguna, generando por ello un daño irreparable a los seres vivos. Y los efectos del cambio climático, con el consiguiente deshielo de los polos. Y la ecología, ya extinguidas irremisiblemente miles de especies animales y vegetales, y otras tantas en vías de extinción. Y la desaparición de numerosas tribus amerindias. He ahí el mundo tecnológico, dispuesto a quemar la tierra para servir al demonio del dinero.

Hoy se vive más, pero no mejor. Las expectativas de vida van en aumento. Sin embargo, en proporción a épocas pretéritas han crecido las enfermedades mentales a modo de esquizofrenias, paranoias y depresiones. Son éstas las principales dolencias del alma. Y lo que es tan lamentable como los trastornos psíquicos, que me decía un amigo hace unos días: “Mientras media humanidad pasa hambre, la otra media acude al gimnasio para no engordar”. Dicotomía de la sinrazón, que aceptan quienes maldicen a los inmigrantes que buscan su pan de cada día.

La ciencia avanza; también la salud corporal y las expectativas de vida; pero el humano, siempre al pairo de la física teórica, quietas las velas y puestas sus esperanzas en un mundo mejor que no ayuda a crearlo, navega a la deriva. Esto me recuerda una de las sentencias que ha tiempo leí en un libro de los upanishads, cuando yo creía en los milagros:

“Del mismo modo que un espejo, manchado por el polvo, brilla de nuevo después de haberse limpiado, así también se encuentra una persona satisfecha y libre del dolor cuando ha visto la verdadera naturaleza del ser”.

Debe de ser cierto que cuando uno encuentra la verdadera naturaleza de su propia identidad queda liberado. Pero ¿cómo encontrarse uno a sí mismo con tantos estímulos velando la inteligencia? ¡Ay si la Física, ay si las Matemáticas, ay si la Biología, y ay si la Medicina estuviesen al servicio del ser humano! Mas no es así. Porque, aun habiendo científicos de limpio espíritu, ¿cómo costearse el complejo laboratorio que se necesita para investigar? ¿Cómo formar un equipo de alta investigación para escudriñar el submundo atómico, cuando se necesitan colosales aceleradores de partículas que cuestan muchos millones de euros? ¿Quién costea esa fabulosa fortuna, y para qué? La subvenciona el poder para obtener más poder, no para fortalecer el espíritu. Aun de este modo, científicos como David Lorimer, F. Capra, David Bohm, David Peat, P. Davies, Loveloock, R. Sheldrake, L- Dossey, B Giffiths y tanto otros, españoles y extranjeros que harían larga esta cita si los nombrara, han contribuido, y contribuyen todavía quienes de entre ellos siguen vivos, con su testimonio y con su sacrificio, a dignificar la ciencia.

Mientras la tierra tiembla y la capa de ozono se debilita, los astrofísicos sueñan con viajar algún día poniendo rumbo a las estrellas. ¿Para qué? ¿Para eternizar la maldad en los mundos impolutos? Mejor sería que físicos y astrofísicos, biólogos y médicos estudiasen un par de cursos de humanidades, y que los políticos y los religiosos dedicasen parte de su tiempo libre a pensar en cómo servir menos al Poder y a Dios para prestar más atención a sus semejantes.

César Rubio (Augustus)

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