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PENDIENTES

Santiago Bao

Argentina



PENDIENTES
(poesía)

 

Prólogo prescindible, de Jorge Savoia


Se dice que los poetas tienen siempre un único tema y que la proliferación temática que nos proponen sólo sería una estratagema para disuadirnos de poner en evidencia su íntima tarea, para persuadirnos de que su quehacer es una labor meramente humana.
No tengo alcances para desvelar lo que sospecho necesariamente oculto a nuestra necia curiosidad; sino apenas para pergeñar una conjetura: que el destino del poeta consiste en estar atado a un exclusivo dictum, a un único anuncio, a una sola e inefable palabra. Y las otras, las palabras que construyen el poema y los poemas que se suman en un libro y los libros que se multiplican serían únicamente instrumentos para encubrir y a la vez manifestar secretamente - es decir, subterráneamente- dicho dictum, dicha inefabilidad.
Y completo la conjetura: esto sería algo desconocido -o, mejor dicho, no reconocido- también para el mismo poeta.
Por eso creo que no sólo constituirá un discurso prescindible sino que este prólogo tal vez ni siquiera será aceptable para Santiago Bao.

Pendientes parece una obvia metáfora de la muerte, de ese destino de ser para la muerte que no puede eludirse; sin embargo, si uno atiende, escucha “Más allá de los espejos” puede atisbar que por debajo de la retórica y de la semántica del poeta se desliza otro texto -quizá sólo una palabra-, un texto no escrito que tiene que ver más con una resistencia que con un mero inventario de derrotas y exilios -inventario de declives, de pendientes- que “tironean desde abajo”. Precisamente, creo, la poesía -ésta que no es el poema- consiste en dar testimonio de perseverancias y fervores en la búsqueda de un absoluto.
Detrás de las evocaciones, de las nostalgias y de la melancolía que postulan no sólo éste sino todos sus libros, la poética de Bao se erige como demanda, como grito antagónico ante la “tristeza primitiva” que nos acosa; detrás, mucho más atrás de las excusas temáticas persiste la reconstrucción de una memoria.
No emana propiamente de la infancia, su melancolía; tampoco de los chispazos de felicidad, su añoranza. La nostalgia que circula por sus poemas proviene, creo, de una ausencia que está más allá de la experiencia y de las apariencias de la vida; proviene de una memoria que nada tiene que ver con lo gozado o lo sufrido. Una memoria ancestral de lo ausente en la naturaleza humana, una memoria de esas “comarcas olvidadas”, de ese territorio de donde fuimos desterrados: “Cuando llega el tiempo/ en que empiezo a vislumbrar/ claridades,/ nunca es donde estoy, / es en otro lado, / siempre en otro lado”.
Las metáforas pueden ser memorias de un infierno terrenal, pero lo no dicho -el otro texto- refiere a un paraíso. A un paraíso por cierto no terrenal y, tal vez, definitivamente perdido.
Este, creo, es el dictum que atraviesa la poesía de Santiago Bao.

El poema -eso que se construye mediante una acumulación de palabras escandidas, aliteradas o rimadas- también está siempre en otro lado: sólo se genera en el acto de percepción, sólo aparece -se manifiesta- en la escucha de un oyente o bajo la mirada de un lector. De allí en más su rumbo es errático, incierto.
Tal vez sea por ese motivo que los poetas -tolerantes o compasivos- nos abundan de palabras para que, por lo menos, una o dos se nos incrusten en el alma. No hay otra; todavía somos demasiado humanos para acceder directamente a eso que ellos se obstinan en cedernos, a eso que ciertamente no puede ser comunicado con palabras: a lo oculto e inaccesible, a lo velado, a lo inefable.

Este artículo tiene © del autor.

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