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ANATOMIA DE UN SEXTANTE

Paisajes del Mar Menor

Valentín Justel Tejedor

España




El mar era un espejo del cielo. La dúlcida y almibarada brisa marina con su penetrante aroma salobre envolvía aquel espacio de roqueños acantilados y playas rectilíneas y falciformes. El mar con su gama cromática de azules, y su ácuea naturaleza cambiante, dejaba visible una extensión amplia y dilatada, que se prolongaba hasta el lejano piélago. La Isla Grossa y un escabroso y quebrado farallón propincuo, despuntaban en el apaisado horizonte marino.



Frente al Cabo de Palos, a unas dos millas náuticas emergían las Islas que integran el pequeño archipiélago de las Hormigas próximo a los bajos de los Pajares, de la Testa, del Piles, del Mosquito y el de Dentro, que forman una peligrosa área para la navegación, pero también una de las reservas marinas más bellas del Mediterráneo. En sus fondos yacen pecios como el Sirio, el Minerva, el Nord América y muchos otros.



Era en el ocaso vesperal, cuando la belleza del mar, quedaba eclipsada por la beldad del cielo aloque, con sus nubes arreboladas y purpúreas. La anochecida avanzaba sublime con sus tonalidades bermejas, cárdenas y sanguíneas, contagiando su atractivo a un paisaje tinturado por la enardecida rubescencia y la clandestinidad de las sombras.



Las serenas rachas de viento acariciaban con lenidad el atardecer. Las olas con su consecutivo tráfago besaban infinitamente la orilla del arenal. El nimio susurro de sus rompientes musicalizaba el crepúsculo. Sus espumas nacáreas arribaban a la arena formando efímeras áreas lobuladas. Estelas fugaces, albugíneas y ebúrneas que con la resaca retornaban a su propio origen, al mar, a la infinitud, a la profundidad, a la inmensidad, donde cada ínfima gota articula el bello Mediterráneo.



Así, el sol con su disco anaranjado desaparecía del hemisferio visible, ocultándose con premiosidad dejando paso a la obscura noche.



Las estrellas en lo alto de un cielo denegrido y negral refulgían con mayestática intensidad. Las constelaciones eran visibles con suma facilidad, bastaba crear trazos imaginarios sobre la esfera celeste para advertir la Osa Mayor con sus siete estrellas principales, en un espacio ausente de luminosidad, azabache, fuliginoso y nocturno. Las leyendas sobre algunas constelaciones son igual de primorosas que los astros, así la referida a la Osa Mayor dice que Calisto, ninfa del bosque, era madre de Arcas, reina de la feliz Arcadia (región de Grecia en el Peloponeso). Juno, esposa de Júpiter, celosa de la belleza de Calisto la convierte en una osa. Arcas, en una cacería, la encuentra, prepara sus flechas, pero, sin saberlo, va a matar a su propia madre. Júpiter, para evitarlo, transforma a Arcas en una osa más pequeña y a ambas las coloca en el cielo para siempre.



Al amanecer, la silenciosa luz del sol inundaba con su fulgor todo cuanto estaba a su alcance. El mar Menor, abiertamente mostraba su laguna apaisada, su mar de cristal, pleno de fulgurantes destellos. Sus titilantes movimientos de continuo vaivén deslumbraban cegadoramente las retinas. En la cercana lontananza, las siluetas cónicas de los extintos cráteres volcánicos de la Isla del Barón, sobresalían de la enrasada superficie marina (...)

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