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SARA

Raimundo Escribano

España



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No es verdad, como dice Raúl del Pozo, que todas las diosas nacieron de las olas. Algunas nacen entre los trigos.

Aquel día de marzo se abrieron para ti las primeras puertas de la primavera y los cielos azules de Criptana para que pudieras contemplar lo que el poeta Cabañero bautizó "el anchurón cósmico" de la llanura manchega.

Yo, Sara, te debía este recuerdo que, volcado en un par de folios, es lo más parecido a una resurrección en la memoria. Y mi recuerdo aquí se hace verdad: lo que siente el corazón dice la letra.

Has sido, como dirían los viejos de nuestro pueblo "guapa de nación"; tu belleza era perfecta con tu piel blanca y tus ojos chispeantes, siempre alegres.

Fuiste alumbrada en una familia de labradores de esos que alguien definió como "de media anqueta", de esos que miran constantemente al cielo por si un mal viento solano siega a traición las espigas y las esperanzas de todo un año; un labrador como tantos del lugar, que saben cargar con su vida y su "aura mediocritas", ni envidiosos ni envidiados.

Por entonces yo pasaba frente al número dieciocho de General Peñaranda sin sospechar que allí había amanecido "la chica de Duerme", que un día iba a ser la musa de tantos sueños, la diosa de tantos encantamientos.

Fue en 1944 con motivo del estreno en nuestra villa de "Empezó en boda". Había unos postes y un gran telón en el centro de la plaza, cuyas ventanas estaban atestadas de cabezas curiosas. Cada espectador arrastró su propio asiento y desde ambos lados de la improvisada pantalla fuimos testigos de la peripecia de una pareja de aquel tiempo. Film a lo largo de cuyo rodaje y según propia confesión aprendiste a besar en los labios de Fernando Fernán Gómez; aunque seguramente aquellos fueron unos besos neumáticos, llenos de aire, por más que los magnificara la pantalla.

Trajo consigo ese estreno una de tus primeras actuaciones en vivo y en directo sobre el escenario del viejo teatro Cervantes. Tu cuerpo ya tenía música por entonces y tu voz era dulce cuando desgranabas aquel "yo te diré/ por qué mi canción ... " de la habanera -o bolero, según- que había compuesto para "Los últimos de Filipinas" un tal J. Halpern, con letra de Enrique Llovet; acto en el que estuviste acompañada a la guitarra por un conocido músico de la localidad.

En la rueda del tiempo giraba el año 1950 cuando diste el gran salto a las Américas llegando a compartir focos durante casi un lustro con primerísimas figuras del cine universal. Luego, después de interpretar a tus personajes -fuiste Filis, Violante, Julieta y Laura, todas en una y todas una- te saltaste el guión para interpretarte a ti misma. Y es que el personaje siempre está en el filo del guión.

Y fue un atardecer de invierno -1954- que te visité, con otros paisanos, en vuestra casa familiar de la calle Convento. El frío se te había metido en los huesos pese a la toquilla con que te abrigabas y el amor de una lumbre de cepas y sarmientos. Acababas de recibir una larga carta -cuatro o cinco folios de letra grande y clara­- del mismísimo Gary Cooper y casi a diario recibías noticias de los primeros astros del séptimo arte. También de políticos y de escritores.

Tus viajes por todo el mundo no obviaron en ningún momento tu criptanía, que ejerciste, orgullosa, toda tu vida. Aprendiste a hacer las gachas manchegas con el tueste exacto de la harina de titos y no te importaba detener tu coche en plena carretera y parar a cualquier camionero que en la trasera de su vehículo llevara grabado el nombre de Campo de Criptana. Preguntabas por las gentes y las cosas del pueblo porque te gustaba estar al corriente de cuanto ocurría en la villa de los molinos.

Una de las últimas ocasiones en que echamos una cascaílla fue cuando la visita de los Príncipes de España. Llevabas ese vestido-túnica blanco, calado, que hemos visto luego en reportajes y revistas. En el momento de cumplimentar a los Príncipes tenías encendido tu famoso puro (la prohibición aún no se había generalizado) y no sabiendo por un instante qué hacer con él, lo dejaste aparcado en una de las macetas que adornaban el salón municipal. Tras el rendez-vous protocolario le soltaste a doña Leticia "Yo, con tu permiso, voy a seguir fumando mi puro". "Claro, por supuesto" te contestó la princesa.

Con el pelo recogido en escobillón o dejado caer sobre la frente y unos trajes que a veces bordeaban el rigor de una censura pazguata enamoraste a las gentes de tu tiempo. Y aunque los humanos tendemos a situar nuestros sueños en el ámbito de lo arcano y misterioso, no es verdad que todas las diosas nacieran de las olas; algunas nacen simplemente rodeadas de espigas.

Raimundo Escribano

Este artículo tiene © del autor.

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