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EL COÑO DE LA REINA NINTU

César Rubio Aracil



La reina Nintu, hija de los monarcas Utukku e Inanna, ejercía su función soberana en el vasto imperio de “Coño Alegre”, comprendido entre dos territorios legendarios ya olvidados, mucho antes de que un gran avatar, Visnú, esparciese por Oriente la semilla de la sobriedad. Yo vivía por aquellos tiempos (soy una encarnación del dios Cipote) en el Creciente Fértil, gobernado por la citada Nintu. Ésta, absorbida por los deseos concupiscentes, no se conformaba con bagatelas. Amparada por su interpretación de las leyes sagradas al uso, se incautaba de ciertos camellos con fines orgiásticos. Sin embargo, odiaba a los dromedarios, tal vez por sentirse insatisfecha de contar con una sola joroba para atender las demandas de su desenfreno sexual. Posiblemente necesitase dos gibas. Una, para deleitar el Chichi; la otra, para mitigar el picor de sus hemorroides.
Un rey babilonio me confesó, en relación con Nintu: “Sentada entre las dos corcovas de los camélidos, gozaba de unos orgasmos exagerados. La atraía el placer sexual sin límites; buscaba después la manera de ser poseída por los garañones del desierto, seleccionados por ella misma con la ayuda de un nigromante. Sólo le interesaban los albinos, y, de éstos, los bien dotados. Nada de prepucios opresores ni de bálanos exiguos. Los capullos, a reventar. No en vano, sostenía con ímpetu monárquico y dudosa argumentación, las flores nos enseñan a sentir en nuestro cuerpo el empuje primaveral de la golfa creación”.
Yo, por aquellos tiempos –pues era mi deber-, me dedicaba a proporcionar a la Real Casa los atributos masculinos más ostentosos. No importaban el origen, la casta ni los privilegios de sus poseedores. Lo fundamental consistía en el tamaño de la verga y la potencia viril. Después, una vez saciada la libido soberana, Nintu premiaba a sus elegidos con dominios territoriales y respetables prebendas, estimulada por el deseo de engrandecer sus fronteras con imponentes falos y no menos portentosos dídimos. Ella ganaba las guerras por cojones.
En el fondo de su alma, Nintu era bondadosa. Nunca castigó a los pichicortos. Por el contrario, les ofrecía la posibilidad de sobredimensionar el pene con pócimas mágicas, elaboradas por los brujos del desierto. Eso sí, quien se negaba al desarrollo genital era condenado a seducir a las cabras.
En cierta ocasión, estando Nintu embarazada por un pastor (borreguero cuyo pudendo, al fallecer el ahijador, fue embalsamado y expuesto en el museo del reino), me exigió que la poseyera. Podía haberme negado a cumplir semejante imposición. Siendo yo una encarnación del dios Cipote, sólo dependía de mi amo celestial. Sin embargo, atraído por los pechos, el trascorral y, supuestamente, el altramuz de la regia dama, accedí a sus pretensiones, luego de haberle dedicado las obligadas reverencias.
Después de un baño en leche de oveja –la testosterona empeñada en cuadruplicar la envergadura de la minga-, ella abierta de piernas y yo cerrado a sutilezas, comencé a hurgar con la lengua –echa un barquillo- en el nidal del placer. La egregia señora, faraona del coño y dueña palaciega, no parecía tener en cuenta su divinal destino. Se contorsionaba, profería aullidos, graznidos y hasta gozosos ronquidos cada vez que mis penetraciones fálicas le acariciaban la vena del gusto. ¡Ay, mi faraona! - pensaba yo en los breves espacios muertos del fornicio, ambos a expensas de los novedosos, inminentes encuentros con el elixir de los cielos-,algo siniestro tienes en el sieso, capaz de mortificar mi perejila con el mayor de los placeres. El cebollino entre sus nalgas de apelmazada hechura (a intervalos, el doloroso ¡ay! hemorroidal clamando venganza), en la regia alcoba no reinaban los armónicos del alma sino, impetuoso, un variado ritmo de bemoles.
Encelada en mi raíz napiforme, manos, tetamen y lengua forzando la inverosímil crecida del poderoso bulbo, la barragana de camellos, asnos y de cualquier especie animal bien armada, concebía soflamas contra los dioses y diosas incapaces de lanzar azagayas a la virtud. Yo, en cambio, recordando mis pasos por el magdaleniense, forjaba en mi cerebro eclécticos pensamientos, concentrando en el rodrigón la fortaleza sexual de íbices, bisontes, caballos, renos y felinos, mientras decoraba el santuario de la reina con la papilla de añorados semilleros.
En un momento de calma testicular –las hormonas sexuales exigiéndome una tregua-, Nintu, a gritos, ordenó a uno de sus vasallos el traslado de su jumento preferido hasta la entrada de la alcoba real.
-Majestad, ¿acaso deseáis mi competencia con un pollino?
-Es la prueba necesaria para conocer la verdad de tu supuesto origen divino. Me extraña tu comportamiento timorato, después de sólo diez palitos entre el ocaso y el alba. Si el burro te supera antes de mediodía, prepara el ojal con esencia de timiama. Quiero, si fracasas, oler en tu culo el perfume judío capaz de inclinarme hacia una guerra santa contra los semitas.
Me sublevé. No podía permitir a nadie, fuese faraona o dignataria de los infiernos, semejante ofensa. Sin embargo, con calma ejemplar y decidido rigor, le respondí:
-Admito el examen; mas permitidme, antes de la llegada de la bestia, el intento de responder a vuestra osadía con diez penetraciones más, hasta enredar tan viperina lengua con mi celestial armadura. Y si triunfo, señora imperial de “Coño Alegre”, la ira de Cipote se encargará, a través de mi cuerpo, también receptor de la divinidad dionisíaca, de estar dándoos por el envés hasta completar vuestra momificación con esencias de timiama.
Nintu, por toda respuesta, demostró su valentía ofreciéndome la popa, ¡toma ya, celsitud!, cuyo esfínter, luego de haber sido denigrado hasta adquirir el diámetro de un orinal, quedó a expensas del asno.
Lo malo vino después. El animalito del Señor, obcecado en su tarea, no distinguía entre agujeros ovoides y redondos. Roznido tras roznido, su descomunal verga en acción, coceaba y seguía rebuznando, hasta darme caza sin atender mis súplicas. Ni Cipote ni todas las divinidades mesopotámicas pudieron impedir mi trágico final. Si todavía sigo encarnando la lujuria celeste, ya muy mermadas mis "facultades" varoniles, es por la terca condición de los burros, interesados únicamente en comer y follar.

César Rubio

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