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JEROMO

(Cuento un poco entrañable)

Raimundo Escribano

España



Jeromo fue mi amigo desde que, contando ambos siete u ocho años compartimos el mismo banco biplaza de la "cuarta" en las escuelas del Pozo Hondo de nuestro pueblo. Él se marchó de esa agrupación escolar al finalizar el curso. Yo alargué mi estancia un año más, antes de incorporarme como alumno de bachillerato al único colegio de enseñanza media que existía por entonces en la localidad. Sin embargo, durante los años que siguieron, Jeromo y yo nos veíamos casi a diario y jugábamos al fútbol junto a otros chicos del barrio.

Jeromo tenía los ojos muy negros y vivaces y en el trasfondo de esos ojos se adivinaba, casi se veía, su alma sencilla, noble y generosa, en la que nunca tuvo nido propio la malicia.

Era verano y Jeromo, como en años anteriores, se había colocado "de trillaor" en una de las llamadas casas grandes del pueblo (cientos de fanegas de tierra en explotación) y por espacio de varias semanas permanecía engarabitado en su trillo, bajo un sol cegador del que apenas se protegía con un sombrero de paja (siempre le conocí el mismo) de raídas alas.

Su mirada y su imaginación se perdían a menudo por la altura azulada del limpio cielo de su Mancha natal o por la sucesión de eras de pan trillar que le rodeaban por todas partes, bordeadas por diminutas cordilleras de rubias espigas que aguardaban el momento en que el pedernal abriría en su vientre una herida como de luz.

Con la claridad inaugural del día comenzaban los preparativos y con los primeros rayos del sol se iniciaba el interminable volteo de la era al paso cansino de la yunta de mulas.

Jeromo almorzaba (por la mañana) comía y merendaba sin apearse de la trilla. Ni siquiera descansaba en las horas de insufrible calor de la siesta. Los gañanes, los que traían las enormes galeras agigantadas por los miriñaques atestados de mies, sí se echaban un rato sobre su propio sudor a la sombra de los haces amontonados. Pero él, Jeromo, el "trillaor" seguía allí, de pie sobre la trilla, tan orgulloso y feliz como pudiera sentirse el mismísimo Ben-Hur sobre su cuadriga romana, bien sujetos los ramales, los pies un poco separados para recuperar sobre la marcha el equilibrio puesto en trance a menudo por el tirón inesperado de las mulas y cantando con su voz de adolescente (en La Mancha los chicos pobres se hacen adolescentes enseguida) la monótona cantinela que se dedicaban, entre sí, los "trillaores" vecinos:

Y por la era
lleva la mosca burrera.

Si el "trillaor" de la era del alIado se dejaba vencer por la modorra y el amo o el mayoral no lo advertían (si lo advertían ya se encargaban de despabilarle sin demasiadas contemplaciones) los chicos canturreaban, con mucho recochineo y bien fuerte, para que lo oyeran todos:

Y por la era
lleva la mosca burrera.
Ypor la "o"
el trillaor de Penalva
ya se durmió.

En los años de nuestra posguerra, años del "piojo verde" y el estraperlo, del tabaco y el azúcar racionados, el oficio de "trillaor" era la oportunidad esperada para que el chico de casa pobre, de la que acaso hasta faltaba el padre, caído en la trinchera o en cualquier despique pueblerino, pudiera ganar algunos duros con que contribuir a las necesidades de la familia. A veces al jornal, siempre escaso, se sumaba el pijuar previamente establecido según costumbre, que consistía en una pequeña parte del producto recolectado.

De un año para otro quedaba apalabrado el "trillaor" y un año y otro durante el verano, la estampa del rapaz gobernando su trilla resultaba familiar y entrañable.

Primero había que extender los haces, una vez retiradas las tomizas o soguillas con que los habían agavillado los segadores en el haza. Luego había que "dar pata"; las caballerías pasaban una y otra vez sobre la mies mullendo con sus cascos y herraduras la sobrefaz de la parva de manera que cuando por fin se uncía la trilla, ésta se deslizaba suavemente desmenuzando la espiga y triturando la paja hasta dejarla tan fina cuanto fuese menester para su aprovechamiento, mezclada con cebada o avena, como pienso para los animales de tiro.

Una vez ultimada la trilla venía el aventado. Para realizarlo había que esperar el día D y la hora H propicios. Había que aguardar a que el ábrego o el solano se desperezasen y trajesen fuerza suficiente. En los días de airea las eras del pueblo se llenaban de incontables nubecillas de polvo de las cuales llovía el esperado chaparrón del grano cereal que poco a poco se iba haciendo dorada montaña a los pies de los paleros.

Para Jeromo, sin embargo, no había horas ni días especiales. Para trillar cualquier día era bueno. Y allí seguía Jeromo, impertérrito sobre la trilla que quizá su imaginación había transformado en carroza principesca donde viajarían sus sueños de adolescente.

Hasta que un día... Un día llegó a la era un extraño monstruo metálico, arrastrado por cuatro pares de mulas escogidas entre las más jóvenes y briosas de las cuadras del amo. Aquella cosa estaba pintada de amarillo y desde lejos se hubiera podido confundir con cualquiera de las monumentales hacinas de mies que aguardaban el momento de ser desparramadas por el ruedo de la era. En letras grandes y negras había un nombre poco menos que impronunciable. Y debajo se podía leer: "Chicago USA". Junto a uno de sus costados quedó, sujeto por fuertes correas, aquel ruidoso y feo artefacto -trastor, decían los gañanes- que ya Jeromo había visto en varias ocasiones cruzar como una aparición los caminos cercanos.

Con la llegada de la gigantesca mole amarilla la placidez y tranquilidad de la era se vieron turbadas y definitivamente rotas reinando desde entonces una actividad frenética. Apenas Dios mandaba sus primeras luces, el aire se llenaba de un estruendo de motores, engranajes, cuchillas y poleas y nadie se entendía ya allí, como no fuese a gritos.

Tres gañanes alimentaban sin cesar al monstruo hambriento. Las enormes montañas de mies desaparecieron como por encanto y no daban abasto los carreros a traer nuevos haces de los pedazos recién segados, que una gran tolva digería en pocos segundos. ¡Aquella máquina era el mismo diablo! Por cada una de las troneras laterales caía una cascada de dorados granos. Y había que darse prisa en retirar los talegos abocados antes de que rebosaran.

Jeromo lloraba de rabia y de impotencia. La trilla que durante años había tripulado fue arrumbada junto al viejo carro que yacía, desvencijado y sin ruedas, en un extremo de la era. Allí, el tiempo y el sol harían caer, uno a uno, como dientes de la boca de un anciano, los afilados pedernales.

Le habían nombrado "ayudaor" no sabía de quién ni cómo y vagaba como alma en pena, de un sitio para otro, mohíno y desorientado, viendo cómo aquel artefacto daba vertiginosa cuenta de la cosecha.

Una tarde, el sol y Jeromo se fueron al mismo tiempo de la era. El primero con la promesa de volver al día siguiente con una nueva luz entredorada. El muchacho, con los ojos encendidos por la calentura y dando traspiés y vomitones.

Murió tres días más tarde, nunca se supo de qué. Insolación, dijeron unos parientes. Otros dijeron que de algo peor (¡estaba tan flaco y mal alimentado!)

Pero yo, que conocí bien a Jeromo, creo que se murió de tristeza. Tristeza de haber pasado de ser el protagonista absoluto a no ser nadie en aquella era. Tristeza de saberse inútil a sus once años mal cumplidos. Y es que, a veces, el sentimiento come más que la gangrena y el pequeño corazón de Jeromo siempre fue especialmente sensible.

Casi nadie asistió a su entierro y nadie, absolutamente nadie, le echó de menos en la era.

 

P.-S.

de "EN ALGÚN LUGAR DEL CORAZÓN Y OTROS CUENTOS", Colección bibliográfica nº6 (Grupo Literario Guadiana)

Este artículo tiene © del autor.

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