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EN BRAZOS DE LA NOCHE

(Cuento un poco metafórico)

Raimundo Escribano

España



Estoy borracho, Eva. Razonablemente borracho. Esta noche sé que estoy borracho. A lo mejor, porque lo sé, es que no estoy borracho del todo. Aunque creo que sí. Podría jurarlo. Lo que ocurre es que mi borrachera de esta noche no es sólo por el alcohol que he tomado. Total unos cuantos güisquis. Largos, eso sí. Mi borrachera de esta noche es, también, de recuerdos y de palabras. Todavía estoy bajo el mazazo de tus palabras de la última tarde. Pronto hará un año que nos separamos y aún no me acostumbro a vivir como el lobo solitario que creías que soy. Ya lo ves, en realidad sólo era un niño cogido de tu mano y al soltarme de tu vida y tener que caminar a tientas durante todo este tiempo, me ha quedado el alma como tullida. Algunos llamarían a eso depresión pero el diagnóstico correcto sería, sin duda: alma tullida.
Los primeros días creí que no podría resistirlo. Me dolía la memoria (¿por qué nos duele tanto a veces la memoria?) Me dolía tu memoria y la de tantas cosas que habíamos compartido: la casa, los hijos, los sueños... Pero me dejaste solo, Eva. Solo frente a todo, frente a todos, frente a quien yo mismo era antes de que entraras en mi vida y la removieses y la pusieras patas arriba... Me dejaste solo frente a estas largas noches de hotel. Solo en este lugar sin nadie, donde al entrar dejas de ser tú para ser únicamente el número de
la habitación que ocupas. Por cierto ¿sabes cómo se llama el hotel en el que estoy ahora? Hotel Soledad ¡Qué ironía! ¿no es cierto?
A las doce cierran el bar pero yo siempre tengo en mi habitación un par de botellas que me hacen compañía durante las largas horas de insomnio. Y como reserva, las existencias del minibar de la habitación, que renuevan cada día. Aquí, en este falso hogar, es donde intento destrenzar la madeja de este vivir sin ti, de este vivir soliviantado, escribiendo a ratos y escuchando en la radio las noticias de cada hora, porque la historia del mundo puede cambiar en ese breve tiempo.
Tienes que perdonarme, Eva. Porque desde que llegué a este hotel he comenzado a beber más de la cuenta de manera habitual. Pero ¿qué querías que hiciera? No me dejaste otra salida. O yo no he sabido encontrarla. Vaciaste de golpe el saco entero de mi vida, todo lo que había dentro de ella que valía la pena y me dejaste únicamente la soledad que había en el fondo. Una soledad que me trasciende y me atenaza. Si pudieras ver la inmensa soledad que me rodea. Si vieras cuánta tristeza hay en mi vida ahora... Pero no; es mejor que no puedas verla; te horrorizarías. Y me tendrías lástima. Y yo no quiero que nadie me tenga lástima y tú menos que nadie. No lo soportaría. Mejor que no puedas verla, Eva...
La otra noche, cuando me metí en la cama, después de nuestra agria entrevista de la tarde en aquella cafetería, estuve muchas horas despierto. No me podía dormir. Creo que el alcohol y las anfetas están empezando a dañar mi cerebro. Últimamente me encuentro fatal; me irrito por cualquier cosa y, sobre todo, me
siento cansado, Eva, muy cansado. Cada vez me resulta más difícil dormirme si antes no tomo unas cuantas copas y fumo un poco de hierba, esa que tantas veces hemos compartido y hasta habíamos llegado a cultivar en varios tiestos en el balcón de nuestra vivienda. Pero lo de anoche estuvo francamente mal. Fue demasiado, lo reconozco. No podrías ni imaginar cómo puse la cama. Lo más curioso es que una vez cogido el sueño ni siquiera me sentí indispuesto; creo que debí vomitar dormido. Y lo de orinarme tampoco sé cómo fue. Únicamente recuerdo que cuando me desperté era casi de noche, otra vez. Tuve que inventar una historia rarísima para que la camarera me dejase en paz, pues se empeñaba en arreglar mi habitación. Con las toallas del baño estuve limpiando la cama y el suelo lo mejor que pude. Luego, como el mal olor persistía, derramé por la habitación un frasco entero de colonia; aunque creo que el resultado fue aún peor.
Si yo fuera uno de esos escritores malditos o simplemente un cultivador del realismo mágico tan en boga, diría que te recuerdo como se recuerda el sabor de un vino agridulce. Pero no, Eva. No eres ese vino salvatristes que al menos durante unas horas lenifica el dolor y adormece los sentimientos. Eres como una niebla o una nube. No, mejor como una sombra. Una sombra espesa y apelotonada que ciega y emborrona cada paso que doy y bloquea cada una de mis decisiones. Por eso cuando la otra tarde hablamos y me pediste perdón, a mí que ya te había perdonado, que te perdoné en el mismo instante en que me heriste, sólo supe guardar silencio. Y cuando me dijiste "¿Sabes? Estoy fatal de los nervios. Creo que voy a suicidarme",
me quedé mudo, incapaz de decir nada que pudiera aumentar la infinita derrota que ya había en tus ojos o provocar la torrentera de tus lágrimas, a punto. Me dolió verte así y lamenté las duras palabras que te había dicho al comienzo de nuestra conversación. Después, torpemente, quise darte ánimos, sin conseguirlo, hasta que, aturdido y un poco mareado me refugié en esta habitación donde acabo de escuchar, por radio, la noticia: "Hace unas horas ha sido encontrado el cuerpo sin vida de una mujer de unos treinta años, alta, de cabello oscuro y ojos verdes, cuyas iniciales son E.G. Al parecer la causa del fallecimiento ha sido una sobredosis del medicamento que le había sido recetado para la fuerte depresión que padecía desde hace casi un año..."


Destrozado, he abierto la ventana por la que ha entrado, definitivamente, la noche. La noche llena ahora la habitación por entero y siento que rodea mi cuerpo como si quisiera abrazarlo y -es curioso- reconozco ese abrazo como tuyo. Estoy sintiendo aquella misma sensación de entrega de nuestros días mejores. Es como si estuvieras aquí y me quisieras llevar contigo. Me abrazas cada vez con más fuerza. Ahora a las sombras de la noche se ha unido un viento frío que me empuja fuera de la habitación, hacia la noche exterior.
Incapaz de llorar he encendido un cigarrillo y entre humo y vapores de alcohol (creo que sí; que esta noche estoy razonablemente borracho, Eva) me he quedado pensando en nosotros, en nuestra historia. Una historia que en estos momentos tengo la sensación de que ni siquiera es real, que nunca la hemos vivido. O la hemos malvivido. Que no ha sido más que
un mal sueño o algo que hemos visto o leído en algún libro. Una historia que han vivido otros. Pero una historia en la que me has dolido, en la que me has seguido doliendo hasta el final, hasta este mismo instante en que, después de saber que has cumplido tu amenaza, me he dejado abrazar definitivamente por las sombras y he emprendido este largo viaje hacia lo desconocido, hacia la noche sin final, hacia el fondo de este abismo que no se acaba en el que siento que estoy cayendo, cayendo...

 

P.-S.

de "EN ALGÚN LUGAR DEL CORAZÓN Y OTROS CUENTOS", Colección bibliográfica nº6 (Grupo Literario Guadiana)

Este artículo tiene © del autor.

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