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A cuatro manos

Antonio Nadal Pería



El inglés y la hindú se encontraron con la española en la plaza principal de la pequeña ciudad una soleada mañana de invierno, coincidiendo en la visita a un mercadillo navideño. Hablaron durante unos minutos y el matrimonio del inglés y la hindú invitó a la española a tomar un té con pastas en su casa, situada muy cerca del lugar. Meditaremos antes del té, que es lo que nos gusta a los tres, propuso el inglés. Se conocían de acudir a un centro de meditación trascendental una vez a la semana, a veces dos días. La española aceptó encantada, estaba recién divorciada y le gustaba tratar con gente, distraerse, olvidar su reciente fracaso matrimonial. La casa constaba de dos pisos, se la mostraron habitación por habitación, en el superior había una habitación exclusivamente dedicada a la meditación, con figuras de diosas orientales, la fotografía de una gurú india sobre una especie de altar, alfombras cubriendo todo el suelo, velas e incienso. Se sentaron con las piernas dobladas y las manos abiertas hacia arriba después de colocar un disco de música relajante en un aparato. El inglés dirigió la meditación, los tres permanecieron con los ojos cerrados y se llevaron la mano izquierda a distintas partes del cuerpo pronunciando distintos mantras. Después se dirigieron a una habitación a manera de recibidor. La hindú sirvió el té y las pastas. La española les recordó que había visto una camilla de masaje en una de las habitaciones más pequeñas. Nos damos masaje uno al otro a diario y a veces a un familiar o amigo. Te invitamos a darte un masaje, le dijo el inglés. Gracias, pero no hace falta que os molestéis, contestó la española. No es molestia, todo lo contrario, nos gusta, afirmó la hindú. Un masaje a cuatro manos es la mejor relajación para ti y para nosotros. De acuerdo, insistió la española.
Después del té se dirigieron a la habitación del masaje, encendió el inglés una barra de incienso, colocó un disco de música relajante en el aparato y después salió de la habitación. La hindú le indicó a la española que se quitase la ropa mientras ella extendía una sábana sobre la camilla y colocaba otra sábana doblada a los pies. ¿Me quito toda la ropa?, preguntó la española. Lo que quieras, pero el mejor masaje es el integral, indicó la hindú. La española se quitó toda la ropa excepto la braga, se tumbó boca abajo en la camilla y la hindú le cubrió con la sábana de cintura para abajo. Al poco tiempo entró el inglés en la habitación. Permanece tranquila, cierra los ojos, déjate hacer y no te preocupes de nada, le dijo a la española. La hindú le subió la sábana hasta la cintura y le masajeó lentamente las piernas. El inglés se ocupó de su espalda. El masaje transcurrió lento y agradable, cada vez más excitante para la española, las manos del matrimonio poco a poco más atrevidas conforme comprobaban su aceptación. La hindú le quitó la sábana de encima y le bajó la braga. La española sufrió un pequeño estremecimiento, pero aceptó de buen grado la incursión de las cuatro manos en sus nalgas y entre ellas. Los dedos del inglés y de la hindú penetraron suavemente en sus orificios, excitándola. Después le indicaron que se colocase boca arriba. El inglés se ocupó de sus senos, la hindú de sus piernas y después ambos coincidieron en su vientre y vagina. La hindú le separó las piernas y le chupó un momento la vagina para que las cuatro manos pudieran penetrarla fácilmente.Cuando comprobaron que la española se hallaba muy excitada, gimiendo de placer, la hindú le susurró al oído una pregunta: ¿quieres que te folle mi marido? Sí, por favor, si a ti no te molesta, contestó la española. Al contrario, me dará mucho gusto ver cómo te folla y gozáis los dos. La española separó más las piernas, el inglés se colocó sobre ella y la penetró con un gruñido de placer. Fóllala bien, querido, recomendó la hindú, y mientras él embestía dentro del cuerpo de la española, ella le acariciaba los pechos temblorosos. Acercó sus labios a los de la española y como ésta no se resistía ya a nada, la besó. Cuando el inglés eyaculó, los tres se abrazaron estrechamente sobre la camilla.

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