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DOS AÑOS

Antonio Nadal Pería

España



13 de enero, cumplo dos años de mi nueva vida, un tiempo de regalo. Creo que Dios me dio una segunda oportunidad para no dejar sola a mi mujer y para que disfrutase más tiempo de mi nieta (ahora tiene 3 años), que me conozca y me quiera. A esta hora ya hacía horas que le había dicho un cirujano a mi familia que no había nada que hacer, que me operaban, pero era necesario un milagro, que no daban esperanza alguna y que se preparase para lo peor. Perdí el conocimiento por la mañana, al poco de meterme en la ducha, víctima de una disección de aorta. Sólo me enteré de que el personal de urgencias me levantaba del suelo y me llevaba a la cama, que una médico me preguntaba si los veía y a cuántos. Desperté camino del quirófano, en el hospital, cuando mi mujer me decía que iban a operarme, que estuviese tranquilo, que me encontraba en buenas manos. Volví a despertar tres o cuatro días después, inmóvil en una especie de cama, con algo metido por la boca, frente a una pared blanca. Mi primera idea fue pensar que me hallaba en el infierno. Después, un cirujano, el que me salvó la vida junto con otros dos, tras doce horas de operación, me visitó y me dijo que moviese las piernas, luego los brazos. Lo conseguí. Lo que no puede decirle es que no podía hablar. Al poco sentí una sed torturante, una sed desconocida, y las enfermeras me dijeron que sólo me podían dar un poco de agua. A todo el personal que entraba en la habitación de cuidados intensivos le pedía un poco de agua, algunos me hacían caso, otros me ignoraban. Repetí para mis adentros la palabra "cerveza" cientos, miles de veces, para consolarme de la sed increíble que padecía. Días después, cuando me ofrecían agua, ya no la quería, ya no sentía sed. Quitarme el tubo que me entraba por la boca fue un gran alivio, pero permanecer durante una decena de días inmóvil en una cama fue otra tortura. Las visitas de la familia se limitaron a dos veces al día, por la mañana y por la tarde, media hora. Sufría alucinaciones visuales y acústicas, no me creía ingresado en una UCI sino en una casa particular que tenía un convenio con el hospital y en donde todo el día y toda la noche había una gran barullo y desorden.
En este segundo aniversario de la nueva vida he sufrido un pequeño mareo, un susto, que me ha hecho recordar que pende sobre mí una espada de Damocles, que en cualquier momento se me rompe otra vez la aorta y mi vida queda al filo de la navaja.

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