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II. PALESTINA, LA MEDIA LUNA FÉRTIL

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



Palestina, la tierra de la media luna fértil, encrucijada de culturas y de razas, en el siglo I era un mar de turbulencias.

Palestina, la tierra de la media luna fértil, encrucijada de culturas y de razas, en el siglo I era un mar de turbulencias. Había sido escenario de riñas dinásticas, luchas encarnizadas y de guerra a gran escala.

En el siglo II a. de C. se fundó de modo transitorio un reino judaico más o menos unificado, como se dice en los libros apócrifos de los Macabeos. Algo de medio siglo antes del nacimiento de Jesús, Palestina pasó a manos del ejército de Pompeyo y se convirtió en provincia romana. Pero, Roma era un imperio demasiado extenso, cuyos asuntos la absorbían de modo preocupante; no disponiendo de la tranquilidad oportuna para ejercer el gobierno directo y organizar el aparato administrativo necesario, instaló unos reyezuelos manejables en la gobernación, los herodianos, de origen árabe, y no del pueblo judío. Fue Antipater, quien ocupó el trono de Palestina en el 63 a. de C., y, al morir en el 37 a. de C., le sucedió su hijo Herodes el Grande, que gobernó hasta 4 a. de C., situación esta muy semejante a la de Francia, bajo el gobierno de Vichy entre 1940-44. Era una tierra y un pueblo conquistados, bajo el régimen de un gobierno fantoche que mantenía el poder sólo por la fuerza militar. Los judíos conservaron sus propias costumbres y su religión, pero la autoridad residía en Roma de acuerdo al derecho romano; los soldados que velaban por la observancia de las leyes eran romanos, igual que, poco tiempo después, ocurriría en Inglaterra.

El año seis de la era cristiana, los hechos se precipitaron; el territorio se escindió administrativamente en una provincia y dos tetrarquías. Herodes Antipas gobernó una y Galilea y Judea ‑la capital espiritual y secular‑ quedó sometida al gobierno directo de Roma, administrada por un procurador con residencia en Cesarea. El régimen romano era brutal y autocrático; al asumir el mando exclusivo de Judea más de tres mil rebeldes fueron crucificados sumariamente. El templo fue saqueado y mancillado. Se les asfixió con enormes impuestos. Se torturaba con frecuencia y gran cantidad de gentes se suicidaron. El temor no cesó con Poncio Pilato, que fue procurador de Judea de 26-37 d. C. Frente al relato evangélico, los testimonios indican que era un hombre cruel y corrompido, que cometió los mismos abusos y aún mayores que los de sus antecesores. Pero, más sorprendente resulta que los evangelistas no critiquen la actuación de Roma. Nadie se sentía libre y satisfecho.

A la sazón, los judíos se habían dividido en varias sectas y subsectas. La saducea, reducida y acaudalada pertenecía a los terratenientes que, ante la indignación de sus compatriotas, colaboraban con los romanos; los fariseos, grupo progresista que introdujo muchas reformas en el judaísmo y, pese al retrato que ofrecen de ellos los evangelistas, se opusieron con dureza, aunque pasivamente, a Roma; los esenios, secta austera, de orientación mística, cuyas enseñanzas predominaban e influían de modo más intenso de lo que se ha creído. Se movían otras sectas más pequeñas cuyas características, perdidas en la niebla del tiempo, son difíciles de determinar. Los nazaritas, secta en la que había militado Sansón siglos antes y que aún existía en tiempos de Jesús. Y los nazarenos, término que, según parece, se le aplicaba a Jesús y sus discípulos. En efecto, la versión original griega del Nuevo Testamento lo califica de «Jesús el Nazareno», que se traduce mal por «Jesús de Nazaret». «Nazareno», pues, es un vocablo específicamente sectario sin relación alguna con Nazaret.

Es preciso citar otra secta de particular relevancia. En el año 6 d. C., cuando Roma asumió el control directo de Judea, Judas de Galilea, un rabino fariseo, había reunido un grupo revolucionario de fariseos y esenios, movido, parece ser, por su gran fervor fanático. Se trata de los llamados «zelotes»; en rigor, más que una secta, era una facción activista de miembros reclutados entre los adeptos de varias sectas. En los días de la vida pública de Jesús los zelotes habían destacado ya significativamente en los asuntos palestinos. Su actuación en el trasfondo político resultó de gran importancia en el drama de Jesús. La actividad de los zelotes continuaba vigente, sin señal de agotamiento, bastante tiempo después de la crucifixión. Su ímpetu, en el 44 d. C. se había intensificado de modo que se esperaba que inevitablemente estallara alguna forma de conflicto armado; efectivamente, se entabló la batalla el 66 d. C., en la que Judea impulsó una rebelión organizada contra Roma. La lucha fue encarnizada y valerosa, pero inútil, que, en cierto modo, evoca la insurrección de Hungría en 1956. De manera, que los romanos, sólo en Cesarea, eliminaron 20.000 judíos. Las legiones romanas, en cuatro años, arrasando la ciudad y saqueando el templo, ocuparon Jerusalén. No obstante, la fortaleza de Masada, al mando de un pariente de Judas de Galilea, mantuvo su resistencia en las montañas durante tres años más. La consecuencia de ello fue, entre otras, un éxodo masivo de judíos de Tierra Santa. Sin embargo, hubo aún suficientes fuerzas para emprender otra rebelión setenta años después, hacia el 132 d. C. Por fin, el emperador Adriano, en el 135, decretó la expulsión de todos los judíos, que vivían en Judea; así, Jerusalén pasó a ser básicamente una ciudad romana y recibió el nuevo nombre de Aelia Capitolina.

La existencia del Jesús del Evangelio vino a abarcar aproximadamente treinta y cinco años de un turbulento período que se extendió unos 140; y se prolongó durante otro siglo después de morir Jesús. La situación originó los factores psicológicos y culturales que ineludiblemente acarrean las actitudes sostenidas de desafío contra el poder opresor. El principal de ellos se cifraba en la expectación y el ansia de la venida de un mesías libertador de su pueblo del grillete de la tiranía; de este modo, pues, el concepto de «mesías» se le aplicó a Jesús de forma especial y exclusiva, sólo por una contingencia histórica y semántica; los compatriotas de Jesús de ninguna manera concebían ni habrían considerado un mesías con carácter divino. En realidad, la idea en sí de un mesías divino era ilógica e impensable para el judío. El término «mesías» en griego significa «Cristo» o «Cristos», y, sea en hebreo o en griego, venía a indicar simplemente «el ungido», referido generalmente a un rey. De ahí, que David en el A. T., al recibir la unción de rey, se convierte expresamente en un «mesías» o «Cristo»; por lo mismo, los reyes subsiguientes de la casa de David van a ser designados con tal título; incluso, el sumo sacerdote, en la Judea ocupada por los romanos, era llamado el «mesías sacerdote» o el «Cristo Sacerdote».

Por el contrario, para los zelotes y para otros enemigos de Roma, este sacerdote títere no era más que un «falso mesías». Ellos consideraban «verdadero mesías» sólo al legítimo «rey perdido», el descendiente desconocido de la casa de David que había de liberar a su pueblo de la tiranía romana.

En tiempos de Jesús y después de su muerte, la proximidad de la llegada de tal mesías llegó a intensificarse de forma rayana en la locura y la histeria social. De facto, la sublevación del 66 d. C. se originó en gran medida, por la intriga y la divulgación de los zelotes en nombre de un mesías cuyo advenimiento, se creía, ya inminente. Por tanto, el vocablo «mesías» no implicaba ninguna condición divina. En sentido estricto, sólo tenía el significado de rey ungido y, para el pueblo, además de un liberador; en definitiva, una expresión con connotaciones específicamente políticas, cuestión muy distinta a la idea cristiana posterior de un «Hijo de Dios». Y este término civil y político del ámbito mundano es el que se le dio a Jesús, denominado «Jesús el Mesías», o en griego «Jesús el Cristo». Luego, andando el tiempo, se contrajo en «Jesucristo», de manera que un título meramente funcional se transformó en un nombre propio, para designar a aquel Jesús que fue crucificado.

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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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