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Marcela Predieri entrevistada por Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti

Argentina



Marcela Predieri: sus respuestas y poemas

Entre-vista en tramos-e, realizada por Rolando Revagliatti

Marcela Predieri nació el 9 de junio de 1960 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la Argentina. Desde 1991 reside en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires. Entre 1989 y 2007 publicó los poemarios “Sangre de amarras”, “Invierta un hijo”, “La pancarta”, “Los andamiajes del miedo”, “Ébano” (disponibles en www.delapalabra.com.ar). Su quehacer literario fue incluido en antologías de poesía, de poemas ilustrados, de relatos, de cuentos, de cuentos infantiles. Desde 2006 coordina libros colectivos de cuentos y poemas, tal como lo hizo con la novela experimental “Puzzle”, concebida entre once narradores. Además de integrar los equipos hacedores de diversas revistas, dirigió dos: “La Mazmorra” y “La Avispa”. Colabora en el diario “La Capital” de Mar del Plata y suele ser convocada para integrar el jurado de concursos y dictar conferencias. Desde el 2000 organiza el Café Cultural “De la Palabra” y está al frente de la Colección De la Palabra, con más de setenta títulos, muchos de los cuales ha prologado. También De la Palabra se denominan los grupos de estudio y creación literaria que fundó hace veintidós años. Entre otros, obtuvo el Premio Lobo de Mar a la Cultura 2004 en reconocimiento a su aporte a las Letras Marplatenses, otorgado por la Fundación Toledo. Fue vice-presidenta de la Sociedad Argentina de Escritores, filial Atlántica, en 1994 y 1995. Participó en festivales y congresos no sólo nacionales, sino también en Lima, Perú, 2008, abordando la temática Arte y Salud Mental; en Bucaramanga, Colombia, 2009, exponiendo sobre Identidad Literaria Argentina; en Oaxaca, México, 2010, dictando el seminario Teoría del Cuento Argentino. Desde 2001 prepara a algunos de sus talleristas egresados como coordinadores de talleres. Durante 2004, conjuntamente con la licenciada Karina Krol, impulsó el proyecto de extensión Markas, interdisciplinario –psicología y letras- y el curso de formación en la lectoescritura para bibliotecarios en la Biblioteca de Naciones Unidas. Entre 2006 y 2009 incorporó a sus actividades la propuesta Palabra Clara, para internos de la Clínica Psiquiátrica “Clara del Mar”. Su blog es http://mpredieri.blogspot.com.

1 - Me suena que el principal periódico de tu ciudad de adopción es precisamente donde colaborás. ¿Lo hacés con crítica bibliográfica, con textos literarios o artículos periodísticos? Y “La Mazmorra”, revista que no creo haber conocido: ¿merece que la evoques?{{}}

MP - Mientras estuvo Pedro Leguizamón como director del suplemento de Arte y Cultura de “La Capital”, colaboré con las reseñas bibliográficas cada semana; después eso se fue espaciando (en realidad dejaron de enviarme libros y yo aproveché para comentar aquellos que me gustaban mucho aunque me llegaran por otras vías). Por supuesto, desde entonces no he dejado de colaborar con cuentos, poemas y ensayos breves. Y “La Mazmorra”, ¡ja, ja! Sólo salió un número. Estábamos en ella todos condenados, como corresponde a cualquier revista literaria que se precie.

2 - En tanto involucrada orgánicamente con la salud mental desde tu lugar de escritora, Marcela, comparto con vos un fragmento del magnífico “Antonin Artaud, el enemigo de la sociedad” del notable poeta argentino, ya fallecido, Aldo Pellegrini. Entre ayer por la noche y hoy me lo he leído por cuarta vez (precede el volumen “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”, Editorial Argonauta, Buenos Aires, 1971): “La locura representa una ruptura total del molde que se denomina mentalidad del hombre normal, y por ello no sólo prescinde de todas las normas convencionales, sino que vive directamente en el mundo de la imaginación. De ahí el estrecho contacto de la locura con la poesía. Pero lo que el poeta se limita a volcar en el verbo, el loco lo vive integralmente.” Te cedo la posibilidad de que nos trasmitas tu reflexión.

MP - Hasta que me radiqué en Mar del Plata, de esto hace ya más de veinte años, sabía sobre este tema tanto como la mayoría, o sea muy poco, y tenía una visión absolutamente romántica sobre su relación con el arte. Uno de mis primeros trabajos acá fue la de encargarme de las reseñas bibliografías para el diario “La Capital”. Me hacían llegar entre ocho y diez libros por mes para leer y comentar. Una tarde, entre ellos llegaron tres de un poeta local a quien no conocía ni había sentido antes nombrar. Los leí y cosa extraña –ya que en estos casos debía elegir sólo uno-, en lugar de hacer la reseña solicité encarar una nota sobre el conjunto. ¡Tanto me habían impactado! Se trataba de tres poemarios de Jorge Lemoine escritos a finales de los ‘80. Para la misma época, allá por los ‘90, conocí al poeta René Villar. Fascinada como buena poeta treintañera con Artaud, me encontraba de pronto con que Mar del Plata tenía sus propios Artaud, pero era casi imposible dialogar con ellos, trabajar y hasta a veces, tratar… Sin embargo, esos “locos” tenían dosis de talento admirables. No sabía qué hacer, así que me obsesioné con el tema de arte y salud mental. Leí, estudié, hice seminarios, trabajé –durante diez años- en La Rada, un centro de arte y salud, donde recibía, además de gente que quería pulir o desarrollar su estilo en mis talleres literarios, a personas con padecimiento mental, adictos y alcohólicos en recuperación, la mayoría de las veces derivados por sus psicólogos o psiquiatras. Tiempo después coordiné junto con la licenciada Karina Krol, el taller interdisciplinario Markas, para personas con angustias y depresiones leves, y más tarde el taller Palabra Clara en la clínica psiquiátrica Clara del Mar, donde trabajé casi tres años. Quienes eran dados de alta asistían luego a los talleres (sin que nadie supiera de sus patologías), a veces con AT -acompañantes terapéuticos que se hacían pasar por alumnos-, y encontraban en De la Palabra un lugar donde eran considerados como escritores y no como pacientes. ¿Por qué lo hice? Porque creo en el poder sanador del arte. Recuerdo el caso de un paciente que vivía enfrascado en sus cuadernos, a tal punto que había creado un idioma propio que incorporaba a sus trabajos; en general, a casi ninguno de los talleristas internados les interesaba comunicarse con el otro, pero éste era un caso extremo. No obstante, a los pocos meses de asistir al grupo empezó a poner entre paréntesis la traducción de esas frases en su extraño idioma y, al año, lo había dejado de lado. Sí, el arte sana, no la patología, pero sí el alma, el dolor y el aislamiento con que conviven quienes la padecen. Por eso trabajamos en La Rada con la emisora La Colifata en una jornada de tres días a principios del 2000, y tiempo después ese mismo proyecto radial lo encaramos junto a los chicos de radio La Azotea, para que se trasmitiera desde la clínica Clara del Mar para toda la ciudad. Los llevábamos al Café “De la Palabra” cada mes, con el enorme esfuerzo de acompañantes terapéuticos y psicólogos (a razón de uno cada cuatro pacientes), quienes hacían este trabajo en forma voluntaria en grupos de a veinte o treinta. No eran presentados como pacientes sino como talleristas o poetas invitados. Algunos, lo sé, se preguntaban: “de dónde saca Marcela a toda esa gente” o cuchicheaban acerca del ambiente enrarecido del bar… y dejaron de acompañarnos. Por la misma razón los publicamos en “La Avispa”, porque los internos en clínicas psiquiátricas siguen estando excluidos, hoy como siglos atrás, y hay entre ellos muchos artistas que necesitan y merecen ser escuchados. La creación artística les da esa posibilidad. Vos citás: “lo que el poeta se limita a volcar en el verbo, el loco lo vive integralmente.” Fijate en esto: es también el caso de Jacobo Fijman, y aunque él no se reconociera como enfermo mental, en su poema “Canto del Cisne” del libro “Molino Rojo”, define a la demencia en un sentido total como “El camino más alto y más desierto”. En el volumen “Conversaciones con Pichón Riviere”, de Zito Lema, Pichón dice algo que creo todos compartimos: “Es la poesía la que muestra como ningún otro medio, la débil línea entre el cielo y el infierno, la vida y la muerte, la salud y la demencia, pero no hay que olvidar lo que escribió Chesterton: ‘El loco lo pierde todo menos la razón’”.

Por eso me gustaría también hacer una breve referencia a la literatura de hoy. Es fácil ver cómo la literatura, de los ‘90 hasta hoy, describe no al individuo enfermo sino a la toda la sociedad enferma y lo hace precisamente con una escritura “enferma”. La literatura de hoy, igual que en la época de las vanguardias, mata lo consagrado, busca otra cosa. Exige otro lenguaje, uno que refleje que todo está fuera de los límites (y eso es locura), ese lenguaje es fragmentario; como escribió Diana Bellessi: “hoy se da la astillación del lenguaje porque lo que se astilla es el hombre y la sociedad”. Ambos parecen estar al borde… y, qué coincidencia, hay una patología que aparece por asociación sonoro-semántica: el border. Un borderline presenta los siguientes síntomas que, no me van a poder negar son los de nuestra sociedad toda: inestabilidad afectiva, episodios de intensa irritabilidad o ansiedad, ira y dificultades para controlarla, sentimientos de vacío, impulsividad, alteración de la autoimagen, estrés elevado. Y ahora presten atención a esto: la literatura puede también tener misión de borde… precisamente para evitar su caída. O sea que tanto la locura como la literatura se transforman en un acto de resistencia, y en algo liberador. Por último: ya no sólo a los locos o a los creadores sino a todos la realidad nos resulta insoportable; tal vez por eso aparece con increíble fuerza un nuevo arte, esta nueva literatura que como decía Camus: existe para no morir de verdad.

3 - Es a la autora de un libro cuyo título es “Invierta un hijo” a quien le transcribo un segundo fragmento del citado ensayo de Pellegrini: “El nacimiento es una sorpresa terriblemente dolorosa de la que nunca llega el hombre a reponerse. Estamos marcados a perpetuidad por la sorpresa del nacimiento. Pero además el nacimiento es un proceso que no llega a complementarse en el curso de la vida, por más prolongada que ésta sea. El hombre no acaba de nacer, y lo sorprende la muerte sin haber podido completar el nacimiento.” Te cedo la posibilidad de que nos trasmitas tu reflexión.

MP - Con esta pregunta no sé si hablar del poemario “Invierta un hijo”, que no es otra cosa que el diario de un soldado de todas las guerras, o de la novela en la que estoy trabajando ahora: “De crecer y otras muertes prematuras”. La muerte te sorprende, claro que sí. Tal vez pueda contestarte con un poema de otro libro, “Los andamiajes del miedo”, poema titulado “Dejar de Ser”: Quieta divisoria conduce a la caída / Desciendo / a inhalar hondo / mi propia gestación // Todo es silencio / y un jadeo inútil / que profundiza la asimetría de los cuerpos // Cada porción de piel construye el infinito // Los límites se expanden / como si huyeran / avergonzados / del residuo que dejan en el otro // Mueca innominada / "Salir requiere mil disfraces" . La frase encomillada es de Antonio Aliberti.
Creo que todo artista, y en especial los poetas, buscamos siempre entender las cosas, la vida en definitiva, por eso escribimos. Pensá en la palabra alumbramiento, de eso se trata nacer, pensá en dar a luz… un hijo o un poema… No hacemos otra cosa que intentar poner las cosas en claro. Y no sale. Eso no hace que deje de intentarlo, aunque sea vanidad, como dice Eclesiastés: correr tras el viento. Tal vez por eso tenga otro poema que hace intertexto con eso; tiene como título “Correr antes de la muerte”, porque no quiero vivir un abecedario incapaz de pronunciar mi nombre. Hay quienes dicen que hay más tiempo que vida. A mí no me asustaría tener menos tiempo si la intensidad de lo vivido lo hubiese ya colmado, pero me queda mucho por vivir todavía. Eso es descuido: creer que tenemos todo el tiempo del mundo.

4 - Ha sido en el marco del Café Literario “Último Infierno”, cuando en un reducto porteño, en 2005, dentro de un segmento que yo conducía te presenté, Marcela, leíste tus poemas, te formulé un par de inquietudes, y destaqué la evolución que hasta entonces había ido sosteniendo la Revista Cultural “La Avispa”. Estamos ahora ante otro público, mucho más amplio y anónimo: no tenemos delante, como en aquel acogedor bar próximo al centro intelectual de la Capital Federal, a nuestros amigos, o conocidos, o desconocidos, en contacto directo: ante estos otros destinatarios, ¿nos contás cuál es la historia de tu Revista, por qué se estableció una primera etapa y comenzó una segunda, con qué vaivenes e innovaciones se sigue manteniendo, a qué apuntó al principio y cómo fue modificándose? Entiendo que en la actualidad la dirige Gustavo Olaiz y el último número ha sido el 56, el año pasado, y en soporte digital: ¿es así?

MP - “La Avispa” nació el 13 de junio −día del escritor− de 2000, con el nº 0 como un pliego de encuentro que ofrecía a grupos, instituciones y autores independientes la posibilidad de funcionar como lazo que los contactara de alguna manera (para esa época yo había contabilizado unos veinte grupos que se caracterizaban por organizar sus actos siempre el mismo día y a la misma hora, ja ja). Los invitamos entonces a acercarnos textos, para hacer difusión sobre todo de nuevos autores, gacetillas para que dejaran de superponer actividades, y les ofrecimos una página institucional; nosotros publicaríamos 1000 ejemplares de distribución gratuita. La sorpresa fue enorme: las entidades nos enviaban textos del presidente o del vice, edad promedio 83; las actividades seguían superponiéndose, para que llegaran a tiempo a la fecha de cierre con sus páginas había que correrlos o hacer diez llamados telefónicos… pero los autores independientes y jóvenes enviaban cada vez más material. Como repartíamos la revista (en formato diario con cuatro pliegos ya) en bares, salas de espera y centros culturales, la gente empezó a pasarla de mano en mano y como los miembros del staff solíamos y solemos viajar bastante a encuentros o congresos literarios, en poco tiempo se conoció afuera de Mar del Plata. Entonces la echamos a volar. O dicho de otra manera, dijimos basta de hacer beneficencia con instituciones que no quieren abrirse; nosotros sí queremos. Cuando pensamos el nombre no fue el insecto lo que nos sedujo sino la imagen del avispero: apenas sujeto por arriba y una gran boca hacia abajo que crece y crece; había que volver a eso: yo la dirigía, un grupo pequeño trabajaba en ella y estábamos abiertos a recibir autores nuevos de todas las estéticas. Así “La Avispa” empezó a crecer y a crecer; pasamos del formato diario o pliego al cuadernillo 14 x 20, si mal no recuerdo, en el nº 17, que fue cuando apareció también la versión digital y se fundaron nuevas secciones no literarias. Hoy tiene colaboradores de casi todas las provincias argentinas y también de España y Latinoamérica (he viajado para presentarla a Chile, Colombia, Uruguay, México y Cuba); hay muchos escritores que piensan como nosotros con respecto a los lazos, la apertura, el trabajo en red. Y no sólo escritores; por eso además de literatura −cuentos, poemas, ensayos y reseñas bibliográficas− la revista tiene secciones sobre cine, teatro, plástica, música, humor y dos que quiero particularmente: la infantil y la de opinión: “dar la cara”. Estuve a cargo de la dirección hasta el nº 55 a fin del 2012, ahora lo hace Gustavo Olaiz, desde Mar del Plata; la vice-dirección está a cargo de Cristina Mendiry, en Buenos Aires; yo sigo trabajando, claro; el haber dejado el cargo me da tiempo y permiso para publicar en ella, cosa que antes no hacía (demasiado ocupada recibiendo, corrigiendo o seleccionando material, ja ja).

5 - Y la treintañera, a la que había visto una vez, un sábado por la tarde, como invitada, en un grupo de reflexión sobre la escritura al que yo concurría regularmente, ahí nomás, poco después, se radica en la urbe turística más importante (donde en 2005 se celebró la oxigenante IV Cumbre de las Américas) y la ciudad costera más poblada de la Argentina. ¿Cómo fue aquel desplazamiento? ¿Qué te decidió, Marcela, a cambiar tu radicación? Sé que sos ingeniera naval: ¿llegaste a ejercer? ¿Y cuál había sido el diseño de tu vida hasta entonces?...

MP - Cuenta mi madre que me trajo a veranear por primera vez a Mar del Plata cuando tenía apenas meses; desde entonces vinimos cada verano. Tenía once años cuando mis padres compraron un departamento, eso extendió mis estadías en la ciudad; veníamos apenas terminadas las clases −30 de noviembre en aquella época sin paros de maestros− y regresábamos el día anterior al inicio del ciclo −¡5 de marzo!, estaba prohibido llevarse materias, no convenía tampoco−. Ya adolescente empezaron las escapadas de fin de semana y, en la época de facultad, ya que la mencionás, nada impedía continuar con la playa. Debo haber estudiado media carrera en el espigón de la ya desaparecida Playa de los Ingleses o en las rocas de Playa Chica (había que buscar lugares sin ruido, alejados del tumulto). Me casé muy joven con un marino mercante que también amaba esta ciudad, soñábamos con “algún día venir a vivir a Mardel”, así que una vez recibida comenzamos a pasar sus licencias acá, o sea casi seis meses al año en forma alternada. Luego vinieron mis dos hijos −los criamos tan nómades como nosotros−, pero cuando la mayor estaba por comenzar la primaria tuvimos que fijar un lugar de residencia definitivo. Sin lugar a dudas ese lugar era Mar del Plata.
Con respecto a mi profesión: ya radicada acá y sin familiares que me cubrieran las horas de trabajo en astillero (nunca quise dejar a mis hijos en otras manos), ni siquiera intenté salir a buscar trabajo −ya lo haría después, pensé− y abrí el primer taller literario DELAPALABRA en mi casa. Casi no había nada de eso acá, así que creció y creció y creció: seis talleres semanales, la colección de autores marplatenses del mismo nombre, el café literario, la revista, seminarios, viajes a encuentros o congresos nacionales e internacionales… Mis chicos crecieron y cuando me pregunté quién era, qué era, qué quería hacer con mi vida y me respondí, yo también crecí. Ahora considero a la ingeniería como un pecado de juventud que volvería a cometer, pero se dio así. Muchas veces me preguntan sobre este tema pero no me explayo tanto; les pregunto por ejemplo: Vos sos médico y jugás tenis… ¿Y si hubieras tenido un excelente drive? ¿Y si hubieras empezado a ganar torneos y torneos, no habrías tomado la decisión que yo tomé? Como respuesta: simplemente se ríen.

6 - Entiendo que el fallecido poeta Enrique Blanchard (1953-1999) -quien también participara como invitado un sábado por la tarde en el grupo de reflexión-, editor de tus dos primeros poemarios, ha sido alguien significativo en tu formación. ¿Nos hablarías de él? Es lamentable que el autor de “El Locutor Físico” y “Retrato de Antifaz” no tenga casi difusión en la Red (acabo de releer ese poema tuyo –“Una y Mil Veces”- a él dedicado).

MP - Toda mi formación la hice en talleres literarios. ¿Cuántos?: muchos, todos los que pude; eso es lo que hizo que esté en donde esté, que pueda compartir en los talleres lo que aprendí: todas las escuelas, todas las tendencias y estilos, muchas maneras de coordinar; hubo una época en la que hacía tres por semana. Hasta que di con otro… parnasiano lo voy a llamar, o mallarmeliano, y todo lo que significó el movimiento nuevo-milenista, o como lo denominan algunos, malditismo rioplatense. Sí, Blanchard fue decisivo en mi carrera literaria, un verdadero impacto. Un tipo trabajador, generoso y obsesivo en todo −eso quiere decir no sólo corrección de estilo sino también en lo que él llamaba la formación responsable del escritor de la modernidad−, siempre nos trató no como discípulos sino como escritores −lo que intento ahora yo hacer en los grupos DELAPALABRA-. No sé si no está difundido en internet, en realidad hay grupos en Facebook y la gente que estuvo a su lado se sigue reuniendo, escribiendo y promoviendo su obra; yo soy una de ellas.

7 - Tu función en “Puzzle” amerita que nos describas la novela, des a conocer a sus autores y nos trasmitas cómo fue concebida y gestada.

MP – “Puzzle” fue publicada como novela experimental en 2004¬ −un juego para nosotros: once narradores que nos integramos en un seudónimo, Armand Piece- luego se habló de novela sinfónica, una denominación demasiado rimbombante. Armand Piece es en realidad el seudónimo utilizado por un grupo de once narradores de Mar del Plata y Miramar para configurar esta novela experimental: Mónica Aramendi, Vilma Brugueras, Élida Correia, Edith Ruz de Colombo, Alejandro Gómez, Verónica González, Nancy Lucotti, Paula Marrafini, Guillermina Sánchez Magariños, Juan Mauricio Torres y yo. Surgió como desafío después de haber analizado y discutido la conferencia "Qué es un autor", presentada por Michel Foucault a la Sociedad Francesa de Filosofía en 1969. En dicha conferencia se partía de una formulación de Beckett: "Qué importa quién habla" y por qué la presencia o desaparición del autor se había convertido en tema dominante para la crítica. "La obra que tenía el deber de traer la inmortalidad -afirmaba Foucault- recibe ahora el derecho de matar, de ser asesina de su autor". Nos gustó la idea y de ella nació la propuesta: escribir una novela experimental (no con múltiples narradores sino con múltiples escritores, lo que nos conduciría por consiguiente hacia una enmarañada selva con saltos cualitativos, variadas posiciones de autor, distintos puntos de vista, desiguales tonos discursivos, secuencias contradictorias, diferentes tiempos narrativos). ¿Inmanejable? Eso parecía, pero teníamos frente a nosotros la frase de Goethe: “Cualquier cosa que puedas o sueñes hacer, empiézala”, y nos lanzamos a la aventura entre lícita y blasfema de abordarla; total no tendría reglas ni autor, de manera que tampoco habría trasgresión y por lo tanto, nunca castigo. Si como dijo Foucault: "La escritura se despliega como un juego que infaliblemente va siempre más allá de sus reglas", nosotros ya estábamos jugando, y la desaparición del nombre propio o de las marcas individuales no era en absoluto trascendente. Este sacrificio sería, para cada uno de los miembros del grupo, voluntario. Teníamos el punto de partida y no una sino once voluntades dispuestas a regir, ordenar, dar forma a los distintos personajes, adecuarlos a las situaciones creadas, y por supuesto el regreso al origen (reunión semanal, café, mate o whisky mediante) como punto de confluencia en donde las contradicciones podían discutirse y resolverse. El puzzle se fue troquelando, esto nos llevó un año y medio de trabajo, entonces descubrimos que la pregunta no es quién escribe la obra sino desde dónde se ejerce esta función. La respuesta: desde las distintas capas discursivas que conforman el cuerpo textual de la novela. Fue así como cada uno de los once escritores fue perdiendo su identidad de troquel y adaptándose a la trama que exigía la ficción, borrándose en beneficio del carácter cada vez más sólido de este rompecabezas. Es verdad, por momentos pensamos que sería imposible; tuvimos muchas páginas de descarte y días de desánimo, pero también períodos increíblemente fecundos, de trabajo tan intenso que sentíamos que literalmente se nos rompería la cabeza. En realidad la novela es bastante mala, lo maravilloso y enriquecedor fue la experiencia. Primero elegimos el género: sería un policial porque lo consideramos más fácil de tramar; después cada uno de los autores (menos yo que oficiaría de comodín o DT) eligió un personaje que escribiría en primera persona. Nos reuniríamos una vez a la semana, el orden de lectura sería el de llegada y eso condicionaba el argumento, los restantes debían ajustarse a los cambios y elementos introducidos por el anterior. Era muy gracioso, porque si te llegaban a matar en alguna de esas semanas, quedabas fuera del proyecto (ahora en serio: igualmente se leía todo y si la segunda o tercera propuesta era mejor, se hacían los ajustes necesarios). Así la novela fue avanzando hasta ponerle el punto final. El problema fue lo que vino después: tardamos mucho en corregirla y darle su forma definitiva. Por ejemplo, se eligieron a los tres autores que tenían un tono más neutro y pasaron a fundirse para narrar en tercera persona; había incongruencias: en pagina 4 alguien vivía en Libertad y la Costa y en la página 76 iba al bar a la vuelta de su casa, en Luro y Salta… Y aunque todos los autores se esforzaron mucho por diferenciar las voces de los personajes, por último se eligió incorporar elementos de la “concreta” para ayudar al lector. Tendrías que verlo: hay un falopero tartamudo que tiene lagunas; desde lo visual sus páginas no tienen puntuación sino espacios más largos o más cortos o nolostiene en absoluto. El policía escribe en Courier New, las cartas están en manuscrita… ¿Me explico? Por último, como coordinadora del grupo hice ajustes, escribí rellenos, incorporé nexos, barajé capítulos… La presentación fue en un teatro. Cada uno vestido de su personaje e interpretándolo; a mí me tocó algo así como un mago fantasma que se metía por aquí y por allá, varita mágica en mano. Pero te decía lo de la experiencia: todos crecimos. Era necesario tirar por tierra el ego del escritor y escribir casi desde el anonimato. Acá lo importante era la obra. Si bien al final explico quiénes participaron, en ningún lugar dice Fulano escribió esta parte, Zutano esta otra, o yo aquella de más allá. Eso es humildad. O una verdadera locura.

Marcela Predieri selecciona para esta entrevista, en febrero de 2014, seis poemas de su autoría:

Faltan Los Barcos

Es necesario invadir sus secretos
las horas de agua que se trepan
fértiles de anclas y arena hasta el nido de la noche
las bocas de esos hombres que ofrecen la pleamar
y se abrazan a los puertos

Sin rastros
se pierden los nombres de las mujeres del bar
como las estelas tras la rompiente irremediable
y sus bocas de rouge
arrancadas con el revés de las manos
o la memoria

Porque ellas saben guardar entre billetes su saliva
bautizan con champagne la pieza que debe de mañana
mantener las ventanas abiertas
mientras se dejan inspeccionar por el sol
y cuadrillas de viento descarnan de los techos
el jadeo de los clientes

No hay en ellas rencor ni caricias
Tras haber deshabitado la noche
beben café despacio
cepillan sus dientes y los cabellos enmarañados
porque la pena no es pena mientras entre sus muslos
esté caliente aun el recuerdo de la paga

Tal vez alguna novata llore
Aprenderá
-dice la mujer con arrugas en las sienes-
el segundo o el cuarto ya no importan
y la besará en la boca
como una madre

Al costado de la cortina
la rubia joven se depila una pierna
se arranca uno a uno los marineros de esa tarde
y es tan bello verla apareada al sol
con sus ojos de sueño de mediodía
aunque cargue olor a vino
un mal recuerdo que dormirá hasta que el sol
caiga exhausto detrás del horizonte
Entonces arqueará las cejas y recortará sus labios
será otra vez yegua ensillada
un portaligas rojo o un corsette para su alma
quizá dulzura de mentira y de duraznos
como de duraznos los ojos
y el latir de su cuello ebrio de sábanas

En ella me encuentro
hoy a solas
para beber su soledad

Está calzando anillos en los dedos de los pies
Yo me visto de luto
Acaso por el miedo

(de “Ébano”)

*

Repensado

Ahí está Eva
hueca del aliento
de la deidad

Ante su muerta nonata
el hombre acaricia
harto
sus ojos
zarcillos de la desnudez

Viendo tender a su Hijo los brazos
en cruz llora el Fiel
su omnisapiencia

Lo cercano ha pasado en el futuro

Sin pudor de tempestades
la parra hincha sus pulmones
y Eva se levanta

Un río de manzanas
desterradas para siempre
bautiza de semen
la sangre de sus muslos

(de “La pancarta”)

*

Soy gemelo a mí mismo en otra muerte
Puedo ser un salto al infinito vacío de tus ojos
o un pájaro lleno de silencios
Estoy desfigurado de mi ser
Hoy el cuervo acelera los retornos
y sólo la noche
hembra madre del destierro
puede devolverme al seno del cansancio

Yo que fui espejo en los ojos de aquellas madres
que recibían a sus muertos
vi bajar de los trenes
en guirnaldas
aquellos cuerpos enhebrados
Ya no asustaba a las vecinas
que en los ataúdes sembraran crisantemos
Era setiembre en casa de mi padre
cuando las mujeres cargaron sus semillas

Recuerda
He enterrado
esa desesperación incesante de volver sin mí
Mírame
Yo sabía del aroma a azahar en los naranjos
y he visto el rostro de Dios llorando sangre
Dame Señor un poco de tus náuseas
un poco de tu llanto
o tu vergüenza
Estoy en cópula con las llaves del infierno
hay una bestia en mí
insaciable de coágulos y exilios
Pero el tiempo cauteriza el hedor de la carne
No sé si pueda recordar

Ante un sol verdugo
afiebrado de sentencias
la guerra zurce prolija nuestras llagas

(Fragmento adaptado de “Invierta un hijo”)

*

La Viuda Negra

Mis amantes saben que para escribir
me hace falta su ausencia
Por eso se conjuran en aquelarre
solícitos me dejan sola
por piedad
y desde el rincón de las sombras
como un voyeur
me espían

Murmuran:
Marcela está creando
se muere

pero les gusta cómo escribo
y consienten
que acabe con la pena entre los muslos
sobre la cama revuelta

Ellos necesitan que escupa metáforas con olor a vino
desean mi lengua amoratada

Tal vez sea tiempo de invitar a la poesía a casa
reconocer mi necedad de araña
obstinada en bordar sólo suicidios sobre la tela
y clavarle los colmillos al recuerdo
después de la cópula

(de la Antología MAR DEL PLATA EN BOCA DE TODOS, Ed. Martín, 2011)

*

La noche de la caridad

Estoy fumando un cigarrillo
en el umbral de una casa que no es mía
mientras miro al helicóptero
que patrulla las calles a mil dólares la hora

Me pregunto si habrá visto
sin muletas
vagar a la ciudad bajo la mugre
o mis ganas de abrazar a un hombre
que no es éste
que acaba de morir de frío a mi costado

La calma aúlla
No bastan manos en rosario
para acunar locas y perros

Me descalzo el pucho y la cojera
Esta noche seré infiel

En mí
la jauría de todos los hombres
babeará revolución

(de la Antología SOBRE RIELES, Ed. Martín, 2009)

*

Desaparecido

Todavía sangra entre las baldosas
la mano del último gesto
esa historia cotidiana
de espanto y levadura
un olor quizás ajeno
a la nariz de la tarde

Mientras hombres en fardo
abotonan insignias en fiesta de tenazas
el sol recuesta su cansancio
cara al pueblo

(hay algo absurdo
en los nudillos apretados de los débiles)

Hermano intacto:
tu nombre aún late
bajo el cobijo de la ausencia

(de “Los andamiajes del miedo”)

*****

Ciudades de Mar del Plata y Buenos Aires, distantes entre sí unos 400 kilómetros, Marcela Predieri y R. R., febrero 2014.{{}}

*

www.about.me/rrevagliatti
http://www.revagliatti.com.ar/051214_predi.html

Ver en línea : www.revagliatti.com.ar

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