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Marcelino pan y vino

(cuento)

Carmen María Camacho Adarve

España



En un rincón de la huerta del convento, Marcelino juega a imitar a los frailes con los que vive desde que nació. No lejos del diminuto cementerio, con sólo tres tumbas de abultada tierra y tres cruces de madera, tiene Marcelino, como es sabido por toda la comunidad franciscana, uno de sus secretos. En la tapia de piedra que defiende la huerta, retirando algunos pedruscos, en un hueco de regular cabida Marcelino oculta sus tesoros. Ahora mismo está sacando un bulto de buen tamaño. Muy cerca, de una roca alta y con superficie plana. Deja el bulto. Un envoltorio de tela de saco, del cual va sacando; un libro grueso y viejo, un bote de lata y luego otro con cuerdas, un cabo de vela, una caja de hojalata y otra de cerillas, un mendrugo de pan duro, una navajita desvencijada con la hoja oxidada y una cuerda de color marrón. Va poniendo las cosas ordenadamente sobre la "mesa" y retira el saco, que después extiende: Tiene tres agujeros desiguales y Marcelino se lo pone, sacando por ellos la cabeza y los brazos. Es su "hábito", que ciñe a la cintura con la cuerda marrón. Le queda corto un palmo por debajo de las rodillas. Cuando tiene todo preparado, toma la caja metálica y el bote sin cuerdas y, del agujero de la tapia, saca una botella rota y vierte un poco de agua dentro del bote abre la caja e introduce en ella pequeñas piedras. Toma por último un plato desportillado y con todo ello se dirige al "altar". Lo primero que hace con la navaja es partir el pan en trozos pequeños. Le cuesta trabajo y dice: -A lo mejor era más fácil partir la piedra con el pan... Cuando ha cortado un montoncito de trozos de pan, los coloca cuidadosamente en el plato que pone junto al bote de agua. Ya está. Ahora mira a su alrededor. Hay un árbol a unos pasos del altar. Marcelino coge la caja de lata con piedras dentro y la agita con fuerza, como si se tratara de una campanilla. La agita en todas las direcciones, obteniendo un sonido especial, mientras grita: -¡A misa todo el mundo! Los conejos, el gato, algunas gallinas, reparan en el sonido ya conocido. Algún gorrión se posa en el árbol y por las rendijas de la tapia asoman sus cabezas lagartijas, erizos, sapos y grillos. Son los "fieles". Marcelino comienza santiguándose: -In nómine Patris... En el bote con cuerdas guarda hojas secas y verdes; las prende con sus cerillas y rodea el altar mientras lo inciensa con un humo espeso que le hace toser, pero le permite canturrear: -Bibilis bibilorum... Deja el bote y ocupa el lugar del sacerdote. Abre sus brazos y dice: - Dóminus vobiscum... Abre el libro gordo y lo mira. Oficia con prisa, como si temiese aburrirse pronto: -"Confitero" Deo... Amén y oremus. Kyrie, kyrie, "lesión". Gloria, más que gloria y aleluya. Cambia el librote a su derecha y se persigna malamente. Hace como que lee. Se ve el título del libro: “Ton Sawyer". -Evangelio según "san Francisco": -recita- amarás a los animalillos como a tu prójimo y no les harás perrerías los domingos..., eso es de brutos. Cierra el libro, lo besa y "predica": -Ya lo habéis oído. Es palabra de Dios. Se prohíbe comerse las uvas, picotear las ciruelas y morderse las uñas, amén. Cierra el libro y lo deja en el centro del altar. -Conque por la señal de la santa Cruz y ojo ahora, que es el Credo. Así que credo y venga credo. Abre sus brazos. -Orate "frailes" y además sécula seculorum, más sursum "gorda" y "santus y santus" y a comulgar se ha dicho. Enciende la vela. Agita su campanilla, se arrodilla, eleva el plato de pan y luego el bote de agua. Dice: -Dómine sum "un indino". Toma un trozo de pan y mientras lo roe comenta: -Joroba, qué duro. Toma el agua y la mira antes de beber. -Señor Dios, quiere mucho a mi madre, por favor, y a los frailes y a todos los bichos, a Juan y a la guardia civil... Lleva el plato con los trozos de pan hasta el al árbol y lo deja en el suelo. Baja algún gorrión, se acercan las gallinas y picotean. Cuando se acaba el pan retorna al altar y, al reparar en las tumbas de los frailes, añade: -Arrea, "me se" han olvidao los muertos... Empieza a recoger la mesa y luego dice muy alto: -¡Ite, misa "es"! Las gallinas lo miran inmóviles. Eleva la voz: -¡He dicho que ite, leñe! Las gallinas corren, asustadas.

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