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MONSEÑOR ROUCO Y EL BAILE DE LOS CRISTODÓLARES

César Rubio Aracil

España



Si tan ilustre prelado supiera que en el infierno Pedro Botero le está preparando la calefacción, el consejero del Papa haría dura penitencia para evitar en el más allá los tormentos indescriptibles de la carne y el espíritu; pero él, cardenal por la gracia de Dios y también tal vez por alguna prebenda franquista, ha preferido instalarse en un céntrico ático de Madrid, al lado de la Catedral de la Almuneda, desde donde los rigores del Averno quedan eclipsados por el impoluto manto de María. Pero yo, que me considero ateo en cuanto a cualquier dios antropomorfo se refiere, pienso que quienes están instalados en el infierno de aquí, en vida, son los niños pobres y malnutridos, que en el colegio devoran los lunes, y repiten, un plato de lentejas. Monseñor Rouco, padre superior de almas y consejero del Papa, bastante tiene con bailar al son de los cristodólares que le suministra la feligresía, y de contemplar el centro de la capital con rabia y rencor por no poderse considerar eterno.

Desde luego, parece increíble que la responsabilidad moral de tan alto jerarca eclesiástico quede reducida, cuanto más, a una simple plegaria, siempre en algún templo y en presencia de los fieles, por los sin techo, por los hambrientos, y también por quienes han sido abandonados por el Altísimo. Con el medio millón de euros que ha costado la reforma del piso donde Rouco está viviendo, se podía saciar el hambre de muchos inocentes durante bastante tiempo, al menos el suficiente para sentirse digno representante divino. Yo mismo me pregunto: ¿Puede un ser humano, y más aún siendo cardenal, vivir ostentosamente mientras miles de bocas infantiles reclaman tímidamente una comida con la que saciar su hambre? Es tremendo.

Me siento culpable por no echarme a la calle para reivindicar a gritos los derechos irrenunciables de los niños y niñas abandonados por la Iglesia y el Estado. Por la Iglesia, ya que ésta debería impulsar desde los púlpitos la sacra rebelión de los llamados hijos de Dios ante tanta miseria; del Estado, porque su primera obligación es la de avalar y defender el derecho a la nutrición, a la vivienda, a la educación, a la sanidad y, en definitiva, a la dignidad de sus ciudadanos; de todos sin excepción, sean estos nativos o foráneos.

La principal lacra de España, esa que desde siempre nos ha tenido sojuzgados, parte de los dictados religiosos. Sin la Iglesia y sus dignatarios, España, separada por los Pirineos, hubiera sido otra España, otra nación, pero los Reyes Católicos comenzaron a hundirla. ¿Cuándo despertaremos? En el momento que seamos capaces de vivir sin la sombra protectora de Dios.

César Rubio (Augustus)

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