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¿Necesita, usted, señor Mariano Rajoy, las monedas de céntimos para sobrevivir?

Mi amigo, mi amigo sin nombre, solo tiene calderilla

Carlos Reyes Lima

España



“EL DINERO MÍO TIENE ANOREXIA”.

¿Necesita, usted, señor Mariano Rajoy, las monedas de céntimos para sobrevivir?

Mi amigo, mi amigo sin nombre, solo tiene calderilla.

Adueñarse de la memoria de los amigos muertos es una intromisión en los asuntos del otro y, del más allá. Es acumular recuerdos, poner en boca del ausente, lo que el autor quiere decir como propio. Tengo licencia para ello. Mi amigo, mi amigo sin nombre me dio el permiso de recordarlo siempre, de escribir su crónica, que es la historia cotidiana de cualquiera que vive, respire, lea y vea televisión; que sufra la humedad del ambiente, el siroco, los turistas como habitantes de canarias y los despropósitos de la crisis española. En fin: un común, un olvidado, un transeúnte trasparente, un usuario de las guaguas (que paga el importe con muchas monedas de céntimos, y pide disculpas por transferir su miseria) Ese era mi amigo.

Mi amigo, mi amigo sin nombre, buscaba siempre lo más barato, lo descubría. El café, aunque mal, a precio reducido y los bocadillos otro tanto. Tenía tanta habilidad con su olfato económico que siempre lo encontrabas en los lugares más insólitos de esta ciudad. Alarga el café para leer la prensa, para ver “el parte” de la tele. Antes, en su buena época, entraba solo en los bares donde el dueño compraba el periódico EL PAÍS, ya no le importaba, leía cualquier cosa. La desinformación es la misma, las noticias parecen dictadas por algún ente. Él suponía que era Mariano Rajoy, una especie de todopoderoso, de sombra y cuerpo que estaba en todo y en nada, pero reflexionaba: “Mariano no tiene tiempo, no es Dios”, dudaba, “algunas veces hace milagros y aparece en el plasma. Nada más”

Así se le iba la vida a mi amigo, contando todo de a pasito, como un enfermo terminal.
También escuchaba las conversaciones de la calle. Del bar, de la plaza. Un día, en la guagua, escucho a una mujer que decía, en una conversación telefónica: “esta cree que se gobierna sola”. Pensó, que ganas de decírselo a Rajoy, reflexiono, esa frase es la representación del dictador que todos llevamos dentro. No, se lo dijo al Rajoy interior. Le bloqueo su pensamiento, por si acaso Rajoy descubría algunos matices de su personalidad.

Las monedas sueltas en su bolsillo, monedas de 5, 2, 1 céntimo, con historia, con un pasado de indiferencia. Buscadas meticulosamente por los rincones de la casa, en la ropa sin lavar, en el filtro de la lavadora. Monedas sueltas que nadie quiere, que hacen más bulto que valor. Cuando el único capital, que tenía para vivir, son esos céntimos perdidos. Bienvenidos, porque alegran la mañana de los pobres. Era así de alegre mi amigo.

En su soliloquio. Le pregunto al Señor Mariano Rajoy (ese ser que ya se confundía dentro de él, su habitante único) ¿Usted, Señor Mariano Rajoy necesita la calderilla para vivir? ¿Necesita las monedas de céntimos que acumula en sus cajones, en su despacho, en algún recipiente, inútil con bolígrafos? Él suponía que no. En su oficina entran billetes, suma de muchos céntimos, muchas “perras gordas”. Que para la cantidad de dinero que Mariano recibe, sigue siendo gordas, pero para los demás, y gracias al señor presidente, tienen anorexia, decía. Declaraba sin miedo “EL DINERO MÍO TIENE ANOREXIA”. El Señor Rajoy dimensiono lo pequeño, para agrandar el hambre. Vivir de los céntimos, de monedas de cobre, de milímetros de felicidad, no es vivir, es pedir limosna. Es vivir de la caridad del dinero.
Él suponía, que el señor Rajoy, también pedía céntimos a nuestros vecinos, mendigaba y cumplía con el mercado, concluía: ¡Así nos va! Pobres y sin dignidad, señor Rajoy. Usted ha hecho posible los milagros, el milagro de multiplicar la desigualdad, de cambiar la sociología española: el dinero liviano se lo quedan ellos y usted, las tarjetas. El dinero que hace bulto, nos la quedamos el resto para sobrevivir. Una cuestión de balance y de malnutrición, concluía mi amigo, mi amigo sin nombre.

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