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LA COLETA DE PABLO

César Rubio Aracil

España



Allá por los años sesenta, época en que un atisbo de libertad se abría paso en la mente juvenil, la coleta de los apaches se convirtió en referente de una sociedad ansiosa de cambio. Incluso muchas hijas de padres afortunados prefirieron la flor a la peineta y la libre sexualidad al sometimiento religioso. Fue después de una terrible guerra que asoló el mundo cuando un brusco despertar en la conciencia humana puso en jaque a la dirigencia mundial sujeta al poder por vínculos egoístas, los que todavía hoy perduran con el apoyo del miedo. Sin embargo, pese a estar pasada de moda, la coleta apache evoca un momento histórico de triste recuerdo. No porque la memoria quiera cambiar de signo pretéritas percepciones, sino por ser conscientes quienes vivimos durante suficientes años dicha experiencia brillante cuál fue el móvil de la completa destrucción sentimental: la mentira política. Nada más fácil para los manipuladores de conciencias que la introducción de la droga entre el movimiento hippy. Con el consabido apoyo religioso, los grandes financieros consiguieron una derrota que hoy está cobrando su despiadado tributo a la colectividad desheredada. Por eso tal vez, con la propia desvergüenza del neoliberalismo, la palabra clave para eclipsar el simbolismo de la coleta apache es el término estabilidad. Pare ellos esa palabra significa quietud, reposo, inacción. Es decir, sumisión al ego ajeno, a los intereses espurios, a los dictados invertidos de Dios. Dios para la eterna prosperidad de los poderosos; Dios para la remota esperanza de los pobres en el más allá. En definitiva, Dios como símbolo destructor de la coleta.

Pablo Iglesias, flamante dirigente de Podemos, no sé si por la misma o parecida causa que a mí me hace pensar en el mechón suelto, se ha dejado coleta. ¿Para qué si hoy somos pocos los que recordamos a los hippies? ¿La llevará algún día, caso de alcanzar la presidencia del gobierno de la nación? Esta duda me produce un molesto escalofrío. Desde la perspectiva de nuestro acomodo al vigente orden establecido, creo que no. ¿Alguien se imagina, pongo por caso, a Rajoy con semejante pelo? Ni a Rajoy ni a Fidel Castro, porque engalanar así la cabeza siendo responsable máximo de un gobierno sería algo parecido a desafiar a Dios.

César Rubio (Augustus)

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