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La crisis de andar por casa.

Carlos Reyes Lima

España



El apartamento aún olía a café. Mi compañero de aquellos días ya no estaba, seguro que rumiando su desempleo crónico por las calles, soy un hombre triste con las posibilidades truncadas, se llamaba a si mismo Manuel.
Fátima Amanada

Texto: Fátima Amanda

La crisis entro por la puerta de mi casa, anunciada en los programas de debates y en los telediarios. En la radio, en la televisión, en las guaguas y en las conversaciones más ingenuas, allí estaba la crisis, en mi casa no, yo no la dejaba.

Pero allí, la muy cabrona, esperándome para entrar en mi casa. llego sin anunciarse.

Todo sucedió el día que fui al médico de cabecera, en la sala de espera, fui por mis mareos espontáneos y sin razones (presentimientos, más que enfermedad crónica) Entre conversaciones perdidas, entre lamentos de enfermedades y recuentos de puntos de sutura, entre la próstata y los dolores de rodilla, allí estaba yo y los pacientes crónicos. Yo mareada y aferrada a mi mano izquierda para evitar que se transformara en un movimiento de rotación alrededor de tantas personas enfermas de verdad o de mentira, o con falta de amor y hasta trabajo. En fin.

Un viejo, no tan viejo. Con ganas de hablar se sentó a mi lado, hablaba con sentencias cerradas, con verdades aprendidas y dijo: “yo tengo familia en Venezuela, hasta muertos tengo, uno de ellos mi primo de 46 años, me dicen, murió de un infarto, eso no puede ser, en esos sitios uno muere por otra cosa”… me le quede mirándolo, él entendió mi curiosidad “por la violencia cristiana, seguro de un tiro, es la única forma de morir por esos lados”. Pensé para mí, el infarto parece ser un privilegio del primer mundo, en otras partes la muerte es por la violencia y si no es así, no es muerte normal. Menudo capullo. El viejo no tan viejo, presintió o escucho mi pensamiento; “perdone, pero yo tengo una crisis de ansiedad, mi mujer no quiere nada conmigo, eso sí me lava y me plancha, me da la comida, pero no quiere nada conmigo después de cincuenta años”

Mi turno cortó la confesión de la ansiedad. No me interesaba el final del cuento.

El apartamento aún olía a café. Mi compañero de aquellos días ya no estaba, seguro que rumiando su desempleo crónico por las calles, soy un hombre triste con las posibilidades truncadas, se llamaba a si mismo Manuel.

Dejo un libro sobre la mesa, un libro de recopilación de cuentos de Mujeres Infieles, con un cuento de Julio Cortázar, Cambio de Luces. Mi curiosidad me llevo a leerlo. Era sobre un locutor de radio novelas, que al recibir una carta de unas de sus fans comenzó a imaginar una oyente perfecta, (sentada en una silla de mimbre y triste escuchando su voz, enamorada de sus interpretaciones) se conocieron, él la imaginaba de una forma, ella lo imaginaba de otra, ella lo imaginaba con el pelo crespo; él y ella se fueron a vivir juntos; él cambio la decoración para que ella lo escuchara, compro una silla de mimbre, dispuso la luz con un toque de nostalgia, para que solo bañara su contorno; le pidió hasta que se tiñera el pelo para dibujar mejor su visión de la “mujer perfecta”. Y así paso el tiempo, la vida del actor de radio y su fans. Al final del libro subrayado con un trazo violento sobre las palabras
escritas por Cortázar “…la vi salir de un hotel, no la reconocí al reconocerla, no comprendí al comprender que salía apretando el brazo de un hombre más alto que yo, un hombre que se inclinaba un poco para besarla en la oreja, para frotar su pelo” crespo contra el pelo castaño de Luciana”

Así, sin entender mi mareo espontáneo, entro por mi casa la crisis. Y hasta hoy Manuel no tiene trabajo y yo salgo algunas tardes, de un hotel con un nuevo compañero, con trabajo y optimismo de vida. Debo de confesar: a Manuel no lo dejo porque me da lástima, con el otro no encuentro el punto que me enamore.

Lo único que sé es que mi mesa aun esta vacía. La crisis multiplica las carencias hasta en el amor.

Abril 2016

Ver en línea : La crisis de andar por casa. Texto: Fátima Amanda

Este artículo tiene © del autor.

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