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El Monstruo de UnoMismo

Albeiro Rodas



Había un monstruo al otro lado del sueño... al despertar, el monstruo seguía allí, tan despierto como el soñador.

Álvaro, el Monstruo de UnoMismo es un ser difícil de describir, pero se incrusta en los sueños de uno y ya no lo deja, incluso cuando pasan los años y uno comienza a ser viejo. ¿Te acordás del cuento que intentamos escribir a dos manos? Era un cuento fantástico, todo nuestro mundo infantil hecho personajes maravillosos, aventuras, sueños de ver mundos exóticos. Allí, en medio de una colina que da a un valle, puse al Monstruo, el cual nuestro persona, nuestro héroe, tenía que vencer con una espada y con las habilidades de Bruce Lee.

Algunos años después de ese intento de escribir nuestro cuento, el mismo que quedó perdido en alguna pieza del Barrio Doce de Octubre, me volví a encontrar al Monstruo en un sueño. Contrario al recuerdo borroso de nuestros primeros años de nubilidad, ya con 15 años pude observarlo mejor. Aún le temía, pero lo vi a los ojos. Tenía la mirada de mi tío Oscar, mucho vello por todo su cuerpo, protuberancias que le salían de cada uno de sus músculos gordos, grasosos, como raíces o como bejucos que se descolgaban por todo su cuerpo. Era alto, más alto que cualquier ser humano sobre la tierra. A pesar de tener la mirada de mi tío Oscar, quien mira siempre mal, pude resistir su mirada feroz.

Ya entonces no pensaba que pudiera estar armado con una espada o que pudiera utilizar las patadas de Bruce Lee. Algo en el fondo de mi corazón me decía que podía enfrentarlo simplemente mirándolo a los ojos, directo, como aquella vez que mire a mi tío Oscar y le grite "basta" y él se congeló, se derritió su mirada arrogante y se fue de casa.

Entonces desperté del sueño. Estaba en la pieza de la casa en donde crecí. Recuerdo que eran ya casi las 8 de la mañana y estaba retrasado para ir al colegio. Ya entonces no estaba mamá que me hiciera un desayuno. Pero me levanté con la certeza de que sabía quién era el Monstruo de UnoMismo.

Ahora, después de haber dejado mi niñez y adolescencia jugando en mi viejo barrio, me despierta. No se había ido. Sólo se puso a mis espaladas y me ha seguido todo este tiempo. Ha aprendido mis tácticas, como el otro rostro de Edward Mordrake, como su gemelo maligno.

Este artículo tiene © del autor.

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