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LOS SABIOS DEL CUCURUCHO

César Rubio Aracil

España



Hasta hace poco tiempo, cuando todavía la hoz y el martillo eran los instrumentos simbólicos del miedo, el comunismo espantaba a la mayoría de las clases populares. De esa doctrina poco o nada sabían los hombres y mujeres de a pie; pero el emblema solía electrizar el sistema neuronal de los excluidos por el Gran Poder. Pero los tiempos cambian, y hoy no son tantos los que despotrican del marxismo. Tal vez sea porque lo que tenemos, principalmente los españoles, es un ideario capitalista deshumanizado; un servilismo político vergonzoso: nuestra pobre España entregada a la M​erkel y años atrás a Bush; una mentira instalada en el mismo Parlamento que dice representar al pueblo; un deseo concupiscente que anima a políticos de vía estrecha, esos que cobran un pastón por decir sí o no según les convenga a los sabios del cucurucho. Todo eso, unido a la incultura programada desde las altas esferas para que el pueblo píe, bale o rebuzne, es lo que nos ha llevado a emplear otro término engañoso: “Populismo”. De entre todos nosotros –vuelvo a insistir-, los de a pie, pocos somos los que hayamos consultado el Diccionario, siquiera sea para saber con qué nos la quieren meter doblada ahora. Si pedimos energía eléctrica gratuita para quienes no tienen un solo euro para comer y se mueren de frío, populismo; si nos manifestamos pacíficamente para pedir aumento de jornal, después de años de brutal congelación salarial, populismo porque de donde no hay no se puede sacar. Y así un largo etcétera de terroríficas manifestaciones institucionales para advertirnos de que ser de izquierdas, pero de izquierdas fetén, es un deseo rayano en el extremismo y, por consiguiente, susceptible de ser penalizado de un modo severo, si no con cárcel sí tildando de “antisistema” a quien ose decir mu. Yo soy un elemento antisistema, no porque me dedique a incendiar coches y a destrozar escaparates, sino porque considero injusto, vil y bochornoso que una sola persona pueda poseer un patrimonio de setenta mil millones de euros. Y soy populista, no porque ansíe lo imposible, sino porque demando, para mí y para los que padecen aún más que yo, aquello que merecemos y que nos niegan sistematícamente los sabios del cucurrucho.

augustus

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