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EL PRECIO DE LA VERDAD

César Rubio Aracil

España



Es bien sabido que la verdad absoluta no existe. Nos movemos en un espacio donde la certeza es relativa, como asimismo la consideración que tenemos del error. Sin embargo, hay situaciones tan claras sobre determinados hechos –por ejemplo, la extensión de la pobreza–, que nos obliga a estimar evidente la existencia, en determinadas y amplias zonas de África, de una insuficiente alimentación, responsable de la muerte anual de miles de seres humanos. Sin acusar a nadie, se trata de una realidad insoslayable. Dicho esto, me siento obligado a examinar mi conciencia.


En una medida de relativa magnitud, pero señalándome a mí mismo como componente de la sociedad mundial, me busco en el ámbito estrecho de mi egoísmo, para alcanzar una conclusión capaz de condenarme o eximirme de responsabilidad en relación con el sufrimiento humano y la consiguiente pérdida de vidas. Sí, me siento culpable, de acuerdo con unas exigencias anímicas que el tiempo y la praxis han configurado en mi conciencia. Es el precio de mi verdad. No obstante, cabe significar que existen axiomas políticos de invariable exactitud. Se trata del dogmatismo grosero. Ortodoxia esta incapaz de valorar el daño causado a personas honestas por no pensar como ellos o ellas. Llega a tal grado su obcecación que comprometen la estabilidad emocional de quienes sean, sin descartar a padres, hermanos o familiares allegados. ¿Qué más les da? Su verdad es tan evidente que la pueden comparar con la certeza de que al día siguiente aparecerá el sol. Aquí me detengo, porque soy consciente de que también la dignidad ofendida acarrea serios disgustos y yo necesito obrar de acuerdo con mis convicciones de todo tipo: religiosas, humanas, políticas y sociales, de manera especial para evitar palabras gruesas que podrían herir a ciertos fundamentalistas. Han sido muchos los años de sacrificio que me han traído –próximo a mi último adiós– hasta donde hoy me encuentro, rodeado de mentiras, egoísmos, insolidaridad y miseria. Eso sí, mi conciencia está limpia por haber batallado en favor de la democracia a cambio de nada.


Sigo manteniendo que España está rota, humillada, dividida y sin remedio inmediato. Que cada cual piense un poco en los demás; porque siendo notorio que no existe la certidumbre absoluta, aquellos que dirimen su responsabilidad pensando que la salvación de nuestro país está en sus manos que eleven la vista al cielo. A lo mejor allí, si es que creen en Dios como muchos de ellos aseguran, se encuentran con alguna desagradable sorpresa.


Mucho más podría decir en relación con el daño que están causando los dogmáticos. Carga que algunos llevan desde que estudiaban con la ayuda del catón; pero voy a ser prudente. Lo que no veo correcto es que escondan sus “verdades” con el fin de zafarse de algún riesgo. Allá ellos. No en vano conozco a más de uno.


César Rubio Aracil

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