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UNA ESTRELLA, ES LA MÍA!!

ESA ES MI ESTRELLA, LA QUE CADA NOCHE BRINDA SU LUZ PARA QUE MI ALMA LA REFLEJE.

Carmen Miuris Rivas Pérez

República Dominicana



Su majestad la noche, una lluvia constante que con su sonar golpea mi ventana, el chasquido de un beso imaginario, el timbre del teléfono con una voz lejana ¡Es el amor que llama!

“UNA ESTRELLA… ES LA MÍA”
Por: Miuris Rivas
La tarde languidece y el crepúsculo se viste de luces arreboladas, es el encuentro de la tarde con la noche, la conjunción del sol con las sombras, es un instante mágico, no es noche, ni día, un increíble intermedio, es un cambio donde fija la mirada en el firmamento, traspasa la retina y nos conmueve el alma.
Hace presa de mí una rara sensación, es como si una emoción me poseyera y en sus brazos volara tan alto, que todo lo demás desaparece, como un orgasmo que incontenible, estalla entre sombras, nubes y luces.
El horizonte nacarado refleja los últimos rayos de sol que antes de partir a otras latitudes, se luce en autumnal despliegue de colores. Es la despedida de la luz que da paso a la noche lentamente, cuando aún detrás de las montañas asoman sinuosos los destellos que se dibujan en la tierra simulando figuras caprichosas.
Luces y sombras parecen competir por la hegemonía del espacio y reinar en la tierra.
De pronto se impone la sombra y el cielo da paso a un desfile de luces titilantes que rompiendo la oscuridad se pinta de esplendor, es como si las nubes movieran una gigantesca alfombra y ellas como danzarinas consumadas, se mueven al compás del viento, parecen desprenderse y venir hacia mí miles de estrellas, ¡Es un espejismo! Estoy alucinada de fulgor.
Mi cuerpo cae sobre mullido césped de ilusiones y me invade un sopor, mis ojos sin parpadear se inmerzan en la bóveda oscura iluminada solo por el zigzagueante titilar de las estrellas.
Mi cuerpo permanece casi inerte, mi corazón se ha paralizado, no respiro, ¿Estaré muerta acaso? Inútil evadirme de esta lasitud que me domina. Lejos de mí, los picos de los montes, como fantasmagóricas almenas, reflejan el resplandor de diminutas estrellas que posadas sobre ellos, semejan miríadas de luciérnagas.
Llega hasta mi su olor, es un aroma etéreo, inconfundible, pero inexplicable, solo un corazón enamorado, o muy sublime lo percibe y define en sus latidos ese olor que penetra evocando encuentros, rumores de caricias, el chasquido de un beso.
En un instante, una estrella se aleja de su grupo, es una estrella fugaz, cierro los ojos y me apresuro a pedir un deseo ¡Dios! Viene hacia mí, se posa en el hueco de mis manos y me dice muy quedo, que por luengos caminos me ha buscado, que ha recogido flores en todos los senderos para darme y que de lontananza me trae una luz de esperanza y jadeante la enciende en mi alma.
Confusa, emocionada, no se que hacer, qué decir, si llorar de nostalgia, o reír de alegría; la estrella se aleja y al elevarse, va dibujando un nombre, mis ojos parpadean y mi estrella al marchar, va marcando mi ruta, yo aterida de ensueños me he quedado dormida.

Este artículo tiene © del autor.

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