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El ombligo oblongo

Rolando Revagliatti

República Argentina



El ombligo oblongo

1

Alma,
si tanto me has querido,
por qué no dejaste que también tu cuerpo
me quisiera
de vez en cuando,
una vez por mes.

2

Somos todos los mismos. Los hombres se peinan, se disfrazan. E incitan al espacio. Nosotras nos aparecemos como contingencia, médano solidario. Los hombres truecan sus fichas sinuosas: apuestan porque viene de lejos que vienen de lejos; con la implacabilidad de los insoterrados, procuran la esperanza y su verde boca: el sueño; si nadie nos desdice, somos los mismos, todos. Los hombres escancian alcoholes, se adormilan, arriman los hombros, inyectan un virus, un detrito libre y proclamado. ¿Y el hambre?... Está allí..., por allí, deglutiéndose (para revertirse). El hambre es un presentimiento. (Los soldados y las meseras de otro siglo, las ochavas y los peldaños de otro siglo, imagínense, las reinas y los ancianos de otro siglo; las violaciones y los aparatos de otro siglo, de otro siglo, las plantaciones y los mostrencos de otro siglo, los circuncisos y las apestadas de otro siglo, de otro, y desde aquel, éste es un presentimiento, un hambre.) En el andarivel los hombres y nosotras, los caballeros y la historia; en el andarivel las mujeres y la seda, y en las alcantarillas, los hombres a contraluz (y sus especias); ¿o acaso no es aquello, no viene siendo el horizonte, no vienen siendo los hombres el amanecer?...

3

Por un lado morirse, sí. Eso no se cuestiona. (Por otro, uno no se muere nada; sufre como un caballo; gesticula contra la sombra, topándose; busca alguna amiga —de esas que quedaron en amigas no se sabe por qué— como para contraponerse con la sombra —sombra, fantasma, fantasmón— de la verdadera —¿verdadera?— detentadora de los piolines —sí, piolines— unidos a los cuales uno...) Por otro lado, urdir tácticas ofensivas —contraofensivas, pero que no parezcan— de esas para las que somos tan lisamente idóneos cuando no nos dejamos interesar por la persona que —persona, no mujer con la que uno.

4

A ese ser como una casa, amé. Yo creía poco que habría como él alguien. Preveía poco su existencia. Y seguro que no allí, que no entonces. Allí era donde decidí estar, quedarme; entonces fue únicamente entonces, después nunca. Mientras, me estacionaba suave sobre el barro — ¿cuándo se dice decolar?—. Como yo lo amé cuando lo amé...

5

a) Dinamito el sistema de alarma.
b) Desafilo los cuchillos que sostienen mi carne.
c) Contrapunteo con cuerdas idiotas.
d) (...)

6

Esta chiquita tiene ganas de ponerse nerviosa. Más nerviosa. No lee ni medio. Subió alterada, con chispas. Desde que sacó el boleto, tímida, con los ojos al voleo, flaquita e inquieta no logra sosegarse, no posa casi los ojos en ese libro de texto ni en esa figura o foto, no sé, en esa ilustración. Me atrae que nos mire. Podría aceptarse que hiciera el séptimo grado, pero no, ya debe estar en la secundaria, y así, la presumo justa para emborracharla con una gota. Mira, mira, los muchachos tenemos algo, los otros —nosotros— y los de su edad. Mira corto, sin conciencia, “¿qué hace este libro en mi falda?”, lo cierra, un dedo lo inserta como señalador, “¿cuándo me va a pasar algo?”, ¿cuándo le va a pasar algo? Estos huevos pétreos en un jarrito seco sobre la hornalla van a estallar, van a restallar. La restañaría, en mi clínica de muñecas reconstituiría sus pétalos, la insertaría —toda ella como señalador— en el nomenclátor de la sensualidad, le permitiría confiar, ser alguien, confiar en ella, ser ella, acuciarme, acosarme, y de ahí en más subíme al cuerpo, en qué camilla querés, te bajo el alma, atravieso la foto del libro de texto con un alfiler misterioso, admitamos la guerra, bando contra bando, tu crecimiento me preocupa.

7

¿Sabés qué me dijo?... Que yo era, que toda yo era una anguila intensa, a quien no disuadía ni la muerte ni nada.

8

Da terror cuando hacés uso de tus potiches y se te ve, te veo, obstinadamente dándote color, manos de colores encima de tu cara, orejas, cuello, y parece varias veces que ya está, que qué más se puede, pero no, vos sabés muy bien que el párrafo sigue, agregás eufemismos, sintagmas, trazos, ripio, añadís paréntesis... Yo te sigo, atribulado, tanta escritura, interrumpí por vos, por lo que más quieras el coito con nadie, acabá, decidí que ya estás sumamente hermosa, declaráte realzada. Que venga el punto final, mirá, el consabido rebusque, yo ahora te lo escribo: punto final.

9

Cerré la puerta con cuidado, casi ni la cerré,
prendí la luz del corredor, el ascensor estaba en el piso,
bajé, llegué a la esquina,
allí me puse una pastilla en la boca, recolectaban la basura,
crucé, doblé, mi casa es cerca, seguiría durmiendo, ahora yo dormiría,
no sabía que me miraría en el espejo largo del placard, que me desvestiría frente a mí, que el strip-tease melancólico me remataría y me daría el hachazo terminal, el colofón,
y me pal-pal-paría,
y un café con la desnuda,
y ahora sí.

10

Ahora, hoy, acá, en este bar, me ocupo de mis cosas; desacrosantado me atengo, bajado de la rama, basto, limoso. Bar al que yo concurría con aquella en la que estoy pensando. ¿Y con cuántas otras asimiladas a un paisaje borroso?
Aquella en la que estoy pensando. Aquella en la que estoy pensando no alcanzó tanta historia en este bar; los mozos no la reconocían, yo estaba cansado de vivir, ella de trabajar, pero no es eso. Acaso porque es la más reciente acá (Paraguay y Suipacha). La más reciente adentro de mi bar, adentro de mi cuerpo, adentro de mis nervios; planamente, calcáreamente la evoco, sin gracia, sin calificarla. Es verdad: también camina o mira una vidriera o guía un automóvil; también algo como ella lo hace. Indefectiblemente alguien no es ella (aquella). También aspiro a que cruce por mi aliento o esquina; a que me llame, me espere, me contemple. Buenos Aires sabía mucho de ella. Digo sabía cuando sabía conmigo. Digo que surja la que estoy pensando. Aquellamente invariable que varió. Maniobró hacia el ozono, depuso la credulidad, desfascinada por un espejito corvo no se sobrepuso, me avisó que no podría con ella. Con. Ella.

11

Sí, se ve que sabe, que se regocija. Sí, sabe. Se huele que sospecha. La madre lo crió así. Lo hizo educado y ubicado. Carmen, esa putita desganada, lo extraviaba de su entorno de empanadas de dulce, lo torcía. Hice esa lectura —“Upa”— hace mucho. Lo encarajinó al bicho con ayuda de sus manos. No ciegas, no. Sí, de sus manos. Si no hubiera sido por esos dedos suyos procaces, tan de estar sobre todo lo inestable. Sí, lo vi claro. Lo tuve claro cuando la mamatreto se ocupó de las fórmulas, de los requisitos: “La hago aquí depositaria...”, “Señorita, aquí la hago depositaria...”, “Aquí la hago depositaria, señorita...” Me extendió a su hijo correctamente. Yo... austeramente parpadeé una vez. Sabía que Carmen, ésa, espiaba. La mamatreto dijo... El dijo... Yo dije: sobran las traslaciones (si simplemente nos queremos). Usted me lo cuida, se adivinaba. Yo estoy acá, ¿eh?, la otra. Y bueno, hay que sacar la cara, poner la cara, exponer la cara para recibir al sol y a la luna, para que la intemperie y el encierro se regocijen como él, mi melocotón, yo voy a ser más sabrosa que Carmen, más sensitiva, me decía, que ésa, argüía, que esa insulsa, pero... ¡Mi Dios!, nunca podré aprender a ser tan insulsa, tan... No, yo soy otra, hay que buscarme, tengo mis valores, y sin embargo nos queremos.

12

Frase: “Tu Maternidad Cabalga Sobre la Montura de la Muerte”. (Además, los chicos sólo ponen a los chicos en foco.) Te reís con toda la cara, intervenís por completo, como cuando me gusta andar por allí, completamente. Entra Tal, entra Cual. Cual: virgen y atómico. Los chicos horadan desde su estatura. Mi amor: de los yiros que te conté, una estaba embarazada, muy embarazada. Me disputaban ella y otra. Ganaron las dos. Los tres asistimos al alumbramiento. En esa misma cama de cuerpos encaramados, encaramuzados, cadena pestífera, se abrió de un respingo la enchastrada; fuimos cuatro parientes atónitos, casados al parir, hervidos y arrasados. No las besé más. Ni recibí caricias ni sepulté el sabor terrible de esos huesos en mi melancolic. Huí como un hombre. Pagué más, pagué otra vez. Ellas...: las irrestituibles. Sin golondros..., mortecinas, omisas. (Golondro: familiarmente deseo, capricho.) Entra Tal, entra Cual, sin decidir no entrar otros no entran. Aplauden, alardean. Me alarmo porque siempre me alarmo. Pensamos vos y yo cómo se llamarían nuestros hijos, sentimos que serían muy nuestros. Hoy, que no te puedo ver así, no me puedo ver así. De nuestra combinatoria todo lo soñamos: color de ojos del primero, cabello del segundo, la tercera parecida a quién no y etcéteras en un jardín en una fotografía. Empalme rápido con que estuve celoso del aire que respirarías, el enrarecimiento de fragancia obscena por el que te dejarías anidar, la otra que serías si por mí no fueras, cuan beligerante con otro macho gacho, somera con un hortera, atorranta con un lavativa, sensual con uno lindo triste, más plena que conmigo con un amigo. Se cortó la leche, la buena y la mala. Yo estaba embretado otra vez con la clepsidra. Una piojosa que se paró en medio de la calle (y llovía) subió al coche, dijo que se llamaba, que no era rica, que le agradaban las medias finas, que... ¿le permitiría posar su lascivia sobre mí?, que con denuedo dejaría que lo hiciera, espeté; las mamas truculentas y el infame al palo bochornoso; desnuda era peor, vos sos divino, divino, con una como ésa te querrán muchas. Hagamos otra bacanal y gratis, propuso la grasienta, yo antes me la corto, y chupo todavía estalagmitas, una tras otra las yirantas, y chupo todavía.

13

Estaba flojita. Flojita y zumbona. Era un buen dolor. Un dolor bueno. A vos te gustaba mi dolor. Un dolor precioso. Miraba para atrás... y sí...: yo era otra. Un riíto a los pies de la montaña, un rulo en mi frente. Empezaba a ser mía de la mejor manera. Te posesionaste de mi cintura, me quebraste y me soldaste, y más, me tiraste lejos toda, me desparramaste, y ahí supe o entreví cuánto era, y cuánto quería constatar cuánto era; y claro, ingenuamente... Te me tirabas, me besabas, había mucho tiempo, me descompaginabas. Quizá olvidé que era mi primera vez, que alguien violovió mis sueños (...), con lágrimas, con légamo, con no certeza, con no consigo (...), sin mí.

14

La gente se consuela en plena calle. Se frota. Se mima. Y hunden sus narices en solapas y pechos. Y tragan prendedores, botones, mastican amuletos, auscultan, y en plena calle se abrazan, se lamen las orejas. ¿Qué sé yo de algo?... Hicimos la calamidad.

15

Dime quién eres y te diré quién eres. Yo te creo, amor, yo confío en ti. Sé que ha de ser un duro reaprendizaje, que la descastada vacila, que en tu molinillo muelo mi fe, que sólo por guitarra canto, recambio y no muelo nada, y me cobijo, te doy a desconocer entre mis piernas, no quiero vacilar, quién sos, a vos no te conozco, hablá, hablá, disquemos, bailemos este vals, disquemos y por donde sea... ¡perimir la Muuuueeerrrte todavía!...

16

Único en el Mundo

Las minas que me vienen de otros tipos
tienen que hacer
al fin
se van
a horario
me vienen de las madres
me vienen de los hijos
de la hermana mayor
de “la muchacha”
güay de arrogarme un derecho que no tengo
güay de salpicarme con gotas de otras lluvias
las mías las produzco cuando quiero
(...)
en su cielo como trepidaciones
como rayos como huevos
como perforaciones
güay de creer que güay
güay de pensar que yo
soy
Fernet
Branca.

17

Sudé mucho y lloré. Mi viudez, aunque no suficientemente prematura, me embargaba. Me anudaba y desanudaba. Empecé por entonces; en rigor: antes. In memoriam. “Sí, soy joven como lo parezco.” Y ese velorio resfriado, ese velorio, y la enguantada conglomeración y floreada hartura, cuánto me siento, sonidos como niños de una flauta, la grupa de la potra, lo maté de un tetazo primero, de un revés, borra y racha borracha, de un aplanamiento, como una eutanasia, como una hipodérmica con polipropileno, ni atinó a refulgir su campanilla de alarma, jamás abrió tan grande la boquita de su jeta ese morfón, vos, que apenas me merodeabas te entenebrecías, seguí de largo hasta el esófago, creo. No me opondría resistencia nunca más. ¿Y a qué pariente azoté con una cala? Y fugué. Escaleras abajo del estupor generalizado me percibí aérea y aguachenta, claro...: tanta vigilancia... Y empezaban a radiarse, a ramificarse ¡¡las Hormonas de la Libertad!! Patitas yo sé muy bien para qué las quiero, doblé varias veces varias esquinas, atravesé una plaza, un desdentado gondolero me aligeró de cierto escozor o rutilancia: y me tornó hojarasca: una viga italiana el gondolero. El aire era el ahire, así se podía, mujeresmente, yo, ¡qué agradecida! ¿Qué me estaba ocurriendo otra vez?

18

Fue el lunes. Hace un montón: hoy es miércoles. Y la recuerdo con una pronunciada más que alarmante —y tengo necesidades alarmantes de alarmarme— exactitud. (¿Y cuándo tanto?... Sí, otras veces. ¿Pero... tanto?) (No me hago las preguntas desvaídamente.) Ahí estaba yo: en el asiento de cinco, contra la ventanilla opuesta a la puerta de salida, en el colectivo cincuenta y nueve, desde Belgrano al centro. Y es verdad que desde que nos vimos la asolé con sobrio regocijo. Despejé toda probable brizna, de tal suerte que sólo la deletérea desesperación me granulaba. Ella y su soltura (enloquecedora), de espaldas a las ventanillas de su lado (y del mío); y así todo el tiempo (me pongo nervioso, quiero que ustedes carguen —háganlo, por favor— nuestras firmes...): intenciones, examen, dejarse por el otro. (Estoy copado, copadísimo, ustedes no saben... Sí, también el sol en la mañana y la lluvia en la ventana; la rosa en su pecho, y sus brazos. Brazos. Ella era —era, era— una mujer para apretar.) Y el tipo a mi diestra se las picó y ella enseguidísima sorteó a una mujer y estuvo junto a mí, leía “La Opinión” —los titulares—, se bajó en el obelisco casi, y yo también, y la emprendió por Lavalle, y yo detrás, cruzamos la avenida más ancha del mundo y no caminaba despacio. Se acercó a las puertas de un cine para observar los afiches y aproximándome inquirí si uno podría conocerla. Siguió caminando y yo detrás. Se acerca a otras puertas de otro cine, la campaneo desde la vereda de enfrente y al darse vuelta me ve pero no durante sólo un instante, y esa mirada era de aquellas otras en el colectivo. Desde luego, todo volvía a ser auspicioso, recíproco, se reenhebraba el collar. Se mete en una galería comercial, yo detrás estimando desde dónde retornar, y se detiene en una vidriera. Regresa hacia Lavalle, sale, retoma hacia el bajo y yo detrás. Me acerco en el cruce con San Martín y digo algo así como que me gustaría saber si tengo chance, y ni bola, ella sigue caminando, y me hinché y furioso desaparecí y ¿qué carajo ahora el estrangulado hago yo alarmarme?...

19

No sabía chupar ni sabía meterse. Todo en él merecía quedarse afuera. Bien afuera que esté.

20

El ombligo oblongo. O. Vista apaisada del ombligo. Té canalla. Varios invitados y ninguno. Ejemplifón. Ejem solo. Casi era un chiste con él. Se hubieran, pocos, atrevido. Mientras que a nada hubiésemos llegado. (La pobre se fue con su narcisismo entre las piernas.) Desensatá tu pelo. Él resplandece con una sonrisa de pajarera. Cuando esta flor se abra... ¿Por eso me cuesta?... Tan allá no puedo con mi boca. Subida a los zapatos, sin dificultades. Las púberas pertrecheras empiezan a probar sus caras de interesantes. (Va acunado.) (La ranura genial.) Quejándote: “¡Qué esfuerzo, Dios mío, qué esfuerzo!” Y surge entonces como un anuncio, como un rastro.

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