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LOS ECOS DEL AYER

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



En los albores del novísimo día se columbraba una atmósfera apacible y serena, que cubría imperceptiblemente, las alfombradas campas sembradas de áureas espigas. La noctívaga sombra de la anochecida era mero recuerdo. Atrás, quedaba la gélida y translúcida estela de la helada crepuscular; el grave y afásico silencio que pernoctaba en los somnolientos y melados trigales; el titilar de las minúsculas lucecillas, que en la distancia se agrupaban como exiguas constelaciones, formando aislados villorrios y perdidas aldehuelas; los anchos caminos que se encogían en la nigérrima obscuridad, difuminando su trazo, serpenteante o rectilíneo, hasta convertirse en fuliginosa y azabache beodez de negritud.

Así, tras el profundo sueño nocherniego del ocaso, las frescas brisas del temprano amanecer, acariciaban con un delicado balanceo de elegante oscilación, el infinito piélago de espigadas varas de trigo. Estas caprichosamente se alabeaban y combaban, como jaldes olas, a merced de las veleidosas ráfagas, que avanzaban sobre las tierras de sembradura o pan llevar, con la libertad propia del viento que recorre un amplio y dorado mar. Pero, ¿acaso tiene límites este esplendente océano? La mirada no alcanzaba a entrever si tras el lejano horizonte, la ambarina marejada continuaba bañando los pueblos de piedra y los pueblos de barro; los verdes cuadros de praderías y los enardecidos campillones de amapolas; los ondulados alcores, que emergían como desnudas ínsulas y los recuestos, que se afondaban creando inesperadas honduras y oquedades; los caminos de guijos, terrosos y descuidados, escoltados por hierbajos y acequias desecadas y los caminos de hierro con su bruñido acero, sus lignarias traviesas y su irregular balastro.

Al mediodía, con la sofocante canícula estival en plenitud, los raseros de la llanada y los perfiles montuosos de la lejanía, parecían difuminarse en una imprecisa y borrosa nebulosa, que semejaba un mágico espejismo.

Aquel paisaje de diáfanos cielos, tan solo era quebrado por las verticales agrupaciones de nogueras.Junto a una de estas masas forestales había una vieja estación de ferrocarril, abandonada a su suerte por los años, los lustros y los siglos. Sus muros estaban semiderruidos, enmohecidos y recubiertos de una invisible y nostálgica tristeza y melancolía. Los vidrios de las ventanas estaban heridos, formando sus restos, afiladas e incisas estrellas de maltrecho cristal. Un gran reloj orbicular, aparecía con sus manecillas detenidas en las dos en punto. Desde el apaisado anden, apenas si se columbraban, los viejos railes cubiertos por la espesura glauca de la yerba, sobre ellos había unos solitarios y desvencijados vagones.

Junto a la puerta de los talleres de locomotoras, entre los claroscuros, estaba sentado un viejo de semblante amable, con la frente marcada por los paralelos y horizontales surcos de la longevidad, tenía los ojos cavernosos, hundidos y una poblada sotabarba. El anciano apoyaba sus ajadas manos sobre la metálica empuñadura de un grueso bastón albazano.

Al acercarnos a él, nos comentó que en su juventud fue el jefe de aquella estación, y que por allí pasaban trenes de largo recorrido, con pasajeros de Santiago de Compostela y Pontevedra, que se dirigían a Madrid. Su alocución vibrante, plena de recuerdos y emocionada, penetraba de forma subliminal en nuestras mentes. Paulatinamente, la magía y la fantasía de sus locuaces palabras nos invitaba fácilmente a soñar. Imaginábamos el tráfago continuo y el desfile incesante de esos periféricos trenes por aquella estación. Inesperadamente, pareció escucharse un silbido sobreagudo, que inundaba los oidos de estridencia, un continuo vibrar del terreno parecía anunciar la inminente llegada de uno de aquellos convoyes ferroviarios…

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