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MI RELIGIÓN, LA LIBERTAD

César Rubio Aracil

España



Bastante carga tengo que soportar con llevar a cuestas las imposiciones del Estado, de las que no me puedo liberar por haber nacido desnudo. Desnudo de propiedades y predestinado al suplicio de la libertad condicionada: la que me ceden, para garantizar el orden democrático, tanto la política corrupta como la no menos pervertida religión de cualquier credo. ¿Para todo esto he nacido?

He nacido para amar, pero el amor es un laberinto inextricable, en el que se suele entrar con inusitada rapidez y de donde se sale –si la suerte es propicia- con muletas y el corazón lleno de hematomas. En este aspecto, todos y todas tenemos la suficiente experiencia como para, a la segunda oportunidad (normalmente pueden darse un par de ellas en la vida), acceder al nuevo enredo con armadura; aunque de poco nos habrá de servir el arnés en una guerra de pasiones, donde la libertad queda convertida en servilismo a las bragas o el slip. Tal vez por eso la Iglesia, tan sabia como generosa, aborda las cuestiones carnales con la mirada puesta en el cielo y el pensamiento envuelto en látex.

 También he nacido para razonar y expresar mis ideas. ¡Alto ahí, precipitado! ¿Expresar tus ideas? ¿Con qué derecho, sin el paternal nihil obstat, seguido del ya, por fin, obsoleto imprimatur? ¿Con qué derecho –insiste mi rebeldía-, sin proceder conforme a la ley? ¿Entonces –me pregunto-, qué significa la palabra libertad? ¡Ay, la semántica!

 ¿Quiénes están dotados de justo criterio para identificar la palabra con la pura realidad? Si los académicos, ¿con qué filosofía? Si los filósofos, ¿con qué firmes ecuaciones del pensamiento? Si por obrar de acuerdo con mis propios actos soy responsable de los mismos, ¿por qué se me exige, para ir al cielo, creer en Dios? ¿Por qué, en estos momentos de salvaje crisis económica mundial, de insostenible derrumbe de los valores éticos y de angustia vital, se me prohíbe empuñar el garrote con fines defensivos y a cambio, con la desfachatez del charlatán (quis custodiet ipsos custodes?), se me promete vigilancia del orden hipnotizado? Vamos a tomárnoslo con una sonrisa o, mejor, contaminando el ambiente ruidoso con una estridente carcajada.

 Hace ya muchos años, cuando yo iba al colegio de los Franciscanos, se nos enseñaba moral a golpes. Si no te sabías el Catecismo de pe a pa, cara a la pared después de un par de cipotadas en las manos. De igual manera, pese a estar educando a varoniles criaturas, se nos obligaba a aprender de memoria ciertas cuartetas –en ocasiones largos poemas a la Virgen- como la siguiente, de Lope de Vega, que, a mi pesar, aún recuerdo:

La vergüenza en la doncella/ es un tesoro divino;/ con ella a mil bienes vino/ y a dos mil males sin ella.

 Ahora, por el contrario, uno se sorprende de la doncellez a los 14 años. ¿Más libertad en la actualidad que hace diez lustros? Indudablemente, sí. No obstante, la Virgen María permanece impoluta; es decir, sin desvirgar. ¡Pobre Inmaculada! Después de parir, no sé si con dolor o con celestiales orgasmos, se fue al cielo sin catarlo.

 Nadie me tome por irreverente, lo suplico. Respeto las creencias ajenas y no quisiera herir sensibilidades; pero, ¿ es verdad -¿o no?- que el Supremo Hacedor no condenó, sino bendijo, la natural procreación? Digo natural procreación por razones científicas conocidas, que ni acepto ni rechazo: allá cada cual con su conciencia. Sin embargo, me pregunto, ¿por qué denostar aquello que supone un premio a la continuidad de las especies? ¿Qué libertad es ésta? ¿En qué jardín estamos metidos?

 Mi añorado patrón de pesca, que en gloria esté, el amigo Pepe, “Tambores”, me decía, cuando navegábamos proa al viento de levante: “Viejo, aire, sólo el suficiente para respirar”. Ahora ya, ni a levante ni a poniente: a la deriva con el embuste de la libertad. Da igual que sea envenenando la Biblia con interesadas interpretaciones o que se haga lo propio desde el Parlamento; el caso es meternos en el lodazal de la mentira.

 Sí, libertad parlamentaria medida a golpe de obediencia al partido; libertad judicial, imponiendo magistrados desde el gobierno de turno en connivencia con la oposición; libertad sexual dictada desde el púlpito a modo de homilía, mientras las raíces libidinosas de no pocos eclesiásticos erotizan –porque son píos y leen otros libros sagrados- ciertas aleyas coránicas y suspiran por la pederastia.

 ¿Para qué protestar?, ¿para qué buscar la libertad donde reina la falacia, teniendo a nuestro alcance la opción del autoengaño? Al menos, seamos nosotros quienes elijamos la clase de mentira que, imaginativamente adornada, nos pueda hacer dichosos mientras soñamos en la utópica libertad. Ésa es mi única e inviolable religión.

César Rubio (Augustus)

Este artículo tiene © del autor.

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