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LAS PUERTAS DEL PODER

novela corta

Gustavo A. Vaca Narvaja

ARGENTINA



Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo. Todo hombre es un fragmento del continente, una parte del conjunto. Jhon Done

MUNDO CULTURAL HISPANO: LAS PUERTAS DEL PODER Capítulo X ( Se anexa en pdf la obra completa) “Me nutro de dolor, río llorando; muerte y vida de igual modo desdeño: en este estado me tenéis, señora.” Petrarca Alticia estalló de alegría. Pensó que habían valido la pena tantos años acompañando a este hombre y apostar todo por él. No la había defraudado. Pero en todo este proyecto, no mencionaba qué lugar tendría ella. -¿Me has tenido en cuenta, Apolinario? -preguntó. -Sí, Alticia, serás mi mano derecha -respondió Apolinario cruzando sus dedos. Apolinario Del Manchón se sentía agotado, pero también satisfecho por haber engendrado el proyecto final. Tomó las patas de Atos, las colocó en su mano derecha y le ordenó: -¡Vuela, Atos!, sube hasta esas nubes para que mi vista sea cósmica, universal, espléndida y avísale al rey de los infiernos que Apolinario ha iniciado su camino. Atos abrió sus alas y se fue perdiendo lentamente en un cielo saturado de atardecer. Se hizo invisible, transparente, volaba hacia un destino que sólo él conocía, entre las nubes que borraban su sendero. Atos era sus ojos al futuro, su inclaudicable compañero, testigo siempre de sus miserias, sus amores y sus desgracias. Apolinario estaba envuelto en una nube de sueños. Su imagen con Atos, encima de esa gigantesca piedra lisa, aparentaba una sombría figura demoníaca. Aletea, sí, aletea como si sus alas fuesen brazos, tratando de desplazar al guardia de sotana que impedía poseer a Alticia. Cae este hombre marrón a los pies de esa delicada mujer, que descubre su cuerpo desnudo a las miradas lascivas de los hombres de la selva, atrapados entre el follaje verde, impenetrable, donde se mueven sombras misteriosas que llevan lanzas y calaveras en sus manos. Estaba el fuego ardiendo, en medio del deseo. Flotaba Apolinario por encima de su propia imagen, mientras Atos esperaba la orden de ataque cerrando sus filosas garras, que se empotraban en las hombreras de la túnica negra de Apolinario. Está preparado para descender de ese valle imaginario, donde los animales de la prehistoria deambulan sin rumbo, esperando la orden para cruzar las fronteras de la voluntad. Espera Atos la voz de su amo. Espera también Apolinario liberarse de sus obligaciones impuestas, para entregarse una vez más a los brazos de Alticia. Ve Apolinario ese mundo terrenal, donde se sumergen los cuerpos de miles de hombres y mujeres en los fangos; en las ciénagas, en los campos arenosos dejando entrever sus cabezas hacia la superficie, e iniciar el diálogo de los cadalsos. Pasa en su carruaje desdoblando su cuerpo y alma, levantando su esqueleto para reclamar el respeto del poderoso y la esclavitud de los débiles. Alticia abría majestuosamente su cuerpo sobre las sábanas, dejando que sus piernas se cruzaran a lo largo de la cama. Cubría Alticia su sexo con su mano, dejando su brazo en la almohada. Luego, miraba a su amante, que luchaba para incorporarla a su sueño. No podía alejarse de esa furia pasional; besaba el cuerpo de su amado recorriendo una geografía memorizada en su deseo. Atrapa al salvaje, que despierta, y lo hace suyo, sin importarle el permiso sumiso y humillante que siempre le exigía Apolinario. Alticia ama. Estaban las canastas llenas de frutas prohibidas a su lado, destilando colores y fragancias, ella las comía abriendo la boca que desparramaba gemidos y tomaba la botella de bebida oscura que esperaba ser vaciada, sin derramar una gota del afrodisíaco líquido. Sin embargo, no sería esta vez Apolinario quien se llevara los placeres de su amante. Sería Atos, convertido en hombre sin rostro, quien lograría atrapar su cuerpo y atravesar sus temores. Regresaba Apolinario de esa fiesta múltiple, donde los cuerpos se mezclaban armónicamente al compás de una música de cuerdas. Están envueltos todos ellos en el sexo colectivo, en el alcohol y esa bebida negra que carcomía las fantasías de la vigilia. Se pegoteaban los brazos y las piernas, sin que nadie pudiera identificar a quién pertenecían, sólo había movimientos rítmicos, espasmódicos, acompañados de gemidos, risas y voluntades quebradas, suspendidas en la hoguera del encuentro. De allí salió excitado, buscando a su preferida, deseoso de entregarle su furia y su deseo en medio de esa noche de oscuro cielo, que presagiaba rutinariamente tragedias. ¡Ah!, si pudiese al menos impedir que Alticia se entregara a ese animal alado convertido en hombre. Si pudiese él ofrecer a Atos alguna de sus amantes que jugaban en las orillas de esa laguna mansa, cualquiera, menos Alticia. Pero no sabía Apolinario que su Ave estaba ya con ella, envolviendo ese cuerpo, haciendo que sus alas transformadas en brazos fuertes la contuvieran y estremecieran, acariciando sus senos hirvientes y su sexo húmedo. Deja Alticia que sea ese hombre, antes Atos, quien lleve los vientos lujuriosos de ella, dejándose contorsionar en espasmos que sólo él sabía como respuesta. Está vencido Apolinario, en medio de esos árboles y piedras caprichosas. Su vista va perdiendo la nitidez de las formas, como si una nube cubriese sus pupilas, o tal vez porque no tolera que sea su ave mágica quien se lleve el orgasmo que Alticia siempre acostumbraba a entregar. Hubo un momento de paz. La paz de quien ya no deseaba luchar. La paz de la contemplación, donde los deseos, rencores, odios y envidias se desploman y dan lugar al espectacular horizonte de la nada. Apolinario se tira en la laguna. Deja que su cuerpo abra el camino de las aguas, tiene sus ojos para mirar la belleza del mundo submarino silencioso de las profundidades, y es allí cuando despierta aterrado, acompañado de su fiel Atos, de blancas plumas, que permanece mirándolo sin entender razones del silencio o la mirada despectiva de su amo. Se dio cuenta que había soñado. Apolinario se mostraba disgustado. Enojado con sus sueños. No permitía verse frágil, vulnerable, atrapado por sentimientos que él había enterrado para siempre. Y también luchaba para apartarlos de su vida. Debía mostrar su lado oscuro y cruel. Recuperado, pensando en las venganzas, envió a Atos, esta vez, a matar el gato que contemplaba la escena sin segundas intenciones. Prefirió que fuese ese animal quien trajera su equilibrio de crueldad. Dejó que Atos destrozara al gato, mientras contemplaba gustoso cómo abría el cuerpo del felino, con la maestría de un cirujano. Se sentía reconfortado y hasta tuvo una excitación placentera. Observó cómo la herida abierta dejaba que los intestinos y vísceras se desparramaran caprichosamente en medio de un charco de sangre. Recordaba cuando estaba en la secta. Felicitó a Atos. Más por su ferocidad que por su obediencia. Sin duda alguna, era digno siervo de su implacable amo. Su lado oscuro y siniestro afloraba junto a su perversidad. -¡Mutila, Atos! -ordenaba en su soledad enfermiza-. Mutila sin matar -repetía a su blanco y ensangrentado pájaro, gustoso de satisfacer a su amo. Reía Apolinario de su crueldad, superaba las fantasías macabras y grotescas de Glilles de Rais, aquel héroe o soldado francés envuelto en riquezas, que terminó descubriendo su lado oscuro asesinando jóvenes entremezclados con alquimistas. Héroe o bandido, nadie lo sabe. O de Vincenzo Verzeni, el gato destripador que esparcía las vísceras en ceremonias inconclusas. Pensó en Alticia. Esa mujer a la que prefería, sin desmerecer las bellezas que mantenía en su harén secreto. Como ellos, Apolinario frecuentaba los burdeles buscando siempre encontrar el placer que de joven había descubierto en esas mujeres que tarifan el amor. El prostíbulo estaba en la periferia de la ciudad. Mantenía un grupo de mujeres alegres, bellas y dispuestas a consentir a su clientela en sus fantasías. Sobresalían, por su belleza y osadía, dos de ellas: Yiung y Ester. Esta última, reconocida como la mujer ardiente de la máscara negra; deseada por su esplendorosa belleza, respetada por su enigmática identidad. Ester hacía del amor una primavera, y sus amantes abandonaban el lecho con la incertidumbre de un rápido y cercano encuentro. Ester había nacido en un hogar de fortuna, de refinadísima educación y extravagantes gustos y caprichos. Siendo adolescente, solía huir en las siestas para jugar con sus amigas de infancia. Ellas se ofrecían, mutuamente mezcladas en la maleza de la selva, a juegos eróticos, descubriendo sus cuerpos, contemplándolos, tocando suavemente su piel, haciendo de esto el inicio de sus placeres. Exploran los rincones intactos de sus cuerpos; acarician sus pieles tersas; besan sus labios encontrando el calor de la excitación y el misterio. Encuentran en sus formas los dibujos de sus manos, que aún recuerdan esos cuerpos vírgenes, deseosos de placeres ausentes. Están felices de su secreto. Tiempo después, cuando se despierta la primavera en sus deseos, permitieron la incorporación de adolescentes temblorosos y rubicundos de vergüenzas a sus juegos; cada vez más cercanos, cada vez más desafiantes y audaces. Sin embargo, en la rutina de sus actos, permitían que fuesen ellos los que, en adelante, dejasen salir sus demonios para satisfacer sus ardientes secretos húmedos de tanta espera, hasta que atrapan el sexo del joven, que, sin saber, logra la síntesis esperada. Ester carecía de límites. Deseaba a todas y a todos, que encimados encadenaran sus placeres. Los fluidos volcados empapaban la piel Las bocas cruzaban palabras saturadas de erotismo contagiado. De sus tres amigas, sólo dos de ellas permanecieron atrapadas por la fantasía del tiempo. Ya adolescentes, eligieron su camino. Ester, en su mansión abandonada, rutinaria, etérea, trepada en la nube de una aristocracia decadente. Sus amigas, en el trabajo permanente del sexo alquilado explotado en burdeles de categoría, donde señores acartonados buscaban desatar sus fantasías reprimidas para encontrar los placeres de la vida. Ester se escapaba en las noches de luna llena, cubriendo su rostro con un antifaz negro, y se ofrecía también en ese salón secular en tinieblas, resguardada con rojas cortinas aterciopeladas, que controlaban la privacidad de las mujeres desnudas que ofrecían sus cuerpos por hora, por día, por año, por vida. Ester conoció allí a Apolinario, cuando esa noche llegó borracho y en pena a desahogar sus frustraciones. Había cobrado por trabajos de venganzas ajenas y sus bolsillos estaban saturados de billetes ensangrentados. -Matar no es difícil, es caro -repetía siempre. - Cuidado, Apolinario, estás entrando en cavernas oscuras de futuro. Has perdido tu razón, estás sin tus corazas, entregado a un placer sin el dominio de tu mente hoy atormentada por tus crímenes, que ya son pasado. No permitas que tu alma te transforme en el hombre débil que siempre has combatido. Quítate el alcohol de tu cerebro. Estás en el momento de definir tu vida para siempre -reclaman las voces. Ester había decidido conquistar a ese hombre. Desplegó sus habilidades y fantasías. Esa mujer de lunas llenas acumuladas vestía su impudicia con un antifaz. Preparaba su cuerpo y también su alma para la entrega, cubría su cuerpo de colonias de jazmines, mientras colocaba su antifaz delicadamente frente al espejo biselado. Admiraba sus delicadas formas, asombrada en realidad de su belleza, sintiendo en su interior un calor desconocido. Una excitación, una mezcla de libertad y gozo que fue cubriendo su exquisita piel. Sus manos acomodaron la cabellera ondulada; los pómulos rozados contrastaban con sus grandes ojos, y sus labios carnosos se movían suavemente en el lenguaje silencioso de la espera. Luego, dejó que su cabello modelara su cuello y bajara suavemente, acariciando sus senos, cubriendo un deseo creciente y contagioso. Logró entonces que sus caderas acompañaran compases de una música imaginaria. El espejo mostraba la imagen perfecta de una mujer en la plenitud de la juventud. Un cuerpo orgulloso, desafiante, joven, tierno y sensual. El antifaz cubría la mitad de su rostro; aun así, reconocería sus enormes ojos negros que eran buscados conscientemente para entregarse a un lenguaje silencioso de ella y su imagen. Cubría su pulcra humanidad un delicado género transparente verde, que llegaba hasta la mitad exacta de sus muslos rellenos de perfección; dejaba que las transparencias cubrieran sus sombras. Se ofrecía a sí misma, inclinando el rostro, sobre el espejo, hasta encontrar su boca atrapada en un furioso color rojo, como si fuese un pequeño pimpollo de rosas. Lo besó tiernamente. Fue al encuentro de Apolinario; tendido en ese enorme lecho de plumas suaves, esperaba, mirándola con la pasión salvaje de un hombre empapado de alcohol y encandilado por la magia de la mujer de la máscara negra. Lentamente le fue quitando la ropa, tirándola a los costados de la cama. Una pequeña resistencia de él la obligó a subirse a horcajadas sobre Apolinario, que aceptaba asombrado la ferocidad domada. En ese momento, el pie derecho de Ester, empotrado aún en el zapato de filoso taco, se clavó en la entrepierna de Apolinario penetrando su carne, dejando que la sangre saturada de alcohol se derramara desde esa pequeña herida que ella rápidamente lamía, con el reflejo del vampiro. Apolinario lanzó un grito de dolor placentero en medio de una nebulosa escena, que aún no comprende. La vive. -Es tu sangre, Apolinario, la que escapa de tu cuerpo, es tu sangre la que bebe esa mujer que ha provocado esa herida para alimentarse. No te abandones, Apolinario, estás en la cornisa de tus actos. En los límites de las tolerancias -corean las voces. Ester, abriendo sus piernas, cabalga sobre él, dejando florecer sus mariposas que acariciaban sin manos el sexo de Apolinario. Ester golpeó con sus palmas el rostro sudoroso de Apolinario, quien respondió con movimientos salvajes de su pelvis, colocando su encantado miembro en las profundidades de una Ester desconocida en el gozo incontrolado, dadivoso, copioso, impetuoso de un acto de amor. Son ellos ahora quienes, juntos, galopaban la sensación placentera del encuentro. Son ellos quienes estaban sellando la ternura; son ellos que vibraban en el entusiasmo sagrado del amor incontenible, cada vez más cercano. Son esos dos cuerpos los que habían logrado fundirse en esa imagen inseparable y perpetua de la entrega, donde el umbral del éxtasis los ha purificado desde los orígenes y hasta el final de un arco iris. Caía Apolinario, dejando que sus fuerzas abatidas recuperaran su heroísmo. Quedaba Ester relajada en su antifaz, que ha cubierto su saciado sexo. Estaba quieta envuelta en la marea del descanso merecido. Apolinario había realizado el trabajo encomendado. Ya lo olvidó. Esta mujer había hecho el milagro de hacerlo escapar del pozo negro de su vida, aunque fuera por un instante. Ester sabía de este hombre y sus proyectos políticos. Había decidido atraparlo, dominarlo y también cautivarlo, a pesar de no tener los dotes del amante deseado. Le serviría a ella; entendía que su ambición de poder, sumada a la que naturalmente tenía Apolinario, podrían vigorizar sus caminos. Sumaba ambiciones, sin importar los costos o las formas. Apolinario está hechizado, perturbado, alterado, ante esta mujer que había borrado de su mente el cuerpo de Alticia. El despertar de sus libidinosos deseos lo había capturado, apresándolo en un placer desconocido, íntimo, esencial. -Tempestades, Apolinario, se acercan tempestades. Los cielos estarán plomizos y rojos por meses, el sol será tan débil que la naturaleza no resistirá vivir sin luz -corean las voces. A pesar de sus odios incrustados en el alma, este hombre podría ser modelado, meditaba Ester antes de convertirse en su amante. Ella pretendía permanecer oculta detrás de ese antifaz enigmático, que multiplicaba la complacencia del gozo y la aquiescencia del sexo. Ester, con una peluca pelirroja adherida a su cabeza y su antifaz soportado por un delicado cordel, crea, a su vez, una identidad nueva y doble: una mujer de la noche, envuelta en el enigma que despertaba admiración y temor en los hombres. Una mujer bella, envuelta en misterios de insospechados encantos. Y otra, ingenua y tierna en el día, que de tímida muta a la erótica, fogosa y sensual en las noches elegidas. Ambas no renuncian, y permanecen apuntando su ambición con una diligente estrategia de conquista a ese animal que ha retozado en su cuerpo. El hechizo categórico se le había manifestado. Alticia había descubierto ese día una reina de corazón, cuando al tirar las cartas de la sabiduría que diariamente ejercitaba en su habitación, había salido expuesta. Supo entonces que su amante estaba siendo seducido por una “dama”. -Son las cartas que hablan -pensó Alticia-. Temo que Apolinario encuentre, en la Venus, el olvido -afirmó desconcertada.

Ver en línea : las puertas del poder

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