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LA CASCADA DE NACAR

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

La fantasía de aquel agua fresca y sedosa, que deshilachada se precipitaba caprichosamente al vacio, formando bruñidos y filásticos hilos de plata, convertía su ilapso contemplativo en una verdadera fascinación.

Las hilazas argentadas formaban infinitas y microscópicas gotas de agua, que parecían brillantes esferas nacaradas, dispuestas sobre la rocosa garganta de la cascada. Las aguas, al desplomarse con procacidad desde el cantil, semejaban un liento celaje de sempiternos alambres de empapado acero. Láminas dúctiles y maleables, que a merced del fresco viento montaraz, semejaban las veleidosas crines de un equino tordo rodado, al aire de galope. A los pies de la catarata de cristal, había una elíptica badina, de un mágico y asombroso azul cobalto, que no resulta extraño que fuera espejo de dríadas y nereidas mitológicas. Junto al primoroso estanque oval, una gran roca de extraordinarias dimensiones, aproximaba lo divino a lo humano. Desde su cima, se distinguía sobre la metálica laguna, el trémulo y vibrante reflejo de la silueta de los cuerpos que se asomaban a aquel oasis de esplendor y serenidad, más algunos decían que cuando cesaba el céfiro vesperal, en ocasiones, se podía columbrar el reflejo del propio alma.

Desde lo alto del promontorio de escarpa, se vislumbraba una dúlcida luz procedente de un ígneo y ambarino sol, proyectada desde el límpido cielo transparente y cerúleo, tan sólo moteado, ocasionalmente por pasajeras nubes de níveo algodón. Este febeo resplandor creaba una umbría sombra dorada en la cascada, redoblando su belleza al originar dos hermosos saltos o caídas de agua; una de plata y la otra de oro.

Sobre una de las paredes adyacentes, se esbozaban unos resaltes, a modo de escaleras esculpidas sobre la roca, las cuales, parecían estar cubiertas de un suave terciopelo esmeralda, formado por musgos y líquenes. Este verdor exultante y arrebatador constrastaba con la sobriedad de la vertical pared: grísea, cenicienta y plomiza.

Una retrospectiva mirada hacia el cauce del río descubría, que tras la insuperable belleza de la cascada, todavía existía más primorosidad en aquel bucólico paraje, bastaba con admirar premiosamente, el ebúrneo color de las rocas, que jalonaban el lecho fluvial; un tono cande y albayalde tan puro, que hacía pensar que las nieves habían decidido permanecer allí, en lugar de cubrir con su manto albar las elevadas cumbres. En su orográfico descender, el afluente entre undísonos rápidos y briosas corrientes, formaba unas charqueras exornadas por la beldad de la calma infinita…a lo lejos quebrando esta paz de lírica melancolía, se escuchaban los graves y acompasados ecos de las campanas de la torre de la iglesia parroquial. Su tañido recorría premioso las calles de la merindad, dejando tras de si una sonoridad celestial, que atravesaba la arcasa del puente, para gradualmente perderse sin retorno, por los caminos de guijos y cantales. Alabeados senderos donde las tapias bajas y los medianiles, guardaban pradales y verdegales, feraces y umbrosos. Junto a ellos unos corralones verjados de aguzada alambre de púa, con ganado lanar, dejaban entrever los nemorosos y tupidos bosques de enhiestados troncos gríseos. Más alla, en la propincuidad del lejano horizonte, entre las vagas claridades de la tarde augural, se columbraban unos cuadros sembrados de trigo rubión, extraordinariamente bellos, atendidos con tanto esmero y mimo, que bien se podrían intitular campos de amor…

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