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ABRIRSE A LA SABIDURÍA

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



«Radiante e inmarcesible es la sabiduría; fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada. Pensar en ella es prudencia consumada y quien vela por ella, pronto se verá sin afanes. Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola y les sale al encuentro en todos sus pensamientos» (Sab 6,13-17).

Este texto del Libro de la Sabiduría es una pieza preciosa y magnífica. Hace una exhortación a buscar la sabiduría, puesta en boca de Salomón. Se presenta la sabiduría de Dios personificada por una joven hermosa que solicita a su amante para un encuentro feliz. "Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan". No se comporta como una mujer esquiva y desdeñosa, sino que, al contrario, se hace la encontradiza, para los que la aman, para los que la desean y la buscan. El auténtico conocimiento de Dios no procede de un intrincado ejercicio intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a todo el que, con limpia disposición, lo recibe en su alma abierta: "Se anticipa a darse a conocer a los que la desean.

La Sabiduría se adelanta a todos las determinaciones y hallazgos del hombre. Por ella, quien consigue algo o descubre y domina un hecho del universo está obligado a comprobarlo y examinar su realidad y su exclusividad. El hombre sabio debe aceptar a sus predecesores y precedentes, fundamento de todo lo que es y posee. La inteligencia consiste en superar el egoísmo y abrirse a la gratuidad de Dios.

La Sabiduría de Dios madruga más que quienes la desean; cuando despiertan y la buscan, he aquí que la encuentran esperando a su puerta. Dios se presenta al hombre que lo busca y se anticipa a sus deseos; la primera iniciativa para el encuentro la lleva la Sabiduría de Dios, el propio Dios va a los que se hacen dignos de conocerlo. Más aún, el hombre no buscaría a Dios, si Dios no lo hubiera alcanzado antes. En todas las preguntas y deseos, en todas las búsquedas y pensamientos, está ya la Sabiduría de Dios haciendo que pregunten por ella, que la deseen y la busquen. Así que, no es difícil conocer a Dios, si se está dispuesto y no se tiene el interés de ignorarlo. La divinidad, a pesar de que el hombre se empeñe en negarlo, sigue atrayéndolo, ya que es fuente y origen de todos los bienes: "con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables..." (7,11). El mundo también hace ofertas tentadoras que alegran el corazón humano: poder, dinero, dignidades, cargos... Es algo seductor y apetecible, que atrae, pero en el fondo muerde como culebra. No merece la pena afanarse en eso, pues, en lo más profundo del ser, sólo produce acritud, desilusión y vacío: "Dichoso el hombre que me escucha, velando en mi portal cada día..." (Pr 8,34). Sólo el que se abre a la sabiduría, a la divinidad..., obtiene la alegría, la paz, la tranquilidad..., y además todos los otros bienes.

Lamentablemente, hay incluso muchos cristianos que ni siquiera son capaces de imaginar que alguien esté sentado junto a su puerta, llamando y esperando para amarlos. "He aquí que estoy junto a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré en él y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). ¡Cuán necesario se ve hoy que los gobernantes de la tierra respondan y le abran sus puertas de palacios y lujos! El bien común no requiere boato, sino el abrazo de la sabiduría. Otro cantar sería, si se dejaran hechizar y embelesar por tal esposa. La sabiduría exhorta a los gobernantes de la tierra a que la escuchen y, pues, son los responsables más directos del gobierno del mundo, quiere inculcarles una manera completamente nueva y revolucionaria de regir las naciones: “Si os gustan los tronos y los cetros, soberanos de las naciones, respetad la sabiduría y reinaréis eternamente» (6,21).

La sociedad está fundada en el poder y en el dinero. Pero, “no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). Todas estas máximas suelen quedar ignoradas e inoperantes, pues los poderosos no son siempre seguidores de la sabiduría. Sin embargo, Jesús, al asumirlas y presentarse como auténtica sabiduría, dio un vuelco a la historia. Si no se cambia por completo la escala de valores, no se puede captar el sentido profundo de las máximas de la sabiduría. Sólo se acepta lo que agrada y lo que justifica las posiciones a que uno se agarra con obstinación. El hombre justo entronca unos valores que los poderosos consideran ridículos y utópicos. Estos muchos sabios son la salvaguarda del mundo. Son «sabios» los discípulos de la Sabiduría, Jesús de Nazaret.

C. MUDARRA

Este artículo tiene © del autor.

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