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TRAS LOS CRISTALES DE LA FANTASIA

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

Tras aquellas cuadrilongas cristaleras de grandes dimensiones, que separaban de forma sutil y casi imperceptible, el mundo de la ficción, de la fantasía y del arte, del mundo real se vislumbraban en el decrecer paulatino de la tardada, los careados semiorbiculares y la emblemática cúpula de pizarra, con ornatos dorados, del Edificio Metrópolis, que se erigía sobre aquel bituminoso océano, como la proa de un navío gálico, vértice de las calles Alcalá y Gran Vía.

El noctívago tráfico rodoviario quedaba reducido a dinámicos, enardecidos y rubescentes trazos de luz, que describían frenéticas trayectorias en la lóbrega obscuridad. De vez en cuando se escuchaba el sobreagudo y estridente sonido de algún vehículo de urgencias, que tras su paso, por acción del efecto doppler, transformaba la inaudible y disonante resonancia inicial, en un grave y armónico sonido de baja frecuencia, que continuaba reverberando sobre los paramentos del Edificio del Banco de España, hasta perderse su acompasado eco en los aledaños de la orbicular Plaza de Cibeles.

Los transeúntes caminaban por la costanilla embelesados, escrutando todos los rincones con sus alegres retinas, mirando a todas partes, como si todo aquello pronto fuera a terminarse; fotografiaban una y otra vez cada monumento, cada fronstipicio, cada cornisamiento, cada columnata…

Al llegar junto al Ayuntamiento de la Villa, se deshacian en elogios hacia la luminosa decoración navideña, que engalanaba aquellas avenidas, que daban acceso a la Puerta de Alcalá, al Paseo del Prado, a la Plaza de Colón.

Aquellos azules metálicos y blancos albares, parecían iluminar con su onírica incandescencia y su fulgor inusitado el mismísimo cielo de la capital. Sus mil destellos evocaban estrellas más que bombillas o lámparas.

También las vetustas acacias que se cimbreaban al compás del fresco céfiro vesperal, dejaban columbrar a través de su tupida ramiza unos "frutos" coruscos y refulgentes, que esplendían los gríseos enlosados, que alfombraban los parterres centrales situados frente a la Plaza de la Lealtad.

En lo alto del endrino firmamento una luna nueva, que en cualquier otra noche hubiera destacado por su excelsa claridad amacigada, en aquel crepúsculo nocherniego, parecía una más de aquellas titilantes lamparillas, una más de aquellas luces de bohemia (…)

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