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TEMAS DE ACTUALIDAD

El sabor de la mentira>El alto precio

César Rubio Aracil

España



Navidad, Reyes, Israel y Palestina, Obama, Afganistán, Irak y otros tantos despropósitos, unidos a la grave crisis mundial (financiera y espiritual), precisarían un tratamiento monográfico, exhaustivo, para ser estudiados y explicados con el debido decoro y el respeto que merecen las personas. En mi caso, limitado por el tiempo y la falta de preparación política y económica, sólo me es posible manifestar la inquietud que siento ante el posible descalabro que se nos avecina, tal vez necesitado de un sustantivo más crudo: hecatombe. Hecatombe, digo, porque estoy percibiendo un tufo a nueva guerra mundial, si es que no estamos inmersos en ella sin saberlo. Podría ser que ya estuviésemos enredados en dicha conflagración, por el sólo hecho de que el terrorismo organizado que estamos viviendo -no sólo del Islam, sino también el que practican los Estados, democráticos o no-, unido a la indolencia del ser humano frente a la avaricia, no puede ser anulado ni siquiera por la fuerza atómica. En este contexto, mientras la Navidad, el fútbol y las discrepancias políticas y religiosas prosperen, el miedo de los ricos a una tragedia nuclear de imprevisibles consecuencias, posiblemente impida, al menos por ahora, la destrucción de la Tierra. Sin embargo, pienso a sovoz, puede llegar el momento en que la ira anticipe los más terribles acontecimientos de la existencia humana y añoremos, quienes sintamos en la carne y el espíritu el infortunio de seguir respirando, las tragedias de la II Guerra Mundial en comparación con el sufrimiento que se nos puede venir encima a no mucho tardar. Es muy posible que entonces, desalentados por el horror, nos percatemos a destiempo de que Dios (que me perdone el Supremo Hacedor) es nuestro mayor enemigo. No porque haya intervenido, si es que existe, en los conflictos humanos, sino por ser un símbolo de inimaginable potencia destructora en manos del poder terrenal. ¿No es posible el entendimiento entre los seres pensantes? Pongamos un sencillo ejemplo: Israel y Palestina. ¿Por qué no, con la sofisticada tecnología de los judíos y la voluntad de los palestinos, crear un Estado próspero y en paz? Descartando a los dirigentes políticos y religiosos, si fuese posible anularlos de un plumazo, ¿qué quedaría? Sólo un pueblo ansioso de paz y prosperidad; pero esto no es posible, porque la verdad de la verdad no radica en la política ni en las religiones, sino en el egoísmo que nos invade a todos. Necesitamos ser dirigidos. Si cada persona se conociese a sí misma, lo cual requiere de grandes esfuerzos y de no menos voluntad de crecimiento espiritual, estaríamos en condiciones de amar a los demás, porque el propio amor personal –yo me beso, me acaricio y me comprendo- nos uniría en la fraternidad. Mas no nos conocemos a nosotros mismos y, por lo tanto, no podemos conocer a nuestro prójimo. Esa es la auténtica tragedia humana. No obstante, como no quiero hacer el ridículo cotejando los distintos aspectos que nos ofrece la realidad (hoy la filosofía se nos antoja una irrisión), prefiero centrarme en el mundo en que vivimos, ansioso de sexo y poder.

Sabemos que la Navidad es un engaño, pero la aceptamos como excusa para saborear las amargas delicias (no es una contradicción) de las bacanales sin sentido; construimos belenes, con los que no en raras ocasiones concursamos, con el propósito de divertirnos, sin tener en cuenta que, a costa de Dios, estamos manteniendo una actitud esperpéntica y un apuñalamiento a la razón. Mientras, en Palestina, por no citar otras naciones, unos cuantos millones de seres humanos, a quienes hipócritamente llamamos “hermanos nuestros”, se sienten indefensos ante una masacre que la ONU silencia y casi todos los Estados del mundo acallan con descaro. ¿Es éste el mensaje evangélico que el cristianismo predica? En Suramérica, donde hay más cruces que árboles, la pobreza se adueña de casas de adobe, cabañas y rucas. El Papa, con la boca pequeña, nos exhorta a buscar la paz, sin que la voz eclesiástica de mayor prestigio cale en la dirigencia mundial, de la que él forma parte por “derecho” divino. Barack Obama, esperanza de la humanidad, está comenzando a desfigurar su discurso electoral, utilizando una difusa dialéctica que sólo convence a los poderosos. El dios Leo Messi, vende más camisetas del Barça que coranes se expenden en todo el Islam. Sin embargo, todos estos clarinazos no nos parecen ridículos; se trata de fallos del orden establecidos. Orden éste que aceptamos como mal menor, porque no conocemos otro sistema de convivencia humana capaz de situarnos en la órbita de la fría inteligencia y en el centro de la esfera sentimental. Pese a tanta mentira, sofisma y atentado contra la dignidad humana, sigo creyendo que si el homo sapiens todavía no ha desaparecido, es por el simple motivo de que el peso de la bondad, aun sin aflorar, mantiene la savia del espíritu. Así será por siempre, aunque la rosa negra invada los parterres de la Tierra.

augustus

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