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Eggbert

Marie Rojas Tamayo

Cuba



Su hijo lo trajo de una de sus inspecciones previas a derrumbes de viviendas inhabitables… era solo un huevo, pero varias cosas en él llamaban la atención; decidió colocarlo en una cesta, al lado de la lámpara de su mesa de trabajo. Warren, el cachorro de labrador no paraba de ladrarle, Humphrey el loro le echaba miradas de reojo, Lauren, la gata barcina, arqueaba el lomo y emitía peculiares maullidos cuando pasaba por su lado…
 
 ¡Es solo un huevo, dejadle en paz!, les gritaba al entrar cada noche a reanudar mis lecturas, y ellos hacían caso, pero algo intrigante había en él, de eso no cabía duda. Algo más grande que el de pato, no tan enorme que el de avestruz, con la cáscara gruesa – tanto que no dejaba ver el embrión a trasluz a pesar de la enorme bombilla del escritorio -, de color crema con manchas carmelitas y una suerte de pelusilla recubriéndolo (podía ser un hongo, a saber el tiempo que llevaba en el sótano de la vieja casa donde lo encontraron). En su manía de poner nombres en inglés, y para no ofender a ningún actor, le puso Eggbert.
 
 Pasados tres meses, le pareció advertir extraños bultos que aparecían y desaparecían en su cáscara, como los movimientos de un feto en avanzado estado de gestación. ¿Estaría aún vivo? Decidió colocar la cesta bajo estricta observación, pasando más tiempo que de costumbre en su estudio.
 
 Esa noche su curiosidad se vio colmada, el huevo comenzó a agitarse, primero lenta y luego febrilmente; la cáscara, revelando una elasticidad no sospechada, se resistía a romperse, como si en vez de tal, fuera un saco vitelino. Decidió ayudar a la criatura que se debatía en su interior y con la ayuda de un abrecartas hizo una ligera incisión en el huevo… si es que se le podía seguir llamando así.
 
 Lo que emergió de su interior fue algo repugnante, sin forma definida y al mismo tiempo adoptando las formas donde iba posando sus enormes y múltiples ojos, ora tomaba la apariencia de Humphrey, ora, sin haber borrado del todo el plumaje y las alas, comenzaba a transmutarse en un Warren sin cola de donde emergían las alas de una mariposilla nocturna colada en el estudio, o incluso el pelaje rayado de Lauren…
 
 Horrorizado, levantó el abrecartas para abatirlo sobre el engendro, cuando algo inesperado congeló su gesto. Aquello se volvió hacia él y, mientras borraba poco a poco los pelos, plumas, picos, alas y hocicos anteriores, comenzaba a semejar un monstruoso feto humano, cuyo absurdo parecido hacia él aumentaba por segundos, un insólito feto anciano, con su calva manchada de setenta y cinco años, su nariz prominente y sus rodillas reumáticas…
 
 En un momento dado, él y su copia en menor escala se miraron fijamente. Aún con el afilado objeto en la mano, se resistía a matar a algo que si bien le infundía un desconocido terror, cada vez tomaba más de su esencia, perfilando hasta las arrugas de la frente, aún enorme y abombada como la de los recién nacidos, pero cada vez con más forma humana, el lunar en el hombro en forma de clavel, la cicatriz de apendicitis, casi invisible por los pliegues del abdomen…
 
 Eggbert seguía mirándolo, dejándolo paralizado ahora ante el nuevo fenómeno de verlo crecer, agrandarse centímetro a centímetro, a una velocidad inaudita, hasta alcanzar su estatura en menos de media hora.
 
- Hola, papá – le dijo echando la cabeza hacia atrás en una risa diabólica.
- Pero… ¿quién eres? – apenas pudieron balbucir sus labios temblorosos.
- La historia sería demasiado larga y acabo de nacer, padre, no seas desconsiderado… digamos que soy una especie extraterrestre que lleva tiempo colonizando tu planeta.
- ¿Acabas de nacer, y hablas perfectamente? – esta vez a pesar del miedo pudo articular mejor la pregunta.
- Hablo tan perfectamente como tú, puesto que he tomado todas tus pautas físicas y mentales. Venimos al mundo con la memoria de nuestra especie, sabemos quienes somos y por qué estamos aquí, sabemos que debemos transmutarnos en la especie superior para sobrevivir, a pesar de sus limitaciones, conocemos nuestra única enfermedad: creernos humanos al paso del tiempo y no ser capaces de recordar nuestra esencia, pero no será mi caso, he nacido con setenta y cinco años, artritis reumatoide, inicios de catarata y tos de fumador que revela un avanzado enfisema… no creo que viva cinco años más.
- Entonces… ¿por qué? – su cuerpo entero temblaba como la llama de una vela.
- No me dejaste opción. Fuiste el único humano a la vista, pasé por las criaturas vivas presentes hasta encontrarte, no más verte supe que eras tú a quien debía mimetizar. Tengo tus recuerdos, sé dónde fui encontrado por Kirk, tu hijo mayor, sé que no le hablas hace dos años a Ingrid, la menor, por casarse sin tu consentimiento, conozco tu pasión por el cine, tus manías de filatélico, los insomnios que pasas leyendo… Creo que ya puedo matarte.
- Pero – las lágrimas le nublaban la vista, nunca pensó amar tanto la vida a pesar de su pasión por el encierro -, alguien notará la diferencia, en algún momento has de fallar.
- Claro, y usaré mi sentido del humor para salir airoso de la situación. Tus amigos se reirán y aplaudirán al “nuevo Claude renacido” que hay en mí. Incluso puedo hacer las paces con tu hija, digo… mi hija. Magnífica oportunidad para dejar mis huevos en su casa, además de en ésta que compartes con Kirk y su esposa, en el club de fumadores, en el alquiler de videos y en la biblioteca municipal por donde pasas cada semana a renovar tus lecturas. Hay que dejarlos en varios sitios porque no todos llegan a término, ni todos nuestros anfitriones son tan amables de colocarnos bajo una bombilla. Para no parecer malagradecido, te mataré de modo limpio, un ligero golpe en el sitio adecuado y, ¡au revoir, Claude!
 
 Intentó retroceder y cayó en el suelo, presa de agudos temblores.
 
- ¡Alguien encontrará mi cadáver y pagarás tu crimen!
- Olvidé decirte algo – aquella aberración soltó de nuevo esa risa que helaba el alma -, no sé si has escuchado esas historias de insectos que se alimentan de sus madres, de arañas que se comen a sus parejas… el acto de reproducirse y el de nacer incrementan de modo salvaje el apetito. Hoy estoy que me comería a mí mismo si pudiera. Afortunadamente, tu Dios ha puesto en mi camino una copia, no muy apetitosa, pero a quien extrañarán menos que al perro, al loro o a la gatita con nombre de belleza americana. Querido padre, tu Eggbert tiene hambre.
 
 Pero ya el viejo no lo escuchaba.
 
 
 
Marié Rojas
Dibujo: Ray Respall

Este artículo tiene © del autor.

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