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Le telefoneó su esposa para decirle que habían ingresado por urgencias del hospital público a su padre y que le esperaba allí. Terminó su trabajo en el despacho y marchó en su coche hacia el hospital. Le costó un tiempo aparcar y luego telefoneó por el móvil a su mujer para que le indicase en qué lugar se encontraba, pero en donde estuviese no había cobertura. Buscó la entrada de urgencias. Varias personas hacían fila delante de una ventanilla y en una sala de espera se sentaban unas cuantas. Las personas que pasaban con la ropa de sanitarios se mostraban demasiado ocupadas para que les solicitase información. Pensó que encontraría él solo el lugar en donde se hallarían su mujer y su padre. Entró por un pasillo ancho en busca de los dos. Los pasillos aparecían solitarios y cerradas las puertas de las habitaciones. De cuando en cuando veía a alguien que parecía un paciente o un acompañante, ausente, sin ganas de darle explicaciones. Nadie parecía saber nada del lugar en donde se encontraba. En una pequeña sala de espera encontró a algunos pacientes tumbados en camillas, otros sentados en incómodas sillas. No vio a su mujer ni a su padre. Siguió buscando por pasillos y salas sin lograr sus propósitos. Al cabo de una hora de búsqueda infructuosa, cansado y aburrido, sospechó que se había perdido por aquel laberinto de pasillos y puertas que no llegaban a parte alguna. Se sintió un poco angustiado. Encontró a una enfermera y trató de detener sus pasos para preguntarle dónde podían encontrarse su mujer y su padre, pero ella ni le miró, dijo que preguntase afuera, en la ventanilla de admisiones. Buscó puertas con rótulos en los que figurase la palabra salida, pero una puerta le conducía a otro pasillo y así indefinidamente. En otras puertas, en la parte superior, decía que estaba prohibido el paso y aun así entró por allí para probar suerte. Miró su reloj. Llevaba dos horas ahí dentro. Ni siquiera era capaz de salir a la calle. Las pocas personas que encontraba en algunos lugares no podían aclararle la situación. Al cabo de más de dos horas de exploración inútil se sentó en la silla de un pasillo y al poco tiempo quedó dormido. Le despertaron unos pasos lentos que pertenecían a un hombre con bata ennegrecida y que llevaba unos sobres muy grandes, seguramente conteniendo radiografías. Le preguntó por dónde se encontraba la salida hacia la calle, pero se dio cuenta en su mirada vacía y en la expresión alelada de su rostro que se trataba de un discapacitado cerebral, alguien que hacía todos los días la misma ruta llevando sobres. Le siguió por si le llevaba a algún lugar por donde poder escaparse de aquel laberinto. Intento vano. Entró el empleado en un despacho y salió a los pocos segundos sin los sobres, para dirigirse a otro pasillo cercano y sentarse tras un mostrador. Aun así trató de probar suerte y le preguntó por dónde se salía a la calle. "No lo sé, a mí me vienen a buscar cuando termina mi trabajo", explicó. Decidió entonces esperar el tiempo que hiciera falta hasta que alguien acudiera a por ese hombre y se lo llevara de allí. No había silla alguna, así que de pie se apoyó en una pared. Trató de telefonear a su mujer, pero no había cobertura para los móviles. Al cabo de una media hora llegó un hombre arrastrando un carro repleto de sobres grandes destinados al discapacitado del mostrador. "Necesito salir de aquí, dígame por favor por dónde puedo ir a la calle", le dijo. "Lo siento, pero no puedo acompañarle, tengo que volver enseguida a mi departamento. Además, usted no debería estar aquí, esto es para el personal". "Estoy aquí porque me he perdido", le explicó. El hombre dejó los sobres en el mostrador, se encogió de hombros y se marchó. El discapacitado recogió unos cuantos y se puso en camino para llevarlos al despacho indicado. Estaba tan cansado el hombre perdido que no le siguió. Pensó que regresaría enseguida, pero el discapacitado no regresó en una hora. Decidió buscar otra vez por su cuenta la salida. No supo cómo llegó al sótano. Allí el panorama era más tétrico. Casi no había luz y hacía frío. Escuchó unos pasos y se escondió tras una columna. Apareció un hombre vestido como él de traje de calle, pero con aspecto descuidado, sucio y sin afeitar. Se presentó ante él, asustándole. "¿Quién es usted? No parece un sanitario?", le preguntó. El hombre perdido le explicó en pocas palabras lo que le sucedía. "¿Cuánto tiempo lleva en esta situación?" , quiso saber. "Tres o cuatro horas, ya no lo sé". "Pues ármese de valor y de paciencia. Yo calculo que llevo aquí dentro una semana. Nadie le ayudará a encontrar la salida". "Podemos buscar juntos la salida", propuso. "Sería peor. Nos equivocaríamos los dos. Por separado tenemos más posibilidades de acertar uno de nosotros. Además, encontrar comida es difícil, hay que aprovechar un resto de
algunas papeleras. Si vamos juntos tendremos que compartir la escasez". Intentó, a pesar de su negativa, caminar a su lado, pero le amenazó con golpearle si se empeñaba en ir juntos. "No te quiero conmigo, búscate la vida", le espetó.

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