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UN LUNAR EN LA ENTREPIERNA

Mis amigas lesbianas y yo

César Rubio Aracil



 Arturo, joven encaprichado de Raquel, no podía imaginar que su chica, púber inclinada hacia el lado opuesto de la esmerada educación recibida, fuese capaz de arrebatarle la razón casi por completo; pero los designios del amor le traicionaron, aun a sabiendas del riesgo que ambos corrían. El muchacho, estudiante de psicología, sospechaba, de progresar en tan alocado empeño amoroso, que su final con Raquel podría malograr la carrera que había iniciado con notables sacrificios. No obstante, la fuerza pasional se impuso a la cordura.

Sucedió al atardecer de un día cuaresmal, cuando los padres de la niña se hallaban en la iglesia del pueblo. El Sil discurría sosegado. Las fragancias naturales iban poco a poco adueñándose, en confidencial encuentro con el cromatismo silvestre, de cualquier intento razonador. Sólo el canto de los pájaros y el murmullo ribereño, en consonancia con la melodía sentimental, ponían freno al silencio del ocaso, alba de los corazones desnudos, mientras las envidiosas meigas y los atrevidos trasnos inculcaban en los dos jóvenes ideas y sentimientos contradictorios.

Arturo no quería. Pensaba más en los doce años de Raquel que en los senos de su doncella, cuya tersura iba conquistando cotas de irresponsabilidad temeraria. Sin embargo, ¿cómo detener los impulsos sensuales, el carácter impetuoso de la llamada carnal? ¿Con qué fuerza suprasensible, sobrenatural, milagrosa…, ¡oh, Dios!, mitigar el ardor de la sangre enfervorizada, cuando la lengua explora territorios prohibidos? Nada podía detener el arrebato idílico, porque el galán, huyendo de los pechos por evitar males mayores, cayó en la trampa tendida por os trasnos. Reposando la cabeza en el regazo de Raquel, una vaharada de frescura genital invadió su cerebro, dejándolo a merced de as meigas. Los dedos de Arturo, enloquecidos, hurgaban en los muslos de la virgen y, no sé si la mala fortuna o la dicha a modo de enjambre pasional, descubrió en un lugar de la entrepierna femenina una pequeña, casi imperceptible, protuberancia; tal vez un lunar insolidario con la morena piel de su amada, cuyo hallazgo determinó una inspección lingual de impredecibles consecuencias. La niña no podía contener los suspiros y jadeos que, in crescendo, iban arropando los estímulos salvajes del macho, ya fuera de sí. La razón de la sinrazón exigía más y más, hasta que Arturo, pensamiento y corazón enfrentados a muerte, besó por vez primera la rosa que poco después deshojó con no poco remordimiento, mientras los jugueteos orales dieron paso obligado a la acción viril más despiadada.

Raquel, durante el encuentro amoroso, de explosiva intensidad orgásmica, no se comportó como la niña que era sino que, acuciada por el deseo vehemente de eternizar el perecedero goce sexual, demostró a su amante que, además de párvula, era mujer. Por eso quizá, entusiasmada al sentirse adulta, no sintió ningún rubor al introducir entre sus muslos, con los precipitados movimientos de sus tiernas manos, toda la poderosa erección del dios ladrón que la estaba poseyendo: divinizada carne que, luego de llevarse en andas himen y ansiedades, dejó en los recuerdos de la niña una imborrable huella: su primera entrada en el orbe caótico del amor. Después, Arturo, al disculparse ante su chica por el acto que acaban de realizar, le susurró al oído, al tiempo que besaba y lamía su lóbulo: “Raquel, lo siento. La culpa no es tuya ni mía, sino de un simple lunar”.

César Rubio (Augustus)

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