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LA SEMANA SANTA (2)

Camilo Valverde Mudarra

España



Tercer Canto del Siervo de Yahvé

El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal y sé que no quedaré avergonzado (Is 50,4-7).

El “LIBRO DE LA CONSOLACIÓN” atribuido al Segundo Isaías, forma la segunda parte del libro de Isaías.

Los cuatro cánticos líricos se mueven en una línea teológica y doctrinal que superan la del resto del conjunto en profundidad y en horizontes. Introducen en una de las cimas culminantes de la revelación y de la teología del Antiguo Testamento. Su gran novedad estriba en la misión ignominiosa, expiatoria del misterioso personaje, el Siervo de Yahvé sin igual en todo el Antiguo Testamento, por la que alcanzará una recompensa gloriosa. El Siervo, es un personaje individual, que oye e ilumina, es justo y tiene una fe decidida y fuerte, su misión se extiende por igual a todas las naciones sin ningún matiz nacionalista. Es una salvación puramente espiritual y desprovista de todo matiz político. Viene a convertir al verdadero Dios las almas de buena voluntad, cualquiera que sea su nacionalidad.

Se inicia la Semana Santa con este texto del tercer canto del Siervo. En todo el Antiguo Testamento, no hay páginas más sugestivas, para meditar la Pasión de Jesús que los poemas del Siervo de Yahvé. El Siervo es realmente un bellísimo trasunto de la figura del Mesías Paciente.

Aquí se presenta más como sabio que como profeta. Asegura que el Señor le está introduciendo en su Sabiduría, para poder llevar al abatido una palabra de aliento. Cada mañana le abre el oído y, al tener el oído abierto a la Palabra, no se rebela ni se echa atrás; más bien afronta todos los sinsabores decidido, sabiendo que el Señor le ayuda y no quedará avergonzado. Es la sabiduría, escondida a inteligentes y poderosos, que se manifiesta a gente humilde.

Se anonadó, afrontó el fracaso y la angustia y sufrió el dolor y la muerte. "Vosotros, los que pasáis por el camino de la vida: mirad y ver si hay un dolor parecido a mi dolor" (Lm 1,12). Y, justamente, porque se sometió, lo exaltó Dios de tal modo, que todos pueden clamar ante el Crucificado: "¡Jesús es el Señor!".

El siervo, así como su ministerio, son interpretados de forma profética: vocación, sufrimientos que soporta y su total confianza en Dios. Escucha y predica el mensaje divino, porque el Señor le da "lengua de iniciado", le abre el oído para entender la misión. Proclama de parte del Señor un mensaje de esperanza; y es que la larga duración del destierro ha provocado la desesperación de la gente (40,27). Al abatido, es necesario animarlo, dirigirle una palabra de consuelo, de esperanza en el Señor.

El Siervo responde a su vocación con disposición en el dolor. Sabe que su tarea es amarga y así lo confiesa, como Jeremías en sus confesiones. Trata de suscitar esperanza en el pueblo y sólo recibe escepticismo por la tardanza de la liberación. Abre su boca igual que Ezequiel (2,8), para tragar el mensaje divino, pero no es dulce, sino que le acarrea un gran sufrimiento: lo apalean, le mesan la barba, en el A.T. son signos inequívocos de ultraje y desprecio (II Sam 10,4ss). Acepta y afronta los ultrajes con decisión, sin intentar vengarse; no responde al insulto, resiste con calma, sabe que este es su camino; cree con total firmeza en la ayuda del Señor y espera, que, al final, le dé el triunfo. El Siervo experimenta el dolor, comparte el sufrimiento de los hombres, carga sobre sí el fracaso del mundo. Varón de dolores. En sus espaldas lleva todo el peso, toda clase de golpes y en su rostro las vejaciones.

Este siervo podrá ser el consuelo del mundo, el que pueda alentar a los desvalidos y confortar a los que sufren, el que pueda extender la mano al abandonado, y decir a todos los marginados una palabra adecuada. El siervo saca toda su fuerza del Señor, vive de «mi Señor» y para «mi Señor», en una gozosa relación de dependencia filial. Y "el Señor le ayudaba" en todo.

Esta es la misión que cumplió el siervo y la que realizará Jesús. Transmitió el mensaje de su Padre (Jn 8,28.40), de consuelo y esperanza a los angustiados y oprimidos (Mt 11,28) y lo apresaron, ultrajaron, flagelaron y crucificaron. Y el Padre lo glorificó en justicia (Jn 8,29.50).

Así, muchas veces nuestra palabra no es de consuelo; sólo viene a abatir y herir, y, a la primera dificultad e incomprensión, saltamos como víboras. La ruta está marcada, hay que meditar y aprender del Siervo; leer el Evangelio, reflexionar y seguir los pasos de Jesús.

Los poemas del Siervo de Yahvé iluminan el misterio de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y explican, por qué el Mesías tenía que sufrir.

Camilo Valverde

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